De mi Diario: Semana 20 / 2013

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Weiß/Colonia, 12.5.

1:00 am: Acierto a ver los últimos 50’ de Der Untergang [El hundimiento]. Lo escribo una vez más en este diario: los alemanes, a la fuerza o no (ya no), son el único pueblo que ha tenido la decencia histórica de responsabilizarse de su pasado, y no sólo frente al mundo, sino sobre todo ante sí mismos, según lo demuestran pelis como esta y las series que pasan una y otra vez en la tele. Me gustaría tanto ver alguna vez una serie neerlandesa, ¡una sola!, donde se ponga de manifiesto el genocidio cometido contra el pueblo indonesio, ¡después de la 2ª guerra mundial, donde los propios neerlandeses sufrieron en carne propia, metropolitana, el yugo criminal de un Herrenvolk mucho más poderoso que ellos frente a los tercermundistas insulindios!  Mierda. Los únicos neerlandeses que han mostrado en público su repulsa del genocidio fueron Multatuli en su día, con su novela Max Havelaar, y Fons Rademaker y Hans Hylkema, los directores de cine, con sus adaptaciones de Max Havelaar y la novela de Hella Haasse Oeroeg: todavía recuerdo el paso de HH por Colonia, y cómo Diny y yo acudimos a su lectura y al final nos acercamos para que nos firmase nuestro ejemplar de su relato, tan conmovedor, tan entrañable. [Por cierto, en la ficha técnica de la peli veo que se estrenó el día de mi cumpleaños en 1993, qué regalo tan lindo sin que yo lo supiera, razón de más para volverla a ver con Diny, cuando regrese de Holanda].

 

Paul cumple hoy 16. En el sobre que le entregaremos luego, escribo «Para / Für / Voor } Paul Loui$», y también en la tarjeta que va dentro, y le pido que haga buen uso de nuestro Ge$chenk [=regalo]; y es porque de común acuerdo con Diny, en vez de los 50 que suele recibir cada nieto por su cumpleaños, a Paul, hoy, por ser 16 los que acumula, le vamos a regalar 100 $USA.

 

En casa de Montse, café y torta de fresa, un bizcocho y un bol de yogur y bayas con brownies desmigajados, por el cumpleaños de Paul. Me cuenta que anoche festejaron sus amigos acá, y lo hicieron en el jardín, con barbacoa, y uno de ellos, Toby –hincha del equipo de Colonia, como todos los demás–, estuvo jugando al fútbol con Henri, a quien le preguntó que de quién era hincha él, y los tres años de Henri le contestaron: «De mamá». Como para comérselo a besos.

 

Nuevo capítulo de la serie Lewis. Súper. Entretanto varios amigos latinoamericanos, después de leerlo en mi diario, me han enviado emails (p.ej. The Baroness of Palermo) para decirme que participan de mi entusiasmo por la serie, y se lamentan de que acá estemos viendo ya los episodios de la quinta temporada mientras que ellos sólo tienen acceso hasta la tercera. No me animo a contestarles que yo no tengo culpa de que vivan en el Tercer Mundo.

 

Weiß/Colonia, 13.5.

Cuando llego a casa a la 1:00 pm, con Henri, a quien fui a buscar al Kindergarten, aún no ha regresado Diny (que tenía cita con su médico de cabecera a las 11:45); de manera que ya me disponía a cambiarle el pañal a mi criatura cuando suena el teléfono, y era Elena, llamando desde Huelva para darnos el pésame, sobre todo a su tía. Y mientras hablo con ella, llega Diny de vuelta. Elena, me salvaste del cambio del pañal: gracias sobre todo en nombre de Henri.

 

Weiß/Colonia, 14.5.

Hoy hace 35 años que murió mi padre y la herida no se ha cerrado todavía, o mejor dicho, la cicatriz sigue doliendo.

