Cuentos bizantinos de corte operístico

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El Barrio Gótico de Barcelona es un laberinto de pasillos estrechos de la Edad Media, por el que, cuando me detuve a escribir, pues no quería que se me olvidara la idea, dejé en la libretica la siguiente nota: “En el corazón de Barcelona está el Barrio Gótico, uno de los núcleos más antiguos de la ciudad y también uno de los más turísticos, una mezcla de edificios recientes y antiguos, así como una gran variedad de sitios de interés”.

Gran nota, gran idea. Con razón me detuve a escribirla. Hubiera sido una lástima que se me olvidara semejante genialidad.

Mejor sigamos.

Vine a caminar por el Barrio Gótico porque acá trascurren Los misterios de Barcelona, un relato “bizantino y operístico” que aparece en El juego del ángel, la novela de Zafón. La expresión “bizantino y operístico” es del propio Carlos Ruiz y luego de pensar un rato creo que lo que quiso decir el autor con ella fue que se trataba de una trama enmarañada, caótica, intrincada y confusa.

A pesar de la prosa dulcificada de Zafón, volví a quedar hechizado con El juego del ángel y esta vez estuve rastreando a lo largo de la novela un inventario de técnicas narrativas, un recetario para aprender a escribir ficción, un aprendizaje para embaucador novicio.

Como un mago que revela sus trucos, en esta novela Zafón va describiendo su técnica, sus procedimientos, sus engañifas.

Por ejemplo, en una parte, el protagonista David Martín realiza una investigación para escribir Lux Aeterna, un encargo que recibe el escritor por parte del misterioso editor y patrón. Lux Aeterna es un relato de corte religioso, encargado por Andreas Corelli, un misterioso editor. Para cometer la misión, David Martín se documenta en la biblioteca donde consulta fuentes y libros relacionados con el tema del compromiso.

En la biblioteca tiene varios encuentros con Eulalia, amable, joven y diligente bibliotecaria que está a punto de casarse. Durante el intercambio, de solicitudes de libros por parte de Martín y recomendaciones de la bibliotecaria Eulalia, ambos camuflan su coqueteo con diálogos sobre literatura.

Ella le cuenta que, aunque de manera diferente a él, pues no es profesional, ella también intenta escribir una novela. Uno de los encuentros ocurre cuando la muchacha le revela su bloqueo para seguir escribiendo.

“Eulalia no acababa de encontrarle el qué a su libro y le sugerí que le diese a todo un tono ligeramente siniestro y que centrase su historia en un libro secreto poseído por un espíritu atormentado, con subtramas de aparente contenido sobrenatural”.

El juego del ángel.

En este párrafo encontramos una pista de los temas que obsesionan a Zafón. Sus historias tienen un “tono ligeramente siniestro” y los temas giran alrededor de autores y libros poseídos, temas “siniestros”, es decir aviesos y malintencionados, infelices, funestos o aciagos. En resumidas cuentas y como lo dice el diccionario, lo siniestro “causa cierto temor o angustia por su carácter sombrío o macabro o por su relación con la muerte”.

Más adelante seguiremos con el inventario de procedimientos, pero mientras tanto hagamos un paréntesis y detengámonos en este punto. ¿Por qué las historias siniestras son comerciales? Queda la pregunta abierta. ¿Por qué somos presas fáciles de las historias que nos causan angustia? Porque es evidente que estos temas seducen al gran público, son temas masivos que hacen parte de la literatura de entretenimiento, es decir, no es literatura para pocos no es literatura de la línea dura, como la ha nombrado continuamente el escritor envigadeño MartínLimón.

Uno de los géneros literarios más vendidos y populares es el género policial, un género masivo de entretenimiento que utiliza muchas veces un “tono ligeramente siniestro” que “causa cierto temor o angustia por su carácter sombrío o macabro o por su relación con la muerte”.

El policial, un género comercial y masivo. Masivo y barato. Barato y, según los expertos, vulgar.

