Cuento penal

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Érase una vez un hombre tan harto de la vida que llevaba que decidió romper con todo, y resolvió empezar matando a su jefe. Demasiado tiempo cobrando una miseria, demasiados meses recibiendo más desprecio que sueldo. Sabía que la precariedad del falso autónomo era común en su gremio, pero también sabía que mal de muchos… En fin, que le apetecía matarlo.

Por empezar bien el fin de semana, consideró oportuno ejecutar su plan un viernes. Durante la mañana trabajó como de costumbre, disimulando el regocijo que le producía pensar en la futura muerte de su patrón. Después comió medio menú en el bar de enfrente, como siempre. Y por la tarde se dirigió al despacho de su jefe con determinación, dispuesto a matar.

La puerta estaba entreabierta, así que pudo asomarse para ver qué hacía. Lo vio de espaldas frente a su escritorio, pero con la cabeza ligeramente inclinada. «Está dormido el muy cabrón», pensó. Entró con cautela, se acercó y sacó una pistola del bolsillo interior de su chaqueta. «¿Quién le iba a decir a mi abuelo que terminaría usando su pistola para esto?», se preguntó antes de apuntar justo al centro de la calva de su jefe y disparar.

Además de los papeles que había sobre el escritorio, la sangre también manchó un retrato de Josefina, la mujer del tirano Bonaparte de su jefe. Aquella imagen se quedó grabada en su memoria: ella era la única persona a la que echaría de menos en su nueva vida. Consiguió reprimir las ganas de llevarse o limpiar la fotografía y se fue de allí corriendo.

Todo estaba listo para huir a un pueblo abandonado; con el depósito lleno y el equipaje en el maletero, puso rumbo a Sierra Morena, donde pretendía esconderse hasta que pasara la tormenta policial que se desataría tras su crimen. A pesar de estar hecho a la ciudad, entendió que con un poco de esfuerzo se adaptaría al campo. Lo concibió incluso como una oportunidad para exprimir su existencia, para disfrutar por primera vez de las bondades de la naturaleza.

Pero las cosas no siempre salen como uno espera: antes del primer mes ya estaba en los huesos y harto de los bichos. Tanto es así que empezó a buscarle ventajas a un posible ingreso en prisión: «Puedo escribir unas memorias, una novela o algo», pensó. Y al final decidió volver a la ciudad.

El miedo a que lo detuvieran lo acompañó hasta el portal; aun así, se desenvolvió con naturalidad. Pero, una vez en su casa, no sabía qué hacer, no había planeado nada. Entonces reparó en la posibilidad de informarse sobre el estado de la investigación a través de internet. Tecleó las palabras clave y, ante la primera noticia, palideció. No se lo podía creer. Era un inútil. Su jefe se había reído de él hasta el final: según el informe del forense, antes de recibir el disparo, había sufrido un infarto. Es decir, había matado a un muerto, lo cual constituye un delito imposible. La policía perdió el interés; el caso estaba cerrado. Y él descartó el suicidio por su falta de pericia.

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