Dale candela

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Il Trovatore es de esas óperas con libreto inverosímil: resulta que a una gitana española la queman por bruja (¿hay algo más español?), así que Azucena, su hija rapta al hijo del conde responsable de la barbacoa y lo pasa vuelta y vuelta, con tan mala suerte (esto lo sabremos a mitad de la ópera) que se equivoca de niño, ¡y quema al suyo! Total, como el condesito ya estaba raptado, le da el cambiazo. El muchacho, que se llama Manrique, empieza a darle serenata a Leonora, para enfado del nuevo conde (que es en realidad su hermano), así que este decide matar a la gitana infanticida y a su hijo el levanta novias. Al final, como en toda ópera romántica que se precie, acaban todos fatal: Leonora se entrega para salvar a Manrique, pero se envenena y muere. Manrique es ejecutado, a Azucena la chamuscan y el conde se queda con tres palmos de narices.

El fuego es un elemento central en la ópera. No solo en el argumento, también en la música. El aria de presentación de Azucena tiene un evidente soniquete llameante, por no hablar del motivo ardiente que hacen las cuerdas en «Di quella pira», la aria más conocida de Il Trovatore. Con todo y con eso, la propuesta que Francisco Negrín y Louis Desiré han subido al escenario del Teatro Real (director de escena el uno, escenógrafo y figurinista el otro) ha optado por representar el fuego con el fuego: una llama perpetua encendida en un lado de la escena y una especie de altar flamígero que se enciende a ratos (para colmo, reforzando los momentos más evidentes de la música); para colmo, emite un sonido agudo y flautado que, la verdad, es bastante molesto. Pero hay más recursos absurdos: la guarnición del castillo está formada por niños. El coro, que unas veces hace a los soldados y otra a los gitanos, está vestido de zombi (ropas mugrientas, caras blancas, grandes ojeras, movimientos torpes y espasmódicos). Hay dos espectros renegridos (la madre de Azucena y el mozo chamuscadito) que se dedican a deambular grotescamente (ella como un espíritu jadeante, él como un niño perdido) o a hacer más aspavientos de los deseables. La dichosa columna que arrastran como quien briega con sus pecados. Su afición a la literalidad (¡representemos el fuego con fuego, la muerte con una guadaña!) es admirable. Lo cierto es que todo ello entorpece la función, haciendo la ópera mucho más ortopédica de lo que en realidad es. La dirección de actores es igualmente deficiente, lo que se sustancia en personajes moviéndose de un lado a otro con la sutileza de los personajes de un culebrón. Los figurines, como intuyen por los zombis, tampoco me merecen piropos.

Con todo ello, la tarea de la orquesta y de los intérpretes es titánica, porque empiezan en franca desventaja. A mi juicio, el dúo más destacable es el conformado por Ludovic Tézier y Ekaterina Semenchuk (conde y Azucena). Digo dúo porque, aunque en Il Trovatore hay toda clase de odios cruzados, ellos son los depositarios últimos del «rencor generacional»: la hija de la madre muerta, el hermano del niño asesinado. Tézier es un barítono muy aristocrático, que canta con enorme nobleza, bien aposentado en los graves y con una enorme naturalidad en la voz. Sus facultades interpretativas son las más destacables del elenco. El conde es, en buena medida, un matón resentido, y lo canta como tal. El rol de Azucena tiene sus complicaciones: Verdi le da cierto aire místico (brujo), que debe ser correctamente combinado con el consabido aire apesadumbrado por lo de su madre y lo de su hijo. Si se exagera queda ridículo, si se contiene, inverosímil. Creo que la interpretación de Semenchuk es muy elogiable, porque su Azucena, a pesar de todo el rebozado absurdo que tiene esta producción, consigue transmitir esta sensación mágica y desdichada que se espera de ella. El Manrico de Francesco Meli es digno, aunque en la función que vi tuvo un tropiezo en su aria de lucimiento. Es, sin embargo, muy pobre actoralmente y aunque llega a los agudos (esto encanta al respetable), tiene algunos problemas de fraseo que en este papel son calamitosos. Lamento decir que la Leonora de Maria Agresta me pareció muy limitada. La cantante tiene una molesta propensión al grito, algo que creo que contagia o comparte con Meli, de modo que vocifera la alegría y el dolor, haciéndolos indistinguibles. Esto es particularmente evidente en sus momentos finales, mientras agoniza con enorme vigor, de manera que parece que en vez de tomar veneno ha tomado un tónico. Por terminar con las voces, hay que volver a elogiar el trabajo del coro, que está especialmente maltratado en esta producción. Me reconocerán que es muy complicado hacer a los gitanos felices, sencillos y afanosos que presenta Verdi a golpe de yunque cuando se va pintarrajeado como un mendigo muerto.

En el foso dirige Maurizio Benini, que hace un trabajo correcto, aunque desvaído por momentos. Lamentablemente es de esos directores a los que les gusta soplar la música, a veces como una locomotora, a veces como un aspersor.

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