De campeones indignos, parte II: Argentina 1978

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En estos días, en los que acaba de comenzar un torneo de envergadura internacional celebrado en Argentina, recordamos otro torneo, en aquella ocasión mundial, que brindó más que una ligera dosis de infamia a la nación sudamericana. Hablamos del campeonato de 1978, con el que Argentina ingresó al selecto grupo de campeones mundiales que deberían devolver la copa (Italia ’34, Inglaterra ’66…).

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Lo que ocurrió fue una vergüenza, y no sólo por la ignominia del 6-0 regalado en la semifinal contra Perú (que así eliminaba a Brasil de la final) sino porque, mientras se disputaban los partidos y todo el mundo celebraba los goles de Kempes, en la Escuela de Mecánica de la Armada torturaban a un montón de gente todos los días. En definitiva, fue una copa como la del ’34, montada por una dictadura militar para hacer propaganda. Pero mientras en 1934 el fascismo podría haberse visto como algo relativamente novedoso, cuyas implicaciones corrosivas aún no se habían demostrado del todo, la misma ingenuidad no puede atribuírsele a nadie en 1978. Por lo tanto, un argentino jamás debería presumir de esa copa, que fue una auténtica aberración humana.

 

A nivel futbolístico, fue un mundial interesante, con muy buenos jugadores y equipos. Ya destacaba Platini en Francia, aunque la selección en esa ocasión no hiciera nada; Polonia tenía el mismo equipazo del ’74, con Zmuda, Deyna, Lato; Brasil superaba la transición post-Pelé y tenía un buen equipo que no llegó a la final por la bellaquería de los peruanos (que con Cubillas, Sotil, el arquero Quiroga, Chumpitaz, entre otros, tenían un equipazo); España tenía una muy buena selección, y no llegó más lejos debido a aquel famoso fallo de Cardeñosa frente a Brasil, cuando no pudo meter el gol a puerta vacía. Había otras selecciones como la Escocia de Dalglish, de Souness, de Joe Jordan que en el último partido del primer grupillo tenía que vencer a Holanda por 3 para pasar y a falta de 20 minutos se adelantaban por 3-1. Pero esa generación de buenos jugadores escoceses también fue una de grandes bebedores: se encontraron montones de botellas de whisky debajo de sus camas en el hotel y el partido contra la oranje quedó 3-2; y luego estaba la nueva Italia, con Dino Zoff, con Paolo Rossi, que había renovado su equipo y ya allanaba el camino para el ’82. También ellos se enfrentaron a la naranja mecánica que, a pesar de estar ya sin Cruyff, seguía jugando un fútbol sublime orquestado por Rep, Rensenbrink y Neeskens.

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En la final pasó lo que les pasa a los holandeses, que no fueron. Se enteraron del partido tarde y con todo y eso, casi se lo llevan, con un balón que rebotó del palo con el encuentro empatado a 1 y pocos minutos para el final. Los románticos dirán que Holanda se merecía el mundial, sólo por lo que les había pasado en el ’74, y, la verdad, hubiera sido justo que perdiera Argentina, pero no. Argentina finalmente había recibido su Mundial y, al fin y al cabo, cumplió llevándoselo.

MONTAGUE KOBBE es un ciudadano alemán con nombre shakesperiano, nacido en Caracas, en un país que ya no existe, en un milenio que ya pasó. Estudioso de la lengua, de todas las lenguas, una década de exilios y academias lo han convertido en un especialista del timo escrito que encanta con espejos y humo a todo tipo de serpientes. Como prueba de ello, su trabajo ha aparecido en la prensa digital y escrita de más de media docena de países, desde Argentina o Venezuela, pasando por Jamaica, Trinidad y Antigua, hasta llegar al viejo mundo, a España y Gran Bretaña. En The Daily Herald de la isla de Sint Maarten escribe, desde 2008, acerca de cultura y literatura caribeña y latinoamericana y a partir de junio de 2011 El nuevo herald de Miami publicará una serie acerca de literatura contemporánea venezolana. Ha sido traductor, editor, corrector y portador de cafés en el pasado, aunque el gran reto ha sido siempre, y lo sigue siendo, pagarse el vermut de la tarde con cuentos y novelas. Como la esperanza es lo último en perderse, ha decidido repartir sus sueños entre Madrid y una recóndita roca en el Mar Caribe, llamada Anguilla.   ADOLFO JOSÉ CALERO ABADÍA Investigador venezolano (Caracas, 1978). Es licenciado en letras por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y licenciado en Artes, Mención Cinematografía, por la Universidad Central de Venezuela (UCV). En el período 2007-2008 cursó estudios en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB, España), obteniendo el título de Maestría en Técnicas Editoriales. Ha publicado algunos trabajos y artículos relacionados con la literatura, el cine y la fotografía en revistas como Logotipos, Escritos o Dramateatro. Ha sido profesor de iniciación al guión cinematográfico en el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) y ha colaborado con diversas editoriales en España y Venezuela, labor que prosigue en la actualidad. Actualmente es profesor en la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y cursa la Maestría en Literatura Comparada (UCV).