Cuentos singulares*: El taxi

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De lo que aconteció aquella insólita Nochebuena no todo lo recuerdo, sólo algunas cosas concretas.
Hacía semanas, tal vez meses, que no paseaba por la calle. El trabajo deshumaniza y encierra, aunque para lo que se suele encontrar afuera, las salidas no tienen mucho aliciente. Hoy todo te lo traen por teléfono, hasta la cocaína; del sexo y las comidas para qué hablar. La vida resulta mucho más segura entre unas buenas paredes que no causan problemas y reconfortan como nadie.

 

Tal vez sucedió por efecto de estas estúpidas fechas navideñas que arrastran los recuerdos y condicionan el comportamiento; o, porque debo conservo un corazón más sentimental de lo que creo; pero, el caso es que, de pronto e inexplicablemente me apeteció pasear. Le pedí al chófer que me dejara en el cruce de la plaza y que él siguiera con el coche oficial. Quedaba más de media hora y tenía tiempo para dar una vuelta. En veinte minutos tomaría un taxi y estaría a la hora acordada en el Restaurante; como siempre sería puntual.

 

En estas fiestas se adorna la calle como si fuera una casa, más aún una plaza. A un lado habían levantado un abeto colosal con bolas luminosas y cajas doradas, como un árbol de navidad comunal.  Grandes pascueros colgados de los semáforos, regulaban el tráfico con sus hojas verdes y rojas. Las copas desnudas de la alameda cercana estaban cubiertas con ristras de luces blancas. Mirando con detenimiento, podían distinguirse junto a las bombillas las bolas que formaban los gorriones durmiendo en las ramas. Latían sus cuerpos redondos con la cabeza debajo de un ala. Hasta el río de coches que avanza por la calzada iba vestido de Navidad: aquella selva de luces parecía huir en masa de la ciudad. Entre todas ellas no se veía el piloto verde de ningún taxi.

 

Ser alto cargo y soltero comporta estas servidumbres. Cuando, por alguna razón de negocios, algún socio importante se debe quedar una noche tan señalada como ésta en otra ciudad siempre le acompañan en la cena los colegas solteros de sus empresas. Seremos cuatro a cenar (siempre se buscan números pares para una reunión ideal), como dos matrimonios de negocios celebrando sus intereses gananciales. Es una forma como otra cualquiera de pasar la Nochebuena. Preveo sus rostros acicalados para ocultar la edad; hombres maduros con elegantes trajes oscuros y previsibles corbatas de rayas. Nos habrán puesto una luz íntima en la mesa, como si fuéramos a susurrarnos secretos de amor y finanzas. Después del café y del champagne, los extranjeros pedirán juerga: top-less con camareras de cera; prostitutas o chicos; o mejor travestis callejeros, que no hay que salir del coche porque entran ellos; así la vida y la bolsa están más seguras. Hasta esta carne de hotel y aeropuerto, con una jornada planificada al milímetro por sus secretarias, tienen un sentido de la celebración extraordinariamente ligado a la carne. Siempre están dispuestos a gozar o sufrir otros cuerpos; les da igual, porque los placeres o los riesgos son tan efímeros como intensos.

 

Me alegré de haber dejado el coche, estaba disfrutando con aquel imprevisto paseo de Navidad. Caminaba junto al origen radial de todas las carreteras del país -el kilómetro cero- cuando el ruido de un motor en el aire me hizo mirar hacia arriba. Un helicóptero de la policía nos lanzaba el chorro de luz de su ojo de cíclope; aunque también podía tratarse de uno de la televisión que estuviera tomando imágenes para cualquier resumen de la jornada. Las calles engalanadas son las protagonistas de los últimos noticiarios; y nosotros, los raros caminantes de una noche tan hogareña, sus comparsas. El helicóptero seguía descendiendo como si fuera a aterrizar en la plaza. Cuando su luz tocó la punta del abeto no  pude evitarlo: apoyado sobre la punta de mi zapato derecho, tomé impulso, y di la vuelta completa sobre el Kilómetro Cero; sentía que la tierra giraba conmigo como centro.

 

Jadeante y satisfecho, contemplé el helicóptero alejándose por el cielo; y bajo su estela descubrí un largo túnel de luces encendidas; era en la calle peatonal. Había leído en la prensa que los comerciantes habían contratado a iluminadores italianos para transformar el Pasaje Comercial en un bosque encantado; y parecían haberlo conseguido. Aquella iluminación se diferenciaba de cualquier otra que jamás hubiera visto. Extasiado ante aquel panorama, miré mi reloj. No quedaba demasiado tiempo para mi reunión, pero atravesar aquel fantástico lugar podría merecer unos minutos de retraso. Pasó un taxi despacio a mi lado con su ojo verde encendido, pero lo dejé marchar. Fascinado por aquel agujero luminoso crucé la plaza como un autómata. Sólo una cosa me importaba ya.

