De mi Diario : Semana 20 / 2020

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Weiß/Colonia, 10.5.

Poco después de la medianoche : Pasaron el primer episodio de la saga del Comisario Dupin, una serie policial alemana ambientada en la Bretaña, con mucho colorido local, y que tiene un protagonista harto simpático. Lo he visto de nuevo y me alegré con el anuncio de que esta misma semana pasarán el octavo de la serie, que debuta en esta plaza. Me las prometo felices.

Después de leer mi diario, me escribe José María Guelbenzu, desde mis madriles, que por cierto también son los suyos, y además de nacimiento: «Hace años, en São Paulo, compartí mesa en un acto literario con Ignácio de Loyola Brandão, tan buen escritor como persona, y empezó  su intervención con una anécdota personal: iba por la calle y sucedió esa tan clásica de encontrarse frente a frente con una atractiva mujer; en el clásico juego de echarse cada uno a un lado para ceder el paso al otro se produjo un largo, rítmico y duradero desconcierto que los mantuvo en movimiento al uno frente a la otra hasta que Ignácio, todo un caballero, pudo cortar la apurada situación llevándose la mano al sombrero, no sé si real o ficticio, para despedirse de ella diciéndole: –Señora, ha sido un placer bailar con usted». La anécdota lo pinta a Loyola de cuerpo entero. Cuando pasó por nuestra casa, en su luna de miel, un día publicó en una de sus deliciosas crònicas para Vogue que su anfitrión (es decir, yo, y me nombraba) era un cocinero excelente, especializado sobre todo en la materia de «calentar alimentos congelados».

Hoy es el Día de la Madre en Alemania, y hemos tenido visita de Montse, con un gran ramo de tulipanes y un regalo para Diny, amén de una torta con fresas, de Pistono, la mejor panadería y pastelería en muchas millas a la redonda. Ha estado casi dos horas con nosotros, una bendición que no sé cómo agradecerle, y entre otras cosas  nos contó cómo es que en su pequeña tienda ya ha tenido más de una bronca con clientas que no hacen el más mínimo caso de las normas de conducta (distancia, mascarilla). Como especie, podemos pasar a la Historia –que ya no leerá nadie– con el estigma de ser la mayor chapuza de Dios: tiene otras de menor cuantía.

Magnífico documental checo dedicado a la vida y milagros de Milos Forman. El cine fue la cara amable (“el lado de chocolate”, dirían los alemanes) de la Europa oriental en aquellos años de la guerra fría. Me he entretenido analizando las estadísticas de los Oscars a la mejor película no hablada en inglés, y el balance no puede ser más elocuente: tres pelis soviéticas + una rusa, dos  checoslovacas + una checa, dos húngaras, una polaca. Y 46 nominaciones, si hice bien el conteo. Un bloque de 56 (incluyendo las oscarizadas) sobre un total de 320 nominaciones entre 1956 y el 2019 no es moco de pavo. Y otra curiosidad: los países que detentan el podio de estos Oscars, Italia (11), Francia (9) y España (4), son los tres europeos más afectados por la pandemia. De malpensante que soy, me ocurre si no será una represalia china por no haber obtenido su cine nada más que dos nominaciones. Pero honni soit qui mal y pense! [Un día màs tarde, Rusia e Inglaterra habían desplazado del podio a Italia y Francia].

Weiß/Colonia, 11.5.

1:40 am : Acabo de ver el DVD de La grande séduction [La gran seducción], peli canadiense, quebecois por más señas, que transcurre en un pueblito de la costa atlántica del país. Es una especie de “Beatus ille” en imágenes, y el guion y los actores son tan buenos que terminamos encariñados con el pueblito y sus habitantes, Tengo que volver a verla porque se me escaparon  un par de cosas que quiero no perdérmelas. Soy el Tío Agonías. ¡A mis más de 80 años!

Mi desayuno/almuerzo de los últimos tiempos consiste en un cuenco donde se mezclan yogur, bayas rojas (frambuesas, grosellas), un chorreón de jarabe de arce, otro de jugo de agave, otro de aceite virgen de oliva, canela y, a veces, frutos secos, o kiwis, o higos picados. Según Diny, más cantidad de vitaminas es imposible dentro de un cuenco. La ingesta va acompañada de un té marroquí de menta. Y la morosa lectura del Kölner Stadt Anzeiger.

