De mi Diario: Semana 24 / 2014

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Darme el pésame por una goleada a 11 millonarios españoles, a pies de 11 millonarios neerlandeses, es un chiste. Macabro, pero chiste.

 

Weiß/Colonia, 8.6.

2:25 am : Tres western en blanco y negro, uno tras el otro, como en una carrera de relevos: High Noon, Río Grande y Fort Apache. ¡Qué inmenso descanso mental, Fred Zinnemann y John Ford pensaron ya por mí! La única reserva que uno podría hacer se dice pronto: ¿por qué ellos dos no estuvieron allí para filmar la destrucción de las culturas indígenas?  Por supuesto que tienen una aceptable excusa: aún no habían nacido (un extremo este que debo chequear). ¡Qué felicidá! La misma que la mía, que nací en el 1939, cuando nadie me podría imputar absolutamente nada acerca de las masacres contra las poblaciones indígenas en América Latina y las Filipinas.

 

Me escribe Mourad después de haber leído la nueva entrega de mi diario: «Muchas gracias por tus envíos semanales. El autor escribe un diario. ¿Para quién?  Para él y para el mundo, para el lector, para la posteridad. En sus apuntes se refleja el espíritu de su tiempo. El autor se convierte en cronista y testigo, se asegura un puesto en la historia. Los diarios se leerán hoy y mañana, o nunca, pero eso no juega ningún papel. Lo importante es que hay alguien que echa mano de la pluma y escribe. El autor de un diario mantiene un diálogo consigo mismo y con el mundo. Los diarios hacen la vida más humana» Son palabras que me conmueven, porque Mourad es una persona seria y sincerísima. Luego me habla de su interés por una novela de Ignacio Martínez de Pisón, La buena reputación, en cuyo argumento se revive la situación de los judíos marroquíes al final del protectorado español en Marruecos. Le mando el enlace ad hoc con www.iberlibro.com y, como me interesa también a mí, le escribiré a Nahir para que me envíe un ejemplar.

 

11:30 pm : El Dr. Watson se casa y Sherlock Holmes es su testigo, “the best man”, como parece ser que se dice en Inglaterra, o sea, no es tan sólo el padrino (así se decía antes en España, no sé ahora), sino también algo así como maestro de ceremonia y orador nupcial, y todo en una pieza. A decir verdad es un episodio atípico pero muy entretenido de la 3ª temporada de este Sherlock siglo XXI, que tan bien me cae. Elemental, querido guasón.

 

Weiß/Colonia, 9.6.

Día de calor pesado, bochornoso. Alrededor de la 1:35 pm comienzan a oírse truenos a lo lejos. A las 9:05 pm, cuando uno creía que la maldita tormenta había pasado también de lejos, llega con toda la orquesta tocando a pleno pulmón. Diny tiene que apagar la tele porque la imagen (por digital) parpadea. Yo me pongo a pensar si no debo desconectar la compu de la corriente. Pero en tal caso me quedaría sin teléfono y estoy esperando una llamada de Javier. Horas antes recibí un email de Pepe Iges anunciándome la muerte repentina de Antonio, esta mañana, de un infarto. Es una noticia que nos deja anonadados, porque Antonio era una de las personas más vitales que hayamos conocido jamás. 9:27, me llama Javier, que ya ha podido hablar con Maysi y se ha enterado de cómo sucedió todo. Fue en la calle, Antonio iba a casa de sus padres y se cayó al suelo, el infarto inmisericorde, como pasó con mi padre, aunque a mi padre lo agarró en la cama, con un resfriado que arrastraba desde el entierro de la abuela Remedios, dos días antes. Llamaremos mañana a Maysi. Ella y Antonio son una de nuestras parejas queridas. Pasaron hace años unos días en esta casa, con sus hijos, niños aún. Y me visitaron en la clínica, con Javier, cuando me internaron en la de San Carlos, en Madrid, mayo 2012. Hemos pasado muy buenas horas juntos, tanto ahí en Madrid como en su casa de El Escorial, y siempre nos quedábamos deslumbrados por su ingenio, su creatividad y su humor irresistible. No hace muchos días me envió un email con reproducciones de sus últimos cuadros. Estamos muy tristes, muy tristes.

