De mi Diario / Semana 26 / 2015

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Esa profundidad alemana, de la que Camba decía que si usted quisiera que un alemán entendiese algo se lo tenía que explicar de una manera cuanto más complicada mejor.

 

Weiß/Colonia, 21.6.

Mi artículo de hoy en La Jornada me ha dado una alegría tal que parezco un niño con zapatos nuevos. La “culpa” del alegrón son las dos ilustraciones, en las que no tengo arte ni parte, han sido iniciativa de la redacción, esto es, de mi carnal. Chapeau, mon cher Luis et merci bien!

 

Mi contacto con lo que sucede en las tinieblas exteriores, eso que llaman la realidad, es Diny. Ahora, gracias a ella, que llega a la puerta de mi cuarto de trabajo para contármelo, me entero de la muerte de James Salter. Lo malo es que como mi cerebro se parece muchísimo a un mapa de Finlandia, o sea, que está lleno de lagunas, el nombre de James Salter no me dice nada. Tengo que recurrir a los buenos oficios de mi amiga Miss Hortensis Google, y ella me informa con todo detalle acerca de la magnitud de mi ignorancia en este caso. Casi me ruborizo. (Sin casi).

 

Me llama Katya para pedirme un favor, y es que ella y Ritch quieren ponerle un epígrafe a la tarjeta de invitación a su boda, y que ese epígrafe sea una frase mía que me escucharon acá en casa cuando su última visita. Le contesto que encantado y que cuánto honor y, lógicamente, deseo saber qué frase es esa. Y es esta: «El amor es envejecer juntos, dominando todas las veces los ocasionales deseos de retorcerle el pescuezo a tu pareja». Le digo que no me parece como  muy adecuada para una tarjeta de invitación de boda, pero me arguye que Ritch y ella se lo han pensado mucho y es el epígrafe que quieren. Siendo así, pues, Nihil Obstat! 

 

Weiß/Colonia, 22.6.

El 13 de abril, cuando murieron Grass y Galeano, de Nexos me pidieron urgente un texto sobre Eduardo, y lo entregué a tiempo, pero me quedé con cierta frustración, y es porque en el párrafo final tuve que fiarme de mi memoria al hacer una cita, y yo sabía que esa cita que hice no era la correcta (no en la letra, aunque lo fuera en el espíritu); pero el tiempo apuraba para la entrega del texto en la redacción y al cabo de ½ hora de búsqueda de la carta con la cita de marras, lo tuve que dejar por imposible. Anoche, buscando un regalo para mi deuda estherna, que mañana va a cumplir años, de repente, en un archivador que no recordé aquella noche del 13–A, encontré la carta. En mi artículo dije que «cuando [Eduardo] me envió, dedicado, un ejemplar de su única novela, La canción de nosotros, después de leerla le escribí una carta implacable donde se la destripaba, y él me contestó a vuelta de correo: “Escribir lo que me has escrito es algo que sólo puede hacerlo un buen amigo”». Pero lo que en verdad me contestó, desde Buenos Aires, el 26 de marzo de 1976, fue lo siguiente: «Mi querido Ricardo: Tu carta es una lección práctica y una prueba de amistad. Solamente un tipo muy limpio y con los huevos bien puestos puede escribir, y enviar, una carta así. Te la agradezco mucho aunque creo que no estoy de acuerdo. [] Te quiero mucho. Un abrazo». Y la firma, “Eduardo”, por una sola vez en todos nuestros años de correspondencia, sin su proverbial chanchito con la margarita en el hocico. 

 

