De mi Diario : 2.ª semana del 2024

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Rodenkirchen, 7.1.

Anoche vi Return to Paradise [Retorno al paraíso], de 1953, una peli basada en un relato de James Michener, con Gary Cooper en su papel protagonista y nadie menos que Daniel Mandell en el montaje (no perderse nunca las pelis montadas por él, uno de los grandes maestros de la profesión). No la conocía y me vale para redondear mi conocimiento de un actor tan grande, y no sólo por la estatura. También para redondear mi memoria de lecturas de obras de Michener, a quien Rolando estimaba mucho, lo conoció y trató en Austin. Yo al gringo Michener le he confundido muchas veces con otro James, el inglés Hilton, de quien gocé leyendo Horizontes lejanos. A él se debe la invención de ese lugar mágico que es Shangri–La. Y esa isla polinésica paradisíaca de Matareva (Upolu en la geografía real) es una especie de Shangri–La oceánico, como el de Hilton lo era del Himalaya. En cualquier caso, peli para ver de nuevo.

Vino Laura –la catalana de Barcelona que es hincha del Madrid– para ponerle el pijama a Diny, y le regalé un ejemplar de La bufanda de Cambridge con esta dedicatoria: «En la ciudad de los Reyes Magos, un regalo de Melchor, Gaspar y Ricardo». Se emocionó mucho, me lo agradeció con un beso.

Almorzamos en el Steep’s atendidos por el camarero al que por su impecable cráneo rasurado llamo “Yul Brynner”. Diny pidió la sopa del día, que era de tomate (su gran devoción en materia de sopas) y yo mi salchicha al curry con pommes. Comimos ambos los dos (© by Cantinflas) con mucho apetito.

Hace tiempo (tiempos, eternidades) que no leía un texto tan bello, como este de Cristina Pacheco en el suplemento LJS del domingo pasado. No la conocía, pero sí leí muy hondo a Gabriela Mistral, y así como ella le escribió a Jesús en su «Plegaria de la maestra» [«Señor, Tú que enseñaste, / perdona que yo enseñe»]. asi le rezo a Cristina: «Cristina, que tan hermoso escribiste, / de a deveras me avergüenza mi Diario».

Rodenkirchen, 8.1.

That Wonderful Urge [Ese impulso maravilloso], de 1948, con Gene Tierney y Tyrone Power, pareja de guapuras donde las haya. Y un guion disparatado que en ningún momento logra crear la ilusión de una verosimilitud, yo no sé cómo es que el gremio de los periodistas gringos no removió Roma con Santiago para que se prohibiese su proyección. Peli para no volverla a ver.

Hemos almorzado en el Bistro Verde. Éramos en total, hoy, nueve comensales. Diny pidió su ensalada de papas, que aquí la hacen como a ella le gusta, y aceptó la sugerencia de Liviu de añadir a la ensalada esa albóndiga plana, como una tortillita, que los alemanes llaman Frikadelle, «Están recién hechas», le dijo. Por mi parte reincidí en mis Rösti con salmón en salmuera y sin ensalada.Y Diny le agradeció luego a Liviu la sugerencia, parece ser que la combinación Frikadelle + ensalada de papas era un  verdadero boccato di papisa.

Después del almuerzo vino Pablo, el técnico fueguino, para intentar reinstalar los programas en nuestro televisor, Diny anda ya con el síndrome de abstinencia y eso no es bueno. Pero se conoce que la avería no es tan fácil de reparar. Pablo promete pasar de nuevo mañana, a ver si suena la flauta como en la fábula, por casualidad.

Después de leer mi Diario, Manu me escribe: «Comprendo a tu suegro. Cuando subo a un avión no rezo el rosario porque no soy nada piadosa, pero entro con los ojos cerrados y no los abro hasta que he llegado a destino. No es por miedo sino por la claustrofobia, como no veo que estoy encerrada sin posibilidad de salir, entretengo mi mente cantando coplas. Si el vuelo es largo termino con el repertorio». Le contesto lo primero que se me ocurre: «Pues si cierras los ojos y cantas, lo mejor que puedes hacer, de cara a tus vuelos largos, es aprenderte de memoria una ópera de Wagner. Y si el vuelo es muuuy largo, la trilogía».

Rodenkirchen, 9.1.