Y entonces la siguiente pregunta: ¿por qué en algunos sectores literarios denigran de los trucos del género policial? ¿Por qué las historias que sorprenden resultan vulgares intelectualmente hablando?

En uno de sus textos Sobre literatura y arte Fernando Pessoa escribió lo siguiente: “Llamo insinceras las cosas hechas para sorprender, y también a las cosas —repare en esto que es importante— que no contienen una idea metafísica fundamental, esto es, por donde no pasa, aunque sea como un viento, una noción de la gravedad y del misterio de la Vida”. ―En el texto de Pessoa, la vida con mayúscula―.

Según Pessoa, las novelas policiales podrían ser “insinceras” porque están hechas para sorprender porque carecen de “una noción de gravedad”.

Por otro lado, sabemos que Borges era un aficionado a los policiales y a los finales sorpresivos, apegos y agotamientos, enfrentamientos entre escuelas literarias, Alan Pauls, Libros en armas, peleas de gallos, tops ten y shorts list.

Cerremos el paréntesis en este punto y sigamos comentando el recetario de David Martín para Eulalia, o el inventario para el aprendizaje del embaucador novicio.

Otro hechizo que enseña David Martín consiste en cargar las tramas y subtramas con un variado contenido sobrenatural, con asuntos que no pueden explicarse por las leyes de la naturaleza o que superan sus límites.

En este artificio Zafón inserta, a la trama principal, subtramas de contenido ligero. Y así, va tejiendo una red de personajes e intrigas que, además de nutrir la historia, abren y expanden la malla narrativa.

Estos nodos y relaciones facilitan la creación de spin off y con ellos la saga. Mientras más personajes tenga la trama, mayor posibilidad de seguir alimentado los volúmenes de la saga. Lo dicho, en El juego del ángel hay un manual de brujería que cualquier neófito podría utilizar al momento de pretender estafar la realidad.

Zafón es un escritor muy entretenido o, en otras palabras, un embaucador, un tramposo que hacía pasar por real un cuento de ficción. Y por lo mismo, un escritor exitoso y popular.

Pensando en esto recordé que tenía que conocer la casa, el pequeño castillo donde vive el escritor David Martín, en la novela El juego del ángel. Y allá me fui. Me adentré en un barrio con trazo medieval, con plazas escondidas y calles estrechas y peatonales.

“Pese a su aspecto fúnebre y desmesurado, o tal vez por ese motivo, la idea de llegar a habitarla despertaba en mí esa lujuria de las ideas desaconsejables. En otras circunstancias hubiese asumido que un lugar semejante excedía de largo mi magro presupuesto, pero los largos años de abandono y olvido a los que parecía condenado me hicieron albergar la esperanza de que, si nadie más quería aquel lugar, tal vez sus propietarios aceptarían mi oferta”.

El juego del ángel.

Mientras caminaba por el Barrio Gótico pensé de nuevo en MartínLimón, el escritor envigadeño, y su manía de empotrar ciertos libros en su marco de la línea dura y a otros libros en la literatura del entretenimiento. Pensé en un ring de boxeo en el que enfrentaría ambas literaturas, a ver si las entendía, Alan Pauls, top ten, short list.

El escritor argentino Alan Pauls cuenta que su amigo Roberto Bolaño tenía la manía de enfrentar novelas, escritores y poéticas. Diseñaba tops ten, tops five y shorts list. Agrupaba escritores para luego soltarlos en un tierrero como si fueran gallos de pelea.

Al parecer, Bolaño copió la idea de su dios, Borges, quien era aficionado a los duelos, no solo entre cuchilleros de Buenos Aires sino también entre escuelas literarias. Alan Pauls comenta estos enfrentamientos literarios en el ensayo Libros en armas . y seguramente MartínLimón leyó a Pauls y por eso le gustaba enfrentar la línea dura contra el entretenimiento.

Pero ¿para qué enfrentar a los escritores? ¿Para qué soltarlos en una lona como karatecas?