El párrafo anterior se lo mandé como anticipo de mi diario a varios amigos, sobre todo amigos uruguayos, y casi a vuelta de correos me escribe desde Montevideo mi querida Clodia Pulcher (¡oh manes de Los idus de Marzo, de Thornton Wilder!): «No tuve una relación personal con Galeano, pero sí tuve encuentros. Era un tipo arrogante visto desde cierta distancia, y gran tipo si las circunstancias le daban la oportunidad. Me lo crucé mil veces en el Brasilero y en el Bacacay. El Bacacay es el café que está frente al teatro Solís. Mil veces crucé obviedades con él. Pero hubo una que me permitió conocerle el fondo en pocos segundos. Un diciembre hace diez años, en que me había separado y todavía no tenía ni casa. Me fui con mis hijos al hotel Argentino de Piriápolis. Un hotel enorme de los años 30 que se llena después de navidad pero en esos días sólo estábamos él con su mujer y un par de nietos, y yo con mis tres hijos. Los cinco chicos se lo pasaban en la piscina. Yo leía, él y su mujer leían. La mañana del 24 de diciembre, un amigo queridísimo me llamó a decirme que estaba enfermo y que se moriría en unos pocos meses. Yo estaba hecha paté, y encima eso, imaginate. La conversación fue corta, y no sé qué gesto hice pero Galeano se dio cuenta de que me había pasado algo. Se acercó, no hizo más que apretarme una mano, y me dijo que lo dejara traerme un café, lo trajo, no me preguntó nada. Y nunca me preguntó nada, pero después de eso, de una manera muy suya, siempre las obviedades que nos cruzábamos venían con guiñadas o sonrisas muy cálidas. Ese Galeano menos conocido que me trajo el café, seguro arrimó muchos cafés y tendió muchas manos de la misma manera». Sí, Clodia, así era Eduardo, no colgaba su solidaridad humana en los campanarios, para que la pregonasen. Sólo la ejercía. 

 

Weiß/Colonia, 23.6.

1:00 am : Ya lo dije hace años en este diario, que Il y a longtemps que je t’aime [Hace mucho que te quiero] es la peli que más quiero entre las de esta década. La vuelvo a ver cada vez que la pasan, como esta noche. Y cada vez me fascina más una de sus historias secundarias, la del capitán Fauré ante el que Juliette tiene que presentarse regularmente en la comisaría y con el que entabla una extraña amistad donde el Orinoco es un elemento muy importante, el comisario de policía está obsesionado con las fuentes del gran río, y al cabo de cierto tiempo, después de sellar los papeles que le trae Juliette, la invita a café en un bistró cercano a la comisaría, y le habla de sus deseos de viajar allá, a buscar esas fuentes. Hacia el fin, un día Juliette llega a la comisaría y es otro el policía que la atiende y le dice que a partir de ahora es él y no el capitán Fauré el responsable de su caso. Juliette sonríe: «Por fin realizó su sueño de ir al Orinoco». El nuevo comisario la mira como dudando de si ha oído bien, y al cabo le dice: «Si por Orinoco entiende usted pegarse un tiro metiéndose en la boca el cañón de la pistola» Es un momento donde la peli se te mete todavía más bajo la piel. ¿Qué sabemos del otro, de la persona a la que creemos conocer? No sabemos un carajo, no sabemos absolutamente nada.    

 

La Modicana registraba hoy una afluencia de clientela desacostumbrada en un martes. Hasta un almuerzo de empresa, con ocho o diez personas, y cuatro mesas más ocupadas. Carlitos y yo nos sentimos casi como gallos en corral ajeno. Pasados ¾ de hora Carlitos me dice que la siguiente vez que vengamos y haya un panorama semejante, nos vamos a un boliche a comer salchicha al curry. Me solidarizo y propongo el restaurante flotante que hay aquí mismo en Sürth, a la orilla del río padre, ya comimos alguna vez allá, con Ulli & Diny, y la salchicha era excelente.

 

Javier subió a su cuenta T un tuit mío, ayer, con la letra de una seguidilla de antaño :

Bernardo me escribe desde Huelva comentándomela y copiándome la letra de otras seguidillas de hogaño: «Te v’y a comprá unas bragas / d’abujeritos / pa que cuando te agaches / te dé fresquito». Me copia un par de estrofas más, por el estilo, y me cuenta que «los niños del Instituto las cantan cuando vamos de excursión». Le contesto que nuestras canciones de excursión eran bastante más contundentes, y le pongo un ejemplo: «(Voz solista:) La portera de mi casa / se lava el coño con clorato de potasa, / la portera de la esquina / se lava el coño con sulfato de quinina. / Así queda explicada la manera / como se llavan el coño las porteras. / (Coro:) Está muy bien, está muy bien, está muy bien, / de esa opinión participo yo también». Luego recuerdo otra seguidilla flamenca de mis años mozos y cuyo contenido es del todo inexplicable: «En una canariera / tengo un canario / que me trae noticias / del vecindario. / Y yo le digo / “Rompe la canariera, / vente conmigo”». Y no sólo del todo inexplicable, sino además estúpida, sin la anglosajona disculpa del nonsense.


 

Weiß/Colonia, 24.6.