Anoche vi Love Affair [Tú y yo], de 1939, el año en que nací), con  Irene Dunne y Charles Boyer, la primera de las tres versiones hechas de esta peli. Pienso ver las otras dos esta noche y en la noche de mañana. Pero desde ya registro lo que dijo Joan Fontaine acerca de Charles Boyer: «Sigue siendo mi protagonista favorito. Me pareció un hombre de intelecto, gusto y discernimiento. Era desinteresado, dedicado a su trabajo. Por encima de todo, se preocupaba por la calidad de la película que estaba haciendo y, a diferencia de la mayoría de los actores con los que he trabajado, con la única excepción de Fred Astaire, su primera preocupación era la película, no él mismo». Y desde luego, en esta versión de Love Affair, su química con la extraordinaria Irene Dunne es una joya de compenetración en el trabajo de dos grandes mimos.

A eso de las 11:15 am vinieron Pablo y un técnico alemán, y ½ hora después ya tenía Diny reparada la programación de su televisor. Laus Deo! Creo que quizás no hubiese aguantado un día más sin su lavado de cerebro diario. Se niegan a legalizar la marihuana y permiten la TV, ¡qué mundo este! Sabiamente dijo Neil Postman que «La TV no fue creada por idiotas, sino que los crea». Los ETs que nos vigilan se deben divertir de lo lindo a nuestra costa. Aunque ahora que lo pienso, ¿no será que nosotros somos su TV?

Ulli me llamó a las 12:03 para avisarme de que salían camino de Rodenkirchen, habíamos planeado ir a La Modicana y, entre otras cosas, aclarar qué pasó con Gabi & Carlo la semana pasada, A las 12:25, cuando me dirigía a los ascensores para ir al encuentro de ellos, llamó Ulli otra vez: la temperatura fue tan baja esta noche que hasta el agua para los parabrisas se había congelado, y el auto no estaba en condiciones para ponerse en marcha. Vamos, pues, al Steep’s y nos atiende de nuevo “Yul Brynner”, le pregunto si Tom está enfermo o de vacaciones y me dice que enfermo, con un resfriado che te la voglio dire. Como la sala está al completo, una señora se sienta al otro extremo de nuestra mesa, que, de todos modos, es una para seis plazas. Al final conversamos algo. Ha viajado mucho, ha estado en Siria, en China. Me pregunta interesada si no tengo deseos de volver al lugar donde nací. Le digo que nuestros tres hijos y nuestros cuatro nietos son siete argumentos en contra. Nos despedimos prometiéndonos seguir la charla si otra vez volvemos a coincidir en el Steep’s.

Rodenkirchen, 10.1.

An Affair for Remember [Algo para recordar], de 1957, nuevamente dirigida por Leo McCarey, pero esta vez en tecnicolor y con Deborah Kerr y Cary Grant en los dos papeles protagonistas, es la segunda versión de Love Affair y se puso de moda tras el estreno de Insomne en Seattle, el homenaje de Nora Ephron a uno de los clásicos del siglo de oro de Hollywood. Pero la original de 1939 es mucho mejor, entre los actores no salta la chispa como en aquella: Leo McCarey no logró superar su propia prestación, le pasó lo mismo que a Bob Beamon tras su mítico salto de 8,90 m en la Olimpiada de México, 1968.