Lo que yo creo es que Alan Pauls lo hacía, como lo hizo Bolaño o Borges, creo que organizaba combates literarios para entender. Creo que lo hicieron para entender diferentes maneras de leer y escribir, campos de coincidencias y desapegos.

Por ejemplo, leer al mismo tiempo a Carlos Ruiz Zafón y Enrique Vila-Matas, ambos barceloneses, con feliz casualidad, al ubicarlos frente a frente se podría entender un poco más la literatura de la línea dura y el entretenimiento y dejar en relieve sus coincidencias y distanciamientos.

En la literatura de entretenimiento se privilegia la historia, las aventuras, los giros narrativos, su principal herramienta es la trama, literatura de trama. El entretenimiento tiene protagonistas y antagonistas, personajes que buscan un objetivo y en esa búsqueda se encuentran con fuerzas antagonistas que les impiden su consecución. Por el contrario, la línea dura intenta una exploración en el estilo, en la forma literaria y apuesta por la novedad, por el juego. Vila-Matas contra Zafón.

En el entretenimiento, ya lo vimos en el capítulo de la librería Sempere, se busca que el lector desarrolle una empatía por el protagonista, y también comentando las fuerzas antagonistas, lo vimos en el capítulo del castillo de Montjuic, se busca que el lector desarrolle antipatía por quienes se oponen a la consecución del objetivo del protagonista.

Otro famoso escritor al que le gusta el ring y la pelea es a Milan Kundera. En el libro Los testamentos traicionados, Kundera explora estas diferencias a través de las obras de Stravinski y Kafka, Leos Janacek y Rabelais, Céline y Maiakovski.

Y otro ñoño al que le gustan estas vainas es a Ricardo Piglia, quien respecto al problema de la empatía en la narrativa, dice que la empatía debería despertarse por el escritor y no por sus personajes. Muy interesante, porque no denigra sobre la fuente de emociones que debe ser el arte y la literatura, pero propone una diferencia sobre el foco de las emociones, es decir quien las emite y genera. En Piglia la fuente de identificación no es un personaje de ficción, sino un personaje real, el escritor. Piglia es línea dura. La pregunta sería: ¿Cómo llegar a generar empatía por el escritor?

Mejor sigamos por el camino que veníamos y no nos desviemos. Sigamos en nuestro ring entre línea dura y entretenimiento.

Mientras que el entretenimiento se asegura en las formas clásicas de inicio, desarrollo y desenlace, por otro lado, la literatura de la línea dura es trasgresora en el orden en que se presentan los hechos, en la estructura de los relatos, tanto así que es posible que el libro nunca comience, como Museo de la novela de la eterna, de Macedonio Fernández, con más de cincuenta prólogos previos a la historia principal.  Museo de la novela de la eterna es una antinovela, no lineal, una secuencia de divertimentos, discusiones y autorreflexiones que no le interesa ser legible.

Y entonces la siguiente diferencia. Al entretenimiento le interesa lo legible a la línea dura lo ilegible, la vanguardia, el juego, la improvisación, la experimentación, la polifonía, el malabarismo lingüístico y el reto intelectual.

El entretenimiento apela a la descripción detallada de atmósferas. La línea dura se pasa por encima la creación de atmósferas, sin necesidad de espacios físicos.

La siguiente diferencia es la más clara. El entretenimiento es popular y vende que da miedo y la línea dura da miedo lo que vende.

Caminando por el Barrio Gótico había llegado a la casa de David Martín. Uno de los espacios que son más interesantes en la ficción que en la realidad. Tuve que dejar mi ring de boxeo mental para concentrarme en lo que había ido hasta Barcelona. Buscar en la realidad las atmósferas de la imaginación.