 

Tercer y último episodio de la 3ª temporada de Sherlock, con Benedict Cumberbatch y Martin Freeman. Ahora sólo queda armarse de paciencia esperando la 4ª y la 5ª, ya planeadas, porque los dos protagonistas están a tope con otros compromisos. ¿Llegaré a verlas algún día? Martin Freeman dejó caer, hace poco, en una entrevista, la posibilidad de que se filme algún episodio aislado para endulzarnos la espera: «Sólo que no sé cuándo podría ser», añadió el muy cabrón.

 

Weiß/Colonia, 10.6.

No hay palabras para describir lo que uno siente, sabiéndose un imbécil, al enterarse de una muerte tan imperdonable, para los dioses (si es que existen), de alguien como Antonio. No hay palabras. Lo que ratifica la propia imbecilidad, y menos mal que a uno le queda alguna neurona lo bastante valerosa para reconocerlo. No es literatura. Es lo que estoy sintiendo y sufriendo, lo que estoy puteando contra los dioses, los mayores hijueputas en la historia del género humano. ¿Quién coño fue el primero de los primates (un retardado mental, evidentemente) que concibió la idea de la divinidad, de la existencia de los dioses? Y sobre todo, ¿quién coño fue el primero de los presuntos homos sapiens (qué risa, María Luisa, un evidente paso atrás en la historia de la evolución) que concibió la idea de un solo dios? ¿Uno solo, pa tanto cretino? ¡Amos, anda!

 

Allá por 1963, cuando me lo regaló Odón Betanzos, leí un libro de poemas de Eloy Vaquero, un poeta español de segunda fila, que llegó a ministro durante la República y murió en el exilio en Nueva York, y leyéndolo descubrí unos versos que decían: «Cuando se encuentra un amigo / es que Dios hace un regalo». Los anoté en la libreta que tenía entonces para ese fin, añadiendo: «Cuando se pierde un amigo / se puede blasfemar impunemente».

 

Día de bochorno, el termómetro ronda los 30°, un cielo de nubes bajas, opresivas. Para aliviar un poco la claustrofobia que están significando estas cuatro paredes, invito a Diny a almorzar en el restaurante del Falderhof, en honor a mi cumpleaños. Diny encarga el menú, que hoy significa gazpacho (excelente, según la camarera y según Diny), queso griego frito con guarnición de verduras, y un milhojas con fresas; regado todo con un Grauburgunder bien frío. Yo me limito a ½ docena de espárragos de Bornheim con papas al vapor y jamón dulce y ahumado; y una copa de Spätburgunder. En la terraza, al aire libre, a la sombra de la parra, el tiempo se acaramela y como que deja de doler. Estando ya en el postre, Diny, vemos salir a un grupo de comensales que han almorzado dentro (¡con este calor!), entre ellos Winfried y Gabi; es ella la que primero se da cuenta de que les hago señas y con un gracioso gesto de incredulidad pregunta muda si es a ella, asiento enérgicamente con la cabeza y se acerca a nosotros, ni siquiera al llegar a nuestra mesa nos reconoce (¿tal vez el sol al salir del restaurante la deslumbró?), sólo al decirle «¡Pero Gabi, somos los padres de Montse!» se lleva la mano a la boca para tapar la risa y la vergüenza, y llama a Winfried –el mayor de los dos cuñados de Montse­–, quien tampoco nos reconoce. Menos mal que este día nos ha deparado semejante momento de relajo, casi de comedia. Al salir del restaurante Diny se va donde Montse, a cinco minutos de camino, mientras que yo tomo el bus a Rodenkirchen, al Banco, a girarle al Fisco mi anticipo trimestral, merde alors!

 

Weiß/Colonia, 11.6.

Ayer pasé prácticamente todo el día colgado del teléfono por una parte y contestando emails por otra. Hoy, la última lectura del texto de mi conferencia de mañana en Hamburgo. No corrijo nada. Quizás porque ya no haya nada que corregir, quizás porque de tanto leerlo y releerlo ya no leo el texto en sí, sino mis lecturas anteriores del mismo. Y ahí es donde sieeeeempre se deslizan los errores. Ya los descubriré recién cuando esté leyéndolo para el público, en el Cervantes, y los tendré que corregir sobre la marcha.