 

Al atravesar el primer arco, penetré en una brillante ciudad que tenía sus casas y habitantes dibujados con bombillas. Sin dejar de caminar, miraba hacia arriba con la cabeza bien alta, para llenarme los ojos de pájaros, renos, estrellas, camellos, Reyes Magos, conejos y ciervos; todo un bestiario navideño en el cielo de aquella ciudad de cuento. Era maravilloso pisar y sentir el suelo como en un sueño; estar contemplando lo que sólo existe más allá de los espejos. No bajaba ni subía nadie por la calle; las luces estaban todas conmigo. Hacia la mitad del trayecto, oí cantos de pájaros; debía ser el exceso de luz -pensé- quien los tenía despiertos. Sentí cantar a canarios, jilgueros, periquitos, mirlos, ruiseñores y hasta el rudo borboteo de unas palomas. No era ilusión, los estaba oyendo aunque no pudiera verlos. Cuando los tuve encima, descubrí que sus cantos salían a la calle por los altavoces de una tienda: estaban grabados y los usaban como reclamo de clientela. Por ser Noche de paz los habrían dejado cantando hasta las doce.

 

Caminaba maravillado por un tubo de luz formado por una sucesión de arcos encendidos, como los de una mezquita, una feria o un carnaval. Pasaban trémulos sobre mi cabeza, y ninguno era igual a otro. Borracho de emoción consumí ansiosos los que me quedaban. Cuando llegué a lo alto de la calle volví la vista hacia atrás para recuperar las luces perdidas. Las miraba y remiraba, como si dudara de que hubieran existido y mucho más de haber pasado bajo ellas. Se hacía tarde y zanjé la cuestión de la fantasía con un giro de ciento ochenta grados. Había una parada de taxis allí mismo, y tomé el primero.

 

           – ¿Me puede usted llevar a la Calle Realeza, 26?

          – ¡Como no! Vamos allá. Pero no me hables de usted, que yo soy muy joven, -replicó la voz del conductor-.

  

Hasta ese momento no había reparado en él, pero cuando le eché un vistazo me quedé desconcertado ante lo que estaba viendo: en verdad se trataba de un chiquillo.

 

          – ¿Qué edad tienes?
          – Dieciocho. 

          – Muy joven para el taxi ¿no?

          – ¡Que va!, lo suficiente. Además, es Navidad y todos quieren librar esta noche. Gracias a eso otros podemos trabajar.

 

El chico conducía con mucha soltura y no dejaba de mirar, de cuando en cuando, hacia atrás. No lo hacía por el amplio espejo retrovisor (de esos que  te devuelven tu imagen en cinerama) sino volviendo toda la cara y parte del cuerpo. Su cabeza apenas superaba el respaldo del asiento. Tenía el pelo muy corto, casi rapado; y sus raíces brillaban como semillas de sol. Llevaba puesta una cazadora de cuero marrón, como de aviador. Del espejo colgaba una cadena plateada que no paraba de bailar. Refulgía con las luces navideñas y su brillo producía en mí el efecto del péndulo de un hipnotizador.

 

          – ¿Un cigarro?, -me dijo ofreciéndome su paquete. Por nada del mundo le hubiera dicho que no-. Yo fumo mucho, ¿sabes? Me encanta chupar el aire y luego echar humo; me siento una nube aquí dentro. A mí me gusta, pero, si te molesta me lo dices.
          – ¡No, que va!  Está muy bien eso de fumar, -le respondí encantado al pequeño conductor-.
          – En el techo, el taxi lleva ventanilla también. Lo digo por si quieres seguir mirando las luces de la calle. Te gustan ¿verdad? Te he visto cómo subías todo el pasaje mirando hacia arriba, y cómo te despedías con pena hasta de la última de las bombillas. Se te nota un montón que eres un sentimental.

 

Me quedé de pronto muy serio y no dije nada; el muchacho se estaba tomando demasiadas confianzas. No suelo intimar con los conductores y pasé a ignorarlo por razones de asepsia en el trato. Pero no podía dejar de mirarlo; me imantaba su cabeza clara. Para mis adentros me preguntaba si no me habría bajado del coche, caminado por la plaza y atravesado el túnel luminoso sólo para conocerlo. Jamás un taxista, ni nadie, me había inspirado tanta complacencia. El muchacho me sorprendió mirando a fondo su nuca blanca y me dedicó una sonrisa de oreja a oreja.

