Cursis 2.0

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El pasado sábado, el candidato Rubalcaba anunciaba en su discurso que se partirá el pecho por los emprendedores. Alguien le ha asesorado bien. Por necesidad o por estética, los llamados emprendedores son los grandes héroes dospuntocero. A poco que ustedes revoloteen por el lado amable de Twitter, oirán piar constantemente acerca de ellos y sus fórmulas. Allí son estrellas, quizás porque la limitación de los 140 caracteres favorezca las grandes frases que cambian vidas, rompen barreras y construyen mundos. Al emprendedor se le suponen siempre cualidades envidiables: valentía, imaginación, creatividad, capacidad de lucha. Su simpática figura fascina a las mentes más inquietas y progresistas de la sociedad digital, cosa que no ocurre en cambio con el antipático y cabroncete empresario. Absurdo porque un empresario no es más que un emprendedor un rato después. Sin embargo, para la lógica intransigente de las etiquetas y los escrúpulos, ambos pertenecen a especies distintas y una de ellas no suele ser bien recibida en ciertos foros. Nacho Escolar tuiteaba lo siguiente durante el discurso del sábado: Rubalcaba ha dicho que se va a partir el pecho por los emprendedores. Imaginen que hubiese dicho que se parte el pecho por los empresarios. Estupendo recordatorio de lo vacías que pueden llegar a ser las palabras y de su absoluta pleitesía a los contextos y a los prejuicios.

 

Twitter y sus aledaños son muy propicios a construir místicas alucinatorias, realidades supergüays que partiendo de unos cuantos casos aislados se extrapolan como si fuesen universales. La beatificación de las redes sociales como herramienta indispensable para triunfar en la vida moderna es uno de estos casos. En torno a ello crece toda una industria de mecanismos endogámicos destinados al apareamiento de marcas -y frustraciones- personales. Quienes sigan este blog saben que defiendo a muerte estas tecnologías, pero a pesar de ser tan estimulantes, no podemos dejar que el entusiasmo maquille la cruda realidad: que el ciudadano en la calle lo tiene muy difícil si no hay dinero de por medio, que el dinero lo manejan unos cuantos y que esos cuantos tienen patente de corso para hacer lo que quieran con él, normalmente multiplicarlo a costa de los demás. No digo yo que de vez en cuando no le paguen las aventuras a algún niñato genial, pero sin duda se lo cobrarán con creces.

 

De modo que mejor no ponerse cursis. Lo de emprender no es más que la versión pro del ancestral buscarse la vida. No es sólo patrimonio de mentes inquietas dispuestas a fundirse la subvención familiar o de adictos a eso tan abstracto que llaman innovación. De alguna u otra manera, todos emprendemos. Emprende quien asume la aventura de levantarse cada día, emprende quien busca comida en los cubos de basura, quien se monta en una patera, quien se arrastra hasta el camello más cercano para comprar una dosis de caballo que le impida cargarse a alguien, emprende quien decide no suicidarse y quien decide hacerlo, emprende quien opta por pasarse años preparando unas oposiciones o quien intenta que lo contrate una empresa, emprende el artista que determina malvivir a cambio de no renunciar a ese cruel y sublime veneno que algún dios cabrón le inoculó antes de nacer. Emprende el emprendedor y emprende el empresario, emprende el estafador, el usurero y el asesino. Emprender es, literalmente, empezar. Emprende todo el que no está muerto. Así que menos humos.