De mi Diario / Semana 17 / 2016

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¡Aleluya!, como dizque gritan en medio de sus orgasmos los testigos de Jehová (y los miembros del Opus Dei).

 

Weiß/Colonia, 17.4.

1:15 am : Después de lograr que Henri se durmiera, alcancé a ver el final del concierto apoteósico de Juan Diego Flórez en Salzburgo, un largo documental –de una pulquérrima traza– dedicado a Maria Callas, y el episodio “La trampa mortal”, donde Beck por fin elimina a Gavlin, su Moriarty. Cierro la noche con el último de Pride & Prejudice en la versión BBC 1995, que nunca me canso de ver y a la que cada vez le gano un matiz, un gesto nuevo, en especial ciertas miradas de Lizzy, esto es, de Jennifer Ehle, que todas las veces anteriores me pasaron desapercibidas.

 

El día repartido entre Henri y Rebeca, que quiso visitarnos, y luego, cuando los padres se llevaron a Henri, la contabilidad doméstica, con una desoladora conclusión, la de que este año bisiesto me va a costar un ojo de la cara.

 

A las 10:35 pm el canal alemán de Arte pasa un documental de 90’ dedicado a García Márquez. Por pura curiosidad busco la programación del canal francés y descubro que pasan el mismo documental, sólo que reducido a 60’. Los franceses no tienen remedio: piensan, luego desisten.

 

Weiß/Colonia, 18.4.

Por no sé ya qué vez  me vuelvo a levantar a las 11:11, y de nuevo porque no me puedo pasar todo el santo día en la cama. A veces tengo la impresión de que las reservas de energía que me restaban las gasté todas en el viaje a Huelva. Pero hay también dos elementos que pueden influir en mi estado de ánimo. Una es la consecuencia del llamado cansancio propio de la primavera, y otra es que Gmail.com me está devolviendo íntegras prácticamente todas las remesas colectivas, hasta algunas de muy poco volumen, a menos de 50 destinatarios. Y además, sin decir agua va, desde el viernes a la tarde. Y eso te deja el ánimo por los suelos.

 

Hoy reunión en casa, Diny recibe a sus compañeras del grupo de Amnistía Internacional, grupo que se disolvió porque ni Diny ni el resto aceptaron las nuevas directrices de Londres. La excusa es rememorar los viejos tiempos, la verdad es que les gusta comer juntas y todas se esfuerzan en cocinar ese día algo especial. Diny, hoy, tortillitas de camarones. Yo, mientras, confinado en este cuarto, he devorado una tortilla de cangrejos de río y he visto en el canal Arte un reportaje de lo mejor, buenísimo, acerca de los huaorani, los últimos cazadores que quedan en el Ecuador. Luego de lo cual zapeé al canal ZDF Neo para reencontrarme con Northumbria y la comisaria Vera Stanhope, empeñada en no defraudarme en ninguno de sus episodios. Muy dramático el de hoy porque su trama afectaba a un grupo de soldados de vuelta de Afganistán y el Irak. Y en el comedor las mujeres parecen haber perdido, como escribí hace miles de años en mi novela breve El canto XXV, y en otro contexto, «el estupendo e irrecuperable tornillo del silencio». Hace poco un kabarettista alemán (¿no será un pleonasmo decirlo así?), Dieter Nuhr, aseguró en un tuit: «Estoy convencidísimo de que Dios es un hombre. Si fuera una mujer¡se pasaría el tiempo hablando con nosotros!»

 

Weiß/Colonia, 19.4.

Como todos los martes, La Modicana. Y esta vez, espaguetis nada–de–experimentos, o sea, con marisco. Siempre me ha llamado la atención que al marisco, en italiano, se lo conoza como “frutas del mar”, pero en cambio a los faisanes, perdices y demás averío no los llaman “frutas del aire”. Los idiomas son un misterio más inextricable que los proverbiales designios de Dios.

