De mi Diario : Semana 29 / 2020

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Weiß/Colonia, 12.7.

2:30 am : Justamente comenzaría en estos días la temporada de los conciertos, pero el Covid19 nos escupió el asado a los melómanos europeos. No obstante, las cadenas de TV no se han dado por vencidas y programan por su cuenta conciertos sin público o echan mano de sus archivos, tan ricos en grabaciones. Acabo de ver / oír dos conciertos regios y de volver a ver Spy in the Sky, una peli que me sedujo desde la primera vez que la vi. Las actuaciones de todo el reparto son portentosas. Sólo fuera por ellas y ya valdría la pena de haberla vuelto a ver.

Después de leer mi diario me escribe Jaime desde Valencia para decirme: «Creo que la fuente común a Larra y a Eliot es un adagio militar: “Cuando todos huyen en una dirección, el que no lo hace es el único que avanza”». Mira tú por dónde, como diría mi abuela Remedios.

Le he dado a Diny el cuarto episodio de la saga de Van der Valk, poniéndola primero en autos, como se dice en el lenguaje jurídico. Así que como sé que no le gustan los Krimis, las novelas y pelis policiales, le explico que Freeling era un autor inglés casado con una neerlandesa y cuyas observaciones acerca de los Países Bajos y los neerlandeses (él siempre habla de Holanda y los holandeses) son divertidísimas y homologables con las mías. Además, le cuento que este cuarto episodio transcurre en Drenthe y muy cerca de Emmen, donde tantos veranos felices pasamos en los años setentas. Con todas estas premisas, Diny se muestra dispuesta a leer el episodio. Alabado sea el santísimo sacramento del altar.

Weiß/Colonia, 13.7.

1:35 am : Acabo de ver en el canal Arte casi cuatro horas de una formidable documentación acerca de Walt Disney. Asombra pensar en lo que significó su obra, le dio al cine unas alas y unas dimensiones sin las que no podemos imaginarlo. 22 Oscars de entre 59 nominaciones es un record que creo que no se va a superar tan fácil. Por cierto, me encantó ver la escena del Oscar especial que le otorgaron por Blancanieves y los siete enanitos, un par de meses antes de que yo viniese al mundo, y que lo recibiera de manos de Shirley Temple, quien a sus 11 añitos era ya una estrella hecha y derecha de Hollywood. Y con qué desparpajo se desempeñaba, mare mía de mi arma, no me extraña que Ronald Reagan la nombrase embajadora, siendo ya adulta.

Recibo un email de ​Mario de la Torre, profesor de la Universidad de Granada, quien se declara onubense, o sea, paisano mío, y me cuenta que está preparando una monografía sobre el teatro en los años 60 y 70, y quisiera saber si podría hacerme una pequeña entrevista, por teléfono, Skype o vía email, para preguntarme sobre mi trayectoria. Me resulta tan raro que todo un señor profesor universitario me hable de “mi trayectoria”. Pero como es lógico no puedo decir que no he escrito para el teatro, porque sería mentir, y además me brinda una ocasión para reivindicar el radioteatro, un género tan ninguneado en el ámbito de nuestra lengua.

En mi Antología de páginas inolvidables, para mi blog en EE, selecciono esta vez el texto de Heinrich Böll sobre el descenso de la moral laboral, de mi don Enrique tan querido y recordado, es decir, añorado. Al menos en las escuelas de Renania, este texto era uno de los que mayor atención recibían por parte de los maestros, nuestros tres hijos lo recuerdan y casi se lo saben de memoria. Me pregunto de cuál acervo popular lo tomó don Enrique, porque es una historia que se conoce también en el Caribe, en Italia, en Grecia. No en España, al menos que yo sepa.

