De mi Diario: Semana 24 / 2013

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He podido comprobar, por las preguntas que me llegan vía email, que son pocos los lectores de este diario que se dan cuenta de que está sembrado de hipervínculos que amplían o ejempllifican lo dicho en el texto. Me cuesta harto trabajo buscar los correspondientes enlaces e implementarlos. No me dejen la impresión de que aro en el mar. Vale, y gracias.

 

 

Weiß/Colonia, 9.6.

1:55 am : Mordisquear un chorizo, como acabo de hacer, como tantas otras veces, ya de noche, y a estas horas, o bien abrir una latita de anchoas, o paladear media docena de lonchas de lomo o jamón de Jabugo, pues claro está que entiendo perfectamente la chispa inicial de A la busca del tiempo perdido con aquella magdalena de aserrín, pero en la gran puta vida se me ocurriría infligirle a la raza humana siete volúmenes contándole mi pasado. No soy lo bastante sádico.

 

Ya he perdido la cuenta de la gente que me ha felicitado hoy por email (Ana desde Medellín, Óscar desde Bogotá, Nosferatucita desde Lima ¡a pesar de haberse desconectado oficialmente de la red hasta el 13.7.!, qué sé yo quién más, han sido tantos) y a todos debo contestarles que soy del 10, del día de santa Margarita, reina, y que cuando mi abuela Remedios me quería gastar alguna broma me llamaba Margarito. Pienso por otra parte en lo paradójico de la festividad de mi natalicio, y en la de mi onomástica, el 7 de febrero, san Ricardo, rey. Tan luego yo que soy lo menos monárquico, o lo más antimonárquico, que se despacha en botica.

 

Leyendo el relato del viaje del Dr. Johnson y Boswell a las Hébridads, encuentro en la página 650 una palabra alemana que no había leído jamás hasta hoy: “Muhme”. Consulto el diccionario y constato que es la forma en desuso de “tía”. Nunca se acuesta uno sin aprender algo nuevo, como dicen las putas con un alto sentido de la profesionalidá.

 

Weiß/Colonia, 10.6.

0:17 am : La primera persona que me felicita por mi cumpleaños, de viva voz, es Ana Carmen desde Asunción/Paraguay. Los dioses guaraníes y de todas las demás cosmogonías bendigan a esta amiga incomparable.

 

Todo el santo día contestando llamadas más que respondiendo emails, y no han sido pocos, llamadas hasta de Valenciennes/Francia, Caracas, Berlín, mi primera secretaria (la inolvidable Porota) desde el otro extremo de Colonia no sé cuántas ni me voy a poner a reseñarlas todas. Aunque ninguna como la de mis nietos, que llegó cuando estaba durmiendo la siesta, y entonces los mayores, Paul y Oskar, dejaron su mensaje en la contestadora automática, con sus voces graves architípicas del cambio de voz en la pubertad, y entremedias la de Henri, diáfana y pura como un tintineo de buen cristal diciéndome simplemente “Alles gute!” (=¡Que todo te vaya bien!)  Ese ha sido el mejor regalo del día. Paralelamente, mi artículo sobre Cortázar hoy en El Espectador, lo tuitean sin cesar, sobre todo en Colombia, pero también en España, Costa Rica, Venezuela y Chile, y pienso en lo curioso de que el año pasado, tal día como hoy, Diny y yo estábamos con Aurora en París y fuimos a visitarla en su depto. del 9 de la plaza del general Beuret, y de allí a almorzar en un restaurancito delicioso en otra placita cercana. Mi cumpleaños del 2012 con Aurora, el del 2013 con Julio. Ladies first, of course!

 

Voy a Rodenkirchen a hacer un par de fotocopias, gestiones en el banco, envíos postales, y en fin, puesto que es mi cumpleaños, merco en ReWe una botella del whiskey irlandés que más me gusta, Tullamore Dew, y otra de buen tinto Carménère para la cena de esta noche, y una ración del mejor jamón de Parma, San Daniele, con dos pancitos redondos, para el almuerzo. Que la muerte me agarre bien comido y bien bebido, y que me quiten lo bailao.