 

En las memorias de Arthur Miller me reencuentro con algo que había olvidado y es que la hija que tuvo con Inge Morath se llama Rebecca. Con dos “c”, como en el italiano. Por cierto que siento una laguna en mi recuerdo de la lectura primera de este libro, no recuerdo si menciona el hijo varón que tuvo también con IM, Daniel, que nació con síndrome de Down, y con quien desde el primer momento se consideró incapaz de llegar a poder relacionarse, de manera que fue internado en un establecimiento ad hoc donde nunca lo visitó; Inge, claro está, sí. Hay en este caso un paralelo con el de Neruda repudiando a Malva Marina, su hija hidrocefálica, de la que nunca se ocupó ni quiso saber nada. La diferencia es que Miller se hizo cargo de los gastos nada pequeños de la internación de su hijo, mientras que Neruda no le mandó un solo céntimo a la madre de su hija, su primera esposa, la neerlandesa Maruca Hagenaar, a la que abandonó con Malva Marina en Mónaco para reunirse en París con quien ya era su amante, Delia del Carril.

 

Uno de los mejores episodios que llevo vistos de la serie policial australiana con Phryne Fisher como protagonista. Muy conseguido el efecto espectral, la sugestión del fantasma, con el método de la linterna mágica, y muy bien captada la atmósfera de los teatros de opereta de aquellos días eduardianos.

 

Weiß/Colonia, 20.4.

En la cama hasta las 11:11 am. Diny pasa la aspiradora por todo el piso deteniéndose en el pasillo delante del dormitorio. Luego sale de compras. Estoy terminando de desayunar cuando regresa y me dice: «A este paso va a llegar el día en que no nos veremos». No lo dice en plan de reproche, ni enojada, sino como chiste, y así lo acepto. Pero en realidad, ¿qué conseguiría quedándome ya levantado cuando lo hago alrededor de las 9 para aliviar la vejiga? Lo que conseguiría es que a las dos horas, como máximo, volvería a la cama, estoy seguro. Así es que las 11:11 me parecen una mejor solución. ¡Y tan coloniense! Amén de capicúa doble: tanto en una lectura horizontal como poniendo los números (digitales) boca abajo.

 

Leo en el diario, desayunando, un reportaje sobre la situación en las residencias de la tercera edad acá en Alemania, un terreno que parece estar dominado por mafias de Europa oriental. Me gusta el título del reportaje porque alude a la frase con que se abre la Ley Fundamental [vale decir la Constitución] de Alemania: «La dignidad del ser humano es intangible» (lo que debe entenderse en el sentido de “inviolable”). Y el título del reportaje reza: «La dignidad del ser humano depende de su edad».

 

A las 2:00 pm donde la pedicura, que está ansiosa de saber del viaje a Huelva y cómo reaccionó Oskar, etc., y al contarle advierto que olvidé registrar en este diario la mejor anécdota del primer día, saliendo del aeropuerto de Faro. Nos estaban esperando Reme y Pepe, y Diny se adelantó a nosotros, hubo abrazos y besos, y luego nosotros, y hubo más abrazos y besos + el asombro de Reme y Pepe ante la magnitud de Oskar, y luego ellos dos con Diny caminando delante, cuando de repente me dice Oskar con unos ojos en los que la evidencia aún no había borrado del todo su incredulidad: «¡Abuelo, yo no sabía que la abuela habla español!» Estuvo a punto de darme un ataque de risa. Y a los otros tres cuando les conté.

 

A las 8:15 pm, en Arte, la requetebuenísima versión BBC 2011 de Jane Eyre. Por más que hay un detalle que me deja dubitativo, cuando Jane le habla a la niña Adèle de la extensión de las posesiones británicas en el mundo y alude al “Empire”; pero es correcto: aunque no fue sino en 1876 cuando Disraeli proclamó a la reina Victoria como emperatriz de la India, los ingleses ya se consideraban un Imperio desde Isabel I, en pleno siglo XVI. ¡Qué vocación tan prematura!

 

Relato del viaje a Fráncfort del Meno (ida y vuelta en el día),  21.4.

Estoy a punto de salir a tomar el bus que me enlazará con el tranvía que me llevará a tiempo a la estación central, cuando me llega un email urgente de Ibsen pidiéndome que le traduzca dos versos de Goethe que van como epígrafe de un texto inglés que anda traduciendo. Como sé que me llevará al menos 10’ encontrar el poema del que se cita, estudiar los dos versos dentro del contexto del poema, ver cómo lo tradujo Cansinos Asséns, traducirlo yo, etc., llamo a Carlitos, quien en La Modicana me dijo el martes que como no tenía nada entre manos, estaba de lo más aburrido. Le digo que hoy podría sacarlo del aburrimiento viniéndome a buscar a las 11:30 am para llevarme a la estación. Me dice que será puntual, y lo fue. Al minuto exacto.