 

          – Mirar las luces está muy bien, no sé por qué te quedas tan callado. Aunque esto de la Navidad es un poco desengaño. Siempre piensas que lo estás pasando menos bien de lo que debieras. Para eso las madres, ellas nunca están satisfechas. Yo, la verdad es que con mi familia, bien, bien, no me llevo. Pero, quién me iba a decir a mí que iba a pasar solo este año la Nochebuena; y además, conduciendo un taxi por toda la ciudad, cuando no sale nadie de su casa salvo los que buscan farmacias de guardia. Esta noche es para estar cada uno con los suyos y que no falte nadie. Tú eres un caso raro, y vas a alguna parte a reunirte con amigos, supongo. Pero yo me pasaré toda la noche solo en el taxi dando vueltas por las calles hasta las ocho que cambia el turno.

 

El semáforo se puso verde, y aceleró tanto el conductor que el coche se puso a más de cien. Con la velocidad se me encogió el estómago, el diafragma, los pulmones,  la garganta…; y cuando estaba a punto de perecer de asfixia, frenó de golpe el taxista ante el rojo de un semáforo. Mis carnes se relajaron en el asiento completamente desperdigadas, como si hubiera tenido un orgasmo. Jugaba el chico conmigo y  controlaba mi cuerpo. Yo, a mis años, me sentía mezquino por desearlo tanto. Me moría de ganas por el chico, pero no por acariciarlo y enviciarlo si no por algo mucho más perturbador que me asaltaba desde hacía rato: la certeza de que no podía esa noche separarme del muchacho.

 

          – Mira por el techo esa cúpula de la esquina, ¿ves en lo alto una mujer con alas? Yo me vuelvo loco con esas casas que pueden salir volando a la más mínima.

 

Parecía que el chaval quería hacerse mi amigo hablándome de sus cosas, como si supiese que para mí todo lo suyo era importante. Entre un tramo y otro de la calle el coche alcanzaba más de 180. Yo nunca había ido a esa velocidad por ninguna ciudad; pero, conduciendo él parecía lo normal. No encontrábamos demasiada resistencia, no circulaba nadie por las calles. Todos estarían reunidos en casa y en familia -como él había dicho- degustando la cena de Nochebuena.

 

Mi colega de la Empresa me habría llamado al coche para preguntar la razón de mi retraso, pero el conductor le habría dicho que iba de camino en un taxi. Seguro que estaba preocupado -más que por mi pérdida- por la idea de tener que aguantarlos él solo toda la noche. Según nos íbamos acercando al final del trayecto, fue creciendo en mí un gran desasosiego. Hacía tanto tiempo que no me sentía tan bien con alguien, que sólo de pensar en abandonarlo, bajarme, quedarme en la calle viendo cómo se alejaba el taxi, me dejaba destrozado. Entramos en un barrio de casas bajas donde estaba instalado el restaurante, uno de los pocos abiertos esa noche en toda la ciudad. Cuando tomamos la calle Realeza y vi a lo lejos el toldo iluminado, miré con tristeza el cuello de mi muchacho; y él, sabiéndose mirado, volvió lentamente la cabeza, como con pena y con miedo.

 

          –  Esto se acaba. Ya estamos llegando. Con lo bien que lo estábamos pasando. Ahora, otra vez solito con la noche y los semáforos.

 

El joven se atrevía a expresar lo mismo que a mí me estaba ahogando. Desconcertado ante su franqueza fui a sacar mi cartera antes de la parada; las manos me temblaban, mi corazón latía tan aprisa que, sin poder evitarlo, exclamé sin pensar:

 

          – ¡Corre! ¡No te detengas! ¡Sé más veloz que el viento!
          – ¡Yuhuuuu!,  gritó el chaval contento. Y para celebrarlo pisó de nuevo el acelerador hasta el fondo. Cuando ya estábamos a alta velocidad, se volvió de nuevo y mirándome a los ojos, me dijo con franqueza:
          – Yo me llamo Miguel. ¿Tú, cómo te llamas?
          – ¿Yo? Usted.
          – Es un nombre original. Usted, ¿dónde quieres que te lleve?

  

El chico no paraba de preguntar y yo dejé de contestarle para que fuera él sólo quien hablara. Le ofrecí un cigarrillo y después de encenderlo, retomó la charla.

 

          – Ya estamos otra vez como nubes. Eso es bueno, parece que flotamos en el cielo. Cuando no tengo que trabajar me gusta irme al campo. Tomo el tren para la montaña, y luego me subo andando a los picos más altos. En la vida todos tenemos problemas, ¿verdad? Pues yo la única manera que encuentro de aliviarlos es con la montaña. ¿Sabes?, yo hago rappel para relajarme. Cuando no puedo más en mi casa y la angustia me aprieta, me alejo hasta la sierra con mis cuerdas y las botas puestas; y desde lo alto de una pared -bien amarrado- me dejo caer por el aire y me siguen los pájaros. No hay nada mejor que un buen vuelo; con tanto oxígeno se te levantan los ánimos.

