Daño

0
232

 

La tía canadiense que quiere ser tío. Anne/Matt. Antonia/Antonio. Según como se levante o cómo o con quién se acueste, algunos amigos de Flower cavaban en la insidia con tanta fuerza que abrieron siete líneas de metro con setenta y siete estaciones cada una. Esta Matt que nació Anne pero que cada vez que salía del espacio aéreo de Canadá se mutaba el nombre y el sexo pero nunca la inteligencia, fue un personaje del Grupo Tóxico que participó poco de él. Esto me hace pensar que aquella agrupación de hijos de puta sabía que admitir más socios hubiera sido su muerte: por prolongación excesiva a la posibilidad de cáncer. La citada Anne, que en realidad era Matt, siempre quiso ser mi amigo (o amiga) en esas tristes postales occidentales en donde gentuza desconocida o puesta hasta las cejas de farla ­–o hasta el entrecejo de alcohol– te halagan tan gratuitamente que a uno le genera hasta vergüenza ajena. Eso sí, dejaba de sufrir cuando me enteraba que trabajaba a cambio de miles de dólares mensuales para una ONG internacional que nunca supo o quiso saber que admitía entre sus empleados no a una persona con ganas de cambiar de sexo (ocultar; que en Canadá pudo haberse puesto pilila libremente), sino a una auténtica fulana que lo primero que quiso hacer en medio de su trasiego entre hombre y mujer, entre nulo y nula, fue actuar de manera irrisoria, vengativa, carnavalesca, porque aquella noche que me la encontré en Pontoon la cosa se excedió de tal manera que pasaré a reproducir mediante el siguiente diálogo lo que allí aconteció.

 

­–Esa chica que está ahí sentada me dice te has acostado con ella.

 

–Para nada.

 

–Pues ella dice que sí.

 

–Estará equivocada. Se habrá confundido.

 

–Es puta.

 

–Pues ya te he dicho que no la conozco de nada.

 

–Es que si te acostaras con prostitutas te retiraría el saludo.

 

–Perdona, ¿qué me quieres decir? Mira, déjame que te explique: a lo largo y ancho de mi vida me he acostado con 700 putas. Incluidos una treintena de travelos. ¿Entiendes? Y Flower lo sabe con pelos y señales, por si ya estás ideando algún plan.

 

 

Me levantó hasta la mano. Porque en Camboya Anne era Matt, vestida como un hombre, con ademanes de camionero, en esa extraña guasa de buena parte de los expatriados en Camboya, que casi todos cooperantes o miembros de la ONU creen salvar al mundo cuando en cualquier empresa privada estarían o en la calle o de eterna baja psicológica.

 

Por supuesto que al día siguiente a eso de las seis de la tarde Flower se saltó el acuerdo de no contactarnos mutuamente para enviarme un bonito texto a través de Skype que sonó a todo menos a poesía: “Me han dicho que te han visto con una prostituta. Puedes hacer lo que quieras pero esperaba que no lo hicieras tan pronto”. A la vez, Anne/Matt, en otro acto de cobardía –porque hay gente a la que la decencia no la visita ni en los entierros ajenos–, me hacía llegar un correo electrónico sublime: “Creo que ayer bebí demasiado. Perdona si te juzgué o te molesté”. Lo dicho: una buena hoguera y todos dentro, ardiendo en el infierno en la Tierra, que es lo que ayudan a generar con sus prácticas terroristas camufladas en ropajes de marca y usos y abusos de teléfonos táctiles de ultimísima generación.

 

Conseguí levantar aquella bola de partido y volver a guarecerme en mi soledad, que en aquellas semanas me aturdían de pena y recuerdos pero me ofrecían una estabilidad sorprendente. No volví al Pontoon en mucho tiempo, que cada vez que escucho su nombre se me erizan los vellos de ambos brazos, porque el Grupo Tóxico eran casi una decena y yo iba solo. Y además, ya no andaba con Flower del brazo; por lo que llegué a temer alguna emboscada del tipo careo callejero, zancadillas de camino al baño, o algún nuevo invento maligno para ensuciar mi nombre. No sé: “Me ha intentado pegar el ex de Flower”. Cosas peores se han visto, y sobre todo maquinado.

 

Una noche acudí al Red Apron, el bar de vinos donde el personal no daba crédito de nuestras actuaciones, ya que cuando no follábamos en el baño peleábamos hasta el llanto de Flower, todo eso regado en la abundancia de tres o cuatro botellas de vino en un par de horas, a veces escasas. Pues bien, aquella noche que escapé de Trasañejo antes de tiempo, en un descanso merecido en donde siempre buscaba un esquinazo decente donde poder beber vino y darle a la tecla, procedí a tomar asiento en mi taburete de siempre cuando una de las bellezas de camareras me dio la información más que necesaria: “Su amiga está arriba”. Arriba se refería a la siguiente planta, donde Flower solía ir a prepararse sus trabajos mientras galopaba entre los cinco cafés solos y la media docena de copas de vino blanco sin nada sólido que echarse al estómago. Porque si algo malo puedo decir de Flower, una persona inteligente, muy inteligente, aunque con ciertos desquiciamientos causados en asuntos que creo tienen que ver con los miedos, las educaciones recibidas y el saber estar por obligación, era que su alimentación era ultra penosa. Algo que rozaba lo peligroso. Y no me vale la excusa de que sea americana. Porque las veces que estuve en los Estados Unidos encontré restaurantes que no los hay en muchísimas partes de España, así como clientes sabihondos y cocineros preparadísimos. En el colmo de su desfachatez contra su propia figura, estómago y cerebro, tampoco bebía agua, creándose cada noche que convivimos juntos un juego infantil que consistía en que antes de acostarse la obligaba a dar unos traguitos de las botellas de agua mineral que yo solía llevar a su casa, que junto con las de vino, componían un paisaje curioso cada semana sobre la mesa de la cocina: a veces, diez, otras, quince, con mayoría de vino tinto vaciadas y otras de Evian o Vittel. Un síndrome de Diógenes extraño.

