De mi Diario : Semana 28 / 2022

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Weiß/Colonia, 10.7.

1:50 am : Vuelvo a ver Sabrina, la buena, la de 1995, con Julia Ormond y Harrison Ford, quien este miércoles 13 cumplirá 80 años. Cada vez que veo esta versión me admiro más de la ceguera de los admiradores de Billy Wilder, entre cuyo grupo de vanguardia me cuento, y ello me honra, pero no hasta el punto de admirarlo con anteojeras. Hasta ahí podíamos llegar, ¿no, don Wilder?

Mientras escribo estas líneas ya habrá empezado el jolgorio en el jardín de Monique & Marcel: celebran juntos 65 años de edad cada uno, la jubilación de Marcel y creo que una cifra redonda de su boda. Cuando conocí a la familia de Diny, en octubre 1965, Marcel tenía ocho años y me enteré de que lo bautizaron así porque a mis suegros se les habían acabado los nombres familiares con los diez hijos anteriores; así es que la solución fue llamar al último como el protagonista de una peli española que hacía furor por aquellos tiempos entre la población católica de los Países Bajos: Marcelino, pan y vino se titulaba, como la narración de Sánchez–Silva en que está basada. Casi estuve por comentar que Marcel era, pues, el primer español entre los Hansen, pero fui prudente y me callé.

Chico y Vincent nos visitan por separado pero al final estamos los cuatro sentados a la mesa y damos buena cuenta de una formidable tortilla española salida de las manos de Chico, educado en vérselas hacer a su madre, un discípulo de a deveras aventajado. Hhhhhmmmmmmmmmm

Le pregunté a Vincent si ya leyó el libro de Böll que le regalé para su cumpleaños y se le nota el entusiasmo cuando me dice que se lo jaló de un tirón y que quiere leer más de don Enrique, siempre lo llamé así. Le entrego nuestro ejemplar de la 1.ª edición de El honor perdido de Katharina Blum (en realidad se trata de un regalo a Diny hecho por nuestros hijos en su cumpleaños, en 1974) y al abrirlo al azar por la página 141 encuentro estas cinco palabras subrayadas por mí: «una enfermera española llamada Huelva». Sé de gente que se apellida Sevilla, Córdoba, Cuenca, Valencia, Bilbao, Vitoria, Navarro, Teruel, Palencia, León, y también Burgos y Cáceres (tuve dos novias que se llamaban así), amén de Zamora (¡Ricardo Zamora nada menos!), pero nunca he conocido a nadie con ese apellido, Huelva. ¿De dónde lo sacaría don Enrique?

Weiß/Colonia, 11.7.

Anoche me fui a dormir muy temprano, apenas terminado el nuevo episodio de la serie policial danesa en torno a Dan Sommerdahl. Antes de despedirse de nosotros, Chico y Vincent activaron el despertador del dormitorio principal, inactivo desde el milenio pasado, Carlitos dixit! Y sonó, vaya si sonó, habría despertado a un muerto. Hago mis abluciones matutinas, despierto a Diny, me visto en un santiamén, el taxi llega puntual a las 6:45 am (la operación de Diny está agendada para las 7:15) y casi no hay tráfico. Por el apellido, el taxista me “suena” iraní, y cuando le pregunto que de dónde viene me dice que de Persia, huyendo de la intolerancia de los ayatolas. Le digo, de pasada, que soy desde mi juventud un ferviente admirador de Omar Jayyam, me mira con respeto: «Usted pronuncia bien su nombre», y le cuento que conozco poemas de OJ de memoria. «¿Puede recitarme alguno, me gustará saber cómo suena en español», y le recito ese tan preñado que dice «Pero el Dedo Implacable / sigue y sigue escribiendo; / seducirle no podrás / con tu piedad o tu ingenio / para lo escrito tachar, / ni con tu llanto borrar / ni una coma ni un acento». «¿Puede traducírmelo más o menos al alemán?», y lo intento hasta que me detiene con un gesto, «Ya sé cuál es», arguye, y añade: «en parsi suena así»: me lo recita, siento el agreste arroyo que mana del texto. Es un instante como aquél al que Goethe le pidió que se detuviese. Cuando a la tarde lo rememoro para Paul, me lo comenta sabiamente: «Es un momento serendípico». Paul pasó para despedirse (el miércoles volará con Oskar a reunirse con sus padres y Henri en Cerdeña) y a pedirme lectura para esas vacaciones, le doy la traducción alemana del volumen de cuentos de Somerset Maugham que le regalé a Diny hace ya un par de años, quiero ganarle un par de lectores más a SM antes de que me pase a buscar la Doña de la Guadaña.