Mi buena Manu me dejó un comentario al pie de mi diario: «Si no se come lo necesario, baja la tensión y aparecen las punzadas en la cabeza. No añadas a la tristeza picotazos en la testa». Le he contestado lo siguiente: «Gracias por leerme, Manu, y en cuanto a lo de que de no comer baja la tensión y aparecen las punzadas en la cabeza, eso es fácil de controlar, tengo un aparato para medir la tensión ¡y es normal! (la tensión, no el aparato), ni muy baja ni muy alta sino todo lo contrario. Además de que si pienso en todas las regiones del mundo donde se sufre un hambre endémica, nunca he oído ni leído que esa pobre gente, amén del estómago vacío, sientan punzadas en la cabeza. Oremus».

Empecé a leer la nueva novela de Guelbenzu después de despachar la correspondencia y hacer un par de anotaciones en el diario, y del primer envión ya me jalé 200 páginas cuando me llama (me está llamando) Diny para la cena. Lo anoto acá y marcho rumbo al comedor.

Weiß/Colonia, 14.7.

0:10 am : Termino de leer en este momento la novela de Guelbenzu, En la cama con el hombre inapropiado, que comencé a leer al mediodía; me la jalé, pues, de un tirón. Y aclarado el punto de que la novela es tan interesante que se lee en un soplo, ahora viene el tío Paco con la rebaja: no creo que sea una de lus mejores novelas de José María, he leído novelas suyas superiores a esta. Pero en esta le ha dado vida a una criatura entrañable, a una criatura que enamora al lector y lo quiere saber todo acerca de ella. Hasta el punto de llegar a enfadarte con el autor cuando le cambia su bautismo. Esta María del Alma está gloriosamente viva y el lector lo siente y se solidariza con ella de cabo a rabo.

Dos causas principales de la pandemia en el Perú son que más del 40% de los hogares no disponen de una heladera, y el hecho de que ⅔ de la población no tienen cuenta bancaria. Lo primero obliga a salir de casa a comprar los alimentos cada día; lo segundo implica que sólo se pueden cobrar las ayudas estatales en efectivo, con el correlato de largas colas ante los Bancos. Así lo leo en el Kölner Stadt Anzeiger, que le dedica casi toda una plana a la pandemia en el Perú, quinto país en el triste ranking mundial. Jamás se me hubiera ocurrido, lo confieso. Pero  Julio, a quien llamo a Viena para contárselo, me añade otra causa: el machismo.  O sea, seguir saliendo a la calle guapeando de que “a mí no me va a pasar nada”. De a deveras que eso del homo sapiens ya no tiene por donde agarrarse. Y el mejor ejemplo de homo ignarus es the fake president, qué mancha para la historia de su país y qué calamidad para el resto del mundo.

En La Modicana con Ulli & Carlitos, según se ha vuelto costumbre desde que terminó el vía crucis del confinamiento. Hablamos mucho de Van der Valk, también porque Diny ha leído y le ha gustado el cuarto episodio, tal y como pensé que iba a suceder. Ulli encargó una pizza, que ya hacía meses que no comía una; Carlitos una ensalada con pulpo y calamarcitos, y Diny y yo nos decantamos por espaguetis alla modicana. Para mi sorpresa, vacío el plato y si no me puse a rebañarlo [fare la scarpetta] es porque me pareció que sería exagerar.

Weiß/Colonia, 15.7.

1:00 am : Breathe [Una razón para vivir] me ha dejado muy conmovido, sobre todo sabiendo que se trata de una historia real. ¡Qué pena que sepamos tan poco acerca de aquellos que han combatido por derechos esenciales del ser humano, y en cambio sepamos tanto acerca de unos criminales que los han pisoteado y los siguen pisoteando (China, Corea del Norte, Filipinas, Guinea Ecuatorial, Cuba, Nicaragua, Venezuela) Aunque de los que se cometen en Guinea Ecuatorial me parece que sólo se sabe gracias a Fronterad, y aún aquí no desde septiembre del año pasado. ¿Habrá terminado la corrupción por comerse el país como una planta carnivora?

Rebeca en casa para echarle una mano a Diny en las faenas de la casa. Esta hija es una joya. Por cierto, fue ella quien nos contó que Montse, Frank y Henri llegaron sin novedad a Normandía, pero a costa de estar tres horas de plantón en una retención de la autopista. Parece como si los Países Bajos, Bélgica y Alemania se hubiesen puesto de acuerdo para ir a veranear a Francia. ¡Tan luego a Francia!  Por otra parte siento terror pensando en las masas alemanas que fueron a Mallorca y en el jolgorio que allí montaron: ¿qué será de nosotros cuando regresen?

