De mi Diario : Semana 19 / 2011

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Weiß/Colonia, 8.5. (1)

Durante las pasadas vacaciones en Cerdeña, un día Paul le preguntó a Frank que cuál era, de todas las ciudades que había conocido, la que más le gustó, y su buen padre le contestó que Lisboa. A lo cual su buena madre añadió que Madrid era también muy hermosa, y quiso saber por qué Paul preguntaba eso. A lo cual Paul respondió que los abuelos le prometieron llevárselo un día con ellos de viaje, y que en ese caso le gustaría que fuese a Madrid o Lisboa. Así me lo cuenta Diny, durante el desayuno, que se lo contaron la mañana de ayer, cuando estuvo en lo de ellos para devolverle a Oskar sus ahorros, custodiados acá en casa durante las vacaciones. Y se produjo el siguiente diálogo : Montse: «Tal vez lo mejor sería Madrid, porque al abuelo ya le cuesta caminar». Diny: «Hasta podría ser que no viajase con nosotros». Paul: «¡Ah, si el abuelo no viene con nosotros, entonces vamos a América [=USA]!» Diny: «¡Ahí no vuelvo yo a ir ni por todo el oro del mundo!» Oskar (en un aparte, a Diny:) «Abuela, ¿también puedo ir yo de viaje con vosotros?»  A todo esto, Henri seguía planchando («bü bü») una camisa del padre.

 

Weiß/Colonia, 8.5. (2)

Pilar me envía desde Málaga una colección de disparates recolectados en clases de Filosofía de la secundaria española. De repente, entre tanta majadería, una verdad como la copa de un pino: «– ¿Qué es el lenguaje humano? – En la actualidad no sirve de mucho». A ese alumno tendrían que haberle dado la nota más alta en su clase, de lo contrario no hay justicia en esta tierra.

 

Weiß/Colonia, 9.5. (1)

Entregué al Cervantes de Hamburgo el texto de la conferencia de Cantinflas, y así tienen un mes entero para la traducción. Ahora me toca releer Sabato completo, tema de mi conferencia, el 26.6., en San Sebastián. Me aleccionan más bien poco estos dos tuits que he descubierto y espigado para mi próximo Twitter’s Digest: «No se crean que porque Bin Laden esté muerto se acaba el terrorismo, porque Sabato también murió y la literatura de mierda sigue existiendo” (@bestiaescreebe)», dice uno; «Trato de imaginarme qué hubiera sido de la vida de Sabato si hubiera tenido algún talento para la literatura” (@AlainDelOnce)», el otro. Ay

 

Weiß/Colonia, 9.5. (2)

Mi tocayo porteño me escribe a propósito de una frase mía que anda corriendo por Twitter («Seré racista: Mourinho, como su nombre indica, es un morito que se las da de Cristiano. ¿O es que nadie sabe portugués?») Me dice mi tocayo: «Cuando yo era pequeño el fútbol era sólo un juego, pero ahora se ha transformado en introducción a la filosofía y otras ciencias. No hay más que oír a los DTs, a los jugadores y a muchos periodistas que discurren en los medios. En esos años que evoco, había en la radio un programa titulado El Ñato Desiderio, un inefable personaje porteño, cargado de incultura pero con la suficiente sabiduría como para espetarle a quien osara corregirlo: “Andá, ‘garrá lo’ libro’, que no muerden”. Lo mismo habría que decirle a Mourinho y sus colegas». Le contesto: «Creo que lo que pasa es que los intelectuales le perdieron el miedo a decir en público que les apasiona el fútbol, y eso ha sido fatal, porque han intelectualizado el lenguaje referente al mismo. Enterraron a Dios con Nietzsche y se quedaron huérfanos, hasta que apareció Chiggia y anotó el 2:1 del maracanazo, en 1950: los escritores reencontraron a Dios en aquella tragedia carioca, y luego le han ido cambiando el nombre a lo largo de los años. El mote que más duró fue Pelé». Tal vez podría añadirle que “Dios ha muerto, ¡viva Messi!”

