De mi Diario : Semana 10 / 2011

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Weiß/Colonia, 6.3.

A partir de hoy el Canal 1 repite la serie del comisario Wallander donde comparte protagonismo con su hija Linda, recién egresada de la Academia de Policía y destinada a Ystad, la ciudad donde su padre es la estrella de la brigada criminal. Me parece la mejor de las varias series con el comisario Wallander, exceptuando la de Kenneth Branagh. Y el valor diferencial es justamente Linda, incorporada por Johanna Sällström. Qué actriz tan en su papel, qué caracterización tan convincente. Y qué testamento. Con su hija de tres años y un hermano menor suyo, Johanna se contó entre los supervivientes del tsunami del sudeste asiático, en el 2004. Esta serie la filmó a partir del 2005, y en casi todos sus secuencias puede leérsele en el rostro la huella de la tragedia. Cuando se suicidó el 13.2.2007, a sus nada más que 32 años, sin haber podido sobrepasar el trauma del tsunami, fuimos muchos los que nos dijimos que nunca, nunca más debería aparecer Linda en un episodio de Wallander. Es el mínimo homenaje que le debemos a Johanna, además de volverla a ver cada vez que repitan los trece episodios donde intervino. Como esta noche.

 

Weiß/Colonia, 7.3.

Cuando me levanto ya se han ido Oskar y Diny, a casa de Montse. Ah sí, Montse y Frank son colonienses de pura cepa, no se perderían por nada del mundo el corso del Lunes de Carnaval, la culminación de la temporada de Carnestolendas. Y Diny se quedará en la casa al cuidado de las tres criaturas, una de ellas, por cierto, Paul, sometida al más estricto arresto domiciliario. Por lo bien que suele portarse. Y mientras me preparo el desayuno veo que Diny ya dejó fuera de la nevera la carne para la cena. Habemus milanesas!  Ah, esas milanesas de Diny, ahora que ya le enseñó al carnicero de acá a hacer el “corte pestaña” que aprendió el segundo día de sus meses de vida en Buenos Aires, donde el carnicero del mercado de OlivosO témpora, o Mariano Mores! como suelo decir para subrayyyrar mis conocimientos de latín macarronicicerónico.

 

Weiß/Colonia, 8.3. (1)

Un estornino me pasa rozando, y rezongando, al lanzarse a volar desde el alero de la casa, pareciera que por mi aparición se hubiera enfadado conmigo “desaforadamente”, como el sutil Juan Ramón constató que discutían los gorriones en el pino grande de Fuentepiña.

 

Weiß/Colonia, 8.3. (2)

Pasaron de nuevo por casa Marta y Wieland. Nos cuentan de su viaje a París, y que tuvieron la fortuna de reunirse con Aurora en la maisonette del 9 de la place du Général Beuret (donde, como yo, tomaron el té en el piso de arriba), y Marta recibió la buena nueva de que Aurora le autorizaba una versión reducida de Papeles inesperados para su traducción al polaco. En julio vendrá nuevamente desde Varsovia, por dos semanas, becada por el Centro de Straelen, y estará ese tiempo trujamaneando al polaco las páginas del Gran Cronopio. Pena que nuestro almuerzo fue sin alcohol, este hubiera sido el momento del vodka helado y el «Na zdrowie»!

 

Weiß/Colonia, 9.3., primeras horas del día

Anoche alcancé a ver la segunda mitad de Contre-enquête, la peli francesa, y resulta que hoy la repitieron y aproveché para ver la primera parte. Es sumamente aleccionador comprobar que cuando se conoce el desenlace de la trama, se miran los antecedentes con otros ojos. De todos modos la historia sigue agarrando en este caso, y además se trata del único donde entiendo la pena de muerte: cuando uno se toma la justicia por su mano, aplicando la ley del ojo por ojo. Sigue siendo homicida y reprobable, pero al menos conlleva la justificación del dolor cobrado en especie. Pero si se alienan los justificantes y el Estado se reserva la potestad del juicio y la condena, resulta evidente que no se trata de llevar al código penal de ley de Talión, porque el Estado no tiene ninguna justificación para el asesinato legal. Ni siquiera el respaldo mayoritario de quienes querrían ver la ley de Talión institucionalizada. Porque además, y ese es un aspecto que se suele barrer bajo la alfombra, el Estado que ejecuta penas de muerte, automáticamente convierte en reos de complicidad criminal a todos sus ciudadanos, sin atenuantes. La sangre derramada mancha a todos.