 

Al pasar por debajo de un puente muy alto, Miguel me dijo contento:

 

          – Mira, este era mi barrio; donde yo nací. Me conozco todas las calles, casas y rincones de esta zona, porque he vivido por aquí hasta hace nada.
          – Y ahora, ¿dónde vives?
          – En otro lugar. ¿Ves esos muros tan altos de piedra?. Pues por ahí me tiraba yo con mis colegas, entrenándonos para el rappel de la sierra.
          – ¿Ya no entrenas?
          – ¡Quien pudiera!, ahora con el taxi no me queda tiempo.

 

Seguimos bajando la calle hasta alcanzar el río. Lo cruzamos, y por el otro lado la carretera seguía junto a la orilla. Flotaban en el agua unas casetas de madera donde dormían los patos. Miguel aminoró la velocidad y se echó a un lado para que los contempláramos.

 

          – Si el taxi fuera un barco iríamos a buscarlos, y podríamos pasar la noche con los patos en el coche. Seríamos más en el club de los sin cena y hasta podríamos hacer una fiesta, y marcharnos de paseo río abajo. Imagínate, un coche blanco navegando lleno de patos y con dos tipos dentro que no paran de fumar. ¿No lo ves? ¡Está muy claro!
          – Y, ¿qué dirían los que nos vieran?
          – Da igual, están acostumbrados a cosas más raras. En este río se han visto hasta ballenas. Sí. No pongas esa cara, es verdad. ¿No lo sabías? A mí me lo contó mi abuelo, fue hace muchos años, durante una inundación. El río se había desbordado y se llevaba por delante todo lo que encontraba: árboles, animales, casas… Pasaban flotando muertos: cerdos, vacas, perros, ovejas… Y mi abuelo que andaba por allí cerca, a ver qué encontraba, oyó una voz  a sus espaldas que gritaba con desaliento:
          – ¡Ballena; ballena; ballena…!
Mi abuelo se volvió de golpe para no perderse el fenómeno, y sólo vio pasar flotando por el río una preciosa bañera antigua; y en la otra orilla, a un viejo chillando desesperado:
          – ¡Va llena!; ¡Va llena!; ¡Va llena!…
Mi abuelo entonces comprendió. Cuando arrastraron la bañera hasta la orilla, descubrieron dentro de ella el cuerpo de una mujer desnuda y ahogada. Dijeron que la crecida le debió pillar dormida dentro del agua, y que no se habría dado cuenta de nada. Aunque otros murmuraron que la había estrangulado su amante en el baño. Pero nunca se supo la verdad. Sólo que por este río van ballenas camino del mar.
          – ¿Esas cosas te contaba tu abuelo?
          – Sí claro, aunque el final me lo he inventado yo; así me gusta más.
Usted, por cierto, no me dijiste donde querías que te llevara. 
          – A conocer tu ciudad.
          – Eso estoy haciendo. Bueno, la verdad es que la de antes. ¿La de ahora, en serio, que quieres conocerla?
Asentí con la barbilla, dando todo mi consentimiento.
       

          – Pues son las doce menos cinco; vamos volando, que si no, nos cierran.

 

El coche volvió a acelerar sobre el asfalto helado. Sus llantas levantaban humo de la calzada. La velocidad ya no sorprendía a Usted, formaba parte de esa Nochebuena fantástica; aunque no paraba de inspirar para soportar aquel vertiginoso ascenso. Miró el contador de velocidad y aunque pasaban de doscientos, la aguja seguía subiendo. Su estómago ya iba por el pecho, en dirección a la garganta, produciéndole un ahogo similar al del orgasmo. Los vehículos aparcados a ambos lados de la calle parecían dibujados en un ciclorama, como si no existieran o, al menos, no tuvieran peso. El taxista apretaba el acelerador como si buscase alcanzar la velocidad de un avión. La cadena se agitaba frenética con los movimientos de un ahorcado que se debate en el aire con la muerte.

 

Al cruzar la gran avenida, vio Usted en un termómetro-reloj-publicidad que eran las 23:59. Al otro lado de la glorieta, donde la calle comenzaba a bajar, otra pantalla marcaba una hora bien distinta: las 00:00.
Justo en ese instante, con la velocidad que llevaban, el taxi levantó por el aire sus ruedas delanteras en lugar de bajar la cuesta. La calzada iba quedando atrás mientras ellos ascendían.