Desayunando, me entero por el diario de que mi antiguo patrón, la emisora Radio Deutsche Welle concede anualmente desde el 2004 los BOBs, unos premios a los mejores blogs del  mundo, en diversas categorías. Este año han creado una nueva, a la libertad de expresión, y la RDW se lo otorgó a Raif Badawi, el bloguero saudí que no sólo sufre pena de prisión, sino también una pena pecuniaria nada exigua y, por si fuera poco, nada menos que 1.000 latigazos, de los que ya le dieron 50 en público, en la plaza de Riad donde se ejecutan coram pópulo las penas de muerte. Me pregunto por qué ese país, reliquia vomitiva de la Edad Media, se llama Arabia Saudita y no Arabia Inaudita. Y por qué los gobernantes occidentales le continúan lamiendo el culo a la satrapía que lo gobierna. Y sé la respuesta. Lo malo es que sé la respuesta.

 

Asimismo leído en el periódico : En el programa diario “Zeitzeichen [=Efemérides]”, uno de los mejores de la radio alemana, la emisora WDR, de Colonia, recordó hoy el 80.º aniversario de la muerte de Carlos Gardel. Y yo también, mientras desayunaba con la voz de El Mudo llegando desde el salón: «La veRtanita de la calle en que nací…» Y sí, es la verdá de la milanesa, cada día caRtás mejor, pibe. (De pronto no pude seguir leyendo, casi con rabia me sequé las lágrimas).

 

Diny estuvo ayer en Ikea, con Angie, y compró un nuevo armario para el cuarto de baño, porque desde que le implementaron un contador a las llaves del agua, el viejo ya no cabe en el hueco entre el lavabo y la pared. Ahora la veo en el vestíbulo, de rodillas, martillando unas puntillas en la tabla de fondo del armario, ya casi terminado, y recuerdo un tuit alemán que vi hace unos días:

[Amor es estar sentado en el sofá cuidándole su cerveza mientras ella monta el armario]. Ecco!                      

 

Weiß/Colonia, 25.6.

0:30 am : Veo por primera vez Made in Dagenham [Justo pago, en castellano], y la veo por vez primera porque, desde el primer momento en que la vi programada, me repelió su título alemán, We Want Sex, en inglés, tan estúpido como sin relación alguna con el tema de la peli. Hace un par de horas decidí saber más acerca de ella y lo primero que descubrí es que la protagonista la interpreta Sally Hawkins, una de mis actrices predilectas. Así es que me sobrepuse a la alergia que me produce el título, la vi y me quedé enamorado de ella. Aparte de la portentosa actuación de SH, y el resto del reparto está sensacional, arropa su trabajo haciéndole un merecido honor, aparte de ello, Made in Dagenham entra en la categoría para mí más alta, la de las obras de arte necesarias, que no son tantas como pudiera parecer.

 

Empiezo a leer la segunda entrega de la saga del comisario Luciani, que compré por 2,99 € en Aldi, el martes. Y siguiendo la costumbre, busco en pantalla el mapa del lugar, cosa que hago siempre en mis lecturas de narrativa. En este caso se trata de una acción a caballo entre Génova, donde vive el comisario, y Rapallo, donde se comete el crimen que inicia la novela. Los padres de Luciani viven en Camogli, y él, como todos los lunes, acude a Bogliasco a su partida de tenis, después de lo cual, dice el texto alemán, «se duchó, cerró su bolsa deportiva, se vistió y subió al auto. La tentación de viajar directamente a Génova era grande, pero como Camogli quedaba casi en el camino, se habría sentido mal si no pasara por allá para ver cómo le iba a su madre». Vengo a mi cuarto de trabajo y abro la página con el mapa. De izquierda a derecha se ven, en la línea de la costa, Génova, Bogliasco, Camogli, Rapallo Es decir, que según el texto alemán, y si aplico a la situación el mapa de España, el comisario estaría en Lepe y la tentación de volver a Ayamonte sería grande, pero como Gibraleón le pillaba de camino Ay, diosito de mi vida, me apuesto mi única corbata de Armani a que en el original debe decir otra cosa.

 

Weiß/Colonia, 26.6.

La contable del Dr. Essen me envía una reclamación de pago de factura y yo estoy convencido de que la he pagado hace más de un mes. Busco la copia de la transferencia, la encuentro, lleva la fecha del 18.5. Llamo al Banco para ver qué pasó y allá me dicen que esa transferencia jamás fue hecha desde mi c/c. ¿Qué puede haber pasado?  De repente advierto que puse mal una cifra en el kilométrico número del IBAN. ¡Una sola cifra!  Pero las máquinas lectoras de los números no entienden de esta clase de lapsus. Arreglo la cuestión con un email al Banco autorizando la transferencia. Llamo a la contable del Dr. Esser, le explico, y me contesta: «¡Si usted supiera los dolores de cabeza que a mí me dan los IBAN!» Nos deseamos mutuamente un buen finde.