 

Weiß/Colonia, 9.3. (1)

Me llega carta de Pepe Luis invitándome a su investidura el 23 de marzo como doctor honoris causa por la Universidad Complutense. Es una alegría inmensa la que siento al leer estas líneas que rubrica con «un abrazo inmenso». Siempre ha sido el mejor de nosotros, a mucha distancia. Y eso de que la Complu le conceda semejante título a un “farandulero” es la mejor noticia que se ha dado en el teatro español desde el estreno de Luces de Bohemia. Por lo menos.

 

Weiß/Colonia, 9.3. (2)

Cuando lei en el Perfil de mi tocayo que Paddy Chayefsky era uno de sus guionistas favoritos, de inmediato me vino a la memoria la imagen de una librería de viejo en la calle Florida de mi Buenos Aires querido, allá por febrero del 67 (el tocayo aún no estaba ni siquiera proyectado), y a mí hojeando un volumen que contenía seis teledramas de PC, varios de los cuales pasaron luego al cine. Ese libro me acompaña desde entonces, bastante descuajaringado mientras tanto. Lo estoy releyendo ahora, a ratos perdidos, y ya decidí regalárselo algún día –mejor si regreso a Bogotá, y así se lo podría entregar en mano– a mi doble colega: en patronímico y en filias.

 

Weiß/Colonia, 10.3. (1)

Telefoneo con Diny temprano en la mañana. Se fue ayer también temprano, alarmada por una llamada de Riet que hacía temer un desenlace próximo de la vida de mi suegra. A decir verdad ya todos contábamos con celebrar sus 100 años en septiembre. Pero ahora los once hermanos y ocho hijos políticos (todos menos yo) andan turnándose de a dos a la cabecera de su cama, y aunque su estado se volvió estacionario, todos estamos inquietos. Rebeca, creo, la que más. Ayer me llamó repetidas veces para saber si había noticias de su abuela. Y es que Rebeca fue algo así como un hijo tardío de mi suegra. En los hechos, tuvimos que dejársela casi un año, para que fuese al Kindergarten del pueblo, como sus once hijos anteriores, y ella la llevaba y la recogía a diario con su bicicleta. Hoy, Rebeca es la mayor de los 25 nietos, y son ya 19 los bisnietos de mi suegra. La vida de estas gentes aún respira con un hálito del Viejo Testamento.

 

Weiß/Colonia, 10.3. (2)

Me escribe Ana Carmen desde Asunción, o mejor dicho, le escribe a “Marco Aurelio de los prados”, ese doble de Platero que soy yo –según me apostrofó un lector de mis blogs–, y lo hace para decirrme que «es bella la descripción del burrito en guaraní: “Platero niko michi, haguepa, haviju apesýi asy, hu’ûmbavaicha pe ijape, ha’etevaichavoi, mandyjúgui ijapopyre, naikanguéivaicha (Platero es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diria todo de algodón, que no lleva huesos)”. A los estudiantes les gusta tanto que me arriesgo a decir que luego de la lectura en guaraní se presta para interpretar y entender más a Platero en castellano. Y a propósito del guaraní: a fines del año pasado volví a leer (la leí siendo jovencita, así es que muchos detalles me pasaron desaparcibidos) La vorágine, de José Eustasio Rivera, y encontré tantas palabras en guaraní que me emocionó. Todo indica el recorrido de los guaraníes por toda América. Sin monumentos, sin edificios, pero su lengua está ahí; mimetizada con el castellano, pero está presente». Concluyo que debería releer La vorágine.

