De la juventud abatida a… ¿la cosmopolita?

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Los estudios sociológicos que se realizan sobre la juventud rebelan que son bastante conservadores. También cierta frustración porque el esfuerzo que han realizado no obtiene un justo reconocimiento en la sociedad. Pero algunos no se resignan y se van de España. ¿Es de verdad cosmopolita nuestra juventud?

 

Los estudios que se realizan periódicamente sobre la juventud tanto por el Injuve como por otros centros de análisis sociológico como el que hace una semana publicaba Metroscopia a través de El País muestran que es relativamente conservadora. O, quizás, sólo reformista. Creen que, con algunos retoques, el sistema que ya existía cuando nacieron, seguirá funcionando. “La crisis ha puesto de manifiesto que el sistema económico actual, tal y como está organizado y funciona, está agotado y ya no da más de sí”. El 38% de los jóvenes de entre 18 y 34 años se identifica con esta afirmación. Pero el 59% está de acuerdo con esta otra: “El actual sistema económico tiene defectos e insuficiencias importantes pero remediables y una vez corregidos, podrá volver a funcionar como antes”.

 

Los jóvenes, que supuestamente son las principales víctimas de la enésima y quizás más grave crisis del sistema capitalista, no quieren cambiar de modelo. Se conforman con repararlo para que continúe funcionando como antes. En la encuesta de Metroscopia, eso sí, falta preguntar a los jóvenes sobre las reformas que les gustaría que se realizasen. Porque es un estudio más electoral que de otro signo: en lo que se insistió es en que los jóvenes votan menos al bipartidismo y apoyan con más fuerza a las fuerzas políticas menos gastadas por el ejercicio del poder.

 

Pero ni siquiera se interesaron por las reivindicaciones, por el movimiento del 15M. Domingo Comas y Josune Aguinaga, en Los jóvenes hoy: aprender a tomar decisiones en un entorno enmarañado, publicado en Informe España: 2013, afirman que, por el momento, el componente propiamente juvenil en las movilizaciones es escasa: aunque son muchas las personas jóvenes que parecen participar en las manifestaciones y en otros movimientos sociales, su representación en ellos es menor que su demografía. Además, estos sociólogos afirman que se movilizan sólo a partir de los 25 y los 29 años y, sobre todo, a partir de los treinta años. Y se preguntan: “Pero, ¿y las personas jóvenes?, ¿en particular los jóvenes-jóvenes? Es como si éstas no fueran sus batallas”. Varios datos que proporcionan los estudios del Injuve: un 82,3% de los jóvenes no ha ido a ninguna manifestación ni concentración organizada por el 15M; un 60% no tiene ningún conocimiento, o tiene muy poco, de las medidas concretas que proponía ese movimiento social. Preguntados por su identificación con el 15M, en una escala del 1 al 10, los jóvenes se colocaban en el 5,66. En definitiva, el 15M no fue un movimiento juvenil, porque los jóvenes participaron poco, lo conocían poco y se identificaban con él de una manera bastante discreta.

 

El diagnóstico que realizan Comas y Aguinaga es que esta generación lo tiene muy difícil, porque es la primera generación premeditada, los primeros hijos deseados y porque, por eso, son los “hijos tesoro”. Eran pocos y, por tanto, tenían mucho valor para las familias. Era su gran ventaja que se ha convertido en su gran problema. Lo recibían todo hecho y no tenían que tomar decisiones: la pasividad de la juventud era uno de los objetivos de la sociedad. Aunque en los años noventa se observó cierto descontento con esa situación, la inexistencia de canales de expresión política y la bonanza económica acallaron la posibilidad de cualquier expresión colectiva que pusiera fin a esa cómoda y a la vez frustrante situación.

 

La generación que nunca tuvo que tomar decisiones, ahora se ve obligada a espabilar, a reaccionar si quiere sobrevivir. Porque sus mayores ya no les pueden ayudar. El colchón del hogar familiar se ha vaciado. Y tienen que reaccionar en un mundo en el que las reglas del juego cambian constantemente. No es el mundo del “todo para toda la vida” de sus padres, que tuvieron una vida a la vez más difícil y más segura.

 

 

De los «hijos tesoro» a los jóvenes abatidos

 

La “generación tesoro” se ha convertido, en palabras de otra socióloga, Rosario Sánchez Morales, en la generación abatida. Ha sido una juventud mimada, pero también obediente, sumisa. Ha hecho todo lo que se esperaba de ellos: ha estudiado, se ha preparado, no se ha metido en problemas. Pero ahora la sociedad no cumple con su parte. Por eso, según el diagnóstico de Sánchez Morales, los jóvenes actuales se sienten excluidos por el mero hecho de ser jóvenes; se sienten la generación más preparada de la historia de España, pero piensan que tienen menos oportunidades que sus padres y ven la sociedad como una jungla en la que vale todo; creen que tienen poca voz como actores sociales y sienten que pierden, además de derechos económicos, libertad de expresión. Existe el riesgo de que entren en un estado de ánimo de escepticismo nihilista, pero, al mismo tiempo, pese a que sienten que la sociedad les ha estafado, parecen dispuestos a trabajar al precio que sea. Eso sí, de acuerdo con los últimos estudios, los jóvenes consideran que la propaganda del emprendimiento es un engaño, un cuento.

