De mi Diario : 4.ª semana del 2024

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Rodenkirchen, 21.1.

Ginny (Katherine Hepburn) a Terry (Annette Bening) en Un asunto de amor: «El truco de la vida no es conseguir lo que quieres, querida, es quererlo después de conseguirlo». El guion de esta peli, del que es coautor Warren Beatty, está salpicado de guiños a la vida y milagros del propio Warren desde que Annette le hizo sentarla cabeza y retirarse de la promiscuidad. Se me ocurre mirar “cabeza” en EL diccionario y me hace reír la 16.ª acepción: «Listón de madera que se machihembra contrapeado al extremo de un tablero para evitar que se alabee». Hay que consultar dos o tres veces más EL diccionario para que uno se entere de qué significa “cabeza” entre los carpinteros.

Los hipervínculos cumplen en un texto como este la misma función que las notas a pie de página de los libros en soporte papel. Con la ventaja de que no interrumpen la lectura a menos que desees saber de qué va el asunto. Así por ejemplo, con mi hipervínculo a Las cuentas de la Ilíada, y otras cuentas en mi entrega de la semana pasada, he logrado que varios lectores se interesen por ese libro tan requetebueno y que a lo peor no se conoce nada más que en México, lo que es un pecado, y no precisamente venial.

Vino Chico y fuimos a almorzar juntos en el Steep’s, sorteando la nieve que se sigue acumulando en las aceras, a veces convertida en hielo. Nos atendió Anna, como viene siendo costumbre los domingos. Poco a poco vamos construyendo una especie de infraestructura peculiar nuestra en Rodenkirchen, cosa que en Weiß no necesitábamos porque prácticamente vivíamos encerrados en nuestro mundo y la única escapada (casi) era los martes a almorzar en La Modicana con Ulli & Carlitos.

Sonia Cárdenas, una de mis más fieles lectoras, me escribe que su pueblo, Riosucio, en Caldas/Colombia, tamhién tiene como patrón a San Sebastián. Me lleva a buscar en Wikipedia, y ahí me entero de que es asimismo el patrón de Palma de Mallorca, Maracaibo y Veracruz, pero lo más curioso es que también lo sea de los soldados, de los atletas ¡¡y de los arqueros o ballesteros!! Es como una burla retorcida del tormento al que fue sometido ese pobre joven romano.

Me escribe mi compadre José María y concluye así su email: «Reportando desde Arboletes, Antioquia, en un retorno al mar, por unos días y probablemente, muy pronto, del todo. Atardecer viendo atardecer a la orilla del mar es mi último deseo». Le contesto: «No pensés en atardecer tan temprano, carajo, por más que todavía tengamos el horario de invierno».

Rodenkirchen, 22.1.

Ayer, después de la siesta, me embarqué en la redacción del texto de mi nueva Carta desde Alemania para La Jornada. La dedico al presidente gringo Wilson, «el hombre que ganó la guerra y perdió la paz», y la empecé con una frase suya que es perfecta como gancho para seguir con la lectura: «Voy a enseñar a las repúblicas sudamericanas a elegir hombres buenos». ¿Qué diría hoy, a la vista del panorama en México, Cuba, El Salvador, Nicaragua y Venezuela? Sin ir más lejos, como diría el impertérrito locutor de Les Luthiers.

Rebeca vino a encontrarse con nosotros para almorzar de nuevo en el Steep’s, que está lo más cercano al Maternus y a la 1:30 pm viene la ergoterapeuta, Frau Lindemann, para su cita semanal con Diny. Hoy nos atiende Tom, quien llama a Rebeca por su nombre y los diálogos entre los dos hacen sonreír al resto de los comensales. Luego del almuerzo, y mientras Frau Lindemann se ocupa de Diny, gracias a la claridad mental de Rebeca resuelvo en un santiamén el problema de las cuentas de la asistencia, las facturas acumuladas desde abril a diciembre del año pasado. Se las lleva todas y las pondrá mañana en el correo, después de fotocopiar para mi archivo la primera página de todas ellas. Me ha quitado de encima un peso considerable, y es que hundido en los coletazos de mi shock y en mi apatía he descuidado la contabilidad doméstica hasta extremos increibles, no me hubiera sentido capaz de tanta negligencia antes de la desgracia que nos cambió la vida de manera radical.

De repente, de un momento a otro, la pantallita [=display] del celular se cierra en negro, como en las viejas pelis, y no hay manera de remediar el desperfecto, ni siquiera Rebeca lo consigue, y eso que tiene mano de santa para estas cosas. Inexplicable es que si entreabro el celular sí puedo ver la pantallita iluminada, con la hora, el tiempo, la temperatura, todo, pero si lo abro por completo se vuelve a cerrar en negro. Lo dicho: la Cibernética no es una ciencia exacta.