 

Weiß/Colonia, 10.3. (4)

Hoy ha terminado la transmisión de la serie de cinco capítulos sobre la Panamericana. Una cosa que me ha llamado la atención, en el capítulo final, es el exceso de exactitud de que hace gala el idioma alemán. Los reporteros viajan por el desierto de Atacama y se nos dice que tienen a la derecha la “costa occidental” de Chile. Intento representarme mentalmente cuál puede ser la costa oriental chilena y me digo que el equipo del reportaje habrá tenido acceso a mapas secretos de la cancillería, en Santiago, donde parte de la Patagonia argentina figura como chilena, y me acuerdo de lo que me dijo una vez Carlos Lazcano, mi colega boliviano, cuando le propuse dar una broma que a él le pareció demasiado atrevida: «Don Ricardo, eso es más peligroso que mapa hecho por un chileno». Luego me abismo en el estudio del Atlas Aguilar, y me convenzo de que desde Punta Dungeness y Punta Catalina, a la entrada del estrecho de Magallanes, hasta el canal de Beagle y el rosario de islas que acaba en el cabo de Hornos, todo eso podría –stricto sensu– considerarse como costa oriental de Chile. Qué idioma tan meticuloso el alemán, por la cresta, como probablemente diría un chileno, pueblo creativamente ácrata en el idioma, incluso cuando pare monstruos tales como “chambrear” y “termocéfalo”. Puah.

 

Weiß/Colonia, 11.3. (2)

Terminó también la transmisión de la serie de Arved Fuchs, de cinco programas de 45’ c/u, a partir del lunes. Una expedición en su Dagmar Aaen, un cúter pesquero danés, muy velero, con el que ha hecho ya varios periplos, casi siempre en las zonas árticas. Esta vez a partir de Groenlandia, por Terranova y Nueva Escocia, y luego a través del Atlántico, deshaciendo la ruta de los vikingos hasta las Hébridas y Fair Island, y desde allí de vuelta al puerto de matrícula, Hamburgo. Lo que más me ha impresionado es la historia de la isla Hirta, la única habitada del archipiélago St. Kilda, el más occidental de Escocia. Sus últimos 36 habitantes la abandonaron el 29.8.1930. Los isleños vivían en casas de piedras, cuyas junturas rellenaban con tierra, lo que les proporcionaba una calefacción natural. Sólo que los continentales, ay, se apiadaron de ellos y les construyeron unas casas comm’il faut pero que necesitan calefacción artificial, para lo cual hubo que importar carbón. De ser autóctonos, los isleños pasaron a ser dependientes del mundo exterior. Y un buen día se les acabó la paciencia. Y se fueron todos. Un capítulo ejemplar en la historia universal de la estupidez humana. Esos hirtaianos habían vivido felices durante siglos, esperando la puntual llegada anual de un millón de frailecillos, que junto con las ovejas de sus rebaños, eran la base de su alimentación. Más no necesitaban. Eran una Arcadia ignorante del progreso. Y el progreso es una locomotora ciega. Y terminó arrollándolos.

 

Weiß/Colonia, 12.3.

Me levanto a mi pesar. Por mi gusto me quedaría el día entero en la cama y sin hacer nada, dejaría a Oblómov en ridículo como un prodigio de hiperactividad. Por cierto que están dando en el Teatro Municipal una versión de Oblómov, tendría que ir a verla. Mientras desayuno, leo en el diario que hay un repartidor de periódicos chileno –llamado nada menos que Miljenko Parserisas Bukovic [luego descubriré que en realidad es un canillita de Valparaíso/Zacatecas, México, y no del Valparaíso chileno]– con 82 tatuajes en su cuerpo, todos ellos retratos de Julia Roberts en Erin Brockovich, y me digo lo que El Guerra: «Es que hay gente pa tó». Salgo con la bici a la farmacia, a la oficina postal y a hacer una compras, y el aire fresco y soleado me hace bien. Al regreso a casa me cruzo en el camino con una mujer mayor, discapacitada mental y algo enana, a quien conozco desde que vivo en este pueblo, que tiene una hija en las mismas condiciones, y a quien veo empujando una silla de ruedas donde pasea a su nieta, inválida de nacimiento, esta pobre criatura de unos ocho años. Me entra por el pecho una rabia tan grande, contra todos los dioses que hayan hecho posible tanta desgracia, que casi me ciega. Llegando a casa, minutos después, he logrado calmarme a fuerza de preguntarme por mi propia vida, de qué carajo tengo que quejarme con unos hijos y unos nietos sanos y felices.

 

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