De mi Diario : Semana 21 / 2011

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Weiß/Colonia, 22.5. (1)

Ana me envía el enlace con la cuenta Twitter fuenteovejunera TodosAUna y me explica, con inmisericorde congruencia, que si fuese TodoSauna y finlandesa, se apuntaba. Abrí el enlace para tomarle un poco el pulso a la acampada del movimiento Democracia Real Ya, en mi querida, tan querida Puerta del Sol, y encontré entre otros el desastre de este trino (¡oh manes de Cabrera Infante!): «Pasar el tweed por favor para que se vaya uniendo la gente». Joder, conque pasar el tweed Quién sabe si, luego, hasta con exigencias: «¡Y ojo, que sea Harris

 

Weiß/Colonia, 22.5. (2)

Llega Diny aquí y me mira desesperada desde la puerta: «Están pasando un concierto desde el Concertgebouw, es Mahler, pero no sé quien dirige, y no aparece el nombre del director ni en la revista de la quincena ni en el programa en el diario de hoy, y no lo reconozco y me irrita no saber quién está dirigiendo, ya lo sabes». Sí que lo sé, así es que acudo a la sala, me siento frente a la tele y sigo el concierto, es la 7ª, aún andan por el primer movimiento, la cámara se concentra en los músicos, no muestra al director hasta pasados un par de minutos. «Es Pierre Boulez», le digo a Diny, y regreso al trabajo, acá. Soy algo así como el Google bípedo de mi mujer.

 

Weiß/Colonia, 23.5.

Salgo con la bici a la farmacia y como el día está soleado me acerco al Rhin, al que tengo muy abandonado en los últimos tiempos. El caudal ha crecido (hace un par de días estaba en su nivel más bajo desde hace años), pero durante el largo rato que me quedo a su orilla, saciando la mirada de paisaje, no pasa un solo barco. De vuelta al pueblo, en el jardín trasero de una casa sobre el talud del río descubro una estatua, al parecer de un rey, con fecha inscrita al pie: 1475. [Por ese año, debe tratarse de Federico III de Habsburgo, el bisabuelo de Carlos V, según veo luego acá en mi despacho]. Mientras la estoy contemplando cruza una pareja con un niño, es el hombre quien empuja el cochecito, sólo me doy cuenta de que es mi cartero cuando me saluda («Hallo, Herr Bada!»), porque es la primera vez que lo veo sin uniforme. Sigo de regreso a casa y decido hacerlo por donde está el Bücherschrank, delante de la entrada principal de la escuela. Los niños van saliendo en ese momento, es ya pasado el mediodía. Entre su risueña algarabía repaso con la vista los libros que hay en el armario y descubro uno de poemas de Hildegard  Knef, y me lo traigo a casa para Diny: siempre anda a la busca de poesías que recitar en las reuniones con sus amigas ecologistas. Y la Knef le ponía mucha sal y pimienta a sus versos: «Ich ziehe mich an und langsam aus / und nicht allein und nicht zuhaus» («Me visto, y despacio me desvisto, / y no a solas, y no en mi casa»). Hay que habérselo oído (y visto) cantar para tener una noción de aquello que los padres de la Iglesia llaman “el pecado”. Otras dos canciones así son la de Marlene Dietrich en El ángel azul y la de Rita Hayworth en Gilda, canciones, ¡sí!, para pecar. «Wow!», como juiciosamente dijo Julia Roberts en Pretty Woman.

 

Weiß/Colonia, 24.5.