 

Hoy, en La Modicana, espaguetis con ragú de pescado, pa chuparse los dedos. La signora me regala una botella de un noble vino siciliano, «para que la beba con su esposa, o con su amigo», y me señala a Carlitos. «No es mi amigo –le digo–, sólo un viejo conocido». Ella y la camarera persa me miran escépticas, conmigo nunca saben a qué atenerse, cuándo es que hablo en broma y cuándo en serio, sobre todo si digo las cosas con mi mejor poker face. Pero al fin, se ríen. Uf, qué pena (como diría un colombiano) con Carlitos, este viejo aunque simple conocido. Ejem.

 

Weiß/Colonia, 12.6.

Leo en el diario, desayunando, que las consecuencias del huracán del lunes se dejan sentir en el tráfico ferroviario; el trayecto Colonia–Düsseldorf, por ejemplo, está fuera de la circulación, así es que llamo al 08000996633 para saber si podré viajar o no a Hamburgo, con el ICE 2226, y me aseguran que sí, y que además lo haré puntualmente (el tren acaba de salir de Fráncfort, me dice mi interlocutora) y llegaré asimismo puntual a Hamburgo, aunque no vía Düsseldorf, Duisburgo, sino vía Solingen, Wuppertal. Ventajas de vivir en un país que funciona como un reloj.

 

Hamburgo, 12.6.

Me estaba esperando Isabel, caminamos hasta el hotel (cuatro cuadras), me cambié de ropa y nos fuimos al Centro, a la Chilehaus. Esta vez no hubo necesidad de hacer parada y fonda en un café para comer aunque fuese sólo un donut, como sí la hubo el año pasado porque no lo había hecho desde el desayuno: esta vez, previsoramente, me puse en camino munido de tabletas de chocolate y una bolsa de lo que acá llaman “Studentenfutter [pienso para estudiantes]”, que son unas galletitas muy sabrosas y harto alimenticias, con pasas y semillas. En el Centro, reencuentro con Helena, tan cordial como siempre, dos horas de plática sobre no sé cuántos temas, recuerdo sólo mi descripción pormenorizada de la fase final del Mundial del 50, mi primer mundial, a los once años, once años míos pegados a la radio y las voces de Matías Prats y Enrique Mariñas. Un poco antes de la conferencia, aparece Héctor y el abrazo no puede ser más entrañable, como que no nos veíamos desde julio del 2008, en su Medellín.

 

La conferencia fue un éxito hasta inesperado, por el público. Eran pocos, pero cabales (tuvimos la competencia de la inauguración del Mundial y del calor, un calor espeso, tropical, que a los hamburgueses los enloquece y lo disfrutan full time, porque les sucede una vez cada muerte de obispo). Lo mejor de todo fue el coloquio, al final, con numerosas intervenciones, y a petición de Héctor un resumen de Adiós, Robinsón, el radioteatro que Cortázar escribió para la Deutsche Welle, por un encargo mío, y fue el único texto radiofónico que salió de su prodigiosa fábrica. Y el coloquio prosiguió fuera de la sala, en el vestíbulo, tomando unas copas de vino, despidiendo al cónsul argentino, que alegó un compromiso para no venir a cenar con nosotros (y, el Mundial, qué otro, pensé), y discutiendo con un oyente alemán acerca de la bondad de las traducciones del español de Curt Meyer Classon: «Como textos alemanes son buenísimas, pero como fieles al original dejan mucho que desear», le digo, y sé de lo que hablo. Al final fueron más de dos horas especialmente intensas, y que rematé escribiendo un limerick en el proverbial libro donde los visitantes dejan constancia de su presencia en el Centro: «El Cronopio Cortázar me dio el chance / de poder en Hamburgo darle alcance, / hoy 12 a las 7:15, / y Héctor Abad Faciolince / me acompañó cordial en este trance». Para ser improvisado no quedó nada mal, diría yo.

 

Al salir del Centro para ir a cenar, caminando (¿seis, siete cuadras?), Héctor se detiene un momento mirando el cielo hamburgués de las 9:30 pm y dice: «Estas nubes no las hay en el trópico». Pienso, como lo hice muchas veces antes, hasta por escrito, que de no existir las nubes nos hubiésemos quedado sin la cuarta parte, si no más, de la pintura neerlandesa y flamenca.

