De festival

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Ilustración de Antonio Alcaide

Me pongo el disco Honestidad brutal en aleatorio y salgo a pasear. Lo primero que hago es tirar la basura, y me equivoco de contenedor. Miro a mi alrededor y me encuentro con un repartidor de pizza, que está fumando con la mascarilla en la barbilla y con cara de nada. Rostro imperturbable, como el de los gimnastas cuando realizan ejercicios de anillas. Se premia no exteriorizar el sufrimiento: jodidos pero dignos. Disimulo mi pesar y sigo mi camino.

El cuerpo me pide ampliar las zancadas; disfruto sintiendo el esfuerzo de mis músculos, agradezco el aire fresco. Quiero que me recuerdes así / con el viento en las velas. La música me empuja a caminar con mayor intensidad. Hasta que me adelanta un tipo que lleva una táper con filetes empanados y, sin esfuerzo, no tarda en desaparecer de mi vista. Una vez le preguntaron a Andrés Calamaro si era cierto que aspiraba a grabar un disco con Maradona, y respondió que estaban más cerca de aspirar que del disco.

Dos adolescentes se separan de golpe y fingen no conocerse al ver que se acerca la policía. Aquellos besos que ya no vuelven. En ese momento me pregunto si he cogido el DNI; me palpo los bolsillos y salta la sorpresa: sí llevo el DNI. Suspiro de alivio y le levanto las cejas a un desconocido. Antes de incorporarme al paseo, cruzo el aparcamiento en el que pasamos aquella tarde, al que le dimos cien vueltas mientras hablábamos de lo peor de todo. Qué sería de mí, de aquel chaval.

A la calle solo le falta música en directo para ser un festival. Grupos de deportistas, de paseantes, de gente sentada en bancos. No parece haber calado la idea del distanciamiento físico. A mi izquierda, el busto del Guerrita repite machaconamente: «Ca uno es ca uno, ca uno es ca uno». Es como cualquier día especialmente animado, pero en mitad de una pandemia. ¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?

Se cruza en mi camino un transeúnte en patinete: los hay que tienen prisa por morirse. Y la alegría de compartir / el buen malvivir. Decido volver a casa: ya he caminado bastante. No he sudado, pero tampoco hace falta ponerse estupendo. En un semáforo, me encuentro con un heavy que lleva una mascarilla heavy. El ser humano es extraordinario.

Paso frente a la pizzería, pero el repartidor ya no está. Queda un cigarro mojado. Accedo al edificio con cuidado, como si estuviese abriendo una caja fuerte en lugar de una puerta. En un arrebato de entusiasmo, decido subir por las escaleras, y llego exhausto. «¿Una cerveza?», me pregunta una joven alérgica. Y respondo que sí. Porque vivir es jugar / y yo quiero seguir jugando.

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