 

[Con los versos de Goethe «Prophete rechts, Prophete links. / Das Weltkind in der Mitten» se cierra el poema de circunstancias que el chupamedias áulico le dedicó a una comida que tuvo con Lavater y Basedow, en Coblenza, durante un viaje por el Rhin; comida en el curso de la cual el filósofo y el teólogo se dedicaron todo el tiempo a conversar de lo más intelectuales, mientras Goethe callaba  y comía a dos carrillos. Pese a que Cansinos Asséns le dedica una extensa nota a pie de página al origen del poema, esos dos versos finales los traduce «Entre profeta y profeta / me tocara caminar», yo prefiero traducir «»Profeta a derecha e izquierda / y en medio yo me relamo», porque, como le expliqué a Ibsen, «Es lo que se desprende del contexto del poema, donde Góngora hubiera escrito «Ande yo caliente / y ríase la gente»»].

 

También el tren llegó y partió puntual. Me tocó como compañera de asiento una mujer de unos 40 años, simpática y sonreidora, con la que en otras circunstancias hubiese pegado la hebra, pero me frené a tiempo, a pesar de que a ella se le notaban las ganas de conversar. Sólo que ya pasó el tiempo en que me enredaba en diálogos que a las veces, diría Unamuno, iban a más.

 

En la estación de Fráncfort me esperaba Diego Valverde Villena, director del Cervantes en la ciudad natal de Goethe, y me llevó a almorzar a un sitio de lo más agradable, al que suele llevar a los invitados al Centro porque tiene cocina abierta todo el tiempo, el personal es servicial y atento, y la cerveza, propia. Comemos una sopa de espárragos con tiras de salmón ahumado, él acompañándola con esa cerveza, yo –descartado de la cerveza por mor de la gota– una copa de tinto alemán. Quiere conocer más de mi persona, y mal que bien le cuento ese resumen de mi vida que cada vez me convenzo más de que debería grabarlo y llevarlo en formato CD siempre conmigo. Pero también le refiero anécdotas que me pasaron con Mutis, Gonzalo Rojas, Rulfo e tutti quanti. Y asimismo, porque tenemos bastante tiempo por delante y yo bebo mi tinto muy despacio, le cuento que la primera vez que vi su nombre escrito fue cuando me escribió su buen amigo (entretanto también mío) Guillermo Camacho, el heroico hacedor de Aurora Boreal, la revista en español que edita en Copenhague; y que al ver sus dos apellidos, Valverde Villena, recuperé muchos recuerdos de mi juventud, cuando trabajaba como contable para la fábrica y luego las tiendas de mi padre, y despachaba la correspondencia con las manufacturas de botas enterizas y de ½ caña en Valverde del Camino, y las de los “chicharros”, como se llamaba en el gremio al calzado infantil, casi todas en Villena.

 

En el Centro Cervantes, lo que fue antes la America House, un edificio que en palabras de Diego más bien parece un estudio de arquitectos, descanso en su despacho mientras él trabaja con su compu, siempre, me dice, con música de fondo, Radio Clásica, la de Madrid. Le digo que programe también HJCK, la de Bogotá. Y al rato, al oír una música que se inicia, anuncio en voz alta Los planetas, de Holst, y luego «”Marte”». Con toda la convicción del mundo, que se nota en el aplomo con que lo digo. Pero la música sigue y de repente me doy cuenta de que he sufrido un espejismo acústico de órdago a la grande. ¡Es La Consagración de la Primavera, qué Holst ni qué niño muerto, Strawinsky, Ricardito, Strawinsky, pedazo de animal! Rectifico lo dicho antes y Diego murmura algo así como «Ya me parecía a mí»

 

Eva Soria, quien se encarga del programa cultural del Centro, me habla bellezas de nuestra común y querida amiga Helena, a quien tanto echamos de menos desde el año pasado, cuando dejó la dirección del Centro de Hamburgo para regresar al alma máter de Vigo.

 

Llega Mauricio Acero Montejo, cónsul de Colombia, hombre muy culto y oyente mío fiel de las crónicas que estuve enviando durante 20 años a la HJCK. Llega Margrit, mi anfitriona de años y años durante la feria del libro de Fráncfort. Llega Diego, el primer hijo varón de Felipe, y me alegra infinito tenerlo como oyente, ¡qué orgulloso se sentiría su padre de verlo, sobrio, elegante, silencioso, atento!