Dejo un comentario en Nexos, al pie de la nueva entrega del Covidiario, la de hoy: «Muy bien narrado el episodio, y sí, la cantidad de plástico desechable de un solo uso que se está tirando a la basura durante la pandemia es uno de los mejores índices para calibrar la enfermedad mental que padece la Humanidad. Hubo una época en que a la apendicitis la llamaban cólico miserere porque te llevaba derecho a la tumba y a que te cantasen el gorigori lúgubre de los entierros. Lo del Covid19 va camino de convertirse en el plástico miserere; va a terminar ahogándonos el plástico desechado, antes que el virus».

Weiß/Colonia, 16.7.

2:15 am : En tres noches consecutives, a dos capítulos por noche, he vuelto a ver la versión BBC 1995 de Pride and Prejudice, nunca me canso de verla. Es algo así como un baño lustral para sacarse uno de encima la miseria del día a día.

Mi quizás lejano pariente Juan Carlos, desde sus Asturias, me cuenta: «T​u curiosidad por conocer la primera vez de ir al cine, me recuerda la mía, al menos creo que fue esta: salíamos del catecismo obligatorio que nos inculcaban unas beatas elegidas por el cura, en la iglesia de mi pueblo las tardes de los domingos. El cine estaba cerca; era el cine Azul; la película era del Oeste (el título no lo recuerdo). Tal era la inocencia de los niños que allí estábamos que cuando había refriega de tiros nos agachábamos en las butacas, como escondiéndonos de los disparos; sería por el año 53–54. Hoy el cine es un taller de coches». Me hace recuperar eso de llamarlas “películas del Oeste”, no western, como decimos hoy. Y me hace recordar una broma mía de cuando salieron las primeras pelis de Sergio Leone, de las cuales dije que eran “filmes dal Lontano Tramonto”, un italianismo macarrónico que me inventé para la ocasión.

Weiß/Colonia, 17.7.

1:30 am : He estado viendo Hoje Eu Quero Voltar Sozinho [Hoy quiero volver solo, neciamente titulada en español A primera vista], una bella peli brasileña que la han pasado en el original. ¡Qué hermosura es darte cuenta de que se puede hacer una obra de arte con tan pocos mimbres, y sin efectos especiales, ni galaxias, ni alienígenas, ni zombies, ni toda esa chatarra espacial y  abracadabramente estupidizante que regurgita y vomita Hollywood desde hace décadas!

Escribo mis artículos para Nexos y para Vasos Comunicantes, el primero sobre Manuel Puig (¡30 años ya desde su muerte!) y el otro sobre mi aproximación al poema de Brecht “Lao Tsé en el camino de la emigración”. Y ayer apareció en Árbol Invertido el que le dedico a don Enrique en el 35.º aniversario del día en que nos dejó huérfanos. Ni yo mismo sé de dónde saco fuerzas para tanto, aunque sean materias que domino. Me hace recordar un elogio que me hizo Ovidio en los años del “¡Buenos días, América!”, nuestro informativo en vivo, dos veces al día, para América Latina: «Es que tú puedes escribir de concepto acerca de cualquier cosa». Me quedé con esa copla porque no conocía la expresión “escribir de concepto” en el sentido que él le dio, el de “improvisar”. La Academia no lo registra, ni tampoco doña María Moliner ni el Seco, debe ser un modismo del español eclesiástico, no puedo olvidar que Ovidio es un fraile que colgó los hábitos.

Extraordinaria peli noruega, Kon–Tiki, narrando la legendaria expedición de Thor Heyerdal, desde El Callao a la Polinesia, no tiene pierde. Y dentro de unos diez minutos vuelven a pasar El silencio de los corderos, que no me la quiero perder. Algún día tengo que explicarme por qué es que no me importa ver muy seguido una peli una docena de veces, mientras releer un libro me exige una distancia temporal mayor, a veces bastante mayor, entre relectura y relectura.

