Cumpleaños

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Con una tasa de alcohol en sangre superior a la media de los alcohólicos empedernidos me presenté el pasado sábado en una fiesta de cumpleaños inaudita, en la que expatriados pudientes, esencialmente oenegeros, agasajaban al agraciado: un extraño tipejo finés, tan bien vestido y perfumado, que al ir a saludarle casi le beso en los morros.

 

Con una tasa de alcohol en sangre superior a la media de los alcohólicos empedernidos me presenté el pasado sábado en una fiesta de cumpleaños inaudita, en la que expatriados pudientes, esencialmente oenegeros, agasajaban al agraciado: un extraño tipejo finés, tan bien vestido y perfumado, que al ir a saludarle casi le beso en los morros.

 

Yo nunca fui asiduo a este tipo de eventos, donde el champán corre que se las vuela y las tarjetas de crédito, de tanto hacer rayas sobre las tapas del baño, luego no funcionan a la hora de pagar, quedándosele una cara de colgados a todo esos parias que si Almodóvar hubiera estado cerca habría creído que estaba en pleno casting para su nueva película previsible en la búsqueda de un tipo que hiciera de travesti embarazo con ganas de pasarse el resto de su vida en un convento dándole a la botella de Anís del Mono.

 

El finés, rubio blanquecino, con un resultón traje celeste encorbatado hasta el cuello, posaba todo el rato porque a cada momento la muchedumbre (sus amigos) le tiraban fotos que como todos sabemos luego se borran sin ningún tipo de dolor inguinal.

 

Una rubia, francesa, que se hacía llamar Veronique, fue la que me invitó al cumpleaños por dos razones suficientes: no quería ir sola; y me había pagado treinta dólares por adelantado que luego serían ochenta si la cosa acababa a empujones sobre su camastro o el mío. Yo, que soy poco coqueto, aparecí vestido como si nada: con un pantalón negro corto –cuando hace calor no hace falta hacer el ridículo; y mucho menos sufrir–, una camiseta blanca sin frases idiotas serigrafiadas, dibujos o marcas visibles, y unas zapatillas de esparto que, mira por tú por dónde, levantaron la curiosidad entre el respetable, que hundidos entre zancos, zapatos de charol, tacones como metralletas y hasta botas hasta las rodillas –deberían inventar una máquina parecida a la de tomar pulsaciones que midiera el nivel de estupidez de los expatriados en Camboya– se mostraron incapaces siquiera de arrastrar los pies tras dos horas de festín.

 

En el mismo, canapés clásicos presentados de maneras absurdas, copas de vino blanco, tinto y champán –“¡Qué grosería la cerveza!”, comentó una señora embutida en una falda amarilla– y el eterno tufillo a progre que tan tenso me pone. Cooperantes y diplomáticos y entre ellos yo. Para romper el hielo con Veronique usé una táctica errónea. O eso pareció.

 

¿Te has fijado en el culazo de la de amarillo? ¿Se lo habrá operado?

 

¿A qué te refieres?

 

Muchas os aumentáis el pecho. Digo yo que ésta se ha puesto kilo y medio de cemento en cada nalgaza.

 

Es gorda. Y no me gusta que faltes el respeto a las mujeres.

 

¿Y a los hombres?

 

La cosa se endureció, soltándome mi mano derecha que previamente había abducido sedienta de falso amor, realizándome carantoñas forzadas para que sus amigos creyeran que yo era el hombre de su vida y ella la envidia de todos. Porque no hay nada como la crítica, en sí la verdad señalada, para sacar de sus casillas a todos esos que se creen que están salvando al mundo. Veronique, para más inri, ayudaba en su ONG a putas a salir de la calle, como un proxeneta pero al contrario. Ya lo dijo Nietzsche: “La grandeza de un hombre se mide por la capacidad de verdad que es capaz de soportar”. Y ni Veronique estaba dispuesta a comentarios veraces ni esa panda de pardillos asalariados gracias al planeta Tierra a aceptar que el único vestido de manera informal e inadecuada colmara sus paciencias. Una deformada se me acercó, aprovechando que Veronique dijo sentirse indispuesta tras haberle recalcado que la del traje amarillo llevaba glúteos cementeros.

 

¿Y tú de dónde sales?

 

Me ha traído Papa Noel.

 

Pero hoy no es Navidad.

 

Ya, pero como se le suele acumular el trabajo, a mí me ha dejado hoy por aquí: en junio.

 

¿Y quién ha sido la afortunada?

 

En todo caso el afortunado.

 

¿Afortunado? ¿Eres gay?

 

Más o menos. Soy el regalo de cumpleaños del finés. Luego me lo tendré que follar. Sin más remedio.

 

La deformada física, que aumentó su deformidad gracias a sus deficiencias psíquicas, me dejó con la palabra en la boca, seguramente indignada porque utilicé comentarios soeces para comunicarme con ella. Porque uno de los casos más extremos de ridiculez humana es hacer el acto a diario –o querer hacerlo; o pensar en ello a cada momento– y sentirse angustiado cuando alguien te planta en los morros la palabra ‘follar’, como si hubiera dicho ‘nazi’ o ‘fuera de juego’. Debía ser sueca, por el acento y la pinta –rubia casi blanquecina-mortecina y metro noventa de altura sobre zapatos planos–; aunque ya todo eso era historia.