 

Hoy ha sido el primer día de calor en Fráncfort y los alemanes son heliofílicos y yo no soy Isabel Allende ni Vargas Llosa, de manera que el público es escaso, de lo cual me da pena por el esfuerzo hecho por el Centro para traerme aquí esta tarde, pero por otra parte me alegra ya que sé que en estos casos siempre hay un diálogo más vivo al final de la conferencia. Tengo la impresión (que luego me corregirá una de las oyentes) de que mi lectura es mala y trompicada, pero es que ando con los nervios de punta porque me doy cuenta de que mi presión arterial está por las nubes e inconscientemente me atropello en el afán de terminar la lectura, en el afán de no desplomarme al suelo hasta no haberla concluido. Luego, en la charla con los presentes, me voy tranquilizando. Y la cosa se prolonga –como suponía– hasta las 9, casi dos horas.

 

Cena frugal de Margrit, Diego y Mauricio en un local muy típico y que recuerdo de los años en que vine a la feria del libro (nada menos que 33, según mi cuenta), y varias veces cené aquí, con Margrit, con Esther, con Albasarí Los acompaño con una copa de un Chardonnay francés bien frío, no estoy en condiciones de tragar un solo bocado, pero sí de seguir con anécdotas de mi vida en las que aparecen Severo Sarduy, Miguel Barnet, García Márquez, de nuevo Mutis… Diego opina por enésima vez que debiera recogerlas todas en un libro, y le contesto que a decir verdad ya están casi todas publicadas en artículos míos, lo que habría es que recopilarlos en un volumen, pero ¡qué pereza!, como diría alguno de mis amigos colombianos.

 

Relumbra en la cumbre del cielo una luna llena de romancero gitano. Taxi a la estación, donde Margrit y Diego me acompañan hasta verme subir al vagón 25 del tren a Colonia, en el que voy a pasar los 95’ más largos de mi vida en un viaje en tren, un aburrimiento feroz del que tan sólo me alivio al descubrir en la bolsa de rejilla, al respaldo del asiento delantero, un folleto con los mejores restaurantes del Tirol meridional. Lo hojeo distraído hasta que los ojos se me abren de par en par al ver que en Bolzano hay uno que se llama “Vögele”. No soy ducho en el alemán que se habla en el Alto Adigio, pero “vögele”, aparte de su prosapia ornitológica (“Vogel” es pájaro, en alemán), también puede ser el imperativo del verbo “vögeln” [=follar]. Como diría un argentino, simulando acento español: «Pues eso, que Dios nos coja confesados”.

 

Llegamos con algún retraso a Colonia, hubo una larga parada inesperada en Siegburg, a estas horas ya no hay transportes públicos hasta Weiß, tomo un taxi, el taxista es paquistaní y sus dioses le (nos) son propicios, tenemos semáforos verdes uno tras otro hasta Rodenkirchen, el trayecto mayor, y sólo dos rojos desde allí hasta el home, sweet home. El pobre hombre me ha contado que soy su primer pasajero desde hace tres horas, le dejo una buena propina, porque me ha traido a casa en 3,00 € menos de lo que normalmente cuesta el trayecto.

 

Weiß/Colonia, 22.4.

Viene a casa mi “manitas” cubano, mi buen Arzola, y me pone al día la compu además de que me enseña un par de trucos para optimar mi trabajo con ella. Le entrego el regalo que le tengo desde que aceptó pasar con nosotros la noche de Año Viejo, cocinando para nosotros, porque Iuslenis y sus hijos estaban en Gringolandia, de donde parece que han vuelto indemnes. Es un regalo que compré el 17.6.2006 en Dublin, en la casa natal de Bernard Shaw, un álbum con tres CD donde se encuentra, íntegra, una versión espléndida de Pygmalion. La compré cuando con Willy visitamos aquella casa, y la compré no para mí, que no sé inglés, sino para hacerle algún día un regalo especial a alguien que aún no sabía quién podría ser. Hace unos meses, allá por el verano del año pasado, cuando estuvo Arzola acá y comentó que era un gran admirador de Bernard Shaw, supe que Arzola era ese alguien.

