De mi Diario: Semana 21 / 2014

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Si yo pudiera pedalear 30 minutos diarios en mi bici estática, eso sería una señal inequívoca de que no la necesitaría para nada.

 

Weiß/Colonia, 18.5.

1:55 am: He descubierto zapeando al buen tuntún en la programación nocturna una serie inglesa que no conocía y que me intriga, The Body Farm. El sábado próximo veré el siguiente episodio, aunque no creo que me enganche. Demasiados forenses, para mi gusto.

 

Me escribe Raquel, desde la provincia: «¿Como estás? ¿En Colonia también llueve full time? Yo estoy bien, pero enfermucha (no es un milagro con SEMEJANTE tiempo)». Le contesto: «Yo también ando enfermucho, más bien enfermuchísimo, pero no del mismo tiempo que te enferma a vos sino del que pesa como plomo en mi esqueleto y en mi cerebro, vamos a ver qué me dice mi médico de cabecera, el Dr. Alzheimer, cuando lo llame mañana». Y también José me escribe, desde Madrid, después de leer la nueva entrega de mi diario y me dice: «La entrada del blog es de las mejores que he leído en los últimos tiempos; parece que la abulia te afila tu, ya de por sí, afilada mente. Túmbate hasta que te agotes pero a poder ser no un segundo Onetti», a lo cual le replico que hoy, antes de leer su email con tantos comentarios puntuales y ese principal, así pues, sin saberlo, le hice caso: «me acosté a las 3:03 am y me he levantado hace un rato, a las 3:51 pm, con sólo una pausa a ½ mañana para tomar una taza de té, un huevo pasado por agua y mis remedios. Veamos si el régimen reditúa literariamente». Y es cierto, me sentía tan cansado, tan desganado, que Diny tuvo que ir sola a la fiesta familiar del cumpleaños de Paul.


[Arcángeles me comenta: «Lo que está mal es lo del huevo pasado por agua. Tómalo frito. Con aceite de oliva. Y una salsa, no picosa, de tomate. Verás»].

 

Martin Walser estará la semana que viene en Colonia, dialogando con una experta en su obra, acerca de la memoria y el olvido. Así pues, hay una larga entrevista con él, hoy, en el diario. El redactor le pregunta si le gustaría poder olvidar algo, y Walser le replica con una total presencia de espíritu: «¡Por el amor de Dios, no! Yo sería tan metódicamente desconfiado que aquello que quiero olvidar lo volvería a revivir por el solo hecho de querer olvidarlo». ¡Grande Walser!

 

Weiß/Colonia, 19.5.

Medianoche: Llegó Javier. Javier es amigo nuestro desde 1980, o incluso puede que 1979. Ya la primera vez que nos visitó durmió en esta casa, y eso a pesar de que era un desconocido que nos “encajó” Felipe porque él andaba cargadísimo de trabajo y no lo podía atender como Javier se merecía ¡¡y se sigue mereciendo!! Y sí, no lo conocíamos de nada, pero la química funcionó desde el primer momento entre nosotros, y es uno de los muy pocos –pueden contarse con los dedos de una mano– amigos “intelectuales” nuestros a quienes Diny le guarda un puesto en su corazón. Me basta pensar en la cena que le tenía preparada: la sopa de papa con champiñones y cebollinos, los nidos de zucchinis rellenos de salmón ahumado y manzanas agrias (y atados con tiras de habichuelas verdes); y mango de postre. Joder, ni a mí me regala así.

 

2:15 am: Rescato una entrada mía en este diario el 16.3.2011: «Tengo la inmensa suerte de contar entre mis amistades más queridas con nada menos que tres sabios. Tres sabios de aquellos que se daban en el Renacimiento, de unos saberes universales y de un pensamiento propio al servicio de su sabiduría: Julio Mendívil, Javier Maderuelo y Cinna Lomnitz, por orden de más joven a mayor. Me enorgullezco de ser amigo de ellos y cuando me hablan los escucho con las orejas bien lavadas, porque sé que lo que dicen nunca tiene desperdicio». And Javier is at home! Y lo que acabo de transcribir confirma todo lo que me ha contado antes de irse a dormir, sobre las exposiciones que anda preparando en base a los fabulosos fondos del Archivo Lafuente.