Llama Judith desde Wijchen, el pueblito de tarjeta postal cerca de Nimega, donde pasamos con los niños más de un verano, cuando los Kuppens se iban de vacaciones y les guardábamos su casa. Ha ido Judith, que vive cerca de Ámsterdam, a hacer las compras de la semana para su madre, Rikie, la mejor amiga de Diny. Como Judith se avergüenza de su alemán, y yo de mi neerlandés, ella me habla en neerlandés y yo le respondo en alemán. Desde un cierto punto de vista nuestro diálogo debe parecerse mucho a la actividad dentro de una cabina de intérpretes en algún organismo internacional. Judith es una apasionada por la personalidad y la obra de Paula Moderson–Becker y le aviso de que el sábado, en el canal alemán One, que puede verse en los Países Bajos, pasan una buenísima peli, Paula, sobre su ídolo, para que no se la pierda.

Weiß/Colonia, 12.5.

1:00 am : Una peli que desconocía, Now You See Me [Ahora me ves...], y que me ha hecho venir a mirar en pantalla las críticas que le hicieron en España. Y hay de todo, como en botica, pero la mayoría me recuerda una frase de Giovanni Guareschi, creo que en su Diario clandestino: «Los críticos son gallinas que cacarean mientras las demás ponen huevos». A mí me ha entretenido y me ha divertido como pocas en los últimos tiempos, gracias a una bienvenida suspensión de la credulidad. Amén de ello, y aunque su presencia sea muy breve en la pantalla, eso de ver actuar juntos a Michael Caine y Morgan Freeman, bien vale (como París) une mise–en–scène.

Telefoneo a mi asesora de inversiones en el Banco, porque el estadillo de cuenta de nuestros ahorros (acciones, obligaciones, fondos de inversiones) acusa una merma del 10% durante el primer trimestre del año. Pero Frau Schneider me consuela desde la primera fase: durante abril y mayo se han recuperado las pérdidas. Alabado sea el santísimo sacramento del altar.

Suena el teléfono y por el prefijo me doy cuenta de que es un número de la ex RDA. Y es Klaus, desde Leipzig, para comunicarme que su madre ha muerto el jueves. Nuestra querida Elizabeth. Ya sólo queda Klaus de aquella familia Schmickler, en Bad Kripp, en cuyo quinto miembro me convertí cuando me fui a vivir a la bohardilla de su casa en el 116 de la Quellenstraße. Entré en la casa como huésped de pago y ya desde la primera semana comí con ellos sin que me subieran la pensión («Donde comen cuatro comen cinco», dictaminó la abuela Schumacher) y siendo uno más de la familia. Mi familia alemana. Mientras hablo con Klaus –que entonces era un crío de unos ocho años, y ahora ya es abuelo–, mi moviola interior va pasando las imágenes de aquel entonces, 1963, 1964y de repente estoy llorando y le contagio el llanto a Klaus. Quien me desaconseja de acudir al entierro, el día 20, «aunque eres como de la familia», pero con él y su mujer, su ex  mujer, sus hijos, nueras y nietos y las sobrinas carnales, ya han cubierto de sobra el cupo admitido en estas circunstancias, por culpa del maldito virus. Le digo que lo entiendo aunque me duela no acudir, pero es que además pertenezco a un grupo de alto riesgo, por mi edad, mi corazón bajo vigilancia y mis pulmones insuficientes: sería un “va banque!” llevando todas las de perder, exponerme a ese viaje. Al despedirnos casi solo balbuceamos por mor de un nuevo ataque de llanto. Lo que no lloré cuando la muerte de mi madre lo lloro ahora por la muerte de Elizabeth. Luego de colgar el teléfono busco en este diario lo que escribí el 2.4.2017, el día en que con Chico la visitamos por última vez. Y mis dos últimas líneas me dan la puntilla, allí escribí: «Nos despedimos de Elizabeth, con la esperanza de que nos volvamos a ver pronto. Lo más pronto posible, porque el Tiempo no perdona». Y sí, no ha perdonado.

Weiß/Colonia, 13.5.

