Cuba no existe

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La autora narra las tribulaciones de su desafortunado desposorio en la isla caribeña

 

Una se cree que se está ganando a pulso su biografía, que sus errores son magistrales y únicos, y de repente se ve repetida en los errores de alguien más como en un espejo.

       Esto me pasó leyendo el texto Adiós a Matiora, publicado aquí hace unas semanas por Alfonso Armada, nada menos, para dar cuenta de cómo fue lo de casarse con una guía turística rusa a la que no conocía de nada más que de su firme determinación de obsesionarse con ella. Después de unos lúgubres esponsales a la soviética, de gestionar un ingente papeleo y de vastas premoniciones de amargura, marido y mujer llegan al hotel. Que es donde ella proclama: “La verdad es que resulta de lo más excitante estar casado con un desconocido”.

Qué gran verdad.

       Yo me casé con un desconocido en Cuba cuando en Cuba lo soviético no es que declinara sino que directamente se derretía. Recuerdo una librería gigantesca, toda en ruso, varada como una ballena en seco en mitad de La Habana a la una de la tarde. A esa hora en que “todo un pueblo puede morir de luz como de peste” La Isla en Peso, poema de Virgilio Piñera- y en que “nadie sabría pronunciar el nombre más querido, ni levantar una mano para acariciar un seno No digamos para leer a Dostoievsky.

       Bien es verdad que el comunismo, tan duro de tragar en otras latitudes, se revestía en pleno Caribe de una brillante capa de assssssúcar y realismo mágico. A finales de los noventa Cuba daba fácilmente la impresión de ser un País de Nunca Jamás flotante. Allí la vida parecía más simple y más redonda, más infantil. Como si cualquier tarde pudieran llevarte con toda la seriedad a conocer el hielo.

       Mi futuro ex marido nunca fue guía turístico. Pero sí era el hijo de la casa donde alquilé una habitación en mi segundo viaje a la isla, que era un ajuste de cuentas con el primero, que fue una luna de miel. De las de verdad: de cuando una se casa razonablemente enamorada de alguien a quien conoce. O eso cree.

       Decir que mi primer matrimonio empezó a hacer aguas ya en plena luna de miel bordearía la paranoia. Y sin embargo nunca olvidaré una tarde en la playa en la que mi novísimo marido por poco no se me ahoga. Yo acudí al rescate solícita y a la vez acalambrada por la superstición: y es que me extrañaba mucho, por no decir que me ofendía, la inadaptación de mi amado a un entorno y unos elementos donde yo me había sentido encajar -y florecer- como en líquido amniótico.

       Mira que si he metido la pata y este no va a ser el hombre de mi vida, barruntaba con un pesimismo que me obligué a sofocar en mi pecho como la peor deslealtad.

       Dos años después nuestra crisis era de esas de hacerse daño. Tampoco olvidaré nunca la cara con que una noche él me espetó: “Cuba no existe”. Visto desde fuera puede parecer que hablaba de geografía o de política. Pero los dos sabíamos que no tenía nada que ver. El ataque no era contra la realidad, era contra las mismísimas fuentes del Nilo de mi fantasía.

       Volví a Cuba seis años después. Volví sola y feliz de andar ligera. “¡Pero llévate por lo menos media docena de condones!”, rugía echándomelos a puñados en la maleta una amiga muy bruta que yo tenía, o creía tener, por aquella época. Yo la miraba con inconmensurable lástima. ¿De verdad aún no se había enterado de que yo no iba a Cuba a eso y de que mi fantasía no funcionaba en absoluto así?

       Mucho después, ya metida en capilla y en la zozobra de casarme con un extraño, mi futuro ex suegro se jactaría ante mí de la presunta excelencia amatoria de su hijo. Y por extensión de la de la totalidad del pueblo cubano, nacionalista erótico como pocos. “Ya habrás notado la diferencia entre templar aquí y templar en Europa”, me comentó, triunfal. Y yo, muy educada: “Sí he notado una diferencia enorme; para ustedes el sexo es un deporte, para nosotros es un arte”. Consideré añadir: “Pero no se preocupe porque su hijo sea tan templado en la cama, ¡que yo me sé conformar!”. Le vi tan afectado por la primera parte de mi reflexión que me dio miedo compartir con él la segunda.