Me escribe Laura Camila: «Te escribo, primero, para agradecerte por todas tus colaboraciones y tu continuidad con las columnas. También para contarte que el señor Araújo se jubiló el pasado 5 de enero. Seguirá siendo nuestro columnista y colaborador activo, pero lo reemplazaré editando el Magazín Cultural. Esto para darte la bienvenida a esta nueva etapa del equipo y para pedirte que, por favor, me continúes enviando las colaboraciones y columnas a mí». Le contesto: «Laura Camila tanto cara, ciao!  (La gente cree que «ciao!» es una despedida, y lo es, también, pero es asimismo, como seguramente ya lo sabes, un saludo cuando dos amigos se encuentran): Gracias por tus letras y en primerísimo lugar deseo felicitarte de todo corazón por tu nuevo desempeño. Después del espléndido rodaje (como dicen los automovilistas) que has hecho al lado de don Fernando, no dudo de que continuarás manteniendo el alto nivel que él supo imprimir al Magazín Cultural. Y como dicen los alemanes en estos casos, aprieto los pulgares para desearte mucha suerte. Por otra parte, y como no sé si la dirección de don Fernando sigue activada, te ruego que le des en mi nombre las más expresivas gracias por todas las deferencias que ha tenido conmigo desde el lejano 23.5.2008 en que empecé a publicar mis columnas quincenales en El Espectador. Y que espero que su jubilación sea como lo fue la mía, es decir: jubilosa». Luego le añado: «Cuando me nombraron jefe de una redacción de la Radio Deutsche Welle (la BBC alemana y una de las tres grandes radios internacionales en el mundo) sentí que la responsabilidad era muy grande, me bastaba mirar la partida correspondiente a esa redacción en el presupuesto de la emisora, y era bastante alta. Me dije que si me la confiaban era porque me tenían fe, y que mi responsabilidad era demostrarles que no se habían equivocado. Esto que te digo no tiene la pretensión de ser un consejo, porque ya llevas tiempo en la redacción de EE, pero te lo cuento para animarte a arrimar el hombro a la tarea. Sé que está en buenas manos».

Me escribe también ZTP, pero es para contarme algo muy triste, y sólo puedo responderle esto: «Qué curioso (amén de tristísimo) lo que me cuentas de tu gran amiga y madrina de boda. Pero te digo curioso porque hace unos días, ejercitando mi memoria como suelo hacer de vez en vez quise rehacer la lista de mis amistades y gente conocida que se ha suicidado, y cuando llegué a diez decidí no seguir hurgando en los recuerdos, fue cuando me acordé de una gran amiga, la escritora austríaca Brigitte Schwaiger, que se arrojó en Viena a las aguas del Danubio. Un recuerdo que llevo a cuestas desde que me enteré».

Almorzamos de nuevo en el Steep’s porque “Yul Brynner” nos dijo ayer que  Tom regresaría hoy a su puesto. Y así fue. Diny pidió el menú del día, que eran unas Maultaschen [las empanaditas suabas] con relleno de champiñones, y yo mis últimos mejillones à la Provence hasta la próxima temporada, la actual se cierra el lunes 15. Les he hecho los honores que se merecían. Hmmmmmm

Me envió Arcángeles el manuscrito de su próxima columna (la de Febrero) en Nexos, un texto precioso como suyo, donde cuenta la historia de sus caídas en los meses pasados. Lo hace con tanta gracia, con tal donaire, que uno termina por olvidar que se trata de una prosa autobiográfica, y que las caídas a nuestras edades son algo más que aparatosas.

Rodenkirchen, 11.1.

Entre las reseñas de espectadores en la ficha de www.imdb.com de la primera versión de Love Affair hay una que comienza así: «Cuando una película se hace tres veces para tres generaciones, supongo que definitivamente hay que admitir que tiene algo a su favor». Convengamos en que es cierto y hasta en que a veces la segunda versión es mejor que la primera (como es el caso con la Sabrina de Sydney Pollack en relación con la original de Billy Wilder). Pues bien, anoche estuve viendo Un asunto de amor, de 1994, que es la tercera de las versiones que existen del tema tratado por primera vez por Leo McCarey en el luminoso 1939. Producida e interpretada por Warren Beatty, compartiendo la cabecera del cartel con su esposa, Annette Bening, a quien conoció en 1991 durante el rodaje de Bugsy, y ella lo retiró definitivamente de la promiscuidad [Shirley McLaine declaró alguna vez que, desde su llegada a L.A., Warren pasó por la piedra a todas las mujeres de Hollywood «menos a mí, porque soy su hermana»]. Se casaron inmediatamente y Warren se convirtió en un marido modelo, tienen cuatro hijos y Annette estaba embarazada del segundo mientras rodaban esta tercera versión de Love Affair. Y eso se nota en la peli. El amor es auténtico, no la farsa lacrimógena de 1957, con Deborah Kerr y Cary Grant, que no sé por qué le gustaba tanto a Nora Ephron, siendo como era una persona de muy buen gusto. Además, la música es aquí de Ennio Morricone, y el camafeo a cargo de Katherine Hepburn (su última aparición en un film) es delicioso, como lo es el personaje que interpreta. Esta noche la volveré a ver, otra vez doblada, y pasado mañana noche en el original inglés, para ponerle un broche de oro a la semana. Y luego dirán que no soy un sentimental.