A Rebeca el estrés de la situación con Diny le ha pasado factura en forma de un lumbago feroz que anda combatiendo con parches térmicos (¡oh manes de la bendita Sor Virginia!) e ibuprofeno, o como se llame. Bendita sea también mi Rebecota, ángel de la guarda de su madre.

El sistema telefónico de la clínica San Antonio, donde está internada Diny, es uno de los de mear y no echar gota. No han sido menos de 50 las llamadas que he tenido que hacer para por fin enterarme de que operaron a Diny y la operación transcurrió sin problemas.

Como las circunstancias familiares, el caos telefónico de la San Antonio y la calina me dejan medio inerme y sin ganas para nada, decido ver el partido Inglaterra vs. Noruega en la Eurocopa femenina de fútbol. Fue una decisión acertada de a deveras, ese 8:0 ha sido una paliza que por momentos recordaba el 7:1 de Alemania vs. Brasil en el Mundial del 2014. ¡Qué bien juegan estas hijas de la Gran Bretaña, joder! En cuanto a los noruegos, no creo que lleguen al extremo de los brasileños, que han elevado el “Sete/Um!» a la categoría de locución verbal para expresar que todo salió mal y se lo llevó la chingada, o para decirlo más finamente, se fue a la reprostitutísima merde.

La programación de “Arde Madrid” (8 episodios de 30’ c/u.) es algo de alquilar balcones: a partir de las 8:15 pm los cuatro primeros episodios hasta las 10:15 pm, luego una pausa con algún programa de relleno, y después, a partir de la 1:25 am ya del martes 12. los ocho episodios, del 1 al 8, uno tras otro hasta las 5:25 am. Se le tiene que haber herniado el cráneo al programador a quien se le haya ocurrido semejante despelote.

Weiß/Colonia, 12.7.

1:15 am : Pasaron una peli de Buñuel que me hizo bostezar desde el minuto 10, así es que cambié a una serie policial alemana ambientada en Bretaña, con el inspector Dupin, un episodio que no conocía y me pareció de los mejores de la serie.

Llamo a la clínica San Antonio para preguntar si Diny podrá regresar mañana a casa, y me contestan que puedo pasar a recogerla hoy mismo. Que a partir de cuándo, pregunto súper contento. Que cuando yo quiera, me dicen. Organizo las cosas para que Ulli y Carlitos la pasen a buscar a las 12, de camino acá para nuestro almuerzo en La Modicana. Y aviso a los tres hijos de la buena nueva. Poco después del mediodía llegan Ulli y Carlitos desde la clínica, y solos: al parecer ha habido un error, Diny no volverá a casa ni hoy ni tampoco mañana porque lo más seguro es que haya que operarla de nuevo. No se me cae el techo encima porque la estática de este edificio es ejemplar.

En La Modicana almorzamos esta vez con Marta y Claudia. Sólo recuerdo que Carlitos y yo pedimos de nuevo los ravioles con relleno de queso, en salsa de limón, y que Claudia se nos añadió. Para nada recuerdo lo que comieron Marta y Ulli. Sólo que Marta se hizo empacar la mitad de su comida para la cena esta noche en casa. Participo en la charla común y tanto Marta como Claudia se admiran de que mi sentido del humor sigue incólumne y, según parece, inasequible al desaliento, pero la procesión va  por dentro y es la de una hermandad de penitencia sin tambores y cornetas ni banda de música, si bien podría acompañarla como hilo musical la marcha “Amarguras”. ¿O es demasiado melodramática? Me da a veces la impresión de que poco a poco estoy perdiendo el equilibrio mental.

Me ha costado casi una docena de llamadas conseguir averiguar que a Diny la operarán mañana antes del mediodía. Entretanto son las 5:30 pm, y el riguroso horario de visitas termina dentro de ½ hora, aparte de que no tengo un test negativo del virus. Sigue un diálogo de sordos, por teléfono, con Diny. A estas horas, todo nuestro barrio debe estar enterado de nuestra tragedia porque con Diny sólo logro hacerle entender lo que digo si lo grito. Veré algo en la tele y tras un par de whiskies, a dormir.