Mi ejercicio diario de “digitación” se lo dedico hoy a Bob Dylan, en su 70° cumpleaños. Describo, pues, su libro: «Un libro de bolsillo, de tapa blanda en cinco colores: tres franjas azul celeste, dos de 3 mm enmarcando el nombre Bob Dylan en el mismo color sobre fondo rojo, y la segunda de ellas y una tercera de 6 mm enmarcando la foto de Dylan que divide el fondo en verde a la izquierda y negro a la derecha, negro sobre el cual se proyecta el humo blanco del cigarrillo que Dylan tiene entre los labios, con los ojos semicerrados mientras da una calada. Entre esa franja azul de 6 mm y el borde inferior, en azul sobre fondo rojo y de arriba abajo, a la derecha el nombre del autor del libro (Jesús Ordovás), a la izquierda el de Ediciones Júcar y el de la colección (Los Juglares), y de nuevo a la derecha el logo de esa editorial. Encartada en el libro, entre las páginas 122 y 123 (donde el texto bilingüe de “Blowin’ in the Wind”), la entrada de tribuna baja, asiento n° 3221, para el concierto Open Air’ 84 Bob Dylan, Santana and more, el sábado 16.6.84 en el Estadio Müngersdorf de Colonia. Precio por su compra anticipada: 38 marcos. A la derecha, abajo, está cortada a mano indicando que fue usada para entrar a dicho concierto». En total 212 palabras, o sea, 12 de más. No todos los días lo consigo.

 

Weiß/Colonia, 25.5., primera hora del día

Clodia, desde Montevideo, me manda un mail para comentar mi blog de hoy en El Espectador, de Bogotá, donde dije en homenaje a Bob Dylan: «Adelanto un día la nueva entrada en este blog de mis culpas y pecados, para felicitar a Robert Allen Zimmerman en su cumpleaños # 70, así como para desearle que este año, de una remilputísima vez, le concedan el Nobel que se merece como pocos. Y que lo reciba en nombre de Woody Guthrie, Pete Seeger, Los Beatles, Joan Baez, Jimi Hendrix y Janis Joplin, pero también –¿por qué no?– de Léo Ferré, Georges Brassens y Jacques Brel. ¡Que se consagre por fin a la canción como una de las más altas formas de la lírica, y que se haga en la persona de un cantautor, carajo!» Y lo que mi amiga me escribe es: «Grandes elecciones. Falta Atahualpa Yupanqui. ¡Salud!» Y lo que le contesto es: «Nunca fue santo de mi devoción. Eso de convertir el inefable y negrísimo «Drume mobila» en el aseado blanco del «Duerme negrito», toda la vida me ha repateado el hígado. Pero gracias por leerme».

[En cualquier caso es cierto, olvidé a los cantautores de mi propia cuerda, y por eso he añadido un comentario donde los homenajeo a todos en la figura del Flaco inmortal, Agustín Lara, y a los brasileños en la de Chico Buarque de Holanda].

 

Weiß/Colonia, 25.5. (1)

Almuerzo en el italiano de la galería subterránea de Neumarkt, con Julio, a quien le llevo varios CD de música popular latinoamericana que me mandan los amigos y a los que su sabiduría de profesional le puede sacar más partido que el puramente deleitoso de la audición por un lego como yo. Mientras comemos nuestra sopa de pescado acompañada de una copa de vino sardo, en la mesa de al lado se sientan un inequívoco alemán y una inequívoca negra, de cara ancha y mirar sonriente que de vez en cuando nos dedica. Hasta que por fin se atreve y le dice a Julio en español: «Estaban hablando de música». «Sí, ¿nos entiende?» «Soy cubana». «¿Y vive aquí en Colonia?» «Sí, con mi pareja». «¿Y a qué se dedica?» «Soy tabaquera» (y hace el gesto gráfico  del enrollado de cigarros habanos). «¿Aquí, en Colonia, hay una fábrica de habanos?» «Sí, en la ****strasse» (no logré entender el nombre de la calle, y ella sigue con otra pregunta:) «¿Y son músicos ustedes?» «No, yo soy musicólogo, y él [=yo] es periodista». «¡Ah, qué interesante…!» En entonces cuando intervengo yo, señalando a Julio y luego a mí: «Él es Romeo y yo Julieta» Se echa a reír: «¡Y yo Alicia, Alicia en el país de las maravillas!» «Y dígame, cubana, aquí en Colonia, ¿no conocerá usted por casualidad a Jorge Pomar?» «¡Jorge, claro que sí, muy amigo mío, me tiene muchas veces invitada a su casa, todavía no fui, además que se ha mudado a otra casa ahora» «Ahora¿cuándo?» «Ay, no sé, es una casa más allá de Ebertplatz». «Pero él vive ahí desde por lo menos el 2004», alego. «Ay sí, tanto tiempo de no vernos» Nos despedimos luego, con sonrisas, mientras yo no dejo de pensar en la relatividad del concepto Tiempo.

