Cuestión de gusto

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Se dice que sobre gustos no hay nada escrito, pero la realidad es que el gusto consiste en interpretar con perspicacia lo que anda escrito en el invisible libro de la etiqueta social y, más allá, en los dictados de la moda. No puede haber nadie con verdadero gusto si aquello que más le gusta ya no se lleva o no es del gusto general. El buen gusto en el vestir, en las comidas o en la música lo marca, sobre todo, el entorno en donde uno vive. El gusto no es un don innato, sino adquirido. Nadie nace con gusto, como nadie nace sabiendo álgebra. Ahora bien: no por ir a la escuela y tomar clases de matemáticas, uno llega a ser matemático. Por lo mismo, el gusto exquisito no está al alcance de todos. Aun en las mejores familias, siempre habrá alguno que esté más dotado que el resto de sus hermanos para combinar colores, diseñar el interior de un cuarto o catar vinos de cosecha.

 

Paseaba yo la otra tarde por mi barrio y me fijaba, como tantas veces, en el mal gusto de las casas de nueva construcción, en contraste con la elegancia de las casas más antiguas. Estas nuevas casas, por lo general, son desproporcionadamente grandes, pretenciosas, hechas a imitación de mansiones coloniales: caserones sin la menor gracia que, en medio de una manzana, rompen la armonía de los chalecitos autóctonos. Imagino que, a diferencia de los profesionales que viven en el barrio desde hace años, los dueños de estas mansiones deben ser emigrantes venidos de Rusia que han hecho buen dinero en el comercio y desean hacer ahora zafia ostentación de lo que tienen.

 

Confieso que, al pensar así, pongo de manifiesto mi propio prejuicio de clase y cierto resentimiento hacia el tendero que se hincha a ganar dinero. En el fondo, no puedo desprenderme de esa actitud tan española de despreciar al negociante, al mercachifle y a todo aquel que vende al por menor lo que compró por junto.

 

En todo caso, el mal gusto (pensaba yo en mi paseo) se origina por un prurito de emular lo que no se es. Así pasa con el arte kitsch, por ejemplo. Así es también la cursilería. Malo es ser zafio, pero peor es ser remilgado en el gusto o tener un gusto impostado o postizo. El zafio carece de modales y tiene nula sensibilidad, pero el cursi presume de tenerla en exceso; y si es mujer se repinta y se emperifolla, y si es hombre cae en la ridiculez del peluquín o de ponerse tinte en el pelo. El cursi vive en un permanente quiero y no puedo, a diferencia del zafio, que se regodea en su propia vulgaridad. Blanche DuBois y Stanley Kowalski pueden darnos una idea clara de estos dos tipos.

 

Los sociólogos del pasado creían que el gusto venía impuesto por la clase pudiente, pero eso no es ya así. Ahora la moda es mucho más democrática y arbitraria, entre otras cosas porque está completamente masificada, aunque al final sean los muy ricos los que sigan marcando tendencias. Últimamente el buen gusto exige austeridad. Leo en el NY Times que en Silicon Valley los nuevos millonarios intentan disfrazar su mucha riqueza con una apariencia de modestia, casi de ascetismo. Se presentan con pantalones vaqueros y con zapatillas de deporte, aunque luego construyan garajes subterráneos para ocultar decenas de coches deportivos y tengan dos o tres jets privados en los aeropuertos más importantes del país. Al menos de puertas para fuera, el rico actual defiende el minimalismo como canon de belleza. Desgraciadamente, los ricos de medio pelo todavía no se han enterado y continúan haciendo casas con veinte dormitorios, a costa de hipotecar hasta el último minuto de su tiempo libre. Alguien debería decirles que menos es más y que el gusto perteneció siempre a las clases ociosas.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.