 

Le paso a varios amigos la extraordinaria versión de “St.Louis Blues” por Daughter Maitland, y Javier me comenta desde Alcalá de Bañares, como llamo a su pueblo: «Haciendo un viaje en el tiempo hasta llegar al trastero de las nostalgias, tengo tres recuerdos relacionados con esta composición: el primero, como puedes suponer, es el de nuestro programa radiofónico de jazzMadera, metal y percusión”. El segundo, nuestro Diccionario alternativo, en el que definíamos al gran W.C. Handy como «Compositor de blues con nombre de retrete». El tercer recuerdo es de una osadía propia de la época y de la edad: Yo codirigía en el Teatro Universitario de Sevilla el Espectáculo cátaro de Alberto Miralles y, en una de sus escenas, un personaje recitaba una docena de versos del primer monólogo de Segismundo en La vida es sueño, y en vez de recitarlo, se me ocurrió que podía cantarlo con la música de St.Louis Blues. Los ensayos fueron un desastre y, en el último momento, vencido e incomprendido, decidí volver al original recitado. Hoy lo recuerdo como un intento divertido». Le contesto que «mi “St.Louis Blues” inolvidable es el del 15 de mayo de 1960, cuando pasándome por el arco del triunfo el deseo del cura Roldán (que quería el Gloria de la Misa de la Coronación, de Mozart, como música inaugural de Radio Popular), y con la presencia en el estudio del Su Eminencia el obispo de Troglodia, hice que Louis Armstrong tocase la trompeta que, según Aimé Cesaire (creo, cito de memoria) sonará el Día del Juicio Final. El cura Roldán llegó apuradísimo al cuarto de control, abriendo y cerrando la boca como un pez en un acuario –¿te acuerdas de aquel gesto suyo tan característico?– y quiso saber que qué bicho me había picado y yo le contesté que ninguno, que había sido una decisión mía desde el primer momento el que Louis Armstrong y su trompeta nos abriesen el camino. Después del «St.Louis Blues», para aplacarlo, puse a Mozart». Sin presumir de nada, creo que con aquel “St.Louis Blues” mío, Troglodia entró en la Edad Contemporánea.

 

Weiß/Colonia, 27.6.

Anoche, a última hora, pasaron Después de las cinco en la selva y estaba demasiado cansado como para dedicarle unas líneas en este diario. Después de verla el día del estreno, en Colonia, logré que la programasen en el festival de cine de Huelva de 1995. El día del pase, en el cine Rábida, todavía me acuerdo, se me acercó un joven crítico alemán para reprocharme que hubiese recomendado esa comedia en vez de no sé cuál cinta “profunda”, de la que hoy no se acuerda ni siquiera ese crítico (estoy seguro) mientras que Después de las cinco en la selva ya ha adquirido la categoría de película de culto. ¡Ah, esa profundidad alemana, de la que Camba decía que si usted quisiera que un alemán entendiese algo se lo tenía que explicar de una manera cuanto más complicada mejor!  Menos mal que los extranjeros estamos aquí para enseñarles la buena vía.

 

Terminé ayer la lectura de la novela con el comisario Luciani y estoy entusiasmado con esta nueva serie, de la que van aparecidos cinco títulos, tengo que hacerme enseguida con los otros cuatro. Continuando ahora con la lectura de 1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón, de Charles C. Mann, registro un pasaje donde se habla de la opinión que los europeos le merecían a los indígenas americanos, muy especialmente a causa de su hediondez. Dice Mann: «Los británicos y los franceses, muchos de los cuales no se habían dado un baño en toda su vida, estaban pasmados ante el interés de los indios por la higiene personal. Un jesuita informó de que los “salvajes” tenían verdadera repugnancia ante el pañuelo: “Según dicen, guardamos lo sucio en un trozo de lino blanco y nos lo guardamos en el bolsillo como si fuera algo precioso, mientras que ellos lo arrojan al suelo”». ¡Aleluya!, exclamé en voz baja –estaba leyendo en el balcón, tan atento a la prosa de Mann como al canto de un mirlo émulo de Alfredo Kraus–, ¡¡el kleenex tiene pedigree!!

 

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