Weiß/Colonia, 13.7.

Contrariamente a lo que me propuse, me quedé hasta casi la 1 am delante del televisor, pasaron una peli semidocumental sobre la caza y captura, apenas terminada la guerra, de los médicos que habían convertido el juramento hipocrático en papel higiénico al servicio de la vesania nazi. En especial el tétrico Dr. Josef Mengele, que logró escapar a la justicia, no se sabe ciertamente hasta qué punto con ayuda del Vaticano, que por ese y otros casos tiene cuentas pendientes con Dios en el Juicio Final. La Historia criminal del cristianismo, de Karlheinz Deschner, debiera ser lectura obligatoria en las escuelas de los países laicos. Aunque si me paro a pensarlo, ¿no es México un Estado laico? ¿Y no fue en México donde el Vaticano del papa Wojtyła protegió sin ambages al siniestro padre Maciel?

Cansado de llamadas telefónicas y sin ganas ningunas de ponerme a cocinar, me voy al chino de Rodenkirchen, donde encargo como siempre el menú # 19 del día, una tacita de sopa pekinesa, para tomar con cucharita de porcelana, y el pescado frito empanado, con salsa agridulce, preparado como sabe freírlo Bernardo en Huelva. Bebo a pequeños tragos el Chardonnay fresquito que encargué, pero pasa demasiado tiempo desde la sopa, y además, desde donde me siento puedo ver cómo acuden al mostrador de la recepción varios clientes, todos vejestorios como yo, reclamando por el retraso en el servicio. Cuando pasa por mi lado la camarera alta y espigada, que parece un Modigliani de ojazos almendrados, le pregunto haciéndome el inocente: «¿No hubo pesca hoy en el Rhin?» Es la primera risa que oigo este mediodía en el chino, y muy poco después me sirve la comida con una sonrisa.

Consigo citarme con la Dra. Braun, que es quien atiende a Diny. Conversamos en el vestíbulo de la clínica, donde firmo la autorización de la nueva operación. Ella, que debe ser una joven de unos 30 años, y guapa sin la mascarilla, me pregunta si quiero una copia de la evaluación de las radiografías y sin vacilar le digo que sí: cuando llegue la factura de las operaciones quiero enviarla a la compañía de mi seguro de enfermedad para que dictaminen si hubo error en la primera operación, en cuyo caso ya veríamos si tengo que pagar la segunda. Por curiosidad, le pregunto quién autorizó la primera de las operaciones, ya que ni Rebeca ni yo lo hicimos. Ella mira el expediente y me muestra la firma: es la de Diny. «¡Pero si ella está demente, no podía hacerlo!» «Cierto, pero cuando la ingresaron parecía normal, no sabíamos que estaba demente». Esta clínica es el paraíso de la incomunicación: Montse ya había advertido a los médicos del servicio de urgencia, adonde la ambulancia llevó a Diny el jueves, que la paciente anda demente, y al parecer esa información no había llegado al equipo del quirófano cuatro días después. ♫ Deutschland, Deutschland über alles… ♫

Weiß/Colonia, 14.7.

1:15 am : Esta noche pasaron el episodio del joven Morse donde le propone a su amiga y vecina, la enfermera negra, que se vayan de Inglaterra y empiecen una nueva vida en otro lugar. Este episodio lo tenía irresponsablemente olvidado, ya me extrañaba a mí el desarrollo de esa relación de pareja que no terminó de cuajar. Ahora lo tengo más claro: Shvorne Marks, la enfermera, es una persona con los pies en la tierra, mientras Morse todavía es una incógnita de cara al futuro. Y las mujeres se cuidan mucho de las incógnitas

Rebeca ha tenido que cancelar la cita con la gente de la Asistencia Social, que debería venir hoy a casa a las 9 am, para determinar la escala de asistencia a que tendrá derecho Diny. Ojalá que la nueva cita no sea tan laboriosa de conseguir como la que perdemos hoy. Ay. (No gano para ayes).

