Dalí y Ruano en la playa de Barrañán

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En la playa coruñesa de Barrañán –que elegimos porque el pronóstico no era muy halagüeño de Carballo a Vigo y no defraudó– pienso en Dalí al recordar la escalera estival –aturquesada como el Atlántico de julio en esta Galicia que me engatusa– que Pablo ha convertido en un ojo.

 

 

En la playa coruñesa de Barrañán –que elegimos porque el pronóstico no era muy halagüeño de Carballo a Vigo y no defraudó– pienso en Dalí al recordar la escalera estival –aturquesada como el Atlántico de julio en esta Galicia que me engatusa– que Pablo ha convertido en un ojo. Los peldaños vienen siendo recurrentes en las propuestas de mi compañero de blog. Los de hoy son pestañas de una pupila verdosa y una sinuosa barandilla con maquillaje. Sobre la arena, mientras el sol y las nubes juegan al escondite a la hora de la siesta, pienso en el post que escribiré mientras leo El marqués y la esvástica, una búsqueda apasionante de verdad ante las trincheras ruanistas, una cualidad a la que a tenor de lo leído (312 páginas) más valdría reservar muchas dudas. Apenas avanzo porque me distrae la voz machacona de una veinteañera con mucha mala baba en el grupo toallero más inmediato. Melodía similar a la de ayer en las islas Ons, donde futbolistas de medio pelo se emborrachaban a base de champán y zumo de naranja mientras ambicionaban éxitos.