       Mi futuro ex suegro era blanco con un cuarto de sangre negra y se había criado en lo más intrincadamente miserable del oriente de la isla. En un bohío en medio del campo del que le echaron a los once años, para que dejara de quitar el pan de la boca a sus muchos hermanos más pequeños. Hambriento, descalzo y analfabeto fue a dar al pueblo de Guantánamo. Allí empezó a ganarse la vida llevando los mandados de un burdel. Hasta que un cliente habitual le cogió cariño y se preocupó de enseñarle a leer y a escribir y de encontrarle trabajo en la base militar americana. Esto era antes de abrazar la causa de la revolución, de subirse con Fidel a la Sierra Maestra y de entrar victorioso con él en La Habana el 1 de enero de 1959.

       Mientras tanto, y aprovechando que de joven estaba de buen ver y sus músculos reventaban las guayaberas, había logrado casarse con la muchacha más codiciada de todo Guantánamo: una muñequita de piel de nácar y ojos verdes, hija de español. Su padre, que era de Salamanca y de orden, había salido huyendo despavorido de la guerra civil española y de todo lo que oliera a rojo a principios de los años treinta. Visionario, se estableció en Cuba.

       Durante los primeros buenos años, cuando al flamante ex combatiente le daban destinos diplomáticos y una hermosa casa en el barrio del Vedado, toda la familia era revolucionaria y feliz. La mujer alfabetizaba niños en bohíos tan miserables como aquel donde había nacido su marido. La hija lo dejaba todo para ir a cortar la caña cuando y donde se lo mandaban. El hijo estudiaba en la escuela militar de Los Camilitos. Y sin embargo mi futuro exmarido creció con muchas dudas sobre el sistema. Alimentadas por la tenaz labor de zapa del abuelo de Salamanca, quien desde que era pequeño le susurraba siempre que podía, a escondidas del padre: “¡Tú hazme caso a mí! ¡El comunismo es para los burros!”.

       El que había de ser mi chico tenía dudas por esto, pero también las tenía por vago. Nacido en el preciso año del triunfo de la revolución, llegó a la edad adulta más o menos en el mismo momento en que ésta se iba a la porra. Se habla mucho de los disidentes y de los presos políticos cubanos pero se habla poco de la inmensa, pavorosa generación perdida. De las gentes y gentes y gentes que deambulan por La Habana como peces disecados a motor. Dando vueltas por un mundo donde no se va a trabajar –para qué- ni se tienen proyectos, donde todo es carpe diem y el cotidiano business.

 

 

       Mi prometido bisneaba desde la adolescencia, cuando sigilosamente se salió del partido comunista –al que había que pertenecer para todo, como en otros sitios al Movimiento-, por el ingenioso sistema de pedir la baja en una agrupación explicándoles que se mudaba y ya no volver a darse de alta en la otra. Así eludió tanto el ir a cortar la caña como el castigo por dejar de ir.

       ¿Y qué es bisnear? Pues juntar intereses de un lado y del otro, resolver y pillar comisión, sacar dinero de aquí y de allá, fundírselo de inmediato en pequeños grandes placeres (comer hasta hartarse en una paladar; fumar tabaco rubio americano; coger tu notita rica de cerveza o de ron o de algo más sin reparar en gastos, etc.) y al día siguiente volver a empezar desde el principio.

       En un mundo más revuelto y brutal habría ido derecho a la cárcel como los chorizos de Marbella. En aquel mundo económicamente tan ingenuo, donde el capitalismo parecía un juguete nuevo recién sacado de su caja y con las instrucciones en chino, el personaje más bien sugería una mezcla de Lazarillo de Tormes y Peter Pan. Era un encantador parásito de una sociedad que no le había dado motivos ni oportunidades de ser útil. Que por ejemplo, siendo casi un niño le puso al mando de una de tantas brigadas destinadas a llenar La Habana de refugios subterráneos, por lo que pudiera ser. Él se quejó a la secretaria territorial del partido que para aquella tarea les habían dotado meramente de picos y palas, cuando hacía falta por lo menos un taladro neumático. La primera respuesta oficial fue: “¡Fidel empezó la revolución con menos!” Y la segunda: “Si no tienen herramientas, róbenselas”. Así lo hicieron. Con tan mala fortuna que las robaron de una obra en la que tenía interés personal Raúl Castro, y toda la brigada dio brevemente con sus huesos en la cárcel. Pero la semilla del business ya estaba plantada.

       Visto ahora en la distancia entiendo que todo esto era ominoso. Pero en aquel momento a mí me inspiraba una gran ternura. Y además estaba el importante detalle de que yo, desde pequeña, siempre quise ser Hemingway.

       Eso era antes de leerle, claro. Como le pasa a casi todo el mundo que alguna vez ha querido ser Hemingway.