El 9.6. envié al Ayuntamiento de Madrid el enlace con el último texto que había subido a mi blog de EE, y lo hice encareciéndole a la persona a cuyas manos le llegase que no tenía que leer sino los últimos cuatro párrafos. Pero no alimentaba ninguna ilusión de que me respondieran. Sin embargo, ¡oh manes de Romanones!, lo han hecho, responden con fecha 12.7. a mi envío del 9 de junio donde como registré con fecha 10 les sugerí leer esos últimos párrafos de esa última entrada en mi blog. Transcribo la respuesta: «Madrid, a 12 de julio de 2022 // Estimado Señor Bada: // Le agradecemos que haya utilizado el Servicio de Sugerencias y Reclamaciones del Ayuntamiento de Madrid. // Le informamos que este buzón está destinado a tramitar las quejas o sugerencias sobre el funcionamiento de los servicios prestados por el Ayuntamiento de Madrid. // Entendemos que su escrito no está relacionado con una desatención concreta, por lo que lamentamos no poder atender, en este caso, quedando a su disposición para cualquier sugerencia o reclamación que desee plantear en relación con los servicios municipales. // Atentamente, // Subdirección General de Calidad y Evaluación». O sea, si lo entiendo bien, la subdirección general de calidad y evaluación del hay–untamiento de Madrid no considera una desatención concreta al pueblo madrileño que en plena democracia una de las calles del nomenclátor de la ciudad haya sido dedicada a un hideputa del tamaño de Fernando VII. Sería bueno que los servicios municipales revisaran la definición de “desatención” en EL diccionario, donde se nos dice que es «Descortesía, falta de urbanidad o respeto», es decir, tres agravantes, tres, convergentes en el hecho de que exista esa calle en el nomenclátor madrileño. Y si contestar un envío del 9.6. el 12.7. no es también una descortesía, falta de urbanidad o respeto, que venga Dios y lo vea.

Quise visitar a Diny tras la operación, pero para hacerlo necesitaba un test negativo del virus, que ya no es gratis, cuesta 3 €, pero la clínica San Antonio lo ofrece como servicio gratutito en la farmacia del mismo nombre, a una cuadra de la misma. Sólo que no se explica en la página web de la clínica ni en el formulario impreso por la misma, y del que me dieron ayer un ejemplar en la recepción, que ese test debe hacerse entre las 9 am y las 2 pm, y cuando llegué a la farmacia a las 2:15, con harto desconsuelo me notificaron que el estudiante (espero que de Medicina, y no de Ciencias Políticas y Sociales) que lleva a cabo los tests se había marchado 10’ antes. Me informaron, eso sí, que había cerca un centro sanitario donde podía hacerme el test. “Cerca” se evidenció como un concepto de lo más relativo, debido a que la zona está en obras municipales y de ampliación del trayecto axial Norte –Sur de los tranvías. A todo esto casi 30º y una calina infernal. Por fin diviso al otro lado de la calle una valla con unas flechas gigantescas en dirección Sur que encaminan hacia el centro sanitario, y al cabo del final de la valle una entrada para vehículos por la que se llega al centro, con una entrada en la valle que no está señalada por ninguna flecha. Y eso no es todo. Acá el test cuesta 29,99 € y no tengo en mi cartera sino 20, lo que en mi caso es mucho porque lo pago todo con tarjeta de crédito. Pago que no me admiten en el centro sanitario. Regreso a la calle, al borde del colapso nervioso. Porque además no hay cabinas telefónicas públicas (Telekom las suprimió cuando sus ingresos no compensaban el gasto de su mantenimiento), y nuestro celular lo tiene Diny. 200 m más adelante una estación del Metro. Y regreso a casa en Metro y bus. Salí de aquí a las 1:55 y van a dar las 4:00 sin que haya hecho cosa de más mérito que gastar la suela de mis zapatos en el asfalto de Colonia. Llamo a Diny para explicarle la situación, pero no entiende mucho y lo que entiende lo entiende mal. Y casi me quedo ronco de la gritadera. Me tiendo a reposar un rato, de seguir así acabaré en un manicomio.