Me escribe Óscar desde Medellín: «Un amigo librero cuestionó la edición de El Gatopardo que compré en una librería “agáchese”. Según él, esa edicion de Noguer fue publicada en la época del franquismo, cuando en España se ejercía una censura feroz, y muchos de los libros, para poder venderse, salían mutilados». Le contesto: «Mi posición al respecto es que, hasta bien entrado el siglo XX, o el último tercio del mismo, y con las honrosas excepciones, que no son muchas, toda la literatura universal que hemos leído está mal traducida, o al menos nada congenialmente con el original, y una parte– otros dirían una buena parte– de ella mutilada por la censura. Dicho de otro modo: a gente como Ibsen o Dostoievski, por ejemplo, la conocemos sólo «de oídas» (esto es, traducidas del francés, del inglés o del alemán). Y sin embargo hemos gozado, o sufrido, con su lectura. Son tan grandes que resisten el trasteo de un idioma a otro, y de este al siguiente, etc. En el caso concreto que me consultas, El gatopardo, la cosa empieza por el título, que debiera ser El guepardo (y en realidad, propiamente, La onza, pero este sustantivo presenta el torpe inconveniente de ser ambiguo). Ahora bien, que la nueva traducción sea mejor lo pongo en duda, porque el traductor es un italiano, cuya lengua materna no es el español. Es posible que la edición sea más completa (si es que en la de Noguer hubo cortes por la censura), pero idiomáticamente preferiría la hecha por un hispanoparlante de nacimiento».

Weiß/Colonia, 14.5.

Ayer prácticamente todo el día, hasta bien entrada la noche, y hoy desde que terminé de desayunar/almorzar, los he dedicado a escribir un artículo para Nexos sobre el único relato que se conoce, de un viaje en zepelín entre el Lago de Constanza (donde se encuentra la sede de la firma Zeppelin) y Sudamérica. Lo escribió Heinrich Eduard Jacob, un autor alemán famoso en el período de entreguerras y de quien hoy no se reedita nada. Y es una pena, porque su crónica del viaje, pero también su historia del café, y la del pan, en su día bestsellers mundiales, sigue valiendo la pena leerlas. Y pensar en la cantidad de mierda que se publica hoy

Elizabeth no se me despinta de la cabeza, la procesión va por dentro. Teníamos previsto volver a visitarla en este mes, y ya no será posible. Esta muerte me llega más hondo de lo que pensaba. Ella, su marido, su madre, Klaus, fueron mi familia, la que tuve sin buscarla en Alemania el año primero de mi vida aquí, cuando no podía sospechar que un día iba a llegar a ser tan viejo como la Oma Schumacher, para quien fui un nieto inesperado pero bienvenido. Esta muerte de ahora, la de Elizabeth, es un mazazo. Sólo me consuela pensar que su muerte fue instantánea, no sufrió nada en absoluto, se cayó y en el choque de su cabeza con el suelo se le fue la vida. Es el único consuelo que tengo, saber que no sufrió.

Weiß/Colonia, 15.5.

2:30 am : Pasaron un nuevo episodio, el octavo, de la saga policial alemana protagonizada por el comisario Dupin, que transcurre en la Bretaña y es una de mis predilectas. Lo empecé a ver, pero estaba tan cansado que me quedé roque (rrrrrrrrr),  me desperté hace un par de minutos y ya está corriendo otro programa. Menos mal que el episodio de Dupin lo vuelven a pasar el sábado, a las 8:15 pm. ¡Al catre sin una nueva ronda en el speak easy escocés! ¡Por pelotudo!