 

Weiß/Colonia, 25.5. (2)

Surfeando en cuentas Twitter para mi The Twitter’s Digest, encuentro un trino absolutamente indeglutible en la de una mujer: «La satisfacción que a uno le da saber que es más bonita que la actual novia del ex». Ese “uno” adjetivado como “bonita” es algo que jamás, jamás lo voy a entender. Porque además, falta la congruencia. Pues por ejemplo, en este otro trino, «La que nunca en su vida haya estado con un cabrón que bote la primera piedra», si ella se autonombra como “uno” ¿por qué aquí y ahora se nombra como “la”? ¿ah? En este sentido, un tercer trino que descubro («El que esté libre de pecado que arroje la primera tanga») sí resulta congruente. Aunque ya sé que es inútil, porque lo he discutido con Ángeles, con Annemariechen y casi con cuanta amiga latinoamericana tengo. Tengo que dejarlo por imposible. No hay caso. El tal “uno” es el irreductible reducto machista de las mujeres de ese continente. Quén sabe, quizás como legítima defensa sicológica, o a lo mejor, es decir, a lo peor, como un tributo a la supremacía del macho en él. Pero es de veras repelente, a mí me produce urticaria, unos auténticos ataques de alergia. Muchas veces ni siquiera entiendo, hasta después de repasar el contexto completo, que están hablando de ellas mismas. Es como si un ciego, en vez de alegar que no está de acuerdo conmigo en algo que discutimos, me dijera: «Mi punto de vista es diferente». Darían ganas de reír, si no fueran de llorar.

 

Weiß/Colonia, 26.5. (1)

El cartero me entrega un paquete con el libro Me vine con una maleta de cartón y madera, Emigrantes españoles en el sureste de Holanda, 1961-2006, editado el 2009 por la Junta de Extremadura.Me lo envía el director del Museo de Cáceres, Juan Manuel Valadés, a quien se lo pidió mi querida Josefa, y me siento feliz como un chico con zapatos nuevos, interrumpo todo el trabajo en que estoy metido y pierdo (gano) una hora hojeándolo y ojeándolo. Apenas me saque de encima la carga mercenaria que me pesa, le hinco el diente a este y a una media docena más, los nombres de cuyos autores (amigos todos) me miran con reproche desde sus lomos.

 

Weiß/Colonia, 26.5. (2)

En Arte, antes de Clockwork Orange, un documental de 54’ sobre la génesis y la producción de la peli. Lo que ahora se llama, en los extras de los DVD, “The Making of”, sólo que todo hecho a posteriori, esto es, usando el material de entonces mechado con entrevistas actuales. Imagino que las actas de los procesos de beatificación en el Vaticano, si se filmasen, darían un resultado notablemente parecido a esto. Como si la obra de Kubrik necesitase tales hagiografías Ay

 

Weiß/Colonia, 27.5., primera hora del día

Antes de irme al catre zapeo en la tele buscando algún informativo de última hora y me entero de la detención del genocida Mladic, el sádico criminal que le acariciaba el pelo a los niños de Srebrenica y les aseguraba que no les iba a pasar nada malo. Copia serbia del hijueputa del Dr. Mengele en Auschwitz. El locutor asegura que Belgrado lo entregará al Tribunal Internacional de La Haya. Buena noticia para festejar mañana el 50° aniversario de la fundación de amnesty international. No me puedo ir al catre sin el whisky de la espuela, para celebrarlo. Cheers!

 

Weiß/Colonia, 27.5.