 

Pues bien, tras la información recibida por parte de la camarera salí disparado en dirección contraria a la barra del Red Apron celebrando no haberla visto y asumiendo que era imposible que me hubiera podido escuchar. Además, no querría ni pensar que a su lado hubiera estado Cynthia, en lo que definitivamente habría sido lo más parecido a recibir un navajazo en el costado tras haber acabado de cenar.

 

Volví a mi hotel, el zulo repleto de ex convictos o gentes que deseaban pasarse algunos días a la sombra, donde de nuevo mi vecino, curiosamente americano, yacía desnudo sobre su cama, con la puerta abierta en un ambiente de alcohol, sudor y mosquitos que sólo rompía el elevado volumen de la CNN de donde salía la voz de una periodista, también americana, con inmensas dotes interpretativas. Creo que ya desnudo y recién duchado volví a darle a la tecla en una insidiosa habitación a ocho dólares la noche, sin aire acondicionado, y con un ventilador que ofrecía más contaminación sonora que frescor. Mi tele, dada la vuelta a la izquierda de una mesa que debía hacer años que había perdido su firmeza –y eso para un escritor es como un bota que aprieta de más al delantero centro pijo–, era mi única visión cuando volvía a darle con fuerza a la tecla. Las botellas de Próximo no las podía ni terminar a causa del extremo calor que ayudaba a que mis delirios salieran desprendidos por las yemas de mis dedos hasta unas teclas que bailaban por la mesa coja y que me hicieron replantearme en más de una ocasión qué cojones hacía durmiendo en un zulo en toda regla donde el calor era asfixiante. Para colmo de males –aunque en el fondo era un golpe de suerte– la conexión a internet no llegaba y ni podía perder el tiempo ni por tanto masturbarme. Que recuerdo una vez que bajé a la recepción a pillarme unas cervezas –allí sí había aire acondicionado cuando sólo la gorda hija de la gorda dueña trabajaba, digo dormía sobre su silla– y a la vez, me bajé un video extraño interpretado por dos lesbianas: una masajeando a la otra con un final feliz digno de Buñuel. Sin duda alguna las posibilidades de lesbianismo cercano hacían tanta mella en mí que decidí unirme al fuego.

 

En esos días paseaba –prohibiéndome acercarme a la calle 178 y alrededores, y en especial al Riverside, zona de influencia de Flower– soñando con dos asuntos: encontrarme de bruces con Flower y besarla hasta la extenuación; y cruzarme con Anne/Matt y escupirle/la a la cara. Porque el daño gratuito, crea o no en el karma, se merecen una lección.

 

Cuando la decadencia era absoluta (alcoholismo, soledad, recuerdos, insomnio) me plantaba en aquella calle de los demonios que daba acceso a mi hotel donde niñas me saludaban con las manos abiertas en metáfora perfecta del desparrame camboyano cuando enfilaba el primer bar que encontrara en los alrededores del Pontoon: una zona donde Occidente hace mucho más daño que los Estados Unidos en Irak. Y yo fui partícipe de ello. Una noche me bebí media docenas de cervezas viendo un Betis-Celta en la tele. Serían las cuatro de la mañana y putas y travelos no cejaban en su empeño: este tipo desaliñado que se trae un libro para ver el fútbol caerá antes del amanecer. Casi siempre volví solo a mi zulo. Y si alguna vez no lo hice rechacé a la timadora a causa, entre otras cosas, de que a esas horas uno se excita mucho más con la cabeza que con el falo, minimizado a causa de tanto alcohol, estrés y falta de descanso. El colmo fue con Trendy –ojo a los rebautizos que asolan Asia; y no sólo en el gremio de las meretrices–, una muchacha que al desnudarla descubrí que pesaba menos que su ropa. El maquillaje y mi borrachera hicieron de parapeto entre la realidad y mi realidad. O tenía sida en fase terminal o se había dejado mucho más de la cuenta.

 

–Vete.

 

–¿Es que no te gusto?

 

–No, el que no me gusto soy yo.

 

 

Luego, ya dormido, soñé que le decía a Flower: “Can you feel my love buzz?”. Ella, sentada en el banco de un parque extraño, florido con capullos verdes como la piel de la rana Gustavo, ni contestaba. Reía a carcajada limpia. Luego me abrazaba. Y despertaba mojado y sudado, porque aquel ventilador de los demonios, ‘made in China’, era el peor exportador de ambientación de la historia de la Humanidad. Mi alcoholismo desmesurado, sin duda alguna, además de los inmensos rayos de sol que entraban a través de la irrisoria cortina, ayudaban a que aquella deshidratación diaria se llevara a cabo sin ningún tipo de solución. Un día pensé en cambiar de hotel. Pero luego llegaba el lunes y abonaba religiosamente la semana siguiente, viéndome acorralado en aquella cárcel continua. Al menos escribía. Y bebía menos. Porque el calor extremo aunque no ayude a dormir tampoco colabora con la ingesta de vino. Y menos para un purista como yo lo soy; que si no nací al lado de una cepa fue porque tras dos décadas de vida estaba escrito que iba a residir adosado a una barra, la extensión de la cepa, el diván del psiquiatra.

 

 

Joaquín Campos, 29/06/14, Phnom Penh.