Mi amigo y lector Jair me insiste hoy en un email acerca de algo que ya me dijo hace algunos días: que mi Diario le recuerda los de Thomas Mann. El día menos pensado me da un ataque de locura y me lo creo. Hasta que se me pase el ataque.

Rodenkirchen, 23.1.

¿De quién se despide Katherine Hepburn al final de su escena en Un asunto de amor? ¿De Terry y Michael despidiéndose de ella desde la veranda de su casa en esa isla? ¿O es de Annette y Warren? ¿O lo es del cine y de nosotros? ¿O quizá de todo ello a la vez? Sea como fuere, sí es seguro que se trata de un homenaje y de una despedida, de Annette y Warren, a una colega excepcional.

Vamos a almorzar con Sirio al Primo Piano. Sirio descubre, en los volantes para el concierto de Stella el mes de febrero que su apellido es muy veronés y se lo pragunto, ella me dice que no es de Verona, pero sí véneta. Debe ser como con, por ejemplo, el apellido Restrepo: no sabré si se trata de una rola, de una paisa o de una costeña, pero seguro que es colombiana. Diny encarga su filete de hígado de ternera a la plancha, Sirio una pizza grande (con gorgonzola y espinacas), yo una chica, Delizia, con jamón, salchichón italiano, champiñones y mozzarella. Platicamos sobre todo de cine y de música (de jazz, en concreto), y resulta que Viviana es también muy aficionada al jazz, Sirio se despide luego de nosotros diciendo que la próxima vez vendrá con ella. Y yo, desde el Maternus, le mando para ella una golosina, el enlace con “El perseguidor”, ojalá le guste.

Me escribe Paul que con Antonia irá de vacaciones 12 días de junio a Andalucía, a El Gastor, un pueblo de los Blancos en la provincia de Cádiz. Lo llamo con el celular y le digo que no dejen de visitar el dolmen del Gigante. Me pregunta qué es un dolmen, se lo explico diciéndole que la palabra es universal para designar esas construcciones megalíticas, y que cerca de Huelva hay uno, el de Soto, que es de los mejor conservados en España. Tengo entendido que Antonia conduce, siendo así les financiaría el alquiler de un auto para que pasen un día en Huelva y conozcan a la parte española de la familia. Veremos, dijo el ciego.

Rodenkirchen, 24.1.

Algo que nunca deja de asombrarme es la cantidad de pelotudos que se dedican en la red a la crítica de cine. Anoche leí el comentario de uno de estos aristarcos (británico o gringo, o quién sabe qué, ahora todo el mundo parece saber inglés) donde arremete contra Love Affair poniendo por todo lo alto la primera versión, sensacional, y la segunda, un bodrio. Llega al punto de afirmar que Katherine Hepburn juega en la versión 1994 el papel de la abuela de Mike [Warren Beatty] cuando en el film se dice al menos cuatro veces que se trata de una tía suya. El mismo mastuerzo, que debe saber de música hasta menos que yo de álgebra, se atreve a ningunear la partitura de Ennio Morricone, que es una de las más delicadas y eficaces que salieron de su cráneo privilegiado (¡oh manes de Valle–Inclán!) Hay cada imbécil suelto, además de sordo

Vino Oskar a almorzar con nosotros en el Steep’s y reparó en un santiamén mi celular, si bien no puedo ver la pantallita nada más que entreabriéndolo, pero me dice que él tiene dos y que mañana me regalará uno de ellos, pasando al mismo el chip del que poseo, para no tener que cambiar de número ni perder el archivo.  Y que de paso aprovechará para tomarme el pelo. Es bueno tener una familia donde cada uno posee ciertas habilidades. Y Oskar, además, la de devorar a la velocidad de visto–y–no–visto un filete de ternera empanado y su abundante guarnición de pommes.

Rodenkirchen, 25.1.

Me escribe DF desde Boston y me cuenta que recién hace poco se enteró de que Shirley McLaine y Warren Beatty son hermanos, y me comenta: «Increíble ¿no? Ella, con tantísimo  talento y carisma. y él, tan soso». Respondo: «¿Soso Warren Beatty? ¿Soso el Bud Stamper de Splendor in the Grass, el Clyde de Bonnie and Clyde, el John Reed de Reds? ¡¿Soso Bugsy?! Cuatro nominaciones al Oscar para el mejor actor no las consigue un actor soso. Si acaso Nicolas Cage, con esa cara de zonzo, parece un marido al descubrir en el clóset de su dormitorio conyugal, escondida y desnuda, a una de las muchas amantes de su esposa bisexual. Buscá en EL diccionario y decime cuál de las dos acepciones o los ocho sinónimos de “soso” es el que le aplicarías a Warren Beatty. ¿Soso él? ¡Amos, anda!, como dicen en los madriles, ¡si tiene mucho salero!, como decimos los andaluces».

