Cuentos de Ricky. 025 Julio Mayo

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Era una tarde lluviosa, muy lluviosa. Se había adelantado la noche. Ricky y Roy caminaban por las calles de Bogotá. Les habían dicho que era peligroso salir de noche. Dejaron toda la documentación en el hotel, los relojes y Roy confiaba en los puños de Ricky, y, sobre todo, en la agilidad de sus dedos. Caminaron sin hablar. Roy sabía que una de las cosas que a Ricky le gustaba más en esta vida era caminar bajo la lluvia. Los dos iban con gabardinas que habían comprado en Londres, livianas, y que siempre llevaban en el fondo de sus maletas, junto con dos sombreros flexibles e impermeables de ala baja que tanto placer le hacían experimentar a Ricky al ver como caía el agua en goterones. Caminaban con las manos en los bolsillos. Ambos sabían que el bajo de sus pantalones se iba empapando progresivamente, pero no les importaba. Lo que importaba era seguir por las calles pisando la luz de las farolas por el suelo, como estelas de barcos en la mar, como quimeras perseguidas en los sueños, como ilusiones renacidas, como esas hojas del segundo volumen de la obra de Ricky, que Roy se deleitaba en pasar hoja a hoja, párrafo a párrafo, cuento a cuento. Les gustaba oír el chapoteo del agua, las grandes gotas de agua sobre las tapaderas de los cubos de basura. Gatos espantados corrían a ocultarse mientras pasaban. Ricky llevaba, como siempre, un paraguas debajo del brazo, pero no lo había querido abrir. «Es día de presagios, -se dijo Roy-. No quiere abrir el paraguas. Mojémonos pues».

Tantas veces le había contado Ricky a Roy la historia de un sombrero lleno de lluvia, aquella película de Don Murray que tanto le había impresionado en su juventud. No sabía por qué, al salir del Restaurante en el que habían cenado, Ricky iba tarareando la canción de «San Francisco». Fue así como, a la vuelta de una esquina, bajo la lluvia, un montón informe que parecía un saco abandonado se movió y como un gemido llegó al corazón de Ricky. Roy sintió la mano poderosa de Ricky que le apretaba el antebrazo. Y como tantas otras veces, Ricky con la derecha sacó el estilete que llevaba siempre en su antebrazo izquierdo con una fina hebra de esparadrapo. El corazón de Roy palpitó con fuerza. El de Ricky bajó a mínimos, como siempre le sucedía con un peligro presentido o ante una emoción que despuntaba. De nuevo volvieron a escuchar un gemido, más apagado esta vez. Ricky le dijo a Roy: “Vamos, no tengas miedo. Es alguien que necesita ayuda”. Se acercaron con cuidado a aquel montón informe que permanecía bajo la lluvia y que correspondía a un ser humano encogido sobre sí mismo. Roy se acercó, lo volteó por el hombro y un hombre con las cejas partidas y los ojos amoratados, cárdeno, violáceo y púrpura, llanto y lluvia a la vez, respiraba con dificultad. Tenía los ojos hinchados y el labio partido le hubiera impedido si quisiera hablar. Roy puso la mano en su hombro y le dijo con voz firme: «Tranquilo, somos amigos».