 

Javier fue esta mañana a hacerle una visita de cortesía a la viuda de Felipe, en MeckenheimYo me pasé en la cama hasta aprox. las 4 pm. Sigo desmadejado, con una abulia total, náuseas a veces, sudores repentinos, tan justamente cuando tengo visita, y qué visita, en casa. Aunque Javier me consuela diciéndome que para él estos son días de descanso, que ha venido aquí por nosotros, pero no para barzonear por Colonia, sino para descansar en la paz de esta casa, que de sobra conoce; un verano pasó acá sus vacaciones con Marina y nos queda el recuerdo de un paseo nocturno por el bosque, bajo una luna llena espectacular, regresando acá después de haber cenado donde el griego del Barrio de los Pintores.

 

La cena de Diny, hoy, arrollado de carne a la renana con papas al vapor y judías verdes en salsa de tomate, y fresas con quesada como postre. Yo las fresas las sustituí por miel.

 

Larga conversación hasta las 11 pm, sobre jardines, “el” tema de Javier. Le muestro un libro de gran formato sobre el así llamado “Jardín Inglés” de Colonia, pero a Javier le basta ojear el plano para decirme que no es inglés, que sólo la parte de los “nudos” [=setos entrelazados como los nudos marineros] es Tudor. Ello nos lleva a hablar de la importancia que Jane Austen concede a los jardines en sus novelas, y lo al día que estaba acerca de las más modernas teorías en torno a la jardinería, como lo demuestra su referencia a Humphry Repton en Mansfield Park. Hablamos además de los jardines de Pemberley y el de Mr. Collins en Pride and Prejudice, y el de Emma. Me encanta descubrir en Javier a un austenita, nunca lo hubiera supuesto, pero claro, es que yo no leí nunca a nuestra Jane con los ojos de un especialista en la arquitectura de jardines.

 

Weiß/Colonia, 20.5.

0:20 am: Oídos esta noche, suaves ronquidos como si fueran los del abad de Santo Domingo de Silos tras haber tenido placentera coyunda con una novicia carmelita harto más que descalza. Qué felicidad poder dormir así. Y qué envidia.

 

Almuerzo de los martes en La Modicana, hoy con Diny y Javier. Foto para la Historia, de Javier con la signora.

 

Diny y Javier de paseo al Rhin y por el pueblo: dice él, cuando regresan, que no me perdona que no salga a caminar por un lugar tan llano. Así que le recuerdo la frase de Philip Roth («La vejez no es una batalla, la vejez es una masacre»), y que a su edad yo también hacía esas caminatas.

 

De la Schichtensalade [=ensalada con tutti, con el tutti dispuesto en capas superpuestas] no quedó ni pa los pobres, arrebañamos con el completo. Después, Javier se tendió en el sofá y se entregó a su apasionada lectura de uno de los policiales de Guelbenzu, El hermano pequeño, que descubrió en mi biblioteca de Krimis, en el cuarto donde duerme. Pero más tarde tuvimos tertulia con pláticas sobre fabricación de queso, los vinos de la Rioja, los bestiarios fotográficos alemanes, los dibujos de Helen Escobedo, la colección de grabados de Manfred Blaeser, una acuarela de Hermann Hesse –firmada– que Manfred me regaló para mi 70° cumpleaños Antes de irse a dormir me reitera que han sido tres días de descanso en su ajetreo, tres días de cargar las pilas; al menos ese servicio sí hemos podido prestarle a nuestro tan querido Javier, a pesar de mi no estar presente en nada sino a partir de las 5 o 6 de la tarde.

 

 

Weiß/Colonia, 21.5.

Brunch a las 9:15 am, con variedad de salchichas, huevos fritos, fiambre, queso, yogur. Puntual a la 1:30 pm hizo su aparición Carlitos para llevar a Javier al aeropuerto de Düsseldorf. Un gran abrazo de despedida, y muchos cariños a Marina. Y se fue. Carlitos me manda luego un email para contarme que les llevó 1 h 15’ llegar allá, la autopista estaba embotellada en varios tramos.