Tenía yo la intención de ir a almorzar con Diny en el Primo Piano, pero a poco de llegar al Sommerhof y mientras esperábamos el ascensor, Diny me dijo que hoy preferiría el chino. Ya en el chino, le dije que por qué no pedía una vez un menú de pescaíto frito, como yo el 19, que ella ha comido muchísimo pescado en Huelva y casi nunca acá. Al fin, cuando vino la camarera, le dijo que no es lo que le gustaría pedir, peroLa interrumpí y le dije que pidiese lo que sí le gustaría pedir, que lo del pescado sólo fue una sugerencia. Pidió el menú 9, y ya casi estaba terminando cuando le pregunté qué tal era su plato principal, a lo que me respondió que yo tendría que saber que ella no es de las de comer pescado. Me dejó poco menos que sin palabras, pero acerté a decirle: «¡Pero Diny, lo que estás comiendo no es pescado!» «¿No?» «No, es pechuga de pòllo al curry». Y es que evidentemente comìó convencida de que comía pescado sólo para darme ese gusto. Luego, ya en el Maternus, estaba en la cocina preparándome un café cuando la veo llegar al recibidor y abrir la puerta del apartamento y mirar afuera con extrañeza. Le pregunté que adónde quería ir, me contestó que al cuarto de baño, le señalé mudamente la puerta del mismo, al lado, inconfundible porque pegamos en ella el estupendo póster en 3D con una cisterna vieja de aquellas donde se tiraba de la cadena. Lo compré en la feria del libro de Fráncfort, 1976, y estuvo en la pared del excusado de nuestro viejo apartamento más de 46 años. Es uno de los pocos pecios que salvé de nuestro naufragio. Pero los últimos desvaríos de Diny me dejan harto más que inquieto.

Tal como me lo temía, pero no quise expresarlo en voz alta ayer, en el Steep’s, para que no se me considerase un aguafiestas, Oskar no apareció por acá hoy, es más, ni siquiera llamó para disculparse. Y lo llamo y no contesta. Paciencia es lo que me toca. Pero ya llevo aprendida muchísima más de la que me imaginaba.

Rodenkirchen, 26.1.

Estuve viendo anoche El secreto de Convict Lake, de 1951, con Gene Tierney y Glenn Ford, así como la ya entonces veterana Ethel Barrymore. No recuerdo si la he visto en Huelva el año de Maricastaña, pero excepto por la belleza de Gene Tierney y el arte interpretativo de la Barrymore, no es en realidad una peli para el recuerdo, más bien para el olvido. La puntuación 6,9 de su ficha en imdb.com  es a todas luces exagerada.

Almorzamos en el Primo Piano, adonde llegamos bajo la lluvia, un sirimiri más molesto que húmedo. Nos atiende Stella, que hoy está de “criada para todo”, sólo sirve ella. A mi derecha se sienta una pareja muy elegante, ella hija de un padre de unos 90 años. Constato que pedimos las mismas pizzas que ellos, pero con la reserva de que las nuestras son de tamaño humano, mientras que las suyas han leído a Nietzsche. Consecuentemente, nosotros acabamos con las nuestras pero ellos no logran acabar con las suyas, aunque, cómo no, se llevan lo no comido envuelto en papel de estaño. Cada uno de ellos su propio envoltorio. Se les esfuman los aires de superioridad que se daban, pobre gente.

Me escribió Carmen después de leer mi Diario: «Leyéndote siempre me vienen muchos recuerdos de mi infancia, como lo de los palmitos, pero en mi caso íbamos a cogerlos a la sierra. Sí recuerdo la venta de algarrobas y de higos chumbos». Le contesto: «Y no nos olvidemos de los altramuces ni de los chistes que sólo son de Huelva. No sé si te acuerdas de la tienda de Baltasar, en la esquina de Miguel Redondo con la calle de las Señas, un auténtico Rastro en miniatura, ni sé si te acuerdas de los años 50s, cuando vino la manía de cazar grillos y meterlos en jaulitas para que nos dieran serenatas nocturnas. Los alimentábamos con una hojita de lechuga. Fue por aquel entonces cuando un chiquillo llegó a la tienda de Baltasar y le preguntó al dueño: “Baltasar, ¿tiene usté trampas de a peseta?” Y Baltasar, suspirando: “¡Ojalá, hijo, ojalá!”»