Este día tan perro ha tenido un final sorprendente y reconfortante. Mientras reposaba tuve el antojo de comer boquerones, y a las 6 pm salí de casa, me subí al bus y dos paradas después me bajé delante del griego. La terraza estaba a tope, pero el interior casi vacío. En las cuatro mesas de la entrada, cada una para cuatro personas, en una un anciano de mi edad y que apura lentamente su vino. En otra de ellas un matrimono joven y hermoso, con dos niños y el tercero en camino. Trabamos conversación y constato que la secuencia de sus hijos es idéntica a la de mis hijos: niña/niño/niña en un plazo de 4 años. Hablamos de docenas de cosas y contamos. el otro anciano y yo, anécdotas de nuestros hijos y nietos. De repente, el padre joven me encara: «Perdone la pregunta, ¿puedo saber cuál es su edad?» y cuando le respondo que 83 me contesta que sus padres no son tan viejos como yo pero la cabeza ya no les rige  muy bien, y adelantándome al elogio que va a seguir les cuento que mi esposa, de mi misma edad, se encuentra ya demente, y la madre joven se da cuenta enseguida y cambia el tercio. Es casi seguro que no nos volvamos a ver nunca, pero ha sido un encuentro como en una cuarta dimensión, es tal vez por momentos como este por los que vale la pena seguir viviendo. Y pienso, mientras vuelvo a casa, si es que todo esto no es ya un entrenamiento para una vida sin Diny

Weiß/Colonia, 15.7.

Diny regresó a casa. En la clínica me tuvieron dando pares y nones por teléfono hasta que una de las enfermeras me dijo que la Dra. Braun estaba examinando las radiografías de Diny y que pronto le diría a ella si podía volver a casa hoy o recién mañana. Le pedí entonces que le dijese a Diny que me llamase por el celular apenas supiera algo. Pero no fue Diny sino la propia enfermera de antes quien me llamó para decirme que podía pasar a buscar a mi mujer. Desayuné una taza de té de menta con un cruasán, me vestí de prisa y a la carrera, pedí un taxi, bajé a la calle a esperarlo, y por tercera vez me tocó un taxista persa, pero esta vez joven: no sabía quién fue Omar Jayyam, lo había oìdo nombrar, me dijo, pero creo que más que nada por salvar el honor. En la Norbert, la estación donde estaba Diny, parece que se produjo una de esas emergencias de vida o muerte y estuve casi una hora sentado en el vestíbulo esperando a Diny. Al cabo se abrieron las puertas corredizas de uno de los ascensores y salió Diny ayudada en el equipaje por una enfermera a quien le dijo: «Ahí está el español». Otra vez un taxi, esta vez con un alemán a quien parecía que le acabasen de decir que su mujer le estaba poniendo cuernos, y por fin en casa. ¿Por fin?  No sé, por unas ciertas evidencias inocultables que descubro, creo que es ahora cuando comienza el verdadero purgatorio.

Weiß/Colonia, 16.7.

Vino Rebeca para poner cierto orden en la casa, donde no había casi nada en desorden, dicho sea de paso, y para instruir a Diny en que a partir de ahora las cosas van a cambiar. Nada de salir de compras a la buena de Dios o del Diablo. Etc. Dejó precocinados unos ravioles en salsa de tomate para la cena y la tradicional sopa de los Hansen los domingos, para mañana. Quería volver mañana pero me negué a que lo hiciera y me mantuve firme. Si vamos al caso, la salud de Rebeca es en estos momentos, para mí, más importante que la de su madre. No quiero que se venga abajo justo cuando ya está a punto de realizar su sueño de un trabajo donde se le reconocen sus méritos. De lo que suceda entre estas cuatro paredes, ahora, el que tiene que apechugar con lo que venga, soy yo. Sólo yo y nadie más que yo. Lo tengo más claro que el agua que no he de beber y que debo dejar correr.  Me esperan días sombríos.

En el KStAnz de hoy, la primera página del cuaderno de esquelas fúnebres está dedicada a Böll, hoy se cumplen 37 años de su muerte, aquel 16 de julio de 1983 en que su conciencia moral de posguerra dejó huérfana a la otra Alemania. La página está ilustrada con una hermosa foto de su tumba, a la que he llevado en peregrinación a tantos amigos. La escultura de René, que casi parece inspirada por un móvil de Calder, es un precioso golpe de vista en ese cementerio, desde el cual, en días como hoy, se divisa al nordeste la silueta de Colonia, con los dos nazarenos de Semana Santa andaluza que son las torres de su catedral, robándole el show al panorama. Ningún lugar mejor posible para el eterno reposo de don Enrique

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