 

Componiendo una carpeta que le recuerde a Oskar los días de su primer viaje a España, o sea, a Huelva, descubro un volante que me entregó un propio en plena calle Concepción y me lo eché al bolsillo por lo que me divirtió. En él se anunciaba un «Vidente médium curandero africano especialista en problemas de amor. […] No espere más y deje de seguir sufriendo, pídale ayuda, él resuelve toda clase de problemas por difíciles que sean. En el trabajo, suerte, amor, salud, adelgazar, impotencia sexual, protección de la familia, enfermedades crónicas, atracción de clientes en los negocios, protección de contra [sic] todo tipo de males. Si su pareja querida le ha dejado no dude en contactar con el maestro para devolverle la felicidad, tengo solución donde los otros fallan, la recuperación de su pareja es inmediata. Resultado al 100% en 72 horas y todos los demás resultados 7 días como máximo. […] No dude en llamar al número que cambiará su vida. Recibo todos los días de 8 a 22:30 h». La mezcla en el uso de la primera y la tercera persona es digna de un Vargas Llosa en La casa verde.

 

Weiß/Colonia, 23.4.

Leyendo el diario durante el desayuno, en la sección local, y por medio de un gráfico elocuente, vengo a enterarme de que el 45,8% de la superficie total del municipio de Colonia lo componen bosques, sembradíos, parques y cementerios (que son una especie distinta de parques), de modo que si le añadimos el 4,9% compuesto por las aguas (el Rhin, los lagos, los estanques), resulta que más de la mitad de la superficie ciudadana es Naturaleza. ¡Aleluya!, como dizque gritan en medio de sus orgasmos los testigos de Jehová (y los miembros del Opus Dei).

 

A las 6:00 pm repiten en el canal Arte el reportaje de 45’ sobre el País Vasco español, del que Diny sólo pudo ver los últimos 6 a 7’ el jueves de la semana pasada. Lo vuelvo a ver con ella porque está espléndidamente realizado, y una vez más, al ver las imágenes del Guggenheim en Bilbao, me acuerdo de cuando Diny y yo viajamos allá, desde Donosti, para encontrarnos con el buen Ángel Ortiz Alfau, quien me publicaba regularmente artículos en el suplemento Pérgola del mensuario Bilbao, pero sólo nos conocíamos de hablarnos por teléfono. Desde la estación de autobuses, y aconsejados por él, fuimos caminando por la orilla izquierda del Nervión, hasta el museo, que visitamos, y luego seguimos por la orilla hasta el Ayuntamiento, donde Ángel ya nos esperaba para enseñarnos las siete calles y la casa natal de Unamuno (gran amor de Ángel y uno de los grandes míos), y finalmente llevarnos a almorzar a un restaurante de aquellos que le hacen honor a la gastronomía vasca. El recuerdo más indeleble que tengo que aquel viaje es que el Guggenheim fue uno de los dos lugares donde en toda mi vida no me aceptaron el carnet de periodista para poder entrar gratuitamente en él (el otro fue la iglesia bizantina de Santa Fosca, en Torcello, en la laguna de Venecia). Pero, quizá por deferencia a la profesión, me permitieron entrar con una entrada donde podía leerse ADULTO REDUCIDO, es decir, una entrada para un adulto, pero a precio reducido. Sólo que formulado así hizo que me prometiese, íntimamente, que si algún día escribiera mi autobiografía iba a titularla Memorias de un adulto reducido.

 

**********FIN**********

3 COMENTARIOS

  1. Lo de los adultos reducidos,

    Lo de los adultos reducidos, debió salir de los amigos reducidores de cabezas del Amazonas; son unos maestros. Y también así llaman por aquí a los que les compran artículos a menos precio a los ladrones; «reducidores»

    • Por supuesto, José María, y

      Por supuesto, José María, y si en la entrada hubiese dicho ADULTO JIBARIZADO yo habría soltado gritos de júbilo de los de mis ancestros cheyennes y sioux, pero en plena Europa (bueno, en Bilbao, es decir, en el Norte de África, casi en la frontera con Europa), eso del ADULTO REDUCIDO no merece otro calificativo que el de idiotas para quienes lo concibieron e imprimieron.

      • Pues a mí, lo de adulto

        Pues a mí, lo de adulto reducido, me ha hecho reír con ganas. Y es que te he visto con cuerpo de niño y cara muy adulta. 

        Cualquiera diría que eso lo redactó un andaluz con mucha guasa.

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