Fuimos a almorzar al Primo Piano, y hoy era el día libre de Stella, pero nos atendió un italiano servicial y que retiró de inmediato la cuchara que me traía para los espaguetis, apenas vio mi gesto de rechazo a lo que Carlitos llamaba «la tecnología germánica»; sin embargo, este camarero me confesó que su padre, italiano de pura cepa, también usa la cuchara para comer los espaguetis. Los míos eran de la variedad carbonara y estaban exquisitos. Como lo estaba, me dijo Diny, su hígado de ternera alla veneziana. Me parece que Primo Piano va a ser una de nuestras futuras cocinas fijas a visitar.

Hoy, de manera inesperada, recordé los dos suicidios que me faltaban en la lista de doce amistades o conocidos que eligieron su propia muerte. Acá en Colonia, hace muchos años, la mujer de KH, que primero se quiso ahorcar en su propio jardín mientras sus hijos jugaban en él con unos amiguitos, y luego lo hizo en su casa, a solas. Y el duodécimo fue hace un par de años, en Montevideo, hoy lo he recordado cuando llamé a N. para felicitarla en su cumplesantos, así dicen en el Perú y es menos agresivo que cumpleaños. Sobre todo si son 87, como los de N.

Rodenkirchen, 12.1.

«¿Por qué Beatty y Bening decidieron hacer un remake de una de las películas más románticas de todos los tiempos? Deberían haberla dejado en paz. Hay poca química entre ellos (a pesar de que están casados en la vida real). No hay tensión dramática, no hay nada. Alquile en su lugar Una aventura para recordar». ¿Y?, ya dice el dicho decidero (© by Unamuno) que no hay más ciego que quien no quiere ver. Al leer la primera frase de esta ¿crítica? de Love Affair [Un asunto de amor], 1994, creí que con «una de las películas más románticas de todos los tiempos» el autor se refería a la primera versión, con Irene Dunne y Charles Boyer, de 1939. Pero luego resulta que recomienda alquilar en su lugar el bodrio lacrimógeno de 1954, con Deborah Kerr y Cary Grant. ¡Increíble! Pensé además que aquellos idiotas que organizan anualmente la entrega de las Frambuesas de Oro a las peores prestaciones fílmicas del año, cometieron tremenda injusticia con ella al nominarla como una de las peores secuelas de 1994. A mí me parece todo lo contrario (¡es de un año antes que la Sabrina de Sydney Pollack!), me encanta, y eso de que hay poca química entre los protagonistas (a pesar de estar casados en la vida real) lo desmiente la pregunta «¿Te gustan los niños?» que Bening le hace a Beatty cuando el avión de Qantas aterriza en Nueva York y ellos van saliendo con el resto de los pasajeros. Basta ver la cara de Beatty al decir que sí, sabiendo como sabemos que ella está embarazada del segundo hijo que tiene la pareja. Hay gente muy bruta que no se da cuenta de lo que está claro como el agua. Por mi parte pienso verla de nuevo esta noche, porque la versión original gratuita que conseguí tiene un sonido muy débil.

Almuerzo en el chino, como todos los viernes, por mor del pescaíto frito. Tomo nota de que la chinita que se encarga de servir la bebida ya me trae mi segundo Chardonnay sin necesidad de pedirlo. Las cosas buenas de la vida hay que saber apreciarlas. Y también agradecerlas. Recuerdo que mi abuela Remedios, la bella y sabia, solia decir «De bien nacidos es el ser agradecidos» y pìenso que, como de costumbre, tenía más razón que una santa.

Un email de Montse: «Papá, lamentablemente nuestra reunión del domingo no tendrá lugar. En la Residencia donde trabaja Rebeca no sólo se propaga un virus gastrointestinal, sino también el Noro, una variante agresiva del mismo virus. Rebeca no puede garantizar que ya sea portadora del virus ni que nos contagie a nosotros. Ni vosotros ni nosotros tenemos interés en enfermar. Preferimos reunirnos cuando todos estemos estables y sanos. De todas formas, yo todavía me estoy recuperando». Lo que nos faltaba: Que por si acaso fuésemos pocos, la abuelita saliera de noche. Porco Dio!

Rodenkirchen, 13.1.