En El juego del ángel, el atormentado David Martín escribe dos series de historias: Los misterios de Barcelona y La ciudad de los malditos. Ambas, caracterizadas en el siguiente párrafo en el que el escritor David Martín, creador de sagas y literatura de folletín, cuenta él mismo como recibe la siguiente oferta de trabajo de su amigo Vidal:

“Quieren que les escribas una serie por entregas en la más barroca, sangrienta y delirante tradición del grand guignol que haga añicos Los misterios de Barcelona. Creo que es la oportunidad que estabas esperando. Les he dicho que irías a verlos y que estabas listo para empezar a trabajar inmediatamente.

Suspiré profundamente. Vidal me guiñó un ojo y me abrazó.

Fue así cómo, a pocos meses de cumplir los veinte años, recibí y acepté una oferta para escribir novelas de a peseta bajo el seudónimo de Ignatius B. Samson. Mi contrato me comprometía a entregar doscientas páginas de manuscrito mecanografiado al mes tramadas de intrigas, asesinatos de alta sociedad, horrores sin cuento en los bajos fondos, amores ilícitos entre crueles hacendados de mandíbula firme y damiselas de inconfesables anhelos, y toda suerte de retorcidas sagas familiares con trasfondos más espesos y turbios que las aguas del puerto. La serie, que decidí bautizar como La Ciudad de los Malditos, aparecería en un tomo mensual en edición cartoné con cubierta ilustrada a todo color”.

Esa noche, luego de pasear por el barrio de David Martín yo necesitaba encontrar dónde comer. El estómago me crujía y no dejaba de pensar en que, en las páginas anteriores, Zafón volvía a caracterizar sus historias.

Buscando grasa para mi panza, me fui pensando en que en estas líneas hay una poética, una búsqueda estética, una manera de entender la literatura. Y claramente se notaba una fuerte tendencia a la literatura del entretenimiento.

David Martín sabe que esa literatura es tan barata y mediocre que oculta su verdadero nombre en Ignatius B. Samson, como si pensara lo mismo que otros personajes quienes creen que el género policial, por ejemplo, es un género menor y vulgar, como lo pensaba Pessoa.

Aprovechando que estamos comentando temas ligeramente siniestros, no puedo dejar de recodar una historia que me contó Pia Nicoletta. Una noche, ya llevábamos casi tres meses andando juntos en Barcelona, me contó que su casa estaba embrujada. Estábamos metidos en las cobijas cuando dijo que una noche desapareció de su baño la crema dental. Buscó por todos los cajones. ¿La había botado? Sabía que estaba a medio camino y no tenía por qué haberla puesto en la basura. Como sea, sacó una nueva y se cepilló los dientes. A la semana siguiente, la crema dental apareció en la mesa del comedor.

Yo escuchaba a Pia contar sus historias, me rebujaba en la cobija y me rascaba la cabeza, sin creerle una sola palabra. El relato había sido soso y superficial. ¿Una crema dental desaparecida?

Y MartínLimón usando la anécdota en su novelón, qué desastre, porque, bueno, ya ustedes saben que todo esto hace parte de esa novela llamada El corazón es un animal extraño, el relato que MartínLimón escribió sobre las aventuras de Pia Nicoletta. En este punto nos parecíamos al estafador Carlos Ruiz Zafón, como si fuera posible volver atrás, y salir ilesos de la ficción. Pia Nicoletta, Carlos Ruiz Zafón y yo, una pandilla de tramposos, simuladores y charlatanes.

Cuenta MartínLimón que al día siguiente, en el verano Barcelonés, tomando cerveza en una terraza, un hombre de lentes oscuros y pantalones mochos se nos acercó a Pia Nicoletta y a mí.

Tienen hasta el sábadonos dijo.

En ese momento no lo reconocí, pero era evidente quién lo había enviado.

Ese tipo de mensajes no podían, para nada, pasarse por alto.

Pretendían presionarnos, como si fuera posible devolver lo robado.

 

Ese día supimos que debíamos largarnos de vacaciones y perdernos del mapa por un tiempo. En vez de asustarse, Pia se sintió encantada con la idea de irnos de luna de miel. Una luna de miel forzada.

Ese viaje fue la confirmación de mi cobardía.