También después de leer mi Diario me escribe mi deuda estherna desde Berlín: «Me encantó la idea de que escribas lo que quieras con el pretexto de contar el final de las pelis que te gustan, genial». Le explico: «El problema de contar los finales de pelis que me gustan es que la narración, fatalmente, se convierte en «spoiler». Es como en el chiste del acomodador que acompaña al espectador a su asiento antes de empezar la peli, el espectador no le da propina y el acomodador le susurra al oído: «El asesino es el mayordomo»». Está visto que hoy, según lo diría un francés, es mi día à chistes. Como si la remilputísima vida me sonriese de oreja a oreja. Y a las 9:22 pm viene Diny a darme los “Buenos días”. Cuando le digo que todavía es ayer se asombra al saberlo. Pues eso, ya lo dije: como si la remilputísima vida me sonriese de oreja a oreja. Cachondeándose, vamos.

Rodenkirchen, 27.1.

En EE apareció una columna de Arturo Guerrero sobre la presencia de Caballero Bonald en Colombia en los años 60, y Ginés de Pasamonte dejó en su foro este comentario: «Dos de los más grandes poetas españoles de la historia (mi criterio)  son andaluces: don Antonio Machado de la generación del 98 y Federico García Lorca de la generación de 1927. Ambos, víctimas de la guerra civil española, Lorca asesinado en Granada 1936 y Machado muere en el exilio en Colliure, Francia 1939. Caballero Bonald, no muy conocido en nuestro suelo, seguramente heredó la vena poética de los insignes aedas mencionados». Le apostillo lo que sigue: «Con prescindencia de lo personal de los criterios, creo que los más grandes poetas andaluces de todos los tiempos son Góngora, en el Siglo de Oro, Bécquer en el XIX, y en el XX Juan Ramón Jiménez (de quien lo aprendieron todo los de la generación del 27) y Antonio Machado, aunque su hermano Manuel le pisaba los talones: pena que se inclinó por Franco y no por la República». Me quedo pensando en la palabra “aeda”, que sé que existe pero no tengo la menor idea de lo que significa, sólo sé que se emplea como sinónimo de “poeta”. Consulto EL diccionario y me dice que un aedo es un cantor épico de la antigua Grecia. Y ni Machado ni Lorca lo fueron, creo yo.

Llamó Rebeca para avisar de que no puede venir hoy, le ha salido en un talón (no me dijo cuál) poco más o menos lo mismo que a Paul. Quien también llama para decir que la herida de su pie lo tiene muy molesto y tampoco podrá venir hoy. Así es que fuimos solos al Bistro Verde, donde todo respira ya el Carnaval que se nos echa encima. La misma Petra se ha disfrazado con el blusón hecho de retazos que es el uniforme de los carnestoléndicos de Colonia. Diny pide, como casi siempre, la ensalada renana de papa, esta vez con una salchicha de carne de jabalí, yo mis Rösti con salmón en salmuera. Consigo convencer a Diny de que se coma uno de los Rösti. Luego regresamos al Maternus, pasando yo por ReWe para las últimas compras de la semana. Y a dormir la siesta.

De repente me despierto de un sueño mineral, voy al baño y en el reloj encima de la puerta de la cocina veo que son las 5:15. Sobresaltado corro a la compu y abro la estafeta: ¡¡no he despachado mi doble envío de todos los domingos!! Es más: ni siquiera he editado mis anotaciones de la semana. Me meto poco menos que despavorido en la cama y empiezo a atar cabos. Y entonces veo que delante de la compu está mi sillón sobre ruedas y no el sillón donde me arrellano para ver pelis. Y miro la pantallita del celular. Son las 17:27, y las 17:27 no pueden ser las 5:27 am, sino pm. ¡Todavía es el sábado! Lo que pasa es que he dormido de una manera tan intensa, tan pétrea, tan impenetrable, que es como si lo hubiese hecho unas doce horas. Me doy cuenta de que estoy desquiciándome, y para mí es evidente que ello tiene muchísimo que ver con la presión y la tensión a las que vivo sometido desde el día de la desgracia, mañana hará 14 meses de ella. Si esto sigue así, mi destino natural es una camisa de fuerza. Nada contribuye a tranquilizarme que Diny me haya despertado dos veces en mitad de mi sueño, para ella el tiempo no existe del doloroso modo que para nosotros, ni tiene ella que recuperar fuerzas mediante el sueño del agotamiento físico y mental que supone estar todas las horas de vigilia pendiente de lo que hace y lo que no. Y por otra parte qué duda cabe de que a cada día que pasa me hago más viejo, y dentro de lo que cabe, y aún de lo que sobra, más pendejo. Ay, sí, «el invierno de nuestra desventura» no termina para mí en el primer monólogo de Ricardo III.

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