 

Cenamos rico (¡esa sopa bretona de pescado, de la que Héctor me pide probar una cucharada!) en el mismo restaurante francés de los últimos años, al lado del Ayuntamiento. Ahí, por cierto, Isabel se da cuenta de que en el bolsillo de la guayabera llevo mi bolígrafo con la vera efigie de Mafalda, que me regaló años ha La Maguita: «Es mi mascota», le digo. Por su parte Helena planea ya el 2015 y me pregunta si me gustaría venir a dar una conferencia en el 5.° centenario de Santa Teresa. Casi instintivamente digo que no, que lo pensaré, pero creo que no, justamente acabo de releer el capítulo que le dedica Deschner en su ¡Qué cruz con esta Iglesia!: Historia sexual del cristianismo, y creo que también yo sería muy crítico con “la Santa”, como la llaman en Ávila: el buen Deschner, que no es abulense, la llama “ma bête noire”. Tengo en claro que en esta clase de celebraciones es harto más deseable el ditirambo que un planteamiento crítico.

 

Después de cenar, Helena e Isabel nos dejan a Héctor y a mí en mi hotel, nos vamos al bar y nos sentamos, yo de espaldas a la pantalla gigante donde están pasando el partido inaugural, Héctor enfrente, pero estamos tan enfrascados en nuestra charla que tampoco él mira a la pantalla, si me doy cuenta de que el partido ha terminado es porque llegan muchos huéspedes del hotel que lo han visto en la terraza exterior, donde deben haber instalado otra pantalla gigante. Al encargar los whiskies le digo a la camarera que nos traiga scotchs, que cuáles marcas tienen, y al recitar la lista incluye en ella a Jack Daniel, la corrijo («Ese es bourbon»), finalmente elegimos una marca que nos gusta a Héctor y a mí, y que repetiremos alrededor de unos ¾ de hora después. Pasada ya la medianoche no me deja pagar, nos despedimos con un gran abrazo y la promesa de que nos visitará en Colonia antes de regresar a Medellín. Cuando llego a mi cuarto, a la 1:05 am, me sirvo un whisky de la reserva personal que me acompaña siempre, y empiezo la relectura de Un tal Lucas. Antes de dormir escribo para Héctor algo que pienso mandarle mañana por email, desde casa: «Hace mucho descubrí que te quiero de una manera entrañable, y antes de irme a dormir, apunto para mi diario tres palabras que dimensionan y resumen nuestra plática del bar: intimidad, afecto y confianza, y todo ello en grado sumo. Gracias por ser mi amigo, Héctor».

 

Hamburgo, la vuelta en tren, Weiß/Colonia, 13.6.

Estoy ya despierto a las 7:30 am cuando me llaman de la recepción como dejé encargado. Una larga ducha y dejo hecha la maleta antes de bajar a desayunar. Salmón ahumado, jamón serrano, un panecillo y dos tazas de Earl Grey. Está lloviendo, pero Diny, previsora, había incluido un miniparaguas plegable en la valija. Llego caminando en menos de 10’ a la estación principal y el tren aparece puntual a las 8:45. Lo que no existe es mi asiento reservado, # 48 en el vagón # 6.  Una viajera ya sentada me dice que me siente en el primero que vea libre, que el suyo reservado tampoco existe. Esto parece un cuento de Cortázar, hasta que el jefe de tren nos comunica por los altoparlantes que tratemos de acomodarnos donde podamos porque ha habido un despelote con la formación del convoy (él no lo dice con estas palabras, que son las que sí diría si no nos lo estuviese comunicando oficialmente a nosotros).

 

Encuentro un asiento de espaldas a la dirección de la marcha, pero qué remedio. Y el destino me compensa con la contemplación de un Botticelli enfrente, dos filas adelante. Rubia tan sedosa non vi en la frontera, como esta madonna bella y pensierosa. Y sentadas en asientos rebatibles, en el pasillo, dos brasileñas cuya plática se diría conversa de guacamayas en sordina. Le puedo dedicar mi atención irrestricta al Botticelli porque duerme con la boca levemente entreabierta y la cabeza recostada al costado derecho de su asiento; es la siesta de la Primavera bajo la mirada del fauno. No el de Mallarmé ni el de su compadre Debussy. No. Mi fauno interior. Ese.