 

Weiß/Colonia, 9.5. (3)

Me envió Amalia una novela para posible reseña, con estas palabras: «Tal vez sea conveniente que la hagas tú». Ahora sé por qué. Se titula Landen, y su autora, Laia Fàbregas, es catalana, vive a caballo entre España y los Países Bajos y hasta escribe directamente en neerlandés y ella misma se traduce al castellano y al catalán. Y resulta que uno de los dos narradores en primera persona de esta novela, Landen, es un cacereño, un español que emigró en febrero de 1963 a Europa (concretamente a Holanda) y se casó con una neerlandesa con quien tuvo tres hijos. Es decir, que salvo por el origen español (en mi caso Andalucía) y el destino emigratorio (en mi caso Alemania) todos los demás datos coinciden conmigo. La estoy leyendo de una manera apasionada. Pero antes de continuar le voy a escribir a Josefa, en Cáceres, para pedirle un favor. La autora habla, en una nota de agradecimiento, de que para los recuerdos de su protagonista masculino se valió mucho de un libro titulado Me vine con una maleta de cartón y madera, Emigrantes españoles en el sureste de Holanda, 1961-2006, editado el 2009 en Cáceres por la Junta de Extremadura, Consejería de Cultura y Turismo, Museo de Cáceres, dentro de la serie «Memorias», un libro que quiero leer. Josefa, alsjeblieft! [=¡por favor!]

 

Weiß/Colonia, 10.5. (1)

En Colonia tenemos Pascha (=Pachá), la mayor mancebía en toda Europa. Once pisos donde las dispensadoras de placer no son sólo putas, también tienen allí habitaciones alquiladas alguna que otra ama de casa, o estudiantes, que de ese modo aumentan sus ingresos. Lo normal es que en Pascha sólo entren las inquilinas, pero por un reportaje en el diario acabo de enterarme de que hay visitas guiadas del lugar a las horas en que está “fuera de servicio”, para grupos de mujeres interesadas en ese aspecto de la vida erótica de la ciudad. Leo el reportaje y pienso en los días cuando mi redacción estaba en el mero centro de la ciudad, en la Apostelnstrasse, y la salida por el patio trasero, el parking, daba directamente a la calle vallada, la Kleine Brinkgasse, “la calle de las putas” por antonomasia. Era para nosotros el camino más corto entre la redacción y la pizzería donde solíamos almorzar. La conocíamos muy bien. Eso duró hasta 1972, cuando la municipalidad de Colonia decidió sanear el lugar y construyó lo que es ahora Pascha, que se llamó en principio Eros Center. La Iglesia puso el grito en el cielo (que después de todo es algo así como su casa): ¡qué escándalo que la muy católica Colonia, “la santa”, como la apostrofaba Heine, edificara un rascacielos dedicado exclusivamente a la infracción del sexto mandamiento. La Iglesia intentó por todos los medios evitar semejante sacrilegio. Hasta que un periodista fue y levantó la libre. Las casas de la Kleine Brinkgasse eran propiedad del Arzobispado. ¡Aaaaah! E inquilinas mejores que las putas no ha vuelto a tener la Iglesia en esta ciudad.

 

Weiß/Colonia, 10.5. (2)

Termino de leer Landen y espontáneamente le escribo a Laia Fàbregas para felicitarla y para contarle algo que le pasó a Diny allá por el año 90, y que me lo ha hecho revivir un episodio semejante que le pasa a la protagonista de su novela. Estábamos en Madrid de vacaciones y fuimos a La Elipa a visitar a mi prima Carmela. Al día siguiente Diny salió de la buhardilla donde residimos siempre que vamos a Madrid, en «la casa de Jacinta» (la de Galdós, en el n° 1 de la plaza de Pontejos), y fue a la Puerta del Sol a comprar unas revistas. Las compró en el quiosco y en ese momento un señor maduro, bien vestido, persona que se veía seria, se le acercó y le dijo: «Señora, perdone que la moleste con una pregunta, ¿verdad que usted iba ayer con su marido en el autobús de La Elipa?»  Diny, sorprendida, le dijo que sí. Entonces él, sin más preámbulos, le preguntó: «¿No le importa que le dé un beso? Usted es la mujer más guapa que he visto en mi vida». Y sin más, le dió un beso en ambas mejillas, se despidió cortésmente y se perdió entre la gente. Diny regresó a casa con una sonrisa que brillaba más que la bola del reloj de la Puerta de Sol, que casi se puede tocar con las manos desde la claraboya de esa buhardilla.