 

Termino de leer el relato del viaje del Dr. Johnson a las Hébridas, contado por James Boswell, y que duró del 14.8. al 22.11.1773. Confieso que conforme avanzaba el relato, más y más me iba extrañando el hecho de que los viajeros bebieran vino, cerveza, aguardiente de grano, ron, coñac, ¡pero joder, si estaban en Escocia!, ¿y cómo se puede estar en Escocia, ni siquiera en el siglo XVIII, sin beber whisky?, ¡que venga Dios y me lo explique! Por fin, en Inveraray, en la fonda del pueblo, el 23.10., el buen Dr. Johnson encarga un vaso de whisky: «Tengo que probar esa cosa que los vuelve tan felices a los escoceses». Cuenta Boswell que apuró su vaso de un trago, menos una gota que él, con su permiso, vertió en su propia copa para poder presumir de haber compartido un trago de whisky con el maestro. Pero no nos dice qué le pareció al maestro ese agua de vida de la vieja Escocia, que es mi adoración nocturna permanente. Ay.

 

Weiß/Colonia, 11.6.

01:00 : Mi primer peli regalo de cumpleaños fue en el canal Arte, Je vous trouve très beau [Eres muy guapo], que debe ser la tercera vez que la veo y las tres veces me ha convencido por su sencillez y su humanidad. Luego, al filo de la medianoche, reencuentro con mi favorita, Jennifer Ehle, en un DVD, Paradise Road [Camino al paraíso], que no veía desde agosto 2007, lo que he podido comprobar rastreando su huella en este mismo diario. El 21 de ese mes, estando de vacaciones en Holanda, dejé escrito lo siguiente: «Descubro que el 26 van a pasar por un canal alemán Paradise Road y le envío un email a Ovidio, avisándole con tiempo para que, por favor, me la copie. Ando a la caza y captura de todas las películas en las que interviene Jennifer Ehle, y esta me interesa además de un modo muy particular. Lo que me llamó la atención, muy poderosamente, es un comentario de un diario neerlandés que encontré esta mañana en internet, poco antes de escribirle a Ovidio, un comentario de cuando la película se transmitió  aquí por TV. Dice así: “Esta película () no está basada en el libro White Coolies [Culíes blancos] de Betty Jeffrey (como se dice en los avances informativos) sino en De kracht van een lied [El poder de una canción], de la holandesa Helen Colijn. La nieta del primer ministro neerlandés en tiempos anteriores a la guerra, permaneció durante ella en las otrora Indias Holandesas, internada en varios campos de concentración. En uno de ellos surgió la así llamada orquesta de voces: un grupo de mujeres que formaron una orquesta sin un solo instrumento, sólo con sus voces”. A la vista del prospecto informativo de Paradise Road en la página www.imdb.com (¡la Biblia de los cinéfilos!), donde sólo se dan créditos a Betty Jeffrey, la pregunta que me hice es por qué se omite allí toda referencia al libro de Helen Colijn, que es de 1989, y la película de 1997. Me puse a investigar y descubrí que el libro de la monja australiana Agnes Betty Jeffrey se publicó en 1954, y que Bruce Beresford, el director de Paradise Road, es australiano. Pienso, pues, tras este trabajo de detección, que a mi colega neerlandés se le fue la mano en la dirección nacionalista, sin ponerse a investigar, como era su deber, las razones de que la inspiración del libro se atribuyesen a una monja que pasó por las mismas vicisitudes y en los mismos campos de concentración que Helen Colijn. Lo que termina de hacer interesante la historia es que en el reparto de la película sólo aparece mencionada una monja, la hermana Wilhelminia, pero –como su popio nombre lo indica– es neerlandesa, y su papel lo interpreta una de las mejores actrices de este país,  Johanna Ter Steege (la Saskia del fallido Rembrandt con Klaus Maria Brandauer). Meterse en el mundo interno de una película es asomarse a un puzle interminable». Y volver a ver la peli ha sido una experiencia muy bella, esta vez me ha gustado bastante más que la primera.

 

Vamos Carlitos y yo a almorzar juntos como todos los martes, y se nos une Andrea, que luego tuiteará la foto del encuentro:

Andrea Niño Bonilla ‏@andreaninob : La Modicana, legendario restaurante de martes del diario de Ricardo Bada. Foto celebrando 74, también con Carlitos. https://twitter.com/andreaninob/status/344583926876090368/photo/1

 

Me he quedado de piedra, como el Comendador de Don Juan Tenorio, al ver en mi bandeja de salida que mis «gatófilos» se han convertido en «guitarrillos», y es que parece ser que sin darme cuenta he activado un mecanismo que escribe de una manera académicamente correcta todos los neologismos que invento. La recontrarremilputa que la recontramilparió.