Uno de mis más fiables oráculos en la materia es Roger Ebert, el primer crítico de cine en ganar el Premio Pulitzer, y entre lo que escribió acerca de Un asunto de amor (1994) destaco esto: «Love Affair depende de la gracia y el estilo para causar su efecto, y menos mal, porque la mayoría de quienes vean esta película sabe cómo acaba». Y su crítica no puede ser más positiva ni más clarividente*. A mí me ha impresionado ahora mucho la música de Morricone, a la que todavía no le había prestado tanta atención, embebido en la historia y en los actores. También las canciones que acompañan la acción, en primer lugar la que tiene como estribillo «Never let your left hand know /what your right hand’s doin’ [Nunca dejes que tu mano izquierda / sepa lo que hace tu derecha]», por Louis Jordan, y luego “Life is so peculiar” al alimón con Satchmo. Y ya que estoy en ello, una vez Jorge Pomar me preguntó que por qué miraba con tanta atención los títulos de crédito al final de las pelis, y le dije la verdad: porque esperaba que alguna vez le dieran alguno a alguien con mi apellido. Y le expliqué que en una Uni de California enseñaba un químico marino de fama mundial, especializado en el tema del origen de la vida y llamado Jeffrey Bada. ¿Por qué no habría más Badas en California, y alguno de ellos relacionado con el cine? Pues bien, aquí, en Love Affair, el editor de la música se llama Bob Badami. Los tiros empiezan a caer cerca, me dije al verlo.

Entre los comentarios a la tercera versión de Love Affair encontré este: «¿Dónde más se puede oír a Kate Hepburn decir la palabra con «F»?» Es cuando Ginny, la tía de Mike (Warren Beatty) se queda a solas con Terry (Annette Bening) y le explica que los caballos no son monógamos, sí los cisnes, y decididamente no los patos. Y le dice que ella cree que Mike es un patito feo que no sabe que es un cisne y que debe encontrar su pareja, pero mientras tanto –como ha dejado en claro antes– no le importa que se folle a una pata. Ese diálogo vale su peso en oro, porque es el momento en que Terry empieza  a enamorarse de Mike. Y es uno que no figura en el guion de la versión primera, la de 1939.

En el Bistro Verde sin Antonia ni Paul, porque Paul todavía no se ha repuesto por completo de la operación a que se sometió la semana pasada. Hoy estaban prácticamente todas las mesas reservadas, y Petra nos consiguió dos plazas en la “nuestra”, reservada a partir de las 2:00 pm, junto con las dos aledañas, para 15 comensales. A eso de la 1:15 llegó un grupo de Los Cantores de la Estrella, los niños disfrazados de Reyes Magos que van recogiendo donativos destinados a proyectos educativos y sanitarios para niños del llamado Tercer Mundo. Cuando Diny dejó nuestro óbolo en la hucha que llevan consigo, nos dieron una pegatina para la puerta de nuestra vivienda (lo normal es escribirla con tiza indeleble en el dintel metálico de la puerta cuando visitan a domicilio), y en la pegatina puede leerse «20 * C+M+B 24», es decir: las cuatro cifras del año enmarcando la estrella y las iniciales de los tres Reyes Magos  (en alemán Gaspar es Caspar), que a su vez significan «Christus mansionem benedicat [Cristo bendiga esta casa]». Me encantan estos chicos, lanzarse a la calle a temperaturas bajo cero para ayudar a sus coetáneos menos afortunados. Defenderlos como lo hice años atrás, me costó romper la relación con una de esas izquierdistas que repudio por su cerrazón cordial y humanitaria: nada de lo que se haga en Europa puede ser bueno. No la mandé al carajo porque mi abuela Remedios me enseñó a ser un chico bien educado. Joder.

*******************THE END******************

* Traducción de la reseña de Love Affair, por Roger Ebert, en el Chicago Sun Times (21.10.1994) :

Love Affair depende de la gracia y el estilo para causar su efecto, y menos mal, porque la mayoría de los que vean esta película van a saber cómo acaba. Si no han visto la original Love Affair (1939), con Irene Dunne y Charles Boyer, o el remake An Affair to Remember (1957), con Deborah Kerr y Cary Grant, habrán visto Sleepless In Seattle (1993), que trata de gente a la que le encantaron las películas anteriores.