 

Me escribió Anache hace unos días, preocupada por mi salud y preguntándome que qué clases de ejercicios hago, a lo cual le respondí que «sólo 10’ diarios en mi bici estática (cariñosamente bautizada como Kate Beckinsale)». Anache, a vuelta de correos: «La bicicleta estática es una maravilla, sí, es excelente ejercicio, ojalá montaras 30’ cada día, aunque fuera muy despacio, es que un mínimo son 30’». Y yo: «Mi respuesta, aunque te parezca humor negro, no lo es. Y mi respuesta es que si yo pudiera pedalear 30’ diarios en mi bici estática, eso sería una señal inequívoca de que no la necesitaría para nada. Lo dicho, no es humor negro».

 

Weiß/Colonia, 22.5.

A las 10:45 am consulta en lo de mi Dr. Ruppert, me acompaña Diny (nos lleva y nos trae en su auto Carlitos, porque ese horario se pega de bofetadas con los de los dos buses que necesitaría tomar para llegar a la consulta). El Dr. Ruppert me escucha atentamente, también a Diny, toma muchas notas, me hace la palpación abdominal y me extrae sangre. Concluye que puede ser una úlcera estomacal, algo con el hígado, o sencillamente depresión. Me receta un antidepresivo, ½ pastilla diaria por la noche, y me duplica la dosis diaria de Pantroprazol (el protector estomacal) amén de recomendarme un cero de bebidas espirituosas, como medidas preventivas y hasta no conocer el resultado de los varios análisis a que desea someter mi sangre. En el viaje de regreso a casa sigo sintiéndome tan vacío y desganado, tan abúlico como desde el pasado lunes. Veremos, dijo Homero. De todos modos algo sí está claro, y es que no sé qué sería de mí sin Carlitos. Algo es algo.

 

Todo el resto del día acostado, hasta las 7:30 pm, primero en la cama y luego en el sofá, cuando me di cuenta de que soplaba una brisa e iba a llover; entonces rebatí las ventanas del dormitorio, el cuarto de baño y la cocina, y las aseguré con corchos de botellas, para que la corriente no las cerrase de golpe, y abrí la puerta vidriera del salón a la terraza, asegurándola con un calce. Circuló el aire por toda la casa y era fresco, vivificado por la lluvia. Único instante de goce en todo el día. Al cabo llegó Diny, hice mis 10’ montando a la Kate y comí una riquísima sopa de pollo, sólo el caldo, con arroz y queso parmesano, un riso in brodo, pues, mi segunda comida del día, después del yogur con miel al regresar del médico. Ojalá que el régimen me haga bien.

 

Weiß/Colonia, 23.5.

2:12 am: Una policial belga que podría haber sido mucho mejor, pero de todas maneras ya da la medida de en qué pantano de corrupción anda encharcada la clase política de ese país.

 

Paso prácticamente todo el día en la cama. Me levanto sólo para desayunar (plátano con té), para almorzar (un yogur de limón con miel) y –después de mis 10’ diarios a lomos de Kate– para cenar, mi primera comida en serio, aunque, eso sí, livianita, desde el brunch del miércoles. 

 

Mi columna de hoy en El Espectador da pie a un interesante diálogo con Andrés. Me escribe un email diciéndome que «entre otras, me puse a pensar cuántos acentos en español reconozco yo, y me salieron estos: Colombia: Bogotá, Cali (Valle), Pasto, Tolima, Huila, Costa Caribe, Antioquia y Viejo Caldas, Santander del Sur, Valledupar, Llanos. España: Andalucía (podría confundir a un canario), Cataluña y el resto de España. México: el cantado general. No reconozco regiones. Puerto Rico: Yes. Cuba: Yes. Costa Rica: Yes. Venezuela general: Yes. Ecuador: Yes (los pastusos hablan parecido). Perú: Yes (sin regionales, salvo por los de la sierra que parecen ecuatorianos). Chile: Yes. Argentina: Porteños, obviamente yes, así los uruguayos se parezcan; norteños, yes, sin distinciones precisas. Bolivia: con algunas dudas. Paraguay: No. Resto de Centro América: Sin distinciones claras de país. Y, por último, soy experto en reconocer al rompe y sin la menor duda el espanglish».