 

Todos estos sentimientos desordenados, algunos de ellos contradictorios, hacen pensar que ésta puede convertirse en la generación abatida, la generación confusa, la generación que se percibe a sí misma como una generación alienada y entregada a la resignación.

 

Aunque Aguinaga y Comas también plantean la posibilidad de un estallido en cuanto los jóvenes se den cuenta de la quiebra del modelo de sociedad de clases medias en la que la mayor parte de ellos aún cree vivir. (¿De ahí su conservadurismo?).

 

Pero ésta es una muy mala señal: en el año 2011, el 13,8% de los jóvenes decía que a la gente como ellos les daba igual el régimen político que imperara, el doble que dos años antes. Y sólo un 73% considera que la democracia es el mejor sistema de gobierno, frente al 77,7% de 2009.

 

 

Su casa es el mundo

 

La generación abatida, la generación resignada, pero también podemos hablar de la generación cosmopolita, que cree que su casa es el mundo, hace las maletas y se va en busca de un futuro mejor. Sólo el 2,8% de los jóvenes desecha la idea de emigrar y para casi las tres cuartas partes la intención es muy acentuada.

 

Injuve publicó en el mes de abril un estudio sobre la emigración de la juventud. Concluye que, entre 2009 y 2013, han emigrado 263.231 españoles. De esa cifra, se estima en 218.000 el colectivo de jóvenes.

 

Los jóvenes creen que su casa es el mundo, pero el 85% de los emigrantes españoles se fueron a Reino Unido (105.000 jóvenes) y Alemania (25.500). Y quieren volver: “Los jóvenes no terminan de tener claro cuánto tiempo van a permanecer fuera, sobre todo, porque en su mayor parte supeditan el fin del proyecto migratorio a la recepción de noticias positivas sobre la actividad económica de España”, dice una de las conclusiones del estudio del Injuve. Pero puede que tarden en regresar, porque su percepción sobre la situación de España en el pasado, el presente y el futuro es peor que la que se tiene dentro del propio país. Aunque también es verdad que los salarios que ganan los jóvenes emigrantes son más bajos de los que pensaban en un principio que iban a obtener.

 

Les compensan las penurias, porque creen que la emigración justo después de terminar sus estudios va a ayudarles a ganar competitividad en el mercado laboral, porque fuera van a tener más oportunidades de ocuparse en trabajos de su especialidad, algo que es muy difícil en España. De hecho, los encuestados por el Injuve se han movido en su mayoría en el sector terciario avanzado.

 

 

Emigrar: antes y ahora

 

Ahora, algo polémico: de acuerdo con el Injuve, si en el anterior periodo migratorio de españoles, que se desarrolló entre 1946 y 1963, el 70% de los emigrados pertenecían a la población activa y ello supuso una merma del 10% de la población activa del país, en la fase actual la sangría ha sido mucho más reducida en términos de activos: 2%.

 

En cuanto a géneros, entre 1946 y 1963, se calcula que el 86,5% de los emigrantes fueron varones. Actualmente, el fenómeno está mucho más igualado.

 

Respecto a la cualificación, si entre 1946 y 1963 la emigración era fundamentalmente del sector primario (61,8%) y de obreros industriales (35,2%), la actual es de profesionales universitarios en un 80%, muchos de ellos con posgrados (32%) y en su gran mayoría vinculados al sector servicios.

 

¿Inmigración de irregulares? Se calcula que entre 1959 y 1963 salían de España 100.000 inmigrantes «ilegales» al año. La migración actual no presenta problemas importantes de irregularidad, ya que su principal destino es la Europa Comunitaria que no exige, por lo menos de momento, permisos especiales.

 

Y ahora sí que terminamos: nos fijamos muchísimo en los jóvenes y sobradamente preparados, los que tienen herramientas para salir adelante. Pero, ¿qué ocurre con aquéllos que dejaron los estudios para ganar dinero fácil en la construcción y ahora son prácticamente inempleables? No se lo podemos reprochar, no se lo podemos echar en cara, porque ellos también cumplieron con su parte: trabajaron duro, pero han tenido la mala suerte de que justo ese sector se ha caído. Si no les reprochamos a los eminentes economistas que se equivocaron cuando negaron que en España hubiera una burbuja inmobiliaria, no les vamos a echar la culpa a los trabajadores de la construcción de su mala suerte, ¿no?

 

¿Por qué el paro juvenil nos preocupa más que el adulto y por qué dentro del joven, le damos más importancia al de los universitarios que al que sufren quienes no tienen estudios? ¿Es que preferimos dar relevancia a los problemas que se resolverán y olvidarnos de los que no sabemos cómo solucionar?