 

Botticelli desciende en Wuppertal. Una de las brasileñas pasa a ocupar su asiento. Tiene la cara redonda y simpática, pero lo más notable en ella es una mancha en forma semicircular debajo de su ojo derecho; al mirarla por primera vez se diría que tiene ojeras, pero no, es con toda claridad una dermatitis suave que le concede un atractivo sutil a un rostro que sin ella no lo tendría. Esos caprichos de la Madre Naturaleza.

 

Wuppertal. Siempre que paso por aquí me llegan asociaciones compulsivas. Mi primera lectura de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, todavía en España, 1962, en la biblioteca de mi primo Antonio, donde entonces terminaba Vallecas; mis traducciones de poemas de Else Lasker–Schüler, que era de acá, como Engels; la editorial de Hermann Schulz, que descubrió para el público alemán Las venas abiertas de América Latina y la poesía de Cardenal; el Museo de Gordo y el Flaco; y una de las horas estelares de mi desempeño como anchorman de los informativos de la Deutsche Welle para América Latina, el 12.4.1999: descarriló el tren suspendido que es para Wuppertal lo que su Metro para los moscovitas, y en la reunión de pauta, a las 9:00 am, se tomó la decisión de incluir ese ítem dentro del informativo. La pregunta era ¿cómo?, si como noticia o como informe o como reportaje, pero ¿qué reportaje, cómo hacerlo desde Colonia? Y entonces Sandra Katalina, nuestra realizadora colombiana, sugirió tímidamente: «Podríamos hacer una entrevista». Y casi todo el resto de la redacción, al unísono: «¿Y con quién?» Y ella: «Con mi marido. [Pausa medio asustada por nuestros rostros incrédulos –¿se habría vuelto loca la bella SK, que nos gustaba a todos más que el pan frito?–, y añadió:] Él es uno de los bomberos que están en el equipo de salvataje». Fui el primero en reaccionar, partiendo de la base de que en el equipo sólo habría alemanes: «¿Y habla español?» Mi pregunta le infundió confianza: «Lo bastante bien como para el reportaje, al menos eso sí». Aquel informativo, conversando con Herr Seifer, el marido de SK, a quien llamamos por el celular de ella y lo apartamos un par de minutos de sus tareas profesionales, no lo olvidaré tan fácilmente. Además, conservo la casete de la emisión.

 

Al salir de Wuppertal llamo a Carlitos por el celular de Diny (que me llevé a Hamburgo como medida de precaución por si había retrasos con los trenes) y le pregunto si está ocupado o bien puede buscarme en la estación para llevarme a casa. Me dice que ningún problema, acordamos el punto del encuentro, y a punto de colgar de repente se acuerda: «¡Ay, espera, es imposible, estoy sin auto, se lo llevó Ulli!» No me queda sino reírme, Carlitos es impagable, e irrepetible.

 

Cuando a mi izquierda distingo las tapias de Felten & Guilleaume y sé que estamos entrando en Colonia por Mühlheim, no aparto la vista de la ventanilla esperando que el tren gire a la derecha al llegar a la zona de huertas familiares que linda con el Pfälzischer Ring y entonces ¡oh máquina  de los dioses! (como diría el impertérrito locutor de Les Luthiers) se dibujan en el horizonte las dos torres de la catedral como dos penitentes de la semana santa andaluza. De la Hermandá de la Soledá, o sea, negras. ¡Aleluya!, estoy de vuelta en casa.

 

Weiß/Colonia, 14.6.