 

Diny viene a decirme que acaba de leerlo, ha muerto Walter Jens. Por fin le llegó el descanso, tras casi una década de alzhéimer a la que asistimos con la angustia de ver convertido en agua lo que creíamos piedra. Dos veces me encontré personalmente con él. La primera en 1979, cuando la entrega del Premio Wieland (recién instituido) al mejor traductor alemán, y el elegido fue mi querido Fritz Vogelgsang, el hombre que trajo a este idioma a Bécquer, Juan Ramón, Machado, Valle–Inclán, Aleixandre, Carrera Andrade, Rosario Castellanos, Octavio PazLa loa del galardonado tenía que hacerla su amigo, y mío, Helmut Frielinghaus, otro gran traductor del español. Pero a Helmut le dio “fiebre de candilejas”, ya con el discurso escrito, y me lo envió pidiéndome el favor de que fuese yo quien lo leyera en la ceremonia de entrega del premio. Y no pude decirle que no, pese al terror de saber que inmediatamente antes que Helmut (es decir, yo) hablaría Walter Jens, un orador nato y un maestro del arte de la retórica. Así es que viajé a Biberach, el pueblo natal de Wieland, y después del burgomaestre, del ministro de Cultura de Baden–Württemberg y de Walter Jens, allá que fui yo y leí la loa de Helmut en un alemán con acento del idioma del cual traducía Fritz. Luego se dio un almuerzo oficial a los protagonistas del acto, y al llegar al comedor y pasar junto a Jens me tocó el hombro, me alargó la mano y me dijo (¡jamás olvidaré esas palabras suyas, que tanto le agradecí!): «Sie haben sich mit Bravour geschlagen, Herr Bada! [¡Se ha portado usted como un valiente, señor Bada!]» Años después, unos compañeros de la Deutsche Welle que conocían la anécdota me pidieron el favor de que intercediese ante él –que ya no daba entrevistas a nadie– para que les concediera una a ellos, acerca de la ciudad de Tubinga, donde era catedrático y residía. Les contesté que mi relación con Jens se reducía a aquel breve diálogo, pero insistieron tanto que me avine a llamar a su secretaria y explicarle lo que mis compañeros deseaban y quién era yo, por si acaso Jens me recordase todavía. Lo cierto es que un par de días después Jens accedió a la entrevista y mis compañeros, agradecidos, me invitaron a ir con ellos a Tubinga para poderle estrechar la mano de nuevo al maestro. Así es que estuve presente durante el diálogo y, cuando ya nos íbamos, le entregué a Jens un ejemplar de la edición bilingüe, recién aparecida, con un epílogo mío y traducción de Carlitos, de la poesía de Toño Cisneros. Y entonces Jens abrió el libro, lo hojeó rápidamente y me lo entregó de nuevo abierto por una página concreta y me pidió: «Por favor, léame esto en voz alta, en el original». Creo que jamás he leído mejor en mi vida, pero era un poema que adoro, y que me sé casi de memoria: “Para hacer el amor”. Luego cerré el libro y se lo devolví y él me palmeó el hombro sonriendo: «Diesmal war es doch etwas mehr als Bravour, Herr Bada! [¡Esta vez ha sido algo más que valor, señor Bada!]»

 

Weiß/Colonia, 12.6.

Nos llama Esther, desde Berlín, de regreso de la Argentina, y tras un rato de platicar con Diny me pongo a charlar con ella pero de repente miro el reloj de la compu y tengo que interrumpir la llamada, es hora de ir a buscar a Henri y traerlo del Kindergarten a casa. Luego, por la tarde, cuando Diny lo lleva a la suya, con Montse, telefoneamos Esther y yo de nuevo, sin apuros de tiempo, una media hora larga y me cuenta de Susana y Juan, de que no se pudo encontrar con Anahí, de que Ana Laura Raquel sigue en Rosario, ah, es una gozada recuperar mi interlocutora predilecta, mi deuda estherna querida, qué bueno saberla de vuelta, aunque sea en la provincia.