Weiß/Colonia, 18.7.

0:30 am : Un detalle que me encanta de El silencio de los corderos, y que no sé si alguna vez lo consigné. es el penúltimo de sus títulos de crédito: «A luta continua [La lucha continúa]», lo que me pregunto es contra quién: ¿contra los asesinos seriales o contra el FBI, los asesinos fiscales?

En el cuaderno de esquelas fúnebres del Kölner Stadt Anzeiger la de Rudolf Hochgürtel: 99 años y 12 días duró su paso por este mundo. Hochgürtel era el propietario de la tienda de ropa femenina donde se vestía la haute volée de Colonia, una tienda situada en pleno corazón de la ciudad, a un tiro de piedra de la catedral. En 1988, Rebeca acababa de conseguir su diploma profesional como costurera y modista, y estaba buscando trabajo, entre otros soportes en los avisos del KStAnz, y un día de repente, leyéndolos, se echó a reír: «¡Necesitan una costurera en Hochgürtel!» Naturalmente su madre, su hermana, sus amigas, le dijeron que no tenía ni la más mínima chance de empezar su desempeño profesional por el lugar más alto del escalafón, pero Rebeca se dijo que nada perdía con probar y además conocer aquél sanctasanctórum por dentro. Llamó, concertó una cita y allá se presentó, en bluyíns y camiseta. Con Hochgürtel, judío, cosa que ella no sabía, llevaba ganado todo lo que el nombre de Rebeca evoca en ese pueblo. Así es que la recibió muy amable, quiso saber por qué la habíamos llamado así, cuál era su experiencia profesional, cuáles sus aspiraciones. Ella le contestó lisa y llanamente a su leal saber y entender y él la llevó al cuarto de costura encargándole una de las labores más difíciles: hacer un ojal en un tejido. Cuando regresó al despacho para entregárselo, Hochgürtel lo examinó y le preguntó si no tenía nada que hacer en la ciudad, porque debería volver a la tienda una ½ hora después. Rebeca salió a darse un garbeo por el centro, viendo escaparates, y regresó a la ½ hora donde don Hochgürtel la esperaba con un contrato donde sólo faltaba la firma de la joven costurera. Para Rebeca fue como un sueño de cuento de hadas, del que despertó cuando Hochgürtel le dijo: «Puede usted comenzar mañana, pero ¡ojo! a partir de mañana nada de bluyíns ni camisetas». Rebeca terminó siendo la empleada favorita del viejo Hochgürtel, pues no solo cosía y bordaba primorosamente sino que también la requerían en la tienda cuando había clientas que sólo hablaban inglés, neerlandés o español. Al cabo de los años, cuando el buen Hochgürtel cerró la tienda, vencido por la edad y por carecer de herederos que continuasen su firma, una de sus primeras providencias fue dejar colocada a Rebeca en otra tienda de alto standing, la de Jill Sander. Recorto, pues, su esquela, para entregársela a Rebeca la próxima vez que nos veamos. Descanse en paz el buen viejo.

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Ricardo Bada
Ricardo Bada (Huelva/España, 1939), escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de numerosísimos libros, desde La generación del 39 (cuentos, Nueva York 1972) a El Canto XXV (novela breve, Copenhague), es o ha sido colaborador de medios como Revista de Occidente, ABC y Cuadernos Hispanoamericanos (España), El Espectador y El Malpensante (Colombia), Nexos, La Tempestad y La Jornada (México), La Nación (Costa Rica)…

3 COMENTARIOS

  1. El que no lo leyó fue Willy. Llegó hasta la página 44 y me escribió un email de 317 palabras para explicarme por qué no lo seguía leyendo, con lo fácil que sería decir “No es lectura que me guste”. Le contesté eso, que la literatura policial no es pkato del gusto de todos, y que al respecto pienso lo siguiente: si no te gusta el chocolate negro, no te gusta el chocolate, lo que te gusta es el azúcar. Y le dije que no se lo tomara personalmente.

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