 

El edificio de la televisión, a sus pies, comenzaba a verse a vista de pájaro; pero no sucedía así con la gran torre de comunicaciones que dominaba toda la ciudad. Giró el taxi a la izquierda y subió hasta la plataforma superior de la antena, rodeando una gran sala iluminada donde había algunos hombres trabajando. Miguel hizo sonar el claxon deseándoles una feliz Nochebuena; algunos los miraron, pero pronto volvieron a su trabajo. Vistas desde esa altura, las farolas de la calle formaban larguísimas guirnaldas. Puso el muchacho la larga cuando se acercaban a la cúspide de la antena y, al resplandor de los faros, la punta roja brilló como sólo lo hacen algunas estrellas; también la dejaron atrás. Cuando Usted pudo ocultar la ciudad completa con la palma de una mano, respiró por fin con tranquilidad; pero no dijo nada. Al rato, Miguel habló sin volverse:

 

          -¿Sabes una cosa?, antes de que subieras al coche, yo ya te había visto en la plaza cuando girabas como un trompo encima del Kilómetro Cero. Y pensé: éste es de los míos, voy a ver si lo llevo. Conduje a tu lado muy despacio para ver si me llamabas, pero dejaste pasar de largo el taxi. Vi la calle que tomabas, y tuve el tiempo justo de dar la vuelta a la manzana y aparcar en la parada.

 

Tras esas palabras, el hombre dedujo que en esta carrera era el conductor quien había elegido al pasajero. Y todo esto le estaba ocurriendo sólo por haberse decidido a dar un paseo; no daba crédito. Aunque, ¿por qué iba a preocuparse, si se sentía mejor que nunca, aunque no comprendiera nada? Algo más tranquilo, decidió ponerse en las manos de aquel adorable chiquillo.

 

          – ¿Qué?, ¿te gusta el sitio? Aquí deberían levantar un parque con fuentes, bancos y árboles, ¿no sería estupendo?

Usted que no respondió nada al principio, al final tampoco lo hizo; le faltaban las palabras.

           – ¡Ay que ver cómo eres! No hay quien te ponga contento, -exclamó el muchacho con un tono amargo, sin mirarle a la cara-.

 

Al descubrir por primera vez aquella expresión de reproche en sus labios, Usted se estremeció. Y retorciéndose las manos con infinita vergüenza, sonrió lo mejor que pudo.

 

          – ¡Hombre!, eso está mucho mejor. Y como muestra de su alegría apretó a fondo el acelerador.

Se cruzaban con pájaros de alas enormes; dejaban atrás aviones que volaban más bajo; mientras ellos subían como una flecha imparable. Se clavaron en un banco de nubes mullido y acogedor. El cielo parecía que se había reducido al tamaño de un salón; las nubes tan cercanas se veían cada vez más blancas. Cuando salieron de aquel túnel de algodón, se toparon de frente con una luna inmensa. Nunca Usted la había visto tan grande: los bordes de su circunferencia desbordaban el tamaño de las ventanillas del coche. Miguel paró el motor y echó el freno de mano. El taxi estaba completamente iluminado, como si lo alumbrara un sol de luz helada y extraña. La cadena daba sus últimos estertores colgada del espejo; refulgía con un brillo cegador. En uno de los destellos vio el pasajero escrito un nombre en el metal pero no pudo leerlo.

 

          – Ya hemos llegado. ¿Qué te parece?  Es un buen barrio, ¿no?. Hoy todo el mundo vive en las afueras; pues yo prefiero éstas. Además, en la puerta siempre tengo un taxi esperando. Aunque aquí pasa como en esos pueblos de montaña que se quedan incomunicados por la nieve, sólo hay algunos días al año que se puede bajar a la tierra. Pero no pasa nada; cada uno lleva lo que tiene como puede. Aquí se vive bien, no falta compañía, viene a verte muy buena gente.

 

Miguel reparó en que el pasajero no había dicho una palabra desde que abandonaron la tierra. Al ver su aspecto transfigurado, el muchacho añadió riendo:

 

          – Pero, ¿qué te pasa? ¿No estás bien? Te has quedado lívido, hasta el traje se te ha puesto blanco. ¡Tranquilo, hombre, tranquilo! Aquí, no puede ocurrirnos nada. Estamos a salvo. Aunque, seguro que te estarás preguntando que cómo hemos llegado hasta aquí. Pues, muy sencillo, porque te he traído yo que conozco el camino. No te enfades, eso sí que es malo. Anda, no te preocupes que no te vas a quedar en ascuas; ahora te lo  cuento. Pero antes, ¿hace un cigarrillo?

 

El cielo se estaba abriendo bajo ellos en un ceremonial de silencio. Las nubes se deshilvanaban sin ninguna prisa. Por sus grietas, se iba vislumbrando un insólito panorama aéreo: unas luces lejanas latían como las venas de una estrella. A Usted le pareció que estaba contemplando la tapadera de una olla donde hervían juntos todos los mares del planeta. Al quedarse completamente despejado, el pasajero descubrió atónito que desde aquella altura podía percibirse el comienzo de la esfericidad de La Tierra.