Hubiera hecho frente, pararme en la raya y dar la cara por nuestras actuaciones. Pero me dejé llevar por Pia Nicoletta y esa debilidad la pagué cara.

 

El corazón es un animal extraño, de Martín Limón, segunda parte

Recorrimos varias playas sobre el mar Mediterráneo. El viaje comenzó en Tarifa, la puerta de la España musulmán, en la costa sur. Desde allí cruzamos el estrecho de Gibraltar hasta Tánger, un puerto que hoy en día, igual que en el siglo XVII, es una base de piratas en el África. En Tánger no se comercia con barcos y mercancías en cajas, sino con drogas y muchachitos. La travesía se hizo a bordo de una potente lancha y en un abrir y cerrar de ojos desembarcamos al norte de Marruecos. Durante la siguiente tarde y ya instalados en Tánger subimos caminando la montaña que gobierna la ciudad y la bahía, y desde allí presenciamos el atardecer. Luego bajamos por un barrio de clase media salpicado de feos chalets mediterráneos hasta llegar a la ciudad “moderna”, hasta el laberinto de la Casbah rodeada por el mar. En Tánger estuvimos una semana y luego nos dirigimos hacia Túnez. Allí visitamos varios museos arqueológicos y nos paseamos por las ruinas de Cartago. De Túnez pasamos a Palermo, en Sicilia, y de Palermo nos fuimos hasta Grecia, para luego llegar a la isla de Creta. Allí subimos a la sierra Levká Orí. Sentados en el cerro y mirando abajo el mar Mediterráneo nos fumamos juntos un porro largo y arrugado. Nuestra locura fue bañada por el antiguo misticismo del Egeo.

En Creta nos instalamos en Canea, un puerto artesanal y solitario que aún conserva algunos vestigios de la dominación veneciana y turca. La idea era visitar Beirut y finalizar la travesía en Damasco. Haber insistido en que nos quedáramos unos días más en Canea fue una muy mala idea.

Una mañana, recibiendo el sol en una pequeña playa solitaria de la que nos apoderamos, conocimos a un árabe. El tipo guardaba en sus ojos-color-miel todo el misterio guardado en las religiones persas del medio oriente. Luego de un par de palabras en inglés con el árabe, nos invitó a su terraza junto a la playa. Cuando nos sentamos en el balcón, me di cuenta de otra competencia que tenía Nicoletta. Comenzó a hablar en árabe con el sujeto. El hombre trajo una cafetera con té y lo bebimos caliente, como se acostumbra. Hablaron y hablaron en árabe y yo sin entender nada. Estaba agotado. Quería irme a descansar y echar una siesta. Me despedí y salí para el hotel. A media cuadra, caminando por la playa, giré para ver verlos. El hombre había traído una pipa de agua y Nicoletta aspiraba profundamente por la boquilla, cerrando los ojos. Seguí mi camino y fui al hotel, una casa tradicional sobre una de las calles empinadas del pueblo.

Nicoletta y el árabe hablaron hasta el atardecer. Cuando llegó a nuestra alcoba, no me saludó y se metió en el baño a darse una ducha. En la cena no cruzamos una sola palabra. Esa noche, al acostarnos, se hizo a un lado de la cama y no aceptó que le pasara los dedos por el pelo, ni que le cariñara la espalda. Tirado en la oscuridad de la alcoba estuve pensando en que a lo mejor la magia llegaba a su fin. Pensando y pensando llegué a la conclusión de que nos teníamos que largar de ese maldito lugar lo más pronto posible. Así me dormí.

Cuando desperté con la luz del sol entrando por las ventanas del balcón, Nicoletta no estaba en la alcoba. Salté de la cama y saqué el cuerpo por la baranda. Miré desesperado las calles vacías del puebluco. Más abajo el mar azul y el pequeño puerto. El sol calentaba las cerámicas negras de los tejados. Iba a salir disparado, escaleras abajo, para preguntar por ella en la recepción de la casa cuando supe que cualquier búsqueda sería inútil. Me detuve en el balcón. Los pequeños barcos de vela flotaban serenos más allá del puerto y a lo lejos la línea divisoria, entre el cielo y el mar, también estaba separando mi vida.