 

Vemos juntos, Diny y yo, Vratné Lahve [Botellas retornables], yo por cuarta o quinta vez, Diny la primera, y se divierte con ella como yo la primera y todas las que han seguido. Este género de “argumentos”, como se decía cuando yo era joven (ay), siempre me atraerá mucho más que toda la parafernalia de las guerras de las galaxias y cuanta basura similar fantasmagoriza las pantallas.

 

Weiß/Colonia, 13.6.

Vamos al Museo Etnológico; en el camino, desde el tranvía, compruebo que el nivel de las aguas ha bajado lo necesario para reanudar la navegación por el Rhin. En el Museo actúa una compañía mínima del conjunto peruano Yuyachkani, sólo dos actrices, lo que Agustín de Rojas en El viaje entretenido llamaría “un ñaque”. Se meten al público en el bolsillo, Ana y Débora Correa, con su actuación contagiosa y antibrechtiana. Fue lindo además el reencuentro con Jana y Julio y sus hijos, con Walter. No pudimos quedarnos largo porque a Diny le había dado por desempolvar unos zapatos que no se calzaba desde hace años, y entre la lluvia desde la casa a la parada del bus, y en el transbordo al tranvía, y de la parada de Neumarkt al Museo, la suela se le caía literalmente a pedazos, se desintegraba casi a cada paso que daba. Menos mal que Carlitos nos trajo a casa, si no creo que Diny hubiese terminado descalza, y seguía lloviendo.

 

Weiß/Colonia, 14.6.

Todo el día ocupado con mi correspondencia, la lectura del manuscrito del libro de cuentos de la Maragatita, la transcripción para Héctor de mi artículo de julio 1968 acerca de la tumba del cementerio de Roermond, en fin, coronar la noche con un nuevo episodio de la serie sueca de la comisaria Irene Huss, que tanto me gusta y que transcurre en Gotemburgo, donde vivió algunos años mi buen Leonardo Rosssiello, pero cuando le pregunté si conocía esa serie me dijo que no. Es como con  los madrileños que nunca han ido al Museo del Prado.

 

Weiß/Colonia, 15.6.

La entrevista del domingo, a toda plana, es con Elizabeth George, esa gringa tan enamorada de Londres e Inglaterra que nos ha hecho el regalo de la saga del DI Lynley y la DS Havers. Es la segunda vez que viene a Colonia y está alojada en el Mondial, enfrente de la fachada sur de la catedral, pero tampoco esta vez tendrá tiempo para visitarla, sólo la verá desde las ventanas de su habitación. Sonrío al leerlo porque me acuerdo de Ángeles, que estuvo hace poco en Madrid y quería escaparse un par de días para visitarnos. Estoy convencido de que no le dejaron ni un rato libre para que se diera un garbeo por la Plaza Mayor, que tanto le gusta.

 

Reunión familiar en lo de Chico para festejar juntos los cumpleaños de Vincent y mío. Además de la familia, Heike, la madrina de Vincent, persona tan querida por nosotros. Café y pastel de fresas y/o bizcocho, al aire libre, en la pradera delante de la casa, una especie de jardín interior de lo que en Buenos Aires llamarían una cortada, una calle de una sola cuadra cerrada al tráfico y comunicando dos calles principales. Después prosecco, más apetecible que el champagne o el cava. Y al final tenemos que meternos en casa porque empieza a llover. Paul y Oskar parece que están hambrientos y me arrancan la promesa de invitarlos a cenar, pero cuando me dicen que en McDonald’s casi me da un infarto. Llegamos al acuerdo de que yo les pago la comida, y punto. Es la tercera vez en mi vida que piso uno de esos antros, y ninguna de las tres comí en ellos. La primera vez fue en París, en los Campos Elíseos, yendo con María Cristina, Fernando y François Constantine aún muy pequeño; no nos quedó más remedio que acompañarlos. La segunda vez fue en Dublin, 2004, cuando bien entrada la noche del 15.6. a Willy le dio un ataque de hambre y lo único abierto que encontramos fue McDonald’s. La tercera vez, hoy. Espero que haya sido la última. Bada retro!

 

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