Ha muerto Hochhuth. Lo encontré sólo una vez en mi vida, en una asamblea de la Asociación de Escritores Alemanes, que se celebró en uno de los salones de la Hofbräuhaus, de Múnich. (Esto que acabo de escribir es como si dijera “la Alhambra, de Granada”, ay) Estábamos sentados juntos y de vez en cuando nos cuchicheábamos comentarios. Al terminar la sesión salimos emparejados y le invité a una cerveza en la “Schwemme [=el regadío]”, como se conoce en el lenguaje popular muniqués la gran sala de la cervecería. Hizo tal gesto de rechazo que le tendi la mano y ahí nos despedimos con un apretón de manos y él se fue y yo me incorporé feliz al regadío. Eran unos tiempos en los que tomaba cerveza, mis años a.G. [=antes de la Gota]. Hoy, al leer la noticia en el Kölner Stadt Anzeiger, me pongo a buscar, y la encuentro, una poesía suya que aproximé a nuestro idioma hace años, años, años. Se titula “Pascua Florida”, dentro de sus Impresiones de viaje. Dice así: «Valses de Strauss en San Marcos, / compuestos aquellos años / que Venecía era de Viena. // Motos Fíat, comedores de pizza, / gatos famélicos, críticos de cine, / maestras, homos ingleses, / indio de sari, turbante rojo, / monjas que apartan la vista si un terrier / penetra poderoso a una caniche. // Aquí el mismísimo Archipatriarca, / que hasta ahora tenía que ayunar, / corre desde su púlpito a la mesa. // Temprano en la catedral, en la cueva de ladrones / –robado es todo el arte que hay allí–, / se cree en la Resurrección. / La piazza cree en el volumen de ventas / que el cristal kitsch de Murano / cada semana dos veces alcanza». Y he repasado varias escenas de un par de obras suyas y uno de sus textos que más me gusta: la nota necrológica que le dedicó al Papa Roncalli, tres páginas antológicas, algún dìa me debiera poner a traducirlas, creo que siguen inéditas en castellano.

El tuit que le regalé a Arcángeles, y ella subió a su cuenta de Twitter («Las personas con ideas políticas de derechas y que no son ricas, me inspiran una profunda compasión») ha alcanzado y rebasado la marca de los 200 Me Gusta y va por los 44 retuiteos. Mica male!

Weiß/Colonia, 16.5

1:35 am : Pasaron The Undefeated [Los indestructibles], un western con John Wayne y Rock Hudson, un Rock Hudson bigotudo, tal vez para compensar la apabullante masculinidad de Wayne. Me encanta el género pero éste, con todo y dirigirlo Andrew McLaglen (hijo del gran Victor, uno de los más inolvidables segundones de Hollywood), no pasa de ser una medianía.

En el Kölner Stadt Anzeiger leo mi Horóscopo: «”La rabia es a menudo sólo ciega o destructiva, pero la ira es la energía que se necesita para lograr la verdadera justicia», dice no sólo el titán de la filosofía Peter Sloterdijk, sino también el planeta Marte. Ya que la próxima semana alguien puede parecerle obstinadamente egoísta, recuerde estas palabras y deje en claro que, al igual que Klaus Kinski, también usted cuenta con el papel de Aguirre en su repertorio». No está mal, pero ¿por qué “el azote de Dios” y no  Fitzcarraldo?

Al repasar mis anotaciones de esta semana antes de subirlas a Fronterad, me doy cuenta de mis lagunas mentales. Para nada mencioné que en la noche del domingo al lunes estuve viendo Mother’s Day [Feliz Día de la Madre], que no conocía, y me encantó volver a ver actuar juntos a Julia Roberts & Héctor Elizondo, su mentor –diegético y en la vida real– durante el rodaje de Pretty Woman. Para JR (23 años) era su sexta peli y la primera como protagonista, y cuando JR nació, HE (54 años al rodar Pretty Woman) llevaba ya cuatro de estar trabajando ante las cámaras. Él tiene contado cómo es que habían desfilado cientos de aspirantes al papel de Vivian Ward, pero que cuando apareció Julia, «la cámara se enamoró de ella». Ahí se fraguó una amistad que dura hasta la fecha. Y bueno, también me olvidé de consignar que a eso de las 9:30 am del lunes, en el semisueño amodorrado de esas horas, de repente fue como si un perro rabioso me mordiese el dedo gordo del pie derecho, un ataque de gota como no sufría desde el 2006, que fue cuando el Dr. Ruppert me diagnosticó el mal de los reyes, tan sólo en España mató a dos de ellos. El dolor estuvo ahí una ½ hora, y se fue tal como llegó (y hasta ahora no se ha repetido, toquemos madera). Last but not least, no he consignado tampoco un desplante a la vez propio e impropio de mí, decirle a dos amigos, en sendos emails, que en mi diario «está todo, como en El padrino», quitándole fierro al posible gesto de altanería al añadir que es una frase que Jess le dice a Marie durante la cena donde se conocen, en Cuando Harry encontró a Sally. Como fuere, ahora estoy en paz con mi memoria.

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