De luchas, violencia de Estado, leyes áureas y gente diferenciada

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Hoy es 13 de mayo. Hoy se cumplen 123 años de la Ley Áurea, que  acabó con la esclavitud en Brasil. Hoy, el movimiento negro denuncia en São Paulo, reunido a estas horas en la Praça Ramos, que, más de un siglo después, ahí siguen el racismo, la discriminación y la violencia del Estado volcada contra los negros, los pobres, los favelados. Hoy, Día Nacional de Denuncia del Racismo, se cumplen también cinco años de los ataques del Primeiro Comando da Capital (PCC), la organización que domina el crimen en São Paulo, a los que siguió una durísima represión en la periferia de la ciudad y de otros municipios de la región metropolitana. Casi 500 personas murieron a manos de los policías y de grupos de exterminio ligados a la Policía Militar. En su gran mayoría, negros, pobres y habitantes de las favelas y las periferias pobres. Ayer, las madres de algunos de ellos, unidas desde entonces en el colectivo Madres de Mayo, se reunieron para gritar que esos crímenes siguen impunes y que se siguen cometiendo. La masacre de hace cinco años fue uno de los capítulos más sangrientos del terror estatal en São Paulo, pero se trata de un drama que sigue desangrando, lenta y cotidianamente, las favelas de Sampa, de Rio, de Belo Horizonte, de Salvador. Hoy, mientras los compañeros del movimiento UNEafro se concentran frente al Teatro Municipal para exigir que “paren de matar a nuestros jóvenes”, Amnistía Internacional publica su informe anual, y vuelve a denunciar, como cada año, la violencia policial y la lamentable situación en las prisiones brasileñas. Esas que están copadas, también, por jóvenes negros, pobres  y periféricos. Los mismos a quienes visitan madres, novias, hermanas que son sometidas a todo tipo de humillaciones, porque en Brasil el negro y pobre es criminalizado por el mero hecho de serlo.

 

Cuando los activistas de derechos humanos en Brasil denuncian el terror de un Estado que sólo se hace presente en las favelas con fusil en mano, cuando la UNICEF sostiene que los negros tienen tres veces más posibilidades de ser asesinados que los negros, cuando las frías cifras señalan que sólo en Rio de Janeiro mueren mil jóvenes al año, la mayoría negros, pobres y favelados, a manos de la policía, puede resultar difícil de entender para las sensibilidades europeas acostumbradas a tener los problemas un poco más lejos. Pero no son números, son realidades, aquí, ahora, bien visibles para quien quiere ver. Hace hoy una semana presencié en la Favela do Sapo, en la zona oeste de Sampa, un abordaje de la Policía Militar a un grupo de chicos, acusados de conducir un coche sin licencia. Los muchachos fueron sacados del vehículo con violencia, apuntados con armas, mientras los agentes nos miraban de reojo. Preferimos no marcharnos, provocar en ellos algo de escrúpulos con nuestra atenta mirada. Daba para ver que no éramos de allí, que no éramos objeto, para los agentes, de la misma desconsideración e invisibilidad. Emerson, vecino de la comunidad hace treinta años, me explicó que los agentes reciben la directriz de abordar en cada favela en función de cómo ésta se considera violenta. La Favela do Sapo es tranquila, y el abordaje fue tranquilo para los parámetros de una de las policías más violentas del mundo. Pero los chicos fueron humillados. Es algo cotidiano. Emerson me contó que él se gana la vida conduciendo un autobús: “Cuando los agentes me saludan en el autobús, lo hacen educadamente, con un ‘bom dia’; cuando me ven aquí en la favela, me tratan como a un delincuente”.

 

Los habitantes de las favelas, casi un tercio de la población de las grandes urbes brasileñas, están acostumbrados a que no se les trate como a ciudadanos. Ayer, en el acto de las Mães de Maio, pedían justicia,igualdad, fin de la impunidad, desmilitarización de las periferias, respeto. “¿Estado de derecho? ¿Qué derecho?”, gritaba ayer Wagner, agitador de un sarao cultural en el barrio de Brasilândia, en el acto de las Madres de Mayo. Porque hace tiempo que descubrí que, en Brasil, hay ciudadanos de primera, ciudadanos de segunda, y otros muchos que no son ciudadanos…


En esas andábamos cuando, también ayer, me entero de el Gobierno municipal, presionado por una asociación de vecinos, ha decidido cambiar el lugar de la estación de metro de Higienópolis, uno de los barrios más nobles de la ciudad, donde vive una nutrida comunidad judía y muchos intelectuales de la elite, empezando por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso. Dicen que el metro en la valorizada esquina de Avenida Angélica con Sergipe, donde estaba proyectada la estación, provocaría que llegase al barrio “gente diferenciada”. O sea, pobres, negros y otros, menos pobres  y menos negros, pero también muy alejados de su torre de marfil. Ellos no necesitan metro, y poco les importa si lo requieren sus empleadas domésticas. Falta por ver cómo quedará la cosa, pero por el momento un nutrido grupo de personas está agitando en internet un churrasco frente al centro comercial Higienópolis para que la “gente diferenciada” lleve al barrio pagode, farofa y demás muestras de su cultura diferencial. Yo me pido llevar pão de queijo.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.