Le contesto: «Me gana por goleada, profesor. Pero gracias a Colombia, donde yo no distingo sino un solo acento. En cambio jamás confundiría el cantito de los andaluces con el aplatanado de los canarios. Y si le dice a un gallego que no lo ubica ni como catalán ni como andaluz, sino como del resto de España, lo van a crucificar. A argentinos y uruguayos es fácil distinguirlos por los pronombres; donde el argentino dice «Vos sabés» el uruguayo dice «Tú sabés»».

 

Me responde: «Pues no distingo al gallego, a menos que sea un porteño trasplantado. Y va al haber lo del vos y el tú que divide al Río de la Plata. Por si acaso, me divierto en los aeropuertos (sí, ya sé que Bada no viaja) descifrando el origen de cada hispanohablante que hallo sentado y conversando por ahí».

 

Le afrijolo dos recuerdos: «Yo siempre pegaba la hebra con los hispanoamericanos que me encontraba en mis viajes, principalmente en el gremio Gastronomía, que en España lo tienen copado. Mis dos mayores hazañas fueron en San Sebastián y en Huelva.

 

En San Sebastián, en el bar del Hotel María Cristina, con vistas al Urumea y casi al Cantábrico, la chica de la barra, a la que encargamos unos gintonics, hablaba castellano con soltura, pero por alguna preposición me di cuenta de que su idioma natal era el alemán, así es que le pregunté en alemán directamente, me contestó en él y así continuamos charlando todo el tiempo. (Olvidé decirle que en alemán puedo distinguir por lo menos seis acentos: berlinés, bávaro, suabo, suizo, austríaco y renano, sobre todo la variedad coloniense). Lo que pasa es que a esta chica no tenía donde encasillarla, hasta no me parecía alemana a veces, y al decírselo se rio, nos dijo que era belga, de una de las dos provincias alemanas de ese país.

 

Y la segunda hazaña fue en mi propia ciudad natal, donde Diny y yo entramos en la taberna–restaurante La Blanca Paloma, al lado de la casa de mi hermana, y nos sentamos como siempre a la barra para el aperitivo antes del almuerzo. Atendía una joven muy simpática, pero a la que no lograba «sacarle el padrón» (como se dice en España), hasta que después de un par de copas, cuando íbamos a pagar, nos quiso convidar con otra, le dije que no era necesario, y ella replicó: «Insisto». Ahí la cacé. Le dije que todo el tiempo estuve pensando que era argentina del interior, no porteña, pero que hablaba como chilena, y ahí se echó a reír, porque sí que era argentina, del interior, pero los últimos años, antes de emigrar a España, los había pasado en Chile. Salí de La Blanca Paloma con un ego del tamaño del de Uribe, pa que se lo imagine».

 

Weiß/Colonia, 24.5.

Lo que no hago es leer, llevo ya dos semanas sin hacerlo. Ni siquiera el diario con el desayuno, tan sólo hojearlo, ni casi ojearlo.

 

Desde el jueves que estuve en lo del Dr. Ruppert no he tomado una gota de whisky, tan sólo una ½ botella diaria de un buen tinto chileno Carménère (decir “Carménère chileno” incurriría en pleonasmo, como decir “un Cariñena español”), y vigilo cuidadosamente mi alimentación. El resultado es que la tensión, que la tenía estabilizada en 150/80 bajó a 115/65 y me deja en un estado de postración al que se añade el dolor entre los omoplatos, a consecuencia del esfuerzo que ahora me cuesta escribir en la pantalla. Soy un saco de miserias. Pienso en los miles y miles de personas, sobre todo niños, que mueren a diario en Darfur; pienso en las condiciones nocivas y miserables en que trabajan miles y miles de seres humanos en las maquilas; pienso en los cientos y cientos, quizás miles, de condenados a muerte que esperan su ejecución en las cárceles iraníes, chinas y gringas (mirá vos en lo que se parecen), y no encuentro consuelo en ello, y hasta pienso que mejor así, porque eso me demuestra que no soy un hijueputa. Pero como ya sabía que no lo soy, también ha sido en vano el pensamiento. Lo dicho, soy un saco de miserias. Veremos cuánto tardo esta vez en salir del pozo.

 

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