No, no va a haber mucha gente entre el público que no sepa lo que se supone que va a ocurrir el 8 de mayo en lo alto del Empire State Building. Cuando Warren Beatty se pasea por allí arriba, de hecho, casi esperamos que forme parte de una multitud, con Boyer, Grant y Tom Hanks, todos socios en la miseria. Por eso es un poco sorprendente que esta nueva Love Affair funcione tan bien como lo hace.

Parte del efecto puede deberse a los paralelismos con la vida real. Cuando Warren Beatty le dice a Annette Bening: «¿Sabes?, nunca le he sido fiel a nadie en toda mi vida», tienes la extraña sensación de que esas palabras podrían haber pasado entre ellos en una ocasión anterior. Y cuando la química entre ellos parece funcionar de verdad, no es de extrañar: Se trata de una de las parejas más famosas y felices de Hollywood.

La historia está protagonizada por Beatty en el papel de Mike Gambril, un deportista playboy que está prometido con una presentadora millonaria de un programa de entrevistas.

Bening interpreta a Terry McKay, que trabaja como diseñadora de interiores para un zillonario (Pierce Brosnan). Se conocen en un vuelo a través del Pacífico, y cuando su avión tiene problemas de motor y realiza un aterrizaje de emergencia en un diminuto atolón, continúan su viaje a bordo de un desquiciado crucero ruso, antes de aterrizar en Tahití, donde la legendaria tía de Beatty (Katharine Hepburn) vive en una magnífica casa en la ladera de la colina. Decir que éstas son el tipo de cosas que sólo ocurren en las películas sería quedarse corto.

Lo interesante del guión, escrito por Robert Towne y Beatty, es que el punto de inflexión clave de la película no tiene lugar entre Beatty y Bening, sino entre Bening y Hepburn. Claro que a Bening le gusta el chico, pero desconfía de él, y no es hasta que ve al verdadero Mike a través de los ojos de su tía cuando puede tomárselo en serio como posible pareja.

Las escenas de Hepburn roban, y casi detienen, el espectáculo. Ha sido vieja durante mucho tiempo (tiene más de 80 años), pero ésta es la primera vez que también parece pequeña y frágil. Sin embargo, el espíritu magnífico sigue ahí, y el fuego romántico, y ella es la adecuada para esta anciana excéntrica, que vive sola en un esplendor inimaginable, y siente una conexión instantánea con la joven que su sobrino ha traído a casa.

Parte de la magia de las escenas de Hepburn se debe a la localización y a la fotografía de Conrad Hall. Hay escenas en la película –incluidas las de Beatty y Bening caminando por una vasta y exuberante pradera verde– que son tan radiantes que uno se queda boquiabierto. Es como si la propia naturaleza fuera cómplice del romance.

El director, Glenn Gordon Caron, es más conocido por material tan duro como Clean and Sober, pero quizá se deba a que hoy en día no hay mucho trabajo en Hollywood para los cineastas que siguen creyendo en el interludio lírico semiobligatorio.

El resto de la película avanza lentamente hasta la gran escena final, el emotivo encuentro entre Mike y Terry.

Viéndola, me di cuenta de que era un ejemplo clásico de lo que el Little Movie Glossary de Ebert identifica como la Idiot Plot, es decir, una trama que funciona sólo porque todo el mundo en ella se comporta como un idiota. Una palabra y todos los malentendidos habrían terminado, así que, por supuesto, esa palabra nunca se pronuncia. Es curioso. Es una de las pocas tramas idiotas que funcionan.

Sí, hay un malentendido monumental y trágico entre Mike y Terry. Sí, su felicidad está a punto de destruirse porque ambos se andan con rodeos y no dicen lo que hay que decir. Pero la película juega con eso, y con nosotros, con diálogos delicadamente escritos que les permiten decir, y no decir, todo lo que hay que decir, y lo que no hay que decir.

Hasta hace poco, la historia de amor parecía ser un género amenazado en Hollywood. Las mujeres eran más propensas a apuñalarte que a besarte. Luego llegaron Sleepless in Seattle, Only You y ahora Love Affair, todas ellas películas sobre gente agradable que se ve envuelta en malentendidos tontos porque se quieren mucho. Hay que estar de buen humor para disfrutar de este tipo de películas. O puede que ellas te pongan de buen humor.

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