 

Según leo en la semblanza que el diario suele insertar en la segunda página, parece ser que el record mundial en el envío de Cartas a la Redacción lo detenta un alemán, Rasmus Helt, de 40 años, residente en Hamburgo, hijo de padre danés. El banco de datos Genios registra 2.568 Cartas de Lector firmadas por él, pero no sólo en Alemania, incluso en la Gazetta dello Sport, italiana, y en el mismísimo Wall Street Journal. Pienso en ello y se me ocurre que tiene que ser una vocación, como la de quien quiere ser asistente social, o conductor de tranvías, o ingeniero naval, o deshollinador. De otra manera no me lo explico. Porque el problema serio no consiste en escribir la carta, sino en haber leído a fondo y documentadamente lo que se impugna en ella. Sé de lo que hablo porque soy un animal epistolar, desde los quince años. Todavía recuerdo la frase con la que empezaba una de las primeras cartas personales que he recibido en mi vida, me la envió Vicente desde Madrid, abril 1955, y la conservo en mi archivo: «Acromegálico y tal, a lo Wilde». Tuve que recurrir al diccionario porque ignoraba el significado de “acromegálico”, y me extrañó que Vicente añadiese lo de «y tal a lo Wilde». No tengo nada de acromegálico ni de homosexual, pero bueno, a lo mejor sólo se trataba de “fonemas onomásticos”, como sugiere en estos casos el impertérrito locutor de Les Luthiers. Lo que a mí realmente me interesaba de la carta es que Vicente estaba en los madriles y había asistido a un concierto de Lionel Hampton. Eso, para nosotros, en Troglodia, en pleno Neolítico Franquista, 1954, era algo así como ciencia ficción. Todavía hoy me pregunto si Vicente me contaba una experiencia o un sueño.

 

Me llama Montse para preguntarme si Carlitos y yo almorzamos hoy en La Modicana (como si la ley de la gravedad pudiera alterarse) y si en ese caso tendríamos la bondad de buscar a Henri en el Kindergarten y llevárselo a casa. De manera que fuimos a buscarlo, le advertí que lo íbamos a llevar a casa en el auto de Santa Claus, y lo dejé bien anclado con el cinturón de seguridad en el asiento trasero del Citroën. Cuando llegamos a su casa y le desprendí el cinturón, se despidió de  Carlitos diciéndole «Danke!», aunque luego, mientras lo acompañaba llevándolo de la mano por el jardincito delantero, me repitió lo que hace unos días: «Pero ese no era Santa Claus».

 

Weiß/Colonia, 15.5.

El Dr. Johnson, Vida y opiniones: Un rasgo delicioso de este libro impagable es que Boswell no escatima ni escamotea aquellos momentos en que su venerado Dr. es sujeto pasivo de las bromas de los otros. Por ejemplo lo que acabo de leer: El 13.4.1778 están ambos invitados a yantar en lo de Bennet Langton. Y sucede que antes de sentarse a la mesa Johnson se muestra lacónico en un grado sumo, hasta el punto de que su anfitrión le comentaría después a Boswell: «Yo podría reproducir palabra por palabra todo lo que dijo Johnson antes de la comida, del mismo modo que Johnson, cierta vez, se comprometió a citar literalmente un capítulo entero de la Historia Natural de Islandia, de Horrebow, aquél que dice: “Capítulo LXXII. Serpientes. En toda la isla no se encuentra una sola serpiente”».

 

Le escribo a Sergio, en Caracas, y le propongo publicar una versión “neogranadina” de Los 201 mejores fandangos de la lengua española. Me contesta a vuelta de correos diciéndome: «Como sabes, los editores nos balanceamos entre la tentación a publicar lo que nos gusta y creemos que venderá bien, y el freno que metemos para no quebrar. Me gusta este material, sobre todo por la pertinencia de los autores escogidos y la excelente calidad de los textos. Sí pienso que deberías incluir más venezolanos. Yo puedo buscar dinero mientras tanto para cubrir los riesgos (algún patrocinio menor que ayude) y sacarlo en el segundo semestre 2013. Podría ser una edición para Venezuela y Colombia. No podría darte adelanto, pero garantizo derechos de autor que crecen con los ejemplares vendidos. Esto puede sonar exagerado, pero he aprendido que nunca se sabe cuándo un libro va a vender y hay que pensar como si lo fuera a lograr. Dime qué piensas de todo esto». Le contesto que me pongo a trabajar inmediatamente en el nuevo manuscrito, y en petit comité me sorprendo un poco que se le borró el voseo del disco duro.

