Cuento de invierno

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Lo más valioso que tiene Cheek by Jowl: una troupe de intérpretes entregados a su don, convencidos de que el teatro es un arte portentoso para hacernos entender de qué estamos hechos, quiénes somos, qué podemos esperar, y en qué se puede convertir nuestra existencia según cómo nos comportemos en cada encrucijada del camino.

 

 

Tervuren

 

Hacía tiempo que no derramaba lágrimas tan dulces como las de la noche del jueves en el Teatro María Guerrero de Madrid.

 

Ante Shakespeare (¿cuántas obras, versiones, películas has visto inspiradas en este genio inagotable?) cabe la reverencia, la admiración incondicional, la admiración crítica, la traición consciente, la traslación, la libertad con causa, el juego lúcido y desaforado, el uso moderno y contemporáneo, la destrucción y la transformación. 

 

Declan Donnellan ha puesto su talento, su mano con los actores, su dominio del espacio y del tiempo, su conocimiento del corpus y de las minucias, su ligereza para abordar el clasicismo sin prejuicios y su hondura para pasarlo por la sartén de la televisión y sus reglas rompiéndolo con tal respeto e inteligencia que estoy seguro de que si William Shakespeare estuviera sentado a mi lado esa noche hubiera reído, llorado y pensado como yo.

 

Cierto que tardé unos largos quince o veinte minutos en hacerme con el sonido del inglés, con los intríngulis de la trama y con la eficacia al inicio algo mecánica de los intérpretes, pero la locura que pronto se apodera de Leontes dispara la acción y ya no nos abandona. Lo que un hombre y unas palabras pueden causar en la superficie de la realidad. Palabras, palabras, palabras, pero que engendran dudas, enemistades, dolor, crimen, inaudito sufrimiento. Tan solo con palabras se desencadenan acontecimientos insospechados que se llevarán una familia y un reino por delante. Queda meridianamente claro cuán devastadoras pueden llegar a ser las palabras, unas palabras. Esa conciencia de la condición volátil y letal de las palabras es una de las grandes enseñanzas de este postrero Cuento de invierno en el que un Shakespeare que ha vivido y experimentado todo se hace acaso más compasivo y comprensivo que nunca. Es un prodigio por sus parlamentos, sus sucesos, lo que el bardo exige de sus actores y porque conduce de forma difícil de sospechar a una redención y puede que a un milagro. Todo lo anterior está concebido para que cuando ocurra lo inimaginable nos hayamos persuadido con magnífica y elegante sutileza de la necesidad de suspender la incredulidad. Porque queremos creer y que esa fe tenga efectos sobre lo que está más allá de nuestras capacidades, y de nuestro mundo: la misma muerte.

 

Cómo Donnellan consigue lo que se propone, cómo hace que un nutrido elenco brille, viva y disfrute, y sobre todo haga disfrutar con una armonía, ritmo y convicción admirables, sólo el cielo y sus actores lo saben. Las músicas son una delicia (sobre todo esa guitarra, y ese acordeón, durante la fiesta en la casa del pastor, que nos embriagan), pero no se regodea en ellas y las esfuma sin contemplaciones pese a su belleza. Por el fervor y la necesidad de que la obra avance, nos desconcierte, no nos permita saber por dónde va a salir este director que tan bien conoce a Shakespeare que se atreve a darle la vuelta y aprovechar al máximo sus recursos. Rompe la trama y traslada su meollo a un reality show con un perfecto sentido del tempo, para nuestro renovado asombro. Tras ese auténtico y arriesgado salto mortal dramático y estilístico, de dicción y de manera de estar en escena, cualquier cosa resulta posible. Como que el músico, mendigo, truhán, presentador finja que se le olvidó el texto y convierta la cinta de los sobretítulos (en español, claro, pese a estar inscrito su olvido en la lengua admirable con la que Shakespeare escribió todas sus palabras) en un apuntador electrónico, un irónico distanciamiento brechtiano que acaba siendo un guiño teatral de muchos quilates. Porque nos recuerda críticamente nuestra condición. Y la suya. 

 

La luz de Judith Greenwood, la música de Paddy Cunneen, y sobre todo la escenografía de Nick Ormerod (quien en 1981 fundó junto a Donnellan Cheek by Jowl, esta maravillosa compañía), una caja de los prodigios que sirve de barco en medio de la tempestad, cabaña de pastor, cámara mortuoria y sobre todo cápsula del tiempo que gira y contra la que estallan y resuenan los relámpagos y los truenos de la tragedia, y también de la comedia, es un hallazgo. Porque está al servicio de lo más valioso que tiene Cheek by Jowl: una troupe de intérpretes entregados a su don, convencidos de que el teatro es un arte portentoso para hacernos entender de qué estamos hechos, quiénes somos, qué podemos esperar, y en qué se puede convertir nuestra existencia según cómo nos comportemos en cada encrucijada del camino: Grace Andrews, Joseph Black, Tom Cawte, Ryan Donaldson, Chris Gordon, Guy Hughes, Orlando James, Sam McArdle, Eleanor McLoughlin, Peter Moreton, Natalie Radmall-Quirke, Joy Richardson, Abubakar Salim y Edward Sayer.

 

Decía al inicio que la noche del jueves volví a derramar lágrimas dulcísimas en el teatro. Me acordé de mi inolvidable amigo y maestro Ángel Fernández-Santos, quien acuñara aquella hermosa expresión del «arte de bien llorar». Porque después de todo el dolor, y de todo el espanto y la destrucción, pero también de las intrigas, golpes de efecto, casualidades, bromas y atrevimientos estéticos y teatrales, al final Declan Donnellan compone una estampa que podría firmar George La Tour para la escena del milagro, o de lo que sea que ocurre ante nuestros ojos. Cuando Hermione, conservada en estatua que ha sabido captar el paso de los años desde su muerte, cobra vida. Cómo no llorar después de todo lo vivido. No niega sin embargo este cuento la muerte, porque es el hijo que se fue tras el amargor desencadenado por los infundados celos de Leonte el que viene de las sombras, corrige la postura de su padre tomándole suavemente del mentón, para que podamos verle mejor la cara desde el lugar que ocupamos los espectadores, y se pierde de nuevo en la noche tenebrosa. Me acordé en ese instante del Cuento de invierno que filmó Éric Rohmer, y las lágrimas se hicieron más copiosas.

 

De nuevo tuve la suerte, gracias a una representación teatral, de visitar el lugar de la experiencia. Como si así pudiéramos corregir nuestro rumbo de colisión, nuestra ceguera, nuestra falta de atención, nuestros errores. Gracias, Declan Donnellan. Gracias, Cheek by Jowl.