       Mucho antes de interesarme como escritor, Ernest Hemingway me interesó por su, para mí, envidiable capacidad de llegar y besar el santo. De llegar y echar raíces. En la guerra civil española, en las nieves del Kilimanjaro o en el borde de una gillette. El orbe parecía su sala de estar.

       Hay más gente de la que parece que si pudiera se iría a otro país pero no a vivir sino a ser. A formar golosamente parte de otra cosa. Gente de Brasil que se pirra por haber nacido en Tokyo. Estadounidenses que sueñan con ser catalanes (sonará raro, pero conozco por lo menos dos) y vecinos de la Toscana italiana cuya máxima aspiración es ser enterrados en una llanura de Mongolia.

       No siempre hay una lógica como la que rige las migraciones humanas en pos de una vida mejor o más rica en oportunidades. Más bien lo contrario: las segundas patrias tienden a ser menos prósperas y sofisticadas que las primeras. Es como si las eligiéramos para saciar un apetito antiguo. Para rebelarnos por haber tenido que ganar el progreso a costa de nuestra gracia, como lamentaba Eugène Delacroix al tomar sus melancólicos bocetos de los habitantes de Tánger en 1840.

       ¿Viajar en el espacio para viajar en el tiempo? En esta loca carrera contra la muerte de lo exótico –hoy lo llamaríamos antiglobalización- Ernest Hemingway fue un primera espada. Un hábil trenzador de sí mismo con lo que menos tenía que ver con él. Todo ello sin mimetizarse para nada con el paisaje, sin dejar de ser en ningún momento lo que era. Con su estruendosa y blanquísima quijada de americano. Siempre escribiendo y bebiendo de pie (probablemente porque padecía de la espalda; muchos mitos nacen así). Con dos docenas de gatos velándole la siesta en la biblioteca de Finca Vigía, su casa en Cuba. Saliendo a pescar en Cojimar con el barco que le inspiraría El viejo y el mar, y que él había bautizado El Pilar en recuerdo de sus aventuras en Zaragoza.

       Claro que Hemingway tenía una especie de llave maestra, de pasaporte universal, que le permitía derribar fronteras y culturas a su paso como fichas de dominó: era o parecía un pedazo de tío. Un machazo. Encarnaba algo que en todas partes encuentra acomodo y respeto. Se decía por ejemplo que en Normandía no le dejaron desembarcar de verdad, no porque él no quisiera, sino porque los soldados le consideraban tal carga preciosa, tal quintaesencia de lo americano, que de ningún modo estaban dispuestos a correr el riesgo de que se les quedara en la playa. Habría sido como la muerte de todo lo audaz y lo maravilloso.

       Y yo que a cualquier precio quería ser y vivir así. Pero mi intuición me decía que la técnica que permite llegar y besar el santo a un hombre no es exactamente la que le funciona a una mujer. Que la magia que hay que ofrecer no es la misma.

       ¿Qué podía hacer yo para entrar de verdad en Cuba? Creo que llegué a desearlo tanto como otros deseaban salir.

       Nunca supo mi chico el acierto enorme que fue por su parte declarárseme en la Marina Hemingway, por lo demás un contubernio turístico antes que un sitio, lo más alejado posible del mito que yo llevaba impreso en mi corazón. Pero a veces las mayores torpezas tienen éxito -como la suya en la cama- precisamente porque halagan nuestro sentimiento más entrañable y más puro, que es el de superioridad. El afán de demostrar al mundo cuán mejores somos y cuán capaces de obrar inigualables prodigios.

       Pensé: “voy a hacer una buena obra, una obra buenísima con este chico, le sacaré al mundo para que lo vea. Y a cambio me hago mía la entera isla y su leyenda. Gano toda esta tierra al mar”.

       El resto es historia, muy parecida a la que cuenta Alfonso Armada. Ya tiene miga que un disparate tan personal y tan bello, una quijotada tan única, acabe así, duplicada y quién sabe si abominablemente multiplicada.

       Me pregunto qué azar de la fortuna nos hace temer los espejos. ¿A lo mejor es que simplemente cuesta resignarse a no ser tan extraordinarios?

 


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Autor: Anna Grau

2 COMENTARIOS

  1. Jolines, vaya historia, Grau.
    Jolines, vaya historia, Grau. Como estoy malita con trancazo me la he leído despacio para disfrutar. Pero debió de ser durillo, ¿eh? Mecachis. Cuando nos acercamos a la realidad, tan bella de lejos, resulta estar llena de granos de pus. Lástima de noviete.

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