Este libro, Soldaten, lo leo como triaca. Y a pequeñas diócesis, porque si no podría conducirme a un vómito compulsivo ininterrumpido. Es un libro estructurado sobre las charlas que mantenían entre ellos los prisioneros alemanes de los ingleses y los gringos, y que se grababan sin que lo supiesen, con lo cual, entre otras cosas, se descubrió que era una mentira que Heisenberg habría podido inventar la bomba atómica antes que Oppenheimer en el desierto de Nevada, pero no lo hizo para no ponerla en manos de Hitler: un bulo que el propio Heisenberg echó a rodar después de perdida la guerra, para salvar su prestigio, sin saber el necio que los ingleses habían grabado ocultamente todas las conversaciones que mantuvo mientras estuvo internado y que demuestran justo lo contrario. Hoy, por ejemplo, leo de las páginas de Soldaten este testimonio de un cabo de la Wehrmacht, un tal Müller, como decir Gómez, Smith, Dupont: «Lindo era aquel paisaje [la comarca en torno a Járkov, Ucrania, escenario de tres batallas en la segunda guerra mundial]. Con mi camión estuve en todas partes. No se veían nada más que mujeres, de las del servicio de trabajos obligatorios. Carreteras era lo que construían esas muchachas requeteguapas, pasábamos por allí, las subíamos al camión, las pasábamos por la piedra, y luego las tirábamos p’afuera». Deutschland, das Land der Dichter und Denker [=Alemania, tierra de poetas y pensadores]

 

Weiß/Colonia, 28.5., primera hora del día

The Last Hunt. Un western formidable de Richard Brooks, uno de los mejores directores en el difícil, casi imposible arte de adaptar obras literarias al cine: Elmer Gantry de Sinclair Lewis, Lord Jim de Conrad, La gata sobre el tejado de cinz y Dulce pájaro de juventud de Tennessee Williams, A sangre fría de Truman Capote No es el caso de The Last Hunt porque la novela de Milton Lott que da pie al guión es tan deleznable como la de Joseph Kessel que le dio a Luis Buñuel la materia prima para Belle de Jour. Pero ¡qué golpe de genio venderles a los gringos la salvajada que fue el exterminio de los búfalos y la equiparación que ciertos de sus ancestros hacían en ese caso («Un búfalo muerto es un indio muerto», dice el sicópata que encarna Robert Taylor en un momento de la peli)!, y ¡qué bueno el homenaje que Brooks le rinde en 1956 –¡con tanta anticipación!– al final de Shining, de Kubrik, que es de 1980!

 

Weiß/Colonia, 28.5. (1)

Desde hace dos o tres días me ocurre que de manera inesperada, sin decir agua va, en el interior de mi oído izquierdo se produce un ruido, uno cuya gama acústica va desde el suave descorche de una botella de champán al brusco ¡plop! de la tapa metálica de una botella de gaseosa abierta por un golpe contra el borde de una mesa o cualquier otro destapador heterodoxo. Me pregunto si no será que mi cerebro empieza a evaporarse de una manera sonoramente perceptible. Todo pudiera ser, yo no descarto a priori ninguna posibilidad. Y mucho menos en mis condiciones de absoluto fatalismo y entrega a la voluntad de los oscuros dioses. (Sé que hay bastante gente que leería –leerá– esto como chiste. Es el remilputísimo destino que nos persigue a los clowns: no podemos hablar en serio; sea lo que sea lo que digamos, todo el mundo se ríe siempre con ello).

 

Weiß/Colonia, 28.5. (2)

Liquido la primera tanda de e-mails del día y voy con la bici a despachar mi correo quelonio en la oficina postal, a saturarme los ojos con el Rhin –donde han vuelto a navegar las gabarras– y a comprar pancitos recién salidos del horno –es la hora– en Pistono, la mejor panadería en varias millas a la redonda. E incluso a la cuadrada, si vamos al caso. No atiende más la vieja dependienta que me conocía y me saludaba sonriente: «Guten Morgen, Herr Bada! Wie immer? [Buenos días, señor Bada! ¿Lo de siempre?]» Con seguridad se habrá jubilado. O se ha muerto. De la gente como nosotros, los demás nunca saben por qué dejamos de aparecer en su pequeño teatro del mundo. Y suponen que un buen día, sencillamente, hicimos mutis por el foro, y ya.

 

Weiß/Colonia, 28.5. (3)

He estado calendarizando el tiempo que me queda hasta el día (29.6.) de mi conferencia sobre Sabato en San Sebastián. Me faltan 1.394 páginas de relectura: las tres novelas y sus memorias. Tan sólo un cronograma a rajatabla me salvará del desastre, un cronograma cumplido con una disciplina que no será férrea porque de cierto sé que resultará plúmbea. Ay

 

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