De mi Diario / Semana 27 / 2015

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Tuve un eco que me encantó, el de Ibsen desde su exilio bogotano diciéndome: «A cada Borges su Yoko Ono». Chapeau, pana!

 

Weiß/Colonia, 28.6.

Violeta lee la última entrada de mi blog en El Espectador y me escribe una verdad de esas que antes se decía que eran “verdades como puños”: «Ninguna lectura es igual y es una tontería pensar que sólo se conoce verdaderamente a los autores leyéndolos en el idioma original. Si ese fuera el caso, los únicos que los entenderían verdaderamente serían sus contemporáneos». Ecco! 

 

Me llegó la carta pública sobre el conflicto en torno a El Aleph engordado, el libro de Pablo Katchadjian, con el ruego de difundirla y de adherir al acto por el desprocesamiento de PK, a celebrarse en Buenos Aires, en la Biblioteca Nacional, el 3 de julio. Me regodeé pensando en el escenario buscado para ello (¡nada menos que el sanctasanctórum de Borges!) y por supuestof course envié mi adhesión y distribuí la carta urbi et interneti. Tuve un eco que me encantó, el de Ibsen desde su exilio bogotano diciéndome: «A cada Borges su Yoko Ono». Chapeau, pana!

[Tampoco tiene desperdicio el de Rolando, que hizo su tesis doctoral sobre Galdós y el dinero, así es que sabe del asunto: «Pobre María K., bien puede ser que se esté muriendo de hambre». Ni tampoco lo tiene el comentario que hace años, al salir del Palacio Real en Madrid, tras el homenaje a Cela por su Cervantes, le hizo NB a su marido: «Este también tiene su kodamita». Desde ese día, a todas las homologables las llaman “las kodamitas”].

 

Al archivar recortes de diarios y revistas de la semana pasada vuelve a caer en mis manos el de la reseña de Made in Dagenham en el suplemento del diario. Lo recorté porque el sistema de calificación que siguen ahí es el de una flechita vertical apuntando arriba [=súper], inclinada [=buena], horizontal [=pasable] y vertical apuntando al suelo [=mala]. Y lo curioso del caso es que a Made in Dagenham le dedica todos los elogios habidos y por haber, pero la califica luego con una desconcertante en lugar de la merecida Misterios de la crítica alemana. Se me ocurre que puede ser un epifenómeno de la crítica de la razón irracional.

 

Weiß/Colonia, 29.6.

Otra de las que no fallan nunca en las policiales de la tele es cuando un personaje llama a otro y le dice que mire lo que están pasando en la TV: el interpelado siempre está en una habitación en la que hay un televisor, siempre tiene a mano el mando a distancia, y siempre atina a conectar en el momento en que el locutor posiblemente repite toda la noticia, por cortesía hacia él, y yo diría que, sobre todo, a nosotros. «O brave new world that has such people in it!», como dijo alguna vez un colega mío inglés. Se llamaba Guillermo, le decíamos Bill, un gran tipo.

 

Yendo de safari para cobrar materiales que citar en The Twitter’s Digest descubro este tuit :

Averiguo la dirección electrónica de la tuitera (en cuya cuenta detecto más asaltos a mano armada) y le escribo estas letras: «Gracias por citarme, aunque me deje en el anonimato. ¡Ah, las delicias de la intertextualidad! Yolanda Valenzuela está más chapada a la antigua»:


Weiß/Colonia, 30.6.

En La Modicana, de repente, hablando de un tema que quedó olvidado después de mi pregunta, Carlitos emplea en alemán una expresión que desconozco por completo, «estar hasta la patilla de las gafas». Le pregunto que de dónde la saca, porque es la primera vez que la oigo; me reponde que no sabe, que se la acaba de inventar; y entonces Diny arguye que probablemente sea alguna empleada en su círculo familiar (por alguno de sus abuelos, por ejemplo), porque eso es algo que nos pasa con más frecuencia de la que creemos; y yo –le digo– soy el mejor ejemplo, trayendo a colación siempre que puedo los dichos de mi abuela Remedios. Y que las tres únicas expresiones españolas que conozco, que se aproximen a la que acaba de usar, son “estar hasta las cejas, hasta las narices, con el agua al cuello”. Esto, desde luego, hablando del centro de gravedá del jiúman bodi p’arriba, no p’abajo, porque “estar hasta los cojones” remite a nuestro hemisferio austral.

 

Diny estuvo hasta el mediodía en casa de Montse cuidando a Henri porque The Mama & The Papa y además los dos hermanos (ya de vacaciones escolares) andaban en actividades urbanas muy lejos de Sürth; y nos cuenta que como hacía tan buen tiempo pasaron toda la mañana en el jardín, pero que Henri se la pasó escribiendo “cartas” en la zona techada y con mesas y bancas, y que cuando terminaba de escribir una la metía en un sobre y se iba del jardín por la puerta que da al jardincillo delantero y el garaje, llegaba a la puerta principal y llamaba a ella, así es que Diny acudía a abrirle y Henri le decía que era el cartero, que le traía una carta certificada, y le hacía firmar el Recibí en un libro que llevaba ad hoc, y recién entonces le entregaba la carta. Tras lo cual regresaba al jardín y escribía otra carta, y el rito se repetía. Me ha hecho pensar mucho en la fantasía de los niños y en que no debo dejar de releer, antes de morirme, La comedia humana, de Saroyan, una de las narraciones más conmovedoras que se hayan escrito nunca.