De nuevo en la estancia, busqué en el armario. Nicoletta se había llevado todas sus cosas y junto a mi maleta había un sobre repleto de euros. Ni una nota había escrito para despedirse. Siempre supe que el corazón de Nicoletta era un animal extraño, uno que sentía raros deseos y escuchaba lejanas voces.

Me tiré en la cama y luego busqué en la libreta una nota que me había escrito Nicoletta, una cita de Pier Paolo Pasolini, de La ciudad de Dios: “Roma es la ciudad más hermosa del mundo (…). Su belleza es por supuesto, un misterio: podemos recurrir cuanto queramos al barroco, a la atmósfera, a la composición, toda depresiones y alturas del terreno, que le confiere continuas e inesperadas perspectivas, al Tíber que la surca y la abre en corazones maravillosos vacíos de aire, y sobre todo a la estratificación de estilo que en cada esquina donde uno gire se ofrece la vista de una sección diferente, que es un verdadero trauma debido al exceso de belleza. Pero ¿sería Roma la ciudad más hermosa del mundo si, al mismo tiempo, no fuera la ciudad más fea del mundo?”.

Pia Nicoletta resultaba ser como Roma, la mujer más tierna y la más cruel. Era lo peor y al mismo tiempo lo mejor. No sé por qué, pero pensé en Edward Bunker cuando dijo: “No hay ningún infierno. Y ni siquiera el cielo. La vida es aquí. El dolor es aquí. La recompensa está aquí”. Yo tenía que esperar mi recompensa.

 

Epílogo: El vértigo de la escritura

Cuando leí a Zafón, en 2015, no quería detenerme en los mecanismos de la ficción, aunque lo más preciso sería decir que no podía razonar, el arrebato de la lectura era tal que solo había espacio para sumergirme, no para pensarla.

Todos lo sabemos, el buen arte suprime la capacidad de razonamiento. Como una canción que nos gusta o una película. Sucede lo mismo que el amor. El arte no necesita de la razón, así como tampoco la necesitan la ira, ni la pasión. Y aun así el arte la requiere para los primeros pasos de su construcción, para el aprendizaje de la técnica.

Un miércoles, a finales de octubre del 2019, tomé un vuelo de Europa a Medellín.

Mientras esperaba en la sala del Prat, y a modo de despedida del vértigo que me había causado este viaje, saqué la libretica para escribir: “Así como en los primeros destellos del enamoramiento se intenta, de manera infructuosa, razonar y encontrar respuestas sobre por qué tenemos el corazón en llamas, así mismo sucede con la literatura. Tal vez por eso la riña entre académicos y creativos. Estamos hechizados con un libro y parte del embrujo consiste en que no sabemos explicar con certeza lo que nos atrae, no sabemos a ciencia cierta lo que nos está pasando con la historia. La complejidad de la relación con el libro parte de esa incapacidad por explicarla. Se podrá comentar, pero siempre quedará la sensación de mediocridad, porque las palabras no abarcan la totalidad de lo que sentimos y pensamos. Esa inhabilidad es torturante. Estamos en medio de ese huracán delicioso y a la vez horrible. El espanto que produce no saber comunicarnos. Cuando se logra entender a plenitud la obra, su trama, estructura y la intensión del autor, las lecturas entre líneas, la obra queda agotada. Por eso los clásicos siempre tienen algo nuevo que ofrecer, siempre hay una capa nueva para descorrer y una panorámica diferente para disfrutar. Creo que en el amor sucede algo parecido. Cuando ya no queda nada por leer en el otro los ojos comienzan a buscar en otros títulos.”

 

Si quiere leer completo el Diario de Barcelona, por acá le dejo el comienzo: Hechizo vudú

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