Dakar en Lima

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Mi familia siempre amó las pachamancas. Para comerlas, viajábamos hacia el centro del Perú, casi una hora desde Lima. Alllí, en un restaurante campestre al lado de un río que a veces cruzábamos saltando sobre las piedras, nos encantaba participar del ritual de la comida. En un hoyo en la tierra, grande como el que se hace en los cementerios, los cocineros ponían las carnes, las papas, los camotes, las humitas (tamalitos dulces). Luego colocaban encima una serie de piedras grandes y calientes. Sobre las piedras, la tierra terminaba de cubrir el agujero. Esperábamos algunas horas: jugábamos cerca del río, correteábamos detrás de una pelota, hasta la hora del almuerzo. A media tarde, regresábamos por la Carretera Central. 

 

Mis padres son distraídos para ver señales. Estoy seguro que había alguna flecha indicando el cambio del recorrido, algún policía que no nos vio, apuntando al cierre temporal de la carretera. Yo tendría 8 años y mis padres estaban al frente del volante. No se me ocurrió decirles que, de pronto, cosa extraña, éramos el único automóvil en la pista. Unos minutos más tarde, escuché ruido de motores detrás de nuestro auto. Vi la cara de sorpresa de algunos pilotos al encontrarnos. Me parece que mi padre, tal vez asustado, desaceleró. Felizmente no era un tramo muy peligroso (en ciertas zonas la carretera era estrecha e iba por el lado de precipicios). Estábamos en el centro del rally Caminos del Inca, una tradicional competencia automovilística que lleva a los pilotos por las diferentes zonas geográficas del país, imitando las rutas que unían al Cuzco de los emperadores orejones con su imperio.

 

Fue una experiencia excitante, breve combinación de polvo levantado más zumbidos de motores, que duraría apenas un par de kilómetros. Pronto mi padre fue avistado por un patrullero apostado al borde del camino y forzado a salirse de la competencia. El lunes siguiente, muy emocionado, les diría a mis amigos del colegio que ese fin de semana, mi familia había corrido el Caminos del Inca.

 

Los automóviles no han sido nunca mi afición. Viajé alguna vez hasta un circuito Nascar a dos horas de Newyópolis, sólo para hacer feliz a un primo mío que venía desde Lima con ese objetivo. Fue interesante, pero sólo hasta las primeras 20 vueltas (me parece que en total son 200). He seguido, algunos sábados y domingos en que no había mejor cosa que hacer, las vueltas de los Formula Uno en algún circuito alrededor del mundo. De adolescente, he acompañado a mis amigos que sí son aficionados, a algún punto fuera de Lima para ver pasar a los bólidos del Caminos del Inca o del 6 horas peruanas.

 

Sin embargo, no había vivido jamás la excitación casi enfermiza, la algarabía que desde los medios de comunicación agita a todo el Perú, alrededor de un rally que empezó en 1979 en París y que hoy –vueltas que da el mundo- empieza en el circuito de playas de la ciudad de Lima: Dakar, la capital senegalesa, se ha convertido en la palabra mágica que une a los ciudadanos peruanos.

 

Esta «unión» es una mezcla complicada de orgullo (por capturar la atención de los aficionados a este deporte) con expectativa: los vehìculos (areneros, motocicletas, autos, camiones) cruzan decenas de ciudades y pueblos de la costa peruana, con su caravana interminable de mecánicos y público. El evento es, sin duda, un pequeño motor económico: el regalo navideño que me dio mi hermano fueron dos camisetas con el logo Dakar: Perú 2013. El verano de 2012, la dueña del restaurancito de carretera cerca de la playa donde mi familia pasa los veranos, 600 kilómetros al sur de Lima, nos decía que había vendido una cantidad impresionante de cebiches y picantes de lapas (en esta zona del Perú no se preparan buenas pachamancas).

 

Por otro lado, la carrera –por sus características- sirve de excelente pantalla para el propósito en el que Perú está empeñado, con seriedad, desde hace algunos años: promocionar al país como destino turístico. Hasta cierto punto es saludable que la marca vendedora de este destino no sea sólo aquella maravillosa ciudadela edificada entre las montañas cerca del Cuzco, sino también los parajes desérticos (maravillosos a su manera) del desierto que es su costa.