 

Weiß/Colonia, 1.7.

1:00 am : Acaban de pasar El hombre de Laramie, que es una demostración ejemplar de cómo el cine prosigue desde su propio lenguaje la tradición de las tragedias clásicas: en esta película hay tanto de Homero (¡la tremenda cabalgada del anciano Príamo clamando venganza por la muerte de su hijo Héctor!) como de Sófocles (el patriarca que se queda ciego) o de Shakespeare, porque ese anciano es también una especie de rey Lear con hijos en vez de hijas. Y la impagable cortesía de Anthony Mann al no joder la peli con un happy end à la Hollywood; el suyo es además un final donde la protagonista femenina joven no es una belleza de las que cortan la respiración, es tan sólo una joven ni fea ni guapa sino todo lo contrario. Como está mandao.

 

Mi horóscopo en el diario, que leo desayunando: «Si antes del primer canto del gallo ya estaba levantándose de la cama y en plena forma, ello tiene que ver con un plus de energía proveniente de Júpiter y Urano. Llenar su día con actividades de todo tipo será para usted con seguridad el mayor placer. ¡Quiquiriquí!» Termino de leerlo, despejo la mesa y me vuelvo a la cama.

 

Reanudo la lectura de la saga de Jack Taylor, por Ken Bruen, en las traducciones ejemplares de Harry Rowohlt. En realidad comienzo la lectura de la saga por el # 1, ya que hasta ahora sólo he leído el 3 aunque he visto íntegra la primera temporada de la adaptación a la tele. La adaptación  no es mala, al contrario, es buena, pero las novelas son incomparablemente mejores. La cadencia narrativa de Bruen y la traducción de Rowohlt las convierten en un placer estético sin par en el panorama de las policiales. Por ejemplo en este diálogo con el clochard, que le pregunta a Jack Taylor: «”¿Conocí a tu padre?” “Paddy… Paddy Taylor”. “Un hombre sutil y de buen gusto, ¿o no?” “Tenía sus momentos”. “Se deduce del uso del pretérito que no está más entre nosotros, o todavía peor, que está en Inglaterra”». O este otro diálogo después de que Jack, fascinado, oye cantar a Cathy y le dice sin pensarlo mucho: «”Nadie canta con una voz tan pura como aquel que estuvo en el más profundo infierno”. Ella asintió con la cabeza y dijo: “Kafka”. “¿Quién?” “Kafka dijo eso”. “¿Lo conoces?” “Conozco el infierno”». De no ser por las referencias literarias podrían pasar por diálogos de Dashiell Hammet, durante una cosecha roja en la verde Erín.

 

Weiß/Colonia, 2.7.

Hoy hace 50 años que Diny y yo nos conocimos, de pura casualidad, y a pesar de que ni ella ni yo queríamos ir al lugar donde finalmente nos encontramos. Honestamente hablando, considero que esa fue una desgracia irreparable para ella, ¡pero la culpa no es mía! Del encuentro hablé con todo detalle en el homenaje que le rendí al Chema Pérez Gay, Deus ex machina del susodicho, cuando de La Jornada me pidieron un artículo para un dossier dedicado a él, que se nos moría.

 

7.554.94 € suman las 22 facturas de médicos, tratamientos y farmacia que he recolectado y voy a enviar mañana al seguro de enfermedad y la subvención estatal. Pensar en la cifra que me van a devolver es algo que me angustia tanto que prefiero ni siquiera imaginármela. Y cuando pese a todo sí me la imagino, la siento como un cruento mordisco del lobo feroz del sistema contra los ahorros de Caperucita Bada. ¡La recontrarrequeterremilputa que lo recontrarrequeterremilparió! ¡Al sistema!, ¡no al lobo, pobrecito inocente, si no más quería echarle un polvo a la caperuz, qué cosa más natural! ¡hasta el Partido Verde la aplaudiría, una cohabitación de los reinos animales!

 

Tenemos de visita en Renania al viento del Sáhara, sólo que no sopla, nada más quema.

