Dark Souls II, El Comienzo

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Este artículo toma elementos principales del videojuego Dark Soul II para construir un relato libre. Algunas localizaciones o descripciones pueden ser consideradas como spoilers. Disfruta de la lectura :)

 

Mi pasado ha muerto. Mi memoria es una celda a la que ya no tengo acceso. Sólo en sueños me asaltan imágenes del pasado. Y siempre regreso a la misma escena: un hogar sin nada más en su interior que una mujer sentada en una mecedora con un niño en brazos. En mis sueños intento acercarme a ellos, pero cuando extiendo mi mano sus rostros se deshacen como cera derretida. Y entonces, un torrente de dolor recorre mi ser…

 

Bajo el refugio de una cándida hoguera, escribo mis memorias. Dado que no conservo nada de mi antaño yo, estoy decidido a documentar mi desventura por las tierras de Drangleic. La escritura se ha convertido en la forma de ordenar mis pensamientos, me ayuda a conservar la cordura.  Pese a la amnesia, mi transformación en no muerto la recuerdo demasiado bien.

 

Primero pereció mi mente. Años de infancia y juventud desaparecieron en cuestión de segundos. En una vorágine de pérdida me aferré con fuerza a mi identidad, a mi nombre. Después se corrompió el cuerpo. Vi cómo mi piel se pudría y dejaba de estar viva. No pude reconocer al engendro que vi ante el espejo. Incapaz de asumir mi estado, grité hasta toser sangre y quebrar mi garganta. Perdí la consciencia.

 

Lo peor fue el despertar. Conocedor de la maldición de los no muertos, arranqué mis vestiduras y encontré lo que buscaba: una extraña cicatriz en forma de vórtice que recorría parte de mi pecho y espalda. Había recibido la marca y mi destino estaba sellado: me convertiría en un hueco, un monstruo devorador de almas. Pero estaba decidido a luchar hasta el final por evitar tan aciago final. Avergonzado por mi aspecto, cubrí mi cuerpo y rostro lo mejor que supe. Pese al gran vacío de mi interior, sabía lo que tenía que hacer: acudir a la anciana.

 

La noche en el Bosque de los Gigantes Caídos continúa tranquila. No hay huecos que merodeen por la zona. Mientras me afano en recuperar el filo de mi espada, reflexiono. La experiencia del día ha hecho evidente que mi demacrado aspecto no ha minado mi habilidad en batalla. También lo es que mi exceso de confianza ha provocado mi muerte varias veces. Puede que mis enemigos hayan perdido la cordura y que su garganta sólo emita alaridos sin sentido, pero conservan la destreza que tuvieron en vida.

 

Mi transformación va más allá de mi apariencia. Mis necesidades han cambiado. Comer o dormir ya no me satisface, casi nada lo hace. Consumir las almas de mis enemigos se ha convertido en mi único e inconfesable placer. Son mi salvación y mi condena. Pero en el ciclo de muerte y resurrección en el que estoy atrapado, algo no ha cambiado: al igual que los humanos sigo atado al dolor y a la fatiga.

 

Una feroz tormenta parecía empecinada en impedir mi viaje. El peso de mis ropas  mojadas lastraba mis pasos y un terreno fangoso provocaba mi caída al suelo una y otra vez. Estaba perdido en medio del bosque. Pero lo único que me preocupaba era mantener mi rostro cubierto y seguir avanzando. Ninguna maldición podría arrebatarme mi fuerza de voluntad. Tenía que reunirme con la única persona conocedora de cómo poner fin a la maldición. Mi odisea no había hecho más que comenzar…

 

Continuará