 

Weiß/Colonia, 11.5., primera hora del día (1)

Out of Sight en la tele. Sin duda, para mí, la mejor actuación de JLo que he visto. En una peli que no tiene buena prensa entre los entendidos, y es lo que yo me digo: peor para ellos.

 

Weiß/Colonia, 11.5. (1)

Me emputo cada vez que abro las cuentas Twitter de mis amigos (sólo abro siete, y desde ellas puedo saltar a las milyuna), cuando llego a la de Alberto, y veo una y otra vez las referencias a su libro La eterna parranda, al que parece que le está yendo muy bien y yo me alegro de ello. Sólo que me acuerdo de cuando Alberto me preguntó qué título le aconsejaría yo para el libro, mientras todavía andaban en esa fase de la publicación, y le sugerí primero uno cervantino, Crónicas ejemplares, que requeriría un breve prólogo donde hiciera el puente hacia su libro casi homónimo (para que nadie lo tildase de arrogante, incluso de argentino). Pero es que además le sugerí otro asimismo cervantino, muy cervantino, aunque también muy cruel: El establo de las maravillas. Y sé que a Alberto le gustó mucho y que batalló por él, pero la eterna parranda editorial, que es como la jodienda, que no tiene enmienda.

 

Weiß/Colonia, 11.5. (2)

Sopa de pescado y vino sardo en el italiano de la galería subterránea de Neumarkt, con Julio. Charlar con él me hace mucho bien. Me oxigena. Lo que me sorprende cada vez es nuestra coincidencia tan grande de gustos y puntos de vista. A lo mejor no soy tan bruto como creo.

 

Weiß/Colonia, 11.5. (3)

Comencé la relectura de la obra completa de Sabato, por mor de la conferencia del 29.6. en San Sebastián, y lo hice con buen pie porque me decidí a empezar por los ensayos, y de un tirón me jalé las 130 páginas de Uno y el Universo. Me sigue pareciendo de lo mejor que se ha escrito en ensayo en español, incluso allí donde la doctrina quedó obsoleta, incluso donde no comulgo con lo que dice. Con todo, como carece por completo de sentido del humor, las pocas veces que quiere ironizar le sale mal, y así p. ej., eso de que «no poseo la más modesta Weltanschauung que pueda satisfacer a una persona respetable o germánica» me parece ironía bastante más que prescindible, pour épater les argentins. Pero es bueno que haya comenzado por los ensayos, si lo hubiera hecho por El túnel seguro que ya estaría maldiciendo la hora en que nací. O al menos aquella en que acepté dar esta conferencia. Máxime cuando hoy, en la cuenta Twitter de Héctor, leo lo siguiente: «Sobre El túnel de Sabato: «Decae mucho al principio»».

 

Weiß/Colonia, 12.5. (1)

Las supersticiones colonesas están ligadas al número 11. El día 11 del mes 11 a las 11.11 a.m. empieza todos los años lo que acá llaman “la quinta estación”: el Carnaval. Así es que este año, en que habrá un día 11.11.11, la superstición alcanzó al Registro Civil. Hay parejas que la noche antepasada durmieron al raso, acampando delante del Ayuntamiento (menos mal que tenemos una primavera más bien calurosa), para ayer 11, en el primer día posible a seis meses de la fecha clave, poderse inscribir en el calendario de bodas del 11.11.11., y una de ellas hasta consiguió que su matrimonio se celebre a las 11.11.         La tontería humana, Einstein dixit!, es ilimitada.

