De La Turbie a Lerici

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He tenido la fortuna de hacer en dos ocasiones un viaje a Italia en automóvil pasando por la Costa Azul y la Riviera italiana. En esta última ocasión, además, tuve el privilegio de que el conductor fuese alguien tan generoso que me ofreciera detenerse en varios de los lugares que jalonan el recorrido, a pesar de que ya estuviese aburrido de visitarlos, pues ha hecho este recorrido en innumerables ocasiones. Creo que he visto pocos lugares tan bellos como las corniches que surcan el escarpado relieve de los Alpes en su descenso hasta el mar. Parece mentira, pero la prodigiosa ingeniería civil de los romanos consiguió construir calzadas en este lugar, y además calzadas pata negra, las conocidas como “consulares”. Hacia el año 13 a. C. el emperador Augusto ordenó construir la Via Julia Augusta para completar la red de comunicaciones entre Roma y la Provenza. En el año 7-6 a. C. ordenó erigir en el lugar en las alturas que dominan el principado de Mónaco donde concluía esta importante calzada “El trofeo de los Alpes” para conmemorar su victoria sobre las cuarenta y seis tribus ligures que pendían sobre las precarias comunicaciones romanas entre Italia y la Galia cual espada de Damocles. A partir de la paz, la Via Julia Augusta fue prolongada hasta Arlés (Arelate) y Nimes (Colonia Augusta Nemausensis) desde donde enlazando con la Via Domitia que venía del Norte se llegaba hasta Narbona y los Pirineos. Paul Zanker nos enseñó muchas cosas sobre la importancia que el emperador le daba a estas cuestiones de la propaganda en Augusto y el poder de las imágenes. Conocemos a través de Plinio el Viejo (Historia Naturalis III, 133 ss) cómo era el trofeo. El texto de una placa daba cuenta de los nombres de las cuarenta y seis tribus derrotadas en orden cronológico y geográfico y estaba flanqueado por dos bajorrelieves de la Victoria alada. El trofeo en sentido era una representación de las armas conquistadas a los enemigos colgadas de un tronco de árbol. A ambos lados del trofeo había parejas de prisioneros encadenados.

“Al emperador Augusto, hijo del divino [Julio] César, pontífice máximo, emperador aclamado catorce veces, siendo investido por decimoséptima vez con la potestad tribunicia, el senado y el pueblo romano erigieron; bajo su guía y auspicios todos los pueblos alpinos, que se encontraban entre el Mar Superior (Mar Adriático) y el Mar Inferior (Mar Tirreno) fueron sometidos al imperio del pueblo romano.”

Después viene el listado de las tribus derrotadas. Se trataba de dejar claro para la posteridad quién había ganado la guerra. Y vaya si se cumplió el propósito: gran parte del monumento ha llegado hasta nuestros días, en este simbólico lugar donde según la guía Michelin de la época, el Itinerario de Antonino, terminaba Italia y comenzaba la Galia: Huc usque Italia/Ab hinc Gallia (“hasta aquí Italia, desde aquí la Galia”). La Vía Julia Augusta enlazaba en Vada Sabana (actual Vado Ligure) con el itinerario costero de la Via Aemilia Scauri, calzada que venía desde Luni, donde termina la Toscana y comienza la Liguria.

A este intrincado itinerario costero por el que transcurre la actual autovía que conecta Italia con Francia alude Dante en unos versos del Purgatorio que son recordados en una placa en La Turbie: 

Tra Lerice e Turbìa la più diserta,
la più romita via è una scala,
verso di quella, agevole e aperta.

 Comparada con ella, el más abrupto
arrecife entre Lérici y Turbía[1]
es una rampa fácil y anchurosa

 (Dante Alighieri, Purgatorio, III, 49-51.Traducción de José María Micó)

Llegados al pie de la montaña del Purgatorio, Virgilio se puso a cavilar cómo llevar a cabo una ascensión tan ardua, tan abrupta que los escarpados arrecifes de Liguria, los prodigios de ingeniería civil a los que hemos hecho referencia, eran bien poca cosa. Dante probablemente estuvo aquí en La Turbie en el verano en 1302, al comienzo de su destierro de Florencia, como nos recuerda la plaza. El camino por el que optó para viajar desde la Toscana hacia la Provenza fue la Via Aemilia Scauri desde Luni y Lerici hasta llegar a la Via Julia Augusta y de allí seguir por la costa ligur hasta La Turbie. Desde allí partía la senda hacia la Provenza y Francia, “la escala que sube a Provenza”; si Dante se dirigió por ese camino hacia la corte papal en Avignon o hacia París, como afirma la tradición sin pruebas indiscutibles, ya es harina de otro costal. Napoleón hizo ese camino en sentido inverso para dirigirse con los ejércitos revolucionarios hacia Italia. Una placa nos recuerda su estancia en La Turbie el 3 de abril de 1796 en los comienzos del vendaval napoleónico. Nosotros continuamos nuestro camino hacia Italia, en dirección a Génova, pero primero nos detuvimos en Roquebrune y Menton. Continuará.

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[1] Jose María Micó traduce ruina como “arrecife”, arabismo de la lengua castellana que procede del nombre que los árabes dieron a las calzadas romanas de Hispania. José María Micó, Comedia, Barcelona, El Acantilado, 2008, p. 318. Hay dos lecturas diferentes del texto dantesco del verso 50: “rotta ruina” y “romita via” (que se sigue en la placa de La Turbie. Micó llama al lugar con la versión española del topónimo: Turbía).

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