 

Y los Bada Scholz tienen de visita a Beate, la abuela materna se llevará mañana a Vincent al sur de Alemania, a pasar parte de las vacaciones de verano, y esta noche quieren salir de tapas con nosotros, así es que nos citamos en La Esquina, Diny ya está con ellos desde el mediodía y se ha llevado el móvil por si acaso a mí se me ocurre avisar a última hora de que no acudiré a la cita, ya que el calor (el termómetro marca 35º) me mata. Y sí, me cuesta un gran esfuerzo pero decido ir, sólo que apenas llego a la calle me arrepiento, los ± 100 m hasta la parada del bus pueden echarse un pulso con la travesía del desierto de Atacama. Aprieto los dientes hasta sentarme en la parada y respiro acezante como un perro, uno andaluz (lo que soy, claro). Soy el primero en aparecer en La Esquina y sentarme a la mesa reservada, que es la grande del fondo, para ocho o diez parroquianos. Hay una pareja sentada en el extremo cercano a la puerta de la cocina y los saludo en alemán, pero ella es española, el olfato no me falla, lo noto por las sonrisas con las que sigue nuestros diálogos –en alemán– cuando los Bada Scholz y Beate llegan y se apropian del resto de la mesa. Por último no me aguanto más y se lo espeto en español: «Nosotros por este espectáculo cobramos, pero para ustedes, esta noche, será gratis». Se echa a reír y roto el hielo la conversación se generaliza en la mesa. Ella es sevillana y llegó de niña a Colonia, en 1964. Un año después que yo. Son una pareja simpática, ella y su marido, de las tribus aborígenes de estas tierras. Me gustaría reencontrarlos aquí otra vez, y poder platicar con ellos de aquellos tiempos, de aquella Colonia de los 60 donde la catedral estaba sobre una colina verde y no, como ahora, sobre una plataforma de cemento, ay…

 

Weiß/Colonia, 3.7.

De nuevo corro la aventura de salir a la calle a las 4 pm, pero es que debo enviar los dos sobres  abultados, con las facturas médicas y farmacéuticas, y al menos uno de los dos envíos tengo que hacerlo certificado, para salvaguardar los originales por si el otro se pierde. Y se puede perder ya que hay huelga de correos, sólo que una huelga de lo más raro: Chico y Angie, por ejemplo, ya llevan una semana sin recibir correo, y nosotros en cambio lo recibimos todos los días, al menos hasta hoy (toquemos madera). Lo comento en la oficina postal de Sürth, adonde acudo porque está en la propia parada del bus y porque sé que está abierta, y la empleada me dice que sí, que es una huelga rarísima, tan rara que ella conoce una calle donde sólo reciben correo los buzones de una de las dos aceras; los de la otra, no. Otra vez la crítica de la razón irracional.

 

La lectura de 1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón, de Charles C. Mann, en la traducción española, tiene un valor añadido por completo inesperado: el humor involuntario. Por ejemplo cuando se nos dice que en uno de los reinos mayas, Tilantongo, a fines del siglo XI, «unos agresores desconocidos apuñalaron al [soberano] hasta matarlo en una sauna». Con lo que queda demostrado que fueron los finlandeses quienes descubrieron y colonizaron el continente americano mucho antes de que llegaran los españoles. Otrosí : Hablando de los pueblos andinos en el siglo XVI se nos dice que «a diferencia de las ciudades occidentales [de hogaño], no había mercados; no había bazares llenos de comerciantes que gritaban a voz en cuello, regateando y maquinando; no había puestos callejeros de productos alimenticios, cerámica y cacharros, ni había malabaristas y mimos tratando de llamar la atención de las multitudes, ni tampoco había carteristas». ¡Carteristas en Tiahuanaco! Uno se imagina a los orondos capitalistas del altiplano con sus billeteras de cuero de vicuña repletas de laminillas de oro para los pagos menudos, y con sus tarjetas de crédito AmerIncan Express, PachamamaCard, Visacocha, para los pagos grandes. ¿Será posible que nadie, pero nadie nadie, haya leído en la editorial el texto de la traducción? Porque lo que estoy registrando aquí son sólo dos botones de muestra. Pero lo dicho, es un valor añadido inesperado, uno se divierte leyendo estas cosas.

 

Weiß/Colonia, 4.7.

El tema del referéndum de mañana en Grecia le tiene sorbido el seso a quienes se interesan por la política europea. A mí lo que me parece indigno es que no se les pregunte a los griegos de una manera directa y honesta, sin andarse por las ramas, si lo que quieren es que su clase política siga viviendo a costa del resto de Europa o no. Todo lo demás es teatro.

 

Luis me manda desde Caracas la lista de los títulos de la difunta duquesa de Alba, y como todo me interesa en este mundo, la someto a escrutinio y mi interés se ve recompensado al descubrir que entre dichos títulos se cuenta el de XXI condesa de Módica. Recurro a los buenos oficios de Miss Hortensia Google, y ¡tate!, como diría don Quijote, esa Módica de ese condado es el pueblito siciliano donde nació Salvatore Quasimodo, donde nació la signora y que le da nombre a nuestra Modicana. Alabado sea el santísimo sacramento del altar.

 

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1 COMENTARIO

  1. La susodicha Duquesa, no sé
    La susodicha Duquesa, no sé en lo demás, pero en títulos nobiliarios de Módica no tenía nada. No deja de tener gracia la cosa…

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