El otro no pudo hablar, pero a Roy le pareció ver como una lágrima que se mezclaba con la lluvia, que, sanguinolenta, recorría el rostro de aquel hombre. Al cabo de un rato, como Ricky sabía hacer las cosas, aquel hombre se encontraba en el cuarto de su hotel: ¿Por dónde habían subido? ¿Cómo habían entrado? ¿Por qué ascensor de servicio lo izaron? ¿De qué recipiente de ropa sucia se sirvieron? Roy no tenía tiempo de procesar la enorme cantidad de información que había obtenido. Suavemente, con una ternura sólo posible en un hombre con nervios de acero, Roy contemplaba cómo Ricky iba colocando a aquel ser casi informe, con el que se habían ensañado y lo iba desnudando en el cuarto de baño, mientras el agua templada, llenaba con fuerza la bañera. En el suelo, como estaba, casi sin sentido, ciego a lo que pasaba a su alrededor, aquel hombre seguía gimiendo. Ricky, cuando lo contempló desnudo, con los golpes, las magulladuras y las costillas quebradas, comprendió que había sufrido una paliza mortal y lo habían abandonado creyéndolo muerto. Uno de tantos N.N. (no name), que al otro día aparecerían en la calle. Con infinita dulzura, con precisión matemática, Ricky, rodilla en tierra, pasó sus brazos bajo las piernas y la espalda de aquel hombre y lo sumergió en un baño de sales. El gesto de dolor de aquel hombre fue seguido de una gran placidez. Ricky le había inyectado una doble cantidad de Nolotil para aliviar su dolor e inducirlo al sueño. Mientras lo tenía sujeto con el brazo izquierdo en su empapada camisa bajo los hombros, con la otra una esponja natural, empapada en espuma se la iba pasando suavemente por todo el cuerpo para ir restañando la sangre coagulada, para aliviar aquellos moratones. Y, ya después, con jabón no sólo con agua, la fue pasando por el rostro. Entonces pidió a Roy que trajera un cubo de agua. Este regresó rápido y trajo el cubo de hielo del bar del hotel. Roy empapó una toalla en aquella agua helada y después de escurrida, la fue apoyando en los hematomas de la frente, de los ojos y de la boca. Así lo tuvo, empapado en tres toallas con sales rellenas de cuadraditos de hielo. No sé si a Roy le pareció verlo, si lo adivinó o si lo soñó, pero, en un momento determinado, le pareció que los dedos de la mano derecha de Ricky se metían en la mano derecha de aquel hombre y lo tranquilizaba. Después, los introdujo en el pelo para arrancar decididamente los coágulos de sangre que hasta entonces estaban como una costra informe de barro y fango a la vez. Al cabo de un rato, cuando comprendió que aquel hombre ya no sufría por el Nolotil inyectado con precisión, Roy ayudó a Ricky a sacar aquel cuerpo del agua y a envolverlo en las amplias toallas de buen algodón. Lo depositaron en una de las camas. Ricky lo secó y lo volvió a arropar con sábanas y mantas, mientras decía a Roy que apagase el aire acondicionado porque sabía que, de un momento al otro, comenzaría la tiritona.

Así fue, y al cabo de unos momentos, aquel hombre dormido comenzó a tiritar de una forma que estremecía la cama. Ricky lo dejó al cuidado de Roy y volvió a inspeccionar sus ropas. Como suponía, no había nada en los bolsillos, ningún signo que delatara su personalidad. Recogió la ropa, la metió en la bolsa de plástico destinada a lavandería de los hoteles y con sigilo abrió la puerta e inspeccionó el pasillo. Abrió el incinerador de los desechos y por allí arrojó los enseres de aquel hombre. Ya no tenía señas de identidad, sólo quedaba de él un rastro, un rostro magullado, un hombre que se había salvado por segundos de una muerta cierta bajo la lluvia y el frío de Bogotá. Y ahora, entre el Nolotil, el baño de sales y los cuidados, descansaba tranquilamente bajo las mantas de un hotel de Bogotá.

«Me llaman Mayo, -dijo-, pero mi nombre verdadero es Julio Alcaraz. Soy español, pero hace ya muchos años que ruedo por estas tierras de América sin rumbo, buscando mi destino y alguna forma de vivir. Tengo la sensación de que voy huido. Desde joven me gustó pelear. Quise ser un púgil y me entrené. A los diecisiete años gané mi primer combate. Me preparé y me entrené a fondo. Casi abandonaba mis estudios para ir a entrenar. El patrocinador me decía, «muchacho, tú llegarás». Por ser menor de edad, mis padres no permitían que combatiera, así que lo hice bajo un nombre supuesto: «Mayo». Mi entrenador me trajo hasta aquí. Estaba a punto de cumplir dieciocho años, nunca tuve pasaporte real. Rodé por los gimnasios. Amé y fui usado. Todo lo sacrificaba a mi carrera de púgil. De mis años de colegio conservé mi afición a leer. Todos mis ratos libres los utilizaba en leer. No quería volver la vista atrás. Soñaba con regresar a mi casa y mostrarles mi triunfo, mi victoria».