 

Cuando el muchacho encendió el mechero no se veía la llama, como pasa cuando hay mucho sol; pero al momento, el tabaco humeante comenzó a quemarse bajo la gran luna blanca.

 

          – ¿Quieres saberlo? Verás, es por mi hermano. Él me enseñó el camino. Pilotaba un F16, de los de la Base americana. Yo lo quería mucho, porque era el que más me animaba a volar. Un domingo me encerró en el maletero de su coche para meterme a escondidas en la Base. No se permitían las visitas. Casi todos estaban de pase de fin de semana, y, por otra parte, no era extraño que mi hermano fuera a volar un día de fiesta; allí sabían bien que le iba la vida en el vuelo. Llevó el coche hasta la pista, y salté al avión: ¡Un F16, nada menos. Volamos sólo los dos. Con él aprendí a despegar y a sacarle todas las posibilidades al acelerador. Subíamos y subíamos, y la tierra se hacía cada vez más pequeña; igual que ha pasado esta noche, pero a plena luz del sol. Cuando llegamos aquí arriba,  no me lo creía.

 

Él me lo había contado muchas veces, pero yo nunca había subido tan alto, todo es cuestión de acelerar y de tener ganas. La tierra se va inclinando como si se pusiera ante ti de rodillas, y bajara la cabeza rindiéndote una leal despedida, mientras te vas alejando. Desde aquí arriba, empieza a verse redondita como un planeta, pero no entera. Parece la tapadera de una olla con todos los mares y océanos dentro. Y tú piensas que así  la deben de ver algunos pájaros que vuelan muy alto. Menuda suerte  tienen, porque, además, ellos pueden bajar en el momento que quieran y verla de cerca y hasta picotearla.

 

Mientras hablaba, Miguel jugaba con la cadena tranquilamente: le echaba el humo del cigarro; la acariciaba con las yemas de los dedos; la adoraba.

 

         – Una vez me llevó mi hermano hasta el Estrecho de Gibraltar, a ver las bandadas de aves emigrantes que cruzan a África para pasar el invierno. Grandes manchas negras se acercaban volando por el cielo, cambiaban de forma, como si estuvieran borrachas. Cada día pasaban cientos de manchas, y cada una con cientos de pájaros dentro. Imagínate qué maravilla. Daba gusto ver a tantos juntos. Al caer la tarde, caían también las bandadas sobre la ciudad. Volaban hasta un bosque de laureles tupido y frondoso, -que hay allí en las afueras- y se dejaban caer en picado; parecía que iban a estrellarse contra los árboles. Y, ¡que va!, desaparecían entre las ramas, pero no les pasaba nada; al momento les oías piar, conversando contentos entre ellos; porque era la primera noche que dormían en África.

 

Miguel comenzó a dar golpes con las uñas sobre la cadena; pero, ya no se trataba de ningún juego.

 

           – Al poco tiempo de aquel viaje, mi hermano murió en un accidente aéreo; se estrelló de una mala caída. Ya sabes, esas cosas pasan. Un día te encuentras perdido porque él se ha marchado sin avisar, y lo peor es que sabes que nunca más va a volver. Me quedé fatal; como si me hubiesen cortado las alas. Pensaba quesin mi hermano  la vida se había reducido a la tierra, y yo me sentía un gusano que había perdido toda esperanza de volver a volar. No podía soportarlo. Me llevaron a psiquiatras y psicólogos; y la verdad es que todos juntos no valen una mierda, están muy pegados a la tierra y muy pagados de sí mismos. Normal, cobran tanto. Tú ya me entiendes, no creen que se deba ir más lejos de donde pisamos. Yo iba a estudiar para piloto, pero después de lo de mi hermano, imagínate. En mi casa estaban horrorizados con la idea; no querían volver a oír hablar de aviones en su vida. Y a mí todas esas cosas me dejaron sin ilusiones y sin ganas de seguir viviendo: ¿para qué más? Aunque, todo se arregló cuando encontré el taxi; desde entonces al menos tengo la velocidad, y también conozco el secreto de que algunos días del año, cuando las horas se quedan en cero y el tiempo no existe durante un minuto, se puede volar y hacer libremente lo que quieras.

 

Estuvimos fumando toda la noche y Miguel sin parar de charlar. Yo, a veces, no escuchaba sus palabras, las oía como una música cercana estrenando mi traje y mi abrigo blanco. Latía en su juventud la belleza de la vida; y, bajo aquella radiante luz de luna, el muchacho parecía bañarse desnudo en una playa del Mar de la Tranquilidad. Llegué a ver su cabeza como una bombilla encendida; pero no eléctrica y dorada, si no de plata, rara, hermosa, y amarga.