 

Weiß/Colonia, 12.5. (2)

Paul cumple años. 14. Nos reunimos con él en su casa, para festejar. Pero es con Henri con quien más festejamos. Con sus adorables 16 meses. Cuando llega Oskar me siento a su lado para ver un programa de Star Wars. Al rato le digo que me parece una cosa muy extraña, todo transcurre en un paisaje donde no se ve ni un solo árbol, la gente que actúa no acude nunca a un partido de fútbol, y además se la pasan peleando sin descanso, no hacen ni la más mínima pausa para comer un sandwich. Desconcertado por mis argumentos, desconecta el programa y pone un DVD que sí me divierte, El diario de Greg, y compartimos diversión mientras Montse les cuenta a Diny y a Rebeca, muerta de la risa, que convencí a Oskar de que cambie de programa diciéndole algo tan elemental como que los guerreros de Star Wars no hacen una pausa para comer un sandwich.

 

Weiß/Colonia, 12.5. (3)

Diny, la enamorada de Henri. Llegó hace cinco minutos a despedirse de mí antes de acostarse, se quedó mirando la foto del niño que tengo exactamente enfrente de mis ojos y el rostro se le iluminó: «¿No es verdad que Henri es una bendición del Cielo?  Esa sonrisa, esa receptividad, esa simpatía»  Le tendí un pañuelo y me miró interrogativa. «Para la baba», le expliqué. Se fue enfurruñada y tuve que levantarme e ir a pedirle perdón. Y asegurarle que tiene más razón que un santo, como decía mi abuela Remedios, que era una sabia.

 

Weiß/Colonia, 13.5.

Javier le ha escrito a Camilo: «Es curioso cómo se cruzan los caminos de la amistad. Todos tenemos que pasar por el puente Ricardo Bada. Este señor español es cada día más ubicuo. ¿Pero existe Ricardo Bada, ¿o es una invención de sí mismo?»  Una pregunta tan pirandelliana que si me atreviese a cometer el desatino de responderla a lo mejor daría razón de mi locura.

 

Weiß/Colonia, 14.5., primera hora del día

Esta es una de las pocas pelis que me faltaban por ver de Hilary Swank, una de mis actrices preferidas: Red Dust. Es la que filmó inmediatamente antes de Million Dollar Baby, y ya se la ve como una actriz cuajada, de la que se puede esperar mucho más. Pero se queda un poco a la sombra de Chiwetel Ejiofor, que es un actorazo de la gran chingada. También los secundarios son de primera división en esta peli. No sé qué tal suerte habrá corrido en Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Perú, donde las dictaduras dejaron una huella comparable a la del apartheid en Sudáfrica: un apartheid intrarracial, pero no menos inhumano. Los chistes suelen ser un buen espejo de la sociedad donde nacen, y entre los blancos de Sudáfrica el protagonista de los chistes más populares era Van de Merwe, un recio ejemplar de afrikáner sin tacha. Un día, está Van de Merwe sentado en una terraza de una playa, en Durban, y pasa por delante, en el mar, una canoa automóvil manejada por dos blancos, arrastrando a un negro a la mejor manera del esquí acuático. Al lado de Van de Merwe se sientan dos ingleses, uno de los cuales comenta al otro: «Bueno, se diría que el apartheid no es tan fiero como lo pintan, mira cómo ese negro hace esquí acuático con dos blancos». Y Van de Merwe, con inmenso desdén, le replica desde su mesa: «Ah, ustedes los ingleses nunca entenderán la pesca del tiburón con carnada»

 

Weiß/Colonia, 14.5.

Una de mis comidas favoritas: ragú de ternera en nidos de hojaldre. Sólo que Diny, esta vez, al ragú le añadió champiñones, perejil y un chorro de buen vino blanco. Delicia. Los nidos de hojaldre en alemán se llaman Königin Pasteten, pastelitos de la reina. No comían nada mal esas testas coronadas, a fe mía.

 

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