Así hablaba Julio, con la voz entrecortada, al tercer día de haberlo encontrado, mientras Ricky, con toda paciencia, le hacía beber caldos concentrados y jugos de carne cruda, unas mezclas de comidas que Roy se preguntaba siempre de dónde había extraído Ricky la fórmula, pero, como siempre, no indagaba. A partir del tercer día, aquel hombre había comenzado a hablar. Fue abriendo los ojos poco a poco. No preguntó. Hombre apaleado no gustaba de hacer preguntas innecesarias. Le bastaba con comprender que las manos que le habían salvado, que restañaban sus heridas, que cambiaban sus emplastos y le administraban medicamentos, que hacían ceder la hinchazón de su rostro, y que, con arte y prudencia, sin recurrir al médico, habían suturado sus labios y su rostro, eran gentes amigas. Por eso, él tampoco hizo preguntas y Roy sabía que eso a Ricky le gustaba. Mayo continuó su historia.

«Como sucede en las películas, se acercaba el día del combate, pero mi preparador se había metido en negocios de droga y tuvo que recurrir a la mafia. Me di cuenta de que, más de una vez, en mi equipaje no viajaba sólo ropa, es decir, nos estábamos convirtiendo en camellos, yo involuntario, que de un lado a otro justificaban el transporte con los combates. Aquella noche en que vosotros me encontrasteis en la calle, yo tenía que librar un combate definitivo. Se jugaba la bolsa al todo o nada. No habría un segundo encuentro, sino que todo sería para el vencedor. Me había preparado concienzudamente, había corrido desde antes del amanecer, había comido mis dos kilos diarios de carne, había tomado las proteínas, me preparé muy duramente para el combate. Mi entrenador, ansioso, me decía: «Mayo, esta es nuestra ocasión, esta es nuestra ocasión». Movido por el afán de la victoria no comprendí lo que me quería decir. Sólo pensé en la bolsa, que, si la ganaba, él podría pagar todas las deudas que sin duda tenía. Así fue.

Aquella tarde yo llegué al gimnasio. El masajista me preparó y el olor de linimentos llenaba la estancia. Me tendí mientras vendaban mis manos. El calzón rojo, brillante, del color púrpura que a mí siempre me había gustado. Ya se oía el grito, por la pelea que vendría después, de los dos combates teloneros: «Mayo contra Jimmy Conte», cubano rescatado en Florida. La expectación era grande y el ruido ensordecedor. Y al igual que ocurre en las películas y que yo había visto cien veces en «La ley del silencio», el hermano de Marlon Brando, su propio hermano, recibe la orden demoledora): «Esta noche no puedes ganar». Yo creí que era un sueño y que esto no pasaba más que en las películas o en los relatos de Hemingway. Pero aquella noche, mi preparador, mirándome a los ojos, agarró mi muñeca y me dijo: » Mayo, hoy no puedes ganar». Se me venía el mundo encima. El estadio me explotaba en la cabeza. Yo creí que tenía que echar a correr. Hubiera querido morir. No sé cómo, una nube cegó mi cerebro, era como una difusa bruma de sangre.

Echaron mi batín de raso brillante sobre los hombros, la toalla y, al fin, subía al rin. Yo estaba como ausente. Oía mi nombre, mis datos, mi peso y el de mi adversario, “¡segundos fuera!” y el combate. No sé que pasó. No sé cómo fue. En el segundo asalto, algo se rompió en mi cerebro y me lancé contra Jimmy y, en un golpe fatal, lo tumbé de forma que no se pudo levantar. Me dieron por vencedor, alzaron mi mano mientras la otra caía al suelo, resbalándose por mis piernas, como si fuera sudor. Cuando regresé al vestuario el masajista me miró con desprecio. Yo mismo tuve que desatarme los guantes y desenvolverme las vendas. Me quité el pantalón. Me descalcé y con una toalla en la mano me dirigía a la ducha. Entonces mis ojos se llenaron de espanto y de lágrimas. Allí estaba colgado, con el rostro desfigurado, ahorcado, mi preparador. Lo habían colgado de la única ducha que permanecía con la puerta abierta. Quise volverme atrás, movido por el espanto, y fue entonces cuando unos brazos poderosos, no sé cuantos, seis, ocho, todos a la vez me pusieron en el estado en el que estoy. Alguien me puso alguna ropa, no recuerdo y me tiraron al lugar donde me encontrasteis, mientras siguieron ensañándose a patadas. Sólo pude acertar a escuchar a uno que decía: «Salgamos pronto de ahí porque este va a cascar«.

José Carlos Gª Fajardo Emérito U.C.M.

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