 

En los bordes del cielo comenzó a derramarse un resplandor de fuego, como si se acercara un incendio: estaba amaneciendo. Miguel insistió en que debían esperar hasta que el cielo diera una señal. Comenzarían a descender cuando les hubieran tocado los primeros rayos de sol; así bajarían a la par, con la misma velocidad. Cuando la cadena de plata refulgió dorada, Miguel puso en marcha el motor, y girando todo el volante comenzaron el descenso. Encontraban el cielo más nublado a medida que bajaban. Las nubes sucias de azul y de plomo se iban limpiando, con la luz, al paso del coche. Lo primero que vieron de la ciudad, fueron los últimos pisos de un nuevo rascacielos que asomaba por encima de las nubes. La torre tan blanca, bajo aquellos rayos matinales tomaba un brillo dorado y metálico; parecía la casa flotante de un dios de las finanzas. El mar de nubes blancas le daban el aire de una pagoda flotando en la niebla; el taxi atravesó su agua de lana. Los rayos iban a la misma velocidad que ellos. Todo lo que era sombra se encendía a su paso. Miguel sonreía al volante, con la luz de los primeros rayos en la cara.

 

          – ¿Ves?, todo es cuestión de cálculo. Esta bajada es muy especial. Hay que controlar porque nos la jugamos con la fuerza de la gravedad.

 

Escucharon campanas antes de ver los tejados. Estaba el cielo muy cubierto, por eso, ahora que se acercaban a tierra, iban tan lentos. Tomó el chófer un camino peligroso entre las nubes, aunque todos lo eran porque el suelo estaba cerca. Las campanas se oían cada vez más fuerte. ¿Se estrellarían contra la torre de una iglesia?. De pronto, vieron en lo hondo una calle como un hachazo. Volaban sobre el casco antiguo siguiendo el curso de una vía que bajaba en garganta hasta el río. El taxi avanzaba por un desfiladero de fachadas, a la altura de las ventanas, a punto de tocar tierra en el asfalto. Pero antes de hacerlo, Miguel aceleró a fondo, remontando de nuevo el coche en el aire para atravesar, por el centro, el  arco de un puente muy alto; a la salida chocaron con  ramas; debajo de ellos se extendía un gran parque centenario.  Miguel hizo una gran pirueta, torciendo a la izquierda, para aterrizar limpiamente sobre la calzada del viaducto.

 

En esta ocasión, y a pesar del intrépido descenso, el pasajero no había sentido en el cuerpo otra cosa que no fuera alegría y excitación. Pero, ahora que el coche iba frenando, notó que se acercaba lo peor. El viajero se sentía abatido con la inminente separación del muchacho. Miguel lo veía todo por su retrovisor panorámico e intentaba aliviarlo con sus sonrisas. Cuando el taxi paró junto a la acera, se volvió una vez más el muchacho y, con sus cortísimos cabellos brillando, frotó por encima del traje blanco la rodilla de su compañero.

 

          – Ya hemos llegado. Termina mi turno y tenemos que separarnos.

 

El hombre consternado se hundió más en el asiento. Miguel descolgó la cadena del espejo y mirándola muy serio dijo:

          – Es el último regalo que me hizo mi hermano. Lleva grabado mi nombre. Tómala, así tendrás un recuerdo.

 

El hombre se resistía a aceptarla, aunque lo estuviera deseando; pero la gran sonrisa de cachorro que Miguel le estaba dedicando, y que además le guiñara un ojo, le obligó a tomarla.

 

         – Y ahora, ¿que se dice?: ¿Qué te debo?, o, ¿cuánto es?. ¿Cómo puedo pagarte esta carrera?
Aquel muchacho tan blanco lo miró tan adentro que creció aún más -si cabe- su desasosiego. En el interior del coche todo era radiante y aquel jovencillo era el sol. En el luminoso silencio que se hizo, pensó que el joven era un arcángel y que estaba a punto de perderlo. Con su naturalidad habitual Miguel añadió:

 

         – El demonio es un ángel que cayó; en el fondo, los dos son iguales.

 

¡El chico respondía a sus pensamientos!; ésa era una manifestación de la  compenetración que habían logrado.

 

          – Si de verdad quieres pagarme -añadió su dios más que ángel-: Dame un beso.

 

El hombre se sintió desnudo y descubierto; el muchacho había sabido toda la noche lo que por él estaba sintiendo en cada momento. Usted no se movía de pura impresión. Esperó que fuera él quien se acercara, y cuando el muchacho lo hizo y lo tuvo bien cerca, sus labios hicieron realidad la mejilla del chico.