 

Veronique volvió del baño y volví a meter la pata a la hora de romper el hielo ­–por segunda vez en menos de media hora–; que en vez de un hombre parecía uno de esos rompehielos que se adentran en el Antártico buscando pruebas inimaginables.

 

¿Defecabas?

 

¡¿Pero qué dices?! ¡Eres un cerdo!

 

Disculpa Veronique. Cuando una persona acude al baño y tarda entre quince y veinte minutos sólo puede haber sido por las siguientes posibilidades: o se soltaba el vientre con virulencia; o se masturbaba sin la concentración suficiente; o meaba sin cesar, cual yegua desnortada tras una carrera hípica en donde llegó fuera de control con el jinete agonizando.

 

Eres muy vulgar. Vete.

 

No hay nada como cobrar por adelantado, siendo poco prolijo a querer doblar o triplicar el sueldo, para enfrentarte a tu amo, en este caso tu ama, poniéndola a parir con absurdeces que ella era, en su ínclita perfección vital, incapaz de soportar. Porque Veronique, incluso sin follar, cargaba con una medalla ilícita de dignidad generada en esos años de cooperante: el final de la sociedad moderna tal y como la conocemos.

 

Cuando asumí que había dejado de ganar cincuenta dólares –ya tenía treinta en mi bolsillo derecho–, rodeé a la masa social cual quebrantahuesos buscando a la pieza más codiciada asumiendo de que ya volvía, como Superman, a cambiar de personalidad: de puto a tipo sin aliciente, de esos que buscan hoyos donde horadar, cuando él lo hacía al revés aunque parecido: dejaba de ser redactor para tras colocarse la capa salvar al mundo de cualquier agresión exterior o interior. Y yo era uno más, al fin y al cabo. Pero mira tú por dónde que tras siete copas más de champán, y cuando mi vista se nublaba por momentos y tanto Veronique como la obesa del traje amarillo habían abandonado la fiesta, recibí uno de esos encontronazos que sólo se aprecian en las repeticiones de los encierros de San Fermín, cuando el astado sega la pierna del muchacho beodo mientras la novia y la madre lloran desconsoladas en Informe Semanal a posteriori, siempre a posteriori.

 

¡Estás guapísimo!

 

Era el cumpleañero: ese finlandés que apestaba a perfume. Cuando quise darme cuenta me había rodeado la espalda con sus brazos cual pulpo. Eran las dos de la mañana y ya sólo quedábamos doce rezagados en una fiesta odiosa en donde una alemana bellísima me incitaba a liarme con él.

 

Hazlo por él. Le gustas. Y además es su cumpleaños.

 

Ya, pero cuando mi padre cumple años yo no suelo horadarlo.

 

No es lo mismo.

 

–Evidentemente: mi padre es mil veces mejor que este tipo tan celeste.

 

Luego llegó ese momento que sólo los fotógrafos recogen pero casi nunca los redactores. Por mucho que unos hayan estudiado y los otros tirado fotos.

 

Me gustas.

 

Ya, y me enorgullece, pero a mí no me gustan los tíos.

 

Es una lástima. Si supieras alguna salida estaría dispuesto a arreglarlo.

 

Y entonces se me pasó por la cabeza pedirle 4.000 dólares por sexo, cuando llevaba dos dosis de Cialis encima, suficientes hasta para tirarte hasta a un mastín alemán. Pero llegado el momento me lo pensé tanto que salí disparado. En el camino de vuelta hacia no sabía ni dónde –el alcohol es la antítesis del GPS– me crucé con diversas meretrices callejeras alegres que me jaleaban con las manos como si yo fuera una reina y aquel tuk-tuk una carroza cuando decidí detenerme para vomitar. En medio de mis jadeos, se me apareció una de ellas que sin haberme enjuagado la boca intentó besarme.

 

Sólo serán veinte dólares. Y hasta te daré un masaje.

 

En Camboya las putas tiran los precios, los extranjeros vienen a ahorrar mientras hacen el acto, y yo, con treinta dólares en el bolsillo, ganados a golpe de copa de champán y conversación errónea, sólo era capaz de recordar que nací en Málaga y crecí en medio de una difusa vida infantil-juvenil en donde, sin saberlo, mis conciudadanos me marcaban la puerta de salida. Como yo lo hice con Veronique, una francesa insoportable que no folla ni pagando.

 

Tras vomitar omití la ayuda de la meretriz que quiso llevarme al huerto y volví a mi zulo, donde nadie me esperaba: la auténtica resolución efectiva cuando, en el fondo, todo es mentira o cuesta dinero. Ya sobre mi almohada, me acordé que la vida es sueño y caí rendido. Al despertar aún apestaba a la colonia de ese finés que en su 35 cumpleaños quiso que le horadara. La mañana apuntaba alta: sol violento y viento nulo. Abrí una lata de cerveza.

 

 

Joaquín Campos, 16/06/14, Phnom Penh.