 

Weiß/Colonia, 16.5.

2:00 am: Acabo de ver Peur sur la ville [Pánico en la ciudad] por la remilputacentésima vez, a pesar de que me dan ataques de pánico, por el vértigo que padezco, durante la persecución por los tejados de París. Pero Belmondo y la música de Ennio Morricone compensan de largo. Sólo que recién hoy me cayó el vintén y me di cuenta de una posible broma, o guiño, que siempre me había pasado desapercibido, y es que la primera víctima del sicópata, la mujer que interpreta Lea Massari, se llama Norah Elmer: dicho de otro modo, se llama –en una versión francesa– como la protagonista de Casa de muñecas, el drama de Ibsen. No puede ser que sea mera casualidad.

 

Todo el día trabajando en el manuscrito de Los 202 mejores fandangos de la lengua española, se lo quiero enviar a Sergio mañana mismo por lo que me dijo de editarlo durante el segundo semestre de este año. Eso de los 202 se me ocurrió de pronto, porque, claro está, partí de la base del manuscrito del libro de los 201, que hice por encargo de Raúl y que aguarda pacientemente desde 2007 el momento de su publicación en Guatemala. Pero después de enviarle a Sergio mi email de ayer, me puse a pensar que habría que respetar el título Los 201 mejores fandangos, acreditado en la maqueta de producción de la editorial guatemalteca, y proponerle a Sergio Los 202, con lo que podría darle cabida a un espléndido autor de Guinea Ecuatorial, a Juan Tomás Ávila Laurel, no por ese apellido tan mantuano, sino para que estén presentes en el libro todos los países donde se chamuya nuestra lengua [en la versión para Guatemala, el 201 era por José Rizal, representando a Filipinas]. Para la nueva versión he descartado a varios centroamericanos, he subido de 6 a 15 la participación venezolana y, por fin, conseguí un buen fandango para Luis Miguel, que hasta ahora nunca se me daba. Además cambié el final del prólogo, y lo retitulé de un modo que me encanta: «Prolegómeno para neogranadinos». Suena cachaco y suena mantuano. Como diría la Nena: «Eres joven, eres guapo y eres rico, ¿qué más quieres, Federico?».

 

Weiß/Colonia, 17.8.

0:10 am: Princesas es una peli que suelo ver cuando la repiten, y hay dos cosas que me gustan mucho de ella. Son, la primera, que el amigo de Caye sea fan del Atleti y no del Real, y la segunda ese final no tan directo pero casi más cruel por lo ambiguo, que el de Brighton Rock, de Graham Greene, uno de los finales de novela que más agarrado te dejan el corazón, que de la manera más insoportable te hace crecer en el pecho el sentimiento de la compasión.

 

El día no pudo empezar peor. Me levanté a las 10:01 y ese fue el único momento feliz del día, la visión de un capicúa que haría las delicias del mismísimo Pitágoras. Me refresqué la cara con agua fría y me senté frente a la compu, y la abrí como todas las mañanas para encontrarme (sin decir «agua va») con que por el poblado de logos acampados en la pantalla se dijera que hubiese soplado el huracán Katrina dejando mi pequeña Nueva Orleáns virtual reducida a un montón de escombros. Lo peor no era eso, sino que al abrir el logo de Internet Explorer aparecieron unas opciones que resultaban todas engañosas, y «lo más pior» no era eso, Cantinflas de mi alma, «lo más pior» era que ninguna de esas opciones se rotulaba «Mis documentos». Mis documentos habían sencillamente –¡sencillamente, me cago en todos los dioses de todas las cosmogonías!– desaparecido. Con los muchos ## adelantados de The Twitter’s Digest, con todo el trabajo invertido ayer y anteayer en Los 202 mejores fandangos de la lengua castellana, y con todo lo consignado en mi diario desde el domingo pasado, amén de varios trabajos más, como por ejemplo el artículo enviado a Luis para LJS sobre los 50 años de Rayuela. Me quedé como de piedra. Reaccioné tratando de restaurar Google Chrome, con el que Katrina había barrido, y lo conseguí, y gracias a ello pude comunicarle a la Internacional Ricardista lo que estaba sucediendo.