Pasada la medianoche, después de terminar una policial sueca de la serie Irene Huss, respondo a un email que me envía Clara, desde Cali, dándome el pésame por la derrota española frente a la nueva naranja mecánica, y gracias al cual, además, me entero de la misma. Le respondo: «Como no me conoces personalmente, no puedes saber que darme el pésame por una goleada a 11 millonarios españoles, a pies de 11 millonarios neerlandeses, es un chiste. Macabro, pero chiste. Por otra parte, además, yo no he sido jamás nacionalista, ni en fútbol ni en nada. A mí el fútbol me ha gustado mucho hasta hace poco, que descubrí (lo puedes rastrear en mi diario) que es una de las actividades más aburridas posibles de pensar para ser vistas en la tele (en los estadios, en vivo, la cosa debe cambiar bastante, supongo, pero sin que ello tenga que ver con el juego en sí, el cual, comparado con el ajedrez, es pura bosta). En cualquier caso, hay una situación, anoche, que documenta lo que pienso de este mundial. Anoche, en Hamburgo, después de mi charla sobre Cortázar en el Centro Cervantes, y cenar con la directora y su asistente en un restaurante francés, Héctor Abad Faciolince y yo nos fuimos al bar de mi hotel, a tomar unos whiskies, y en el bar había una pantalla gigante donde estaban pasando el Brasil vs. Croacia (o Serbia, algo de la antigua Yugoslavia). Yo me senté de espaldas a la pantalla, y Héctor enfrente mía, pero estábamos tan absorbidos en nuestra charla que en ningún momento le dedicamos atención al juego. Para redondear este email te contaré que sólo pienso ver los siete partidos de Alemania (digo siete porque estoy convencido de que se contará entre los cuatro semifinalistas), y si los quiero ver es para ser testigo de cómo mi jugador favorito, Miroslav Klose, se convierte, con dos goles, en el mayor anotador mundial de todos los tiempos: hasta ahora tiene 14 en su cuenta, por 15 de Ronaldo (el bueno, quiero decir el brasileño). Espero, después de todo esto, que te quede claro que me importa un reverendo carajo que haya perdido España, y que a mi esposa, neerlandesa, le ha importado aún menos que sus compatriotas millonarios hayan ganado por goleada. Su escueto comentario ha sido (puesto que los conoce muy bien), «Han desperdiciado en el primer partido el mejor chance que tenían para ganar el Mundial. Después del 5:1 ya se creerán que van a ganar la final de Maracaná y lo más seguro es que no lleguen a ella. Justo por su soberbia, sobrealimentada por este 5:1». Ella ha visto el partido (yo no) y conoce a sus compatriotas. Yo me lavo las manos porque todos ellos me importan lo que vide supra. Last but not least Suerte para Colombia (pero como país, no me refiero a los 11 millonarios que jugarán hoy –acá ya es sábado– contra 11 millonarios griegos). Suerte, pues, el domingo, no el sábado».

 

Después del desayuno y el diario me dedico a la tarea de pasar a la pantalla los apuntes que fui tomando durante el viaje y en Hamburgo. Pero al mediodía le envío una posdata a Clara: «Olvidé añadir que hay un partido más que eventualmente vería, si es que tuviese lugar, lo cual dudo, pero anda a saber, los caminos de Dios son inescrutables. Ese partido sería una final Brasil vs. Uruguay, para recrear la primera final mundial de mi vida, la de 1950, el maracanazo del 2:1 de Uruguay vs. Brasil, vivida intensamente por un Ricardo Bada de once años, a través de la radio. Si 64 años después se diera la misma final, yo la vería, con el íntimo deseo de vérsela ganar de nuevo al paisito, pero sabiendo que ello sería imposible porque, minutos antes de comenzar el partido, el presidente Mujica arengaría a los once de la celeste, en los vestuarios, ± con estas palabras«Muchachos, recuerden quienes somos, que no tenemos ejército ni marina ni aviación para sacarlos vivos de Maracaná si ganan. O sea, pierdan con honor. Me conformo con un 1:0 a favor de Brasil en el minuto 85. Mejor en el 91, durante el alargue. En fin, che, lo que les alcancen las fuerzas. Los recibiré orgulloso como subcampeones en Montevideo»».

 

Mi deuda estherna me manda desde Berlín el Pirulo de Tapa de Página12, titulado “Derrota”«Las redes sociales estallaron en España tras la contundente derrota frente a Holanda. El premio se lo llevó @bufetalmeida: “Pues sí que empieza bien Felipe VI: V-I”». A lo cual le contesto: «Buenísimo el tuit con Felipe VI. Sólo le faltó redondearlo diciendo: ”Y menos mal que no es Alfonso XIV”».

 

 

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