 

Aunque el taxi hacía rato que ya había desaparecido, el hombre vestido de blanco, sin moverse del sitio, seguía contemplando su rastro. El sol se había abierto paso entre las nubes hasta alcanzar el  puente; su luz era tan blanca y tan débil como un recien nacido. Vio que una mujer vestida de luto, alta y no vieja, se acercaba de frente. Había salido de una de esas terrazas por donde se mira la puesta de sol, o se arrojan los suicidas. Aunque no le veía la cara, empezó Usted a extrañarse. Era el primer semejante que encontraba tras su regreso a la tierra. Un gran dolor parecía mantener en pie aquella oronda figura; se notaba en sus andares vencidos, soportando -a duras penas- su propio peso. Llevaba un abrigo grande y negro y en la cara unas gafas de sol de esas que tapan toda la cara y se llevan a los entierros. La mujer pasó a su lado y sintió Usted un estremecimiento recorrerle todo el cuerpo. Tras aquel cruce fatídico, el hombre apretó la cadena buscando fuerzas para volver a echar a andar. Cuando alcanzó la terraza de la que ella había salido, vio un ramo de flores blancas apoyado contra la baranda;  se acercó Usted y vio amarrado a los hierros de la baranda un cartelito, se agachó muy despacio para leerlo, aunque presentía lo que estaba escrito:

 

                    «Miguel, tu familia no podrá olvidarte nunca».

  

Se le atragantaron las lágrimas al hombre obturándole la respiración. Abrió el puño para mirar el nombre grabado en la cadena, por si se estaba confundiendo; aunque él bien sabía que no. Volvió corriendo sobre sus pasos hasta alcanzar a la mujer que se alejaba renqueando bajo el sol. Exhausto, se paró ante ella, la miró a los ojos abiertamente -como si la conociera de siempre- y tendiéndole la mano le ofreció la cadena. A la madre tragedia se le encendieron las facciones al verla y se echó a llorar. La encerró entre sus manos apretando las palmas, como si quisiera clavarla en su carne para que nadie pudiera quitársela ya. La mujer habló como un autómata, sin mirarle a la cara:

 

          – Cuando hace tres días encontraron el cuerpo muerto de mi hijo, ahí, abajo, reventado sobre un taxi blanco; el conductor vino a casa a contarnos que tras sentir el golpe miró hacia arriba, y vio sobre la ventanilla del techo, una gran mancha de sangre con el rojo más vivo que hubiera visto jamás. La cara de Miguel pegada contra el cristal -aunque le pareciera monstruoso contárnoslo- desprendía felicidad. El hombre había pedido que lo cambiaran de taxi; decía que en aquél no podría conducir más, que siempre iba a ver por el techo asomarse el rostro de mi hijo.

 

La mujer apretó la cadena con todas sus fuerzas y respiró profundamente como si tomara el aire de ella. Algo más  repuesta, levantó la cara y le dijo:

 

          – Lo único que echamos en falta entre sus cosas, fue esta cadena de plata que llevaba siempre colgada al cuello. La buscamos por todas partes, en su cuarto, en la calle, al pie del puente, por las escaleras y el parque. Hasta logramos que los bomberos inspeccionaran con grúas los arcos por dentro y hasta las ramas de los árboles cercanas; pero nadie encontró nada. Y ahora, usted aparece con ella.  ¿De dónde la sacó?

 

           – No podría contárselo ni a usted ni a nadie, se lo aseguro. Yo mismo no estoy muy seguro de lo que pasó. Sólo podría decirle, aunque no me creerá, que esta noche he vivido algo parecido a un cuento de Navidad.

 

Se miraron a los ojos, y no pudieron impedirlo: se abrazaron emocionados. Las ropas del hombre se iban tornando de nuevo negras, mientras las de la madre se teñían de blanco por la transfusión del abrazo. Al separarse, se sintieron invadidos por una extraña paz; y despidiéndose con los ojos y las cejas, cada uno se alejó por su parte.

 

Cuando Usted volvió a cruzar el viaducto, todas las aceras y barandas estaban llenas de ramos con flores blancas. En la terraza de Miguel, del ramo que había traído la madre, cortó el hombre una flor  y se la puso en el ojal de su abrigo. Echó a caminar de nuevo, y por primera vez en su vida le pareció que la calle estaba viva.

 

Juan Antonio Vizcaíno**

 

* Estos Cuentos Singulares que se publican en este blog, fueron escritos por Julio José de Faba entre 1996 y 1998. El hecho de permanecer inéditos en España (donde fueron escritos), nos impulsa a ofrecérselos al lector como lectura veraniega, cortesía de Fronterad. 
 

* * Por último, señalar que estos cuentos aparecen firmados por Juan Antonio Vizcaíno, seudónimo que utilizaba Julio José de Faba por aquellos años, en su producción de literatura fantástica.