La primera reacción fue la de mi Maragatita, en Madrid, diciéndome que no me preocupara, que los archivos no se habían perdido, que su esposo es profesor de Informática y siempre le repite eso. Pero aunque sé que es cierto, el estado de indefensión en que te encuentras, en un momento como este, acentúa el shock. Anduve como zombi toda la mañana, y al final me afeité y me duché justo a tiempo de salir para la cita de las 2:30 con la pedicura, y ella me levantó el ánimo de manera impagable, dejándome además unos pies como no he tenido desde el lejano día en que nací. Entretanto he recuperado la serenidad y sé que aunque se perdiese todo lo trabajado en la semana, es recuperable, excepto las anotaciones espontáneas y directas de mi diario. Y me pongo a ver una peli que aprecio mucho, The Yellow Handkerchief [El pañuelo amarillo], seguro de que mañana, cuando venga Arzola y se ponga a trabajar, al final dejará el velero de la compu empavesado de grímpolas y gallardetes amarillos.

 

Weiß/Colonia, 18.5.

Diny se marcha muy temprano a Holanda, es el cumpleaños de Riet y el primer encuentro de los Hansen sin Annie. Después de desayunar tomo el bus hasta Rodenkirchen para fotocopiar siete de los dibujos que hizo Helen Escobedo como ilustraciones de mi homenaje a Morgenstern, mi versión de su poema “Propuestas de nuevas formas a la Naturaleza”. Saco dos juegos de copias, y desde la oficina postal despacho uno a Berlín y el otro a México, así como también el DVD de Backbeat, la peli sobre los Beatles en Hamburgo, que le mandamos como regalo a nuestra Dani tan querida, en Barcelona.  En la panadería de la plaza mayor me hago preparar dos bocadillos de jamón dulce ahumado, que almorzaré en casa, están riquísimos. Dormí larga siesta esperando la llamada de Arzola, y a eso de las 4 pm me avisó de que llegaría cerca de las 7. Entretuve el tiempo como pude, haciendo experimentos de transmisión desde mi unidad USB conectada a la compu portátil de Diny a mi cuenta de gmail. Finalmente apareció Arzola, desmontó mi compu para sacar el disco duro viejo que habíamos dejado allá a todo evento y que ha sido el causante de mi shock de ayer, pues parece que por mano del diablo se autoconectó él mismo y devolvió la configuración de toda la compu a como era hace dos años, más de dos años. Luego me ha  instalado una Time Machine pareja a la de Mac, sólo que en Google se llama Drive, y ahora, cada coma que cambie en cualquier documento, queda automáticamente registrada, hasta tal punto que incluso podría renunciar a la USB, aunque me pide que por precaución suplementaria la siga usando: USBando, habría que decir en este caso. Describir el peso que se me quitó de encima al ver restaurado mi pupitre virtual, en el mismo estado en que lo dejé al cerrarlo en la madrugada del jueves al viernes, ah, eso es algo que requiere la pluma de santa Teresa en uno de sus arrobos místicos. La mía no alcanza ni para la milésima parte de semejantes orgasmos.

 

Entretanto, enmedio de toda la negrura del viernes y hoy, un rayo de sol en forma de tuit mío publicado nada menos que en la cuenta @andrewholes, alabado sea el santísimo sacramento del altar, eso es casi el Premio Cervantes de Twitter:

Andrés Hoyos ‏@andrewholes Ricardo Bada incrédulo: «Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, qué bueno debes estar a la parrilla en forma de costillitas».

 

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