De borrón en borrón

0
372

Hoy vi las imágenes de la furgoneta incendiada por los alborotadores con un mosso en su interior, que salió vivo de milagro en los disturbios de Barcelona este fin de semana. Escuché algunas voces que gritaban “que se queme, que se queme”. Eran voces de chicos jóvenes, que no me queda claro por qué protestaban. La CUP, los anticapitalistas indepes, ponen como condición para entrar en un gobierno catalán nacionalista que desaparezca la brigada antidisturbios de la policía autonómica. Ya puestos, sugeriría que desaparecieran las fuerzas del orden público para así disfrutar gratis desde el sofá de mi salón de películas de terror. Mientras no me afecte a mí, que siga la fiesta, diría un cínico. Y yo todavía no lo soy, aunque me falta poco.

Hace unos días tuve ocasión de deleitarme con un reportaje fotográfico sobra la lujosa mansión en la que supuestamente vive el Rey Emérito en una pequeña isla ganada al mar a unos 15 kilómetros de Abu Dabi, la capital de Emiratos Árabes Unidos, donde reside desde el pasado agosto. No le faltaba de nada: piscina interior, sala de cine, billar y futbolín, juegos estos que con su precaria movilidad me pregunto si los practicará. Juan Carlos I justificó su salida de La Zarzuela, que no huida, contra lo que sostiene el mundo podemita, para no crear más problemas a los muchos que tiene su hijo, Felipe VI, el actual monarca desde 2014.

El pasado fin de semana me desayunaba con la noticia de que el Emérito ha hecho una segunda regularización con Hacienda por la suma de 4,3 millones de euros. La cifra es mareante para un pagano como yo. La anterior, en diciembre, fue de algo menos de 700.000 euros. Así lo adelantaba en primicia el diario El País y lo confirmaba poco después el abogado del ex monarca. Se trataba, según precisó el letrado, de una negociación con el fisco por pagos de viajes privados aéreos a una fundación que creó un primo lejano suyo. Precisaba que no era una donación con el fin de pagar menos a Hacienda.

Poco me importa saber quién es ese pariente para afirmar que el antiguo rey ha cometido fraude al erario público suceda lo que suceda y pague lo que pague para “ponerse al día” y evitar que la agencia tributaria abra un expediente sancionador. ¿Será la última regularización? Probablemente no, si se tiene en cuenta que sobre el monarca están abiertas cuatro investigaciones de la fiscalía. ¿Lo veremos en un banquillo ante un tribunal? Ni en sueños.

Muchos ciudadanos se han visto sujetos a circunstancias complicadas y delicadas en sus declaraciones de renta, no del todo parecidas, pero no han tenido el privilegio de poder ser advertidos y aún menos negociar a través de sus abogados como Juan Carlos I lo ha hecho. Sería maravilloso que uno de esos funcionarios rectos y severos de una oficina de la agencia tributaria nos llamara con afecto para “recomendarnos” que pusiéramos algo de orden en nuestras obligaciones con el Estado. Oh, sí perdón. Disculpe. Muchas gracias. Fue una distracción de mi parte. Prometo que no volverá a ocurrir.

Me viene a la memoria las palabras que el entonces rey pronunció en un mensaje de fin de año cuando el escándalo de su yerno Urdangarín había explotado en toda su magnitud y su pariente se encaminaba hacia el procesamiento: “La ley es igual para todos”. Ni me lo creí entonces ni obviamente me lo creo ahora. ¿De qué ley estamos hablando? Sin duda, la del poder, aquella que se aplica con el rigor que recoge el articulado para el ciudadano y con la flexibilidad necesaria e interpretativa con el poderoso.

Pensé en todo esto el domingo cuando me animé a ir al cine por primera vez en muchas semanas debido a las restricciones. Junto con los libros es lo que más me gusta. Si eso me faltara no sé bien qué sería de mí. Me metí en una sesión matinal -no había ni una decena de espectadores- a ver una peli que me habían recomendado unos buenos amigos. Mexicana. Su título, Nuevo orden, y su director, Michel Franco, a quien yo no conocía. Es bestial. Corrosiva. Sugerente. La clase maldita da la vuelta al calcetín, sus representantes aterrorizan y matan a los privilegiados a sangre fría. Pero se contagian de la corrupción, aunque de forma más grosera que los de arriba y con consecuencias más funestas. Sin embargo, en el final todo regresa a la normalidad, a ese viejo orden que sabe, a base de corruptelas y desmanes, conservar sus privilegios. Me acordé de otro filme, Margin Call, sobre la crisis financiera de 2008, cuyo final es igual de elocuente. La banca siempre gana.

Habría que preguntar qué intenciones escondían -o si no las escondían- los alborotadores que la noche del sábado estuvieron a punto de provocar una tragedia mayor en el centro de Barcelona. Destruir es relativamente fácil, e incluso atractivo a edades juveniles. El placer de romper una cristalera de un banco, de saquear un comercio, de abarrotar en carritos pilas de alimento. Pero poner los cimientos de algo nuevo es mucho más complicado. Lo vemos a diario, en nuestro país y en el resto del mundo. Escasea la inteligencia y abunda la mediocridad en los políticos. También en nosotros, los ciudadanos, que hacemos análisis a corto plazo, que no sabemos distinguir los matices y nos sentimos frustrados, confusos e impotentes.

Ciertamente las figuras públicas tienen mayor responsabilidad que la ciudadanía a la hora de la ejemplaridad, el cumplimiento de la ley y el desarrollo del bien público. Comportamientos deshonestos como el del anterior monarca son de una irresponsabilidad enorme, pues, además de emborronar su propio prestigio, el futuro de la monarquía y la fortaleza de las instituciones, alimentan la desafección de la gente en general, aún más si cabe la de la juventud, desesperada y rabiosa ante un panorama muy sombrío.

Quien arrojó la botella incendiaria contra el furgón policial en Barcelona, ¿tenía un plan o simplemente lo hizo por el deleite del fuego sin medir las consecuencias? ¿Juan Carlos I era consciente del cinismo que encerraban sus declaraciones cuando no hace mucho se solidarizaba con los jóvenes que habían perdido su trabajo y se veían forzados algunos a marcharse del país para encontrar algo digno mientras que él defraudaba a manos llenas a la hacienda pública, esa que en los primeros años de la democracia nos decía una publicidad, “Hacienda somos todos”? Sí, unos más que otros, respondió pronto el chiste ciudadano. La tinta ha manchado lo que hasta ahora fue un brillante historial. El rey que posibilitó la restauración de la democracia. Tal vez será injusto, pero las generaciones futuras destacarán de él sus corruptelas. Ya puede engañarnos a través de sus amistades comunicando que se encuentra tan fuerte como un oso. En su soledad, con o sin disfrute del lujo árabe, tiene que sentirse un desgraciado, un individuo temeroso de que la historia se cumpla también con él y muera en un exilio no forzado como muchos de los anteriores monarcas de España.

 

 

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorEl poema 85 del Liber Catullianus
Artículo siguienteDespués del amorío Trump-AMLO. Nueva crónica americana
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí