De mi Diario : Semana 3 / 2020

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Weiß/Colonia, 12.1.

2:12 am : He estado viendo el DVD de Beat the Devil [La burla del Diablo], una de las últimas pelis de Bogey. En el guion se nota la mano de Truman Capote, por ejemplo en esta frase del personaje O’Hara (Peter Lorre): «Tiempo. Tiempo. ¿Qué es el tiempo? Los suizos lo fabrican. Los franceses lo acaparan. Los italianos lo malgastan. Los americanos dicen que es dinero. Los hindúes dicen que no existe. ¿Sabes lo que te digo? Te digo que el tiempo es un granuja». Lo que me llama la atención es que John Houston, en sus memorias, A libro abierto, dice que esa fue la última peli que rodó con Bogey, en 1953, pero omite señalar que en los cuatro años de vida que le quedaban Bogey filmó nada menos que siete grandes cintas: El motín del Caine, Sabrina, La condesa descalza, No somos ángeles, La mano izquierda de Dios, Horas desesperadas y Más dura será la caída. Creo que son muy pocos los actores capaces de llevar a cabo tal hazaña, y eso estando condenado a muerte desde la operación en la garganta (1956). Houston pronunció la oración fúnebre en el sepelio de Bogey, y sus últimas palabras fueron de las que no se olvidan: «No tenemos motivos para apenarnos por él, sólo de nosotros mismos por haberle perdido. Es completamente insustituible. Nunca habrá otro como él». Es cierto, y cada vez que vuelvo a ver una peli suya siento que se confirman esas palabras: Bogey es irrepetible.

En el Kölner Stadt Anzeiger aparecen seis esquelas fúnebres en memoria de una misma persona. La dirección del duelo (la de Brodesser, la empresa funeraria de Weiß) me dice que se trata de alguien de este pueblo que ha muerto en un trágico accidente, junto con una hija que murió a causa del mismo accidente pero cinco días más tarde. Armado con esos pocos datos rastreo en la nube con la ayuda de mi conspicua Miss Hortensia Google, y logro rehacer toda la historia. Este hombre voló con su propio avión a unas vacaciones de Navidad en Austria, y poco antes de llegar al aeródromo de destino el avión se estrelló en una zona boscosa. Él murió en el acto, el 21 del mes pasado, y de las dos hijas que le acompañaban, la de 12 años murió en el hospital el 26 de resultas de sus heridas, mientras que la de 9 escapó casi indemne, con sólo unos rasguños. Tanta tragedia puede esconderse tras las fórmulas trilladas de una esquela fúnebre.

Anoche estaba tan cansado que me fui a dormir apenas anoté mis reflexiones sobre Bogey. Me dejé en el tintero que antes de Beat the Devil estuve viendo The Joneses [La familia Jones] y una vez más me sorprendí al recordar que está inspirada en la autobiografía de la propia Demi Moore, una de las vidas más agitadas e interesantes de la historia del cine, y que ella no tuvo empacho de contar con pelos y señales en esas memorias suyas, Inside Out, aún sin traducir al alemán ni al español, al menos que sepamos Miss Hortensia Google y yo.

Me pasa Carmen Hernández–Pinzón, gestora de la herencia de JRJ, un enlace con un artículo, más bien un pasquín de José Rafael Lantigua (ilustre desconocido para mí) en donde se pone a Juan Ramón como chupa de dómine y como no digan dueñas. Lo leí con un asombro creciente y le escribí a Carmen: «Mi experiencia me dice que en los países chiquitos, como la República Dominicana, esta especie pulula. Creen hacerse grandes hablando mal de los grandes. Y además se las dan de enterados cuando no saben de la misa la mitad. En este pasquín, por ejemplo, el autor llama “madrileño” a Ramón Pérez de Ayala, que era más asturiano que la fabada. En tales casos, la actitud a tomar debe ser la de don Quijote, actualizada: “Ladran, luego son perros”».

Weiß/Colonia, 13.1.

1:30 am : He estado viendo Salt in Our Skin [La piel del deseo, así se tituló en Argentina, único país hispanohablante que figura en su ficha] con unos insuperables Greta Scacchi y Vincent d’Onofrio, una partitura del viejo maestro del jazz alemán Klaus Doldinger (que en esta banda sonora demuestra tener una hermosa veta romántica) y “Dover Beach [La playa de Dover]”, un bello poema de Matthew Arnold, que es un placer inmenso oírselo recitar a los protagonistas, la primera mitad a ella al principio de la peli, la segunda mitad casi al final, esta vez a él, ese rudo pescador escocés que descubrió la poesía gracias a la profesora francesa de Literatura. Una peli muy hermosa, lo que no sé es por qué la programan en un ciclo de varias semanas dedicado al “amour fou”. Lo único de loco que tuvo este amor de sus protagonistas es que supieron vivirlo cuerdamente en la realidad por mucho que la realidad se les opusiera.

Me sacó de la cama el timbre de la puerta y acudí corriendo poniéndome la bata por si era un mensajero o el cartero, pero no, era una voluntaria de la ASB [algo así como “Acción federal samaritana”], con el uniforme de los samaritanos y una sonrisa contagiosa para explicarme que la ASB no recibe apoyo de dinero fiscal y se financia con donaciones privadas, en especial por lo que respecta a uno de los servicios más hermosos que prestan, y es el del “Wünschewagen”, el auto para el último deseo, al que el Kölner Stadt Anzeiger le dedicó un reportaje la semana pasada. [“Wünschewagen” también admite la lectura “Letzte Wünsche wagen”, en cuyo caso significa “Atrévete a un último deseo”]. Con ese auto, la ASB le cumple el último deseo de sus vidas a personas desahuciadas y que quieren ver el mar o un partido de fútbol de su equipo favorito, una última vez, o asistir a la boda de una nieta que vive lejos, o qué sé yo, la paleta de los deseos humanos carece de límites. La hice pasar al comedor, nos sentamos y comenzó a rellenar el formulario por el cual me comprometo a subvencionar la acción con una aportación mensual pagadera por años anticipados, y mientras ella rellena el formulario vuelve a casa Diny de hacer sus compras, le explico quién es nuestra visita y se sienta a la mesa y le dice a la joven samaritana que también ella desea subvencionar la acción, desde su propia c/c. Esta joven es de a deveras una buenísima embajadora de su organización. En su tarjeta de identificación leo que se llama Svenja, un nombre precioso para una criatura que también lo es. La gente que trabaja casi honoris causa por obras como la de los samaritanos merecen de toda la vida mi admiración y mi apoyo sin reservas. Cuando se va, me digo que ya llevé a cabo mi buena acción del día. «¿Y por qué crees tú que te llamo Baden Powell?», me preguntaría Álvaro [Mutis].

Weiß/Colonia, 14.1.

1:25 am : He estado viendo una peli, Langosta, que me produjo emociones muy contrapuestas. Para nada la conocía ni había leído nada acerca de ella y por eso la impresión ha sido fuerte, ya me preparo mentalmente para volverla a ver. Después de verla me vine acá a la pantalla, recabé la ayuda de Miss Hortensia Google y he encontrado muchos y buenos comentarios sobre la peli, pero no necesriamente elogiosos, que la peli en sí no necesita, es buena, y ya, pero que abordan su problemática desde muy distintos, ¡y tanto!, puntos de vista. Tengo que volverla a ver, hasta creo que me voy a comprar el DVD, para estudiarla a fondo.

En La Modicana al cabo de casi un mes. Hoy nos acompaña Diny. Hay demasiada gente, y a Carlitos lo ofusca el ruido de las chácharas ajenas por encima de un nivel de decibelios que en su escala Richter fonométrica no es precisamente demasiado alto. Él encarga una pasta que no recuerdo, Diny su lasaña y yo unos espaguetis con aceite y ajo. La persianita nos tarda tanto en servir que cuando lo hace somos ya los únicos comensales, y para su sorpresa le digo a Carlitos que vamos a tener que ir buscando otro sitio para nuestros almuerzos de los martes. Diny me apoya. Carlitos arguye que la signora cocina muy bien. De acuerdo, pero no es la única buena cocinera en la ciudad, y ya estoy harto, hartísimamente molesto con el hecho de que al cabo de nada menos que quince años se nos trate como si eso no contase.

Weiß/Colonia, 15.1.

1:00 am : Nunca quise verla, Still Alice [Siempre Alice], pero esta noche me obligué a hacerlo, y me hizo llorar como no lloraba desde hace mucho tiempo. Al escribirlo aquí lo hago teniendo en el primer plano de la pantalla de mi memoria el dictum de Wittgenstein, «Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen». Y sí, pero me pregunto si no sólo de lo que no se puede, sino también de lo que no se debe hablar, lo mejor sería callarse. «Dive, thoughts, down to my soul [Descended, pensamientos, al fondo de mi alma]», como dice mi tocayo, el monarca deforme y criminal. Y regolfaos en el fondo de mi alma, pensamientos, sentimientos, todo yo.

He dedicado gran parte del día a rememorar mi primer amor cinematográfico, aquella jovencita hermosa a quien en España llamábamos Diana Durbin. Su primera peli es de 1936, la última de 1948, y yo ya iba al cine de niño, especialmente en verano, al Colón, que estaba cerca de casa, en la esquina NW de la manzana que ocupaban el viejo campo de fútbol de nuestro Recre, el destartalado Velódromo, y las canchas del Club de Tennis, a las que se entraba por la Avenida Escultora Whitney, que todos conocíamos como “carretera del Matadero”. El cine Colón tenía el piso de arena apisonada y desde junio a septiembre, a partir de que se hacía oscuro daban dos pelis seguidas, los famosos “programas dobles” donde aprendimos la asignatura del cine y le entregamos nuestros corazones, sin remisión. A él y a la música. Y las pelis de Deanne Durbin se repitieron mucho en aquellos años, especialmente a partir de su espectacular retirada, menos pregonada que la de Greta Garbo pero igual de definitiva. He pasado, pues, algunas horas con DD y descubierto que hay en Youtube joyas inapreciables que demuestran su talento y aquella maravilla que era su voz. He hecho partícipe de mis descubrimientos a los amigos de dos de mis directorios para envíos colectivos, el de los cinéfilos y el de los melómanos. Y ya me llegan las primeras reacciones, entre ellas la de MM, quien me cuenta que la Durbin era la favorita de su madre pero ella no tuvo ocasión de verla ni oírla hasta esta tarde. Soy de nuevo Baden Powell.

Weiß/Colonia, 16.1.

2:35 am : Empecé a ver de nuevo Lucía y el sexo (la vi el 22.3.2018, según consta en este diario) y me resultó imposible, como siempre con las pelis cuyo idioma original es el mío. Me pregunto entonces cómo fue que la vi entera hace dos años. Debió ser haciendo la composición de lugar de que la peli fuese una extranjera rodada en España en escenarios conocidos, como Luna de miel, o como Orgullo y pasión, o como Pandora y el holandés erante. Programé a cambio el DVD de El viejo y el mar, no por la peli, que no es buena ni mala sino todo lo contrario, no por la peli, no, sino por Tracy, que está inmenso. Y luego dos capítulos de la serie Fortunata y Jacinta, de Mario Camus, que es una gozada.

A primera hora de la tarde me llegó Volverse Palestina, de Lina Meruano, enviado desde Balcellsolandia por Maribel y Carina, porque ya se sabe que quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Lo primero que noto es que en todas partes aparece su título mal citado, con “Palestina” en minúscula, así fue cómo lo tomé de Wikipedia. Y lo segundo que noto es que este título también admite una segunda lectura: «volverse palestina».

Pasé casi todo el día oyendo música, docenas de grabaciones de Deanne Durbin, lo menos diez versiones distintas del “Largo al factótum” de El barbero de Sevilla, y al final, ya, el concierto dedicado a “las mujeres estrellas en Broadway“, en el Carnegie Hall, el 28.9.1998, que es genial, sencillamente genial, hasta para mí sin saber inglés.

Weiß/Colonia, 17.1.

2:20 am : Primero estuve viendo La belle saison [Un amor de verano], bella historia de amor lésbico con una pareja protagonista comestible a besos. Me hace gracia que Carole, el papel que interpreta Cecile de France, sea profesora de español y le enseñe a decir a Delphine cosas tales como «Te quiero, mi amor, me gustan tus pechos». Después dos nuevos capítulos de Fortunata y Jacinta, que es una tan buena adaptación a la tele como la de Pride and Prejudice, de la BBC 1995, y un elogio mayor no le puedo hacer.

Estuve donde la pedicura, de nuevo con Dorotea, quien debe andar con algún problema porque al contrario de lo habitual no mostró deseos de conversación, lo que es tan natural en algunas profesiones, entre ellas la suya. Me hizo recordar un tuit alemán que leí hace poco: «–¿Cómo desea que le corte el pelo, caballero?” «–En silencio». Y respeté el de Dorotea.

Me escribió hace un par de días el paisa David, ya desde Salvador de Bahía, donde en febrero defenderá su tesis. Terminó su email con esta posdata: «Aguanté las ganas de responder a un comentario que te hicieron en tu artículo del viernes pasado, sobre lo floja que era tu columna. Un fanfarrón, que no merecía siquiera tu amable respuesta, que siga leyendo esas dignas revistas. En fin, de todo se ve en la viña del Señor menos el Señor». Le respondí hoy: «Hola, David querido, quien publica en un medio como EE tiene que estar contrachapeado y bien embreado para resistir la estupidez humana, y una amable respuesta como la mía al comentario de marras que mencionás en tu email, para quien lee entre líneas es una bofetada sin mano al imbécil que botó su basura en el foro: hay amabilidades que matan, acordate de la milonga “Amablemente”, y por si acaso no la conocés te copio aquí el enlace con la mejor versión que conozco: además de una gran milonga es un soneto impecable, aunque heterodoxo».

Por su hijo, me entero de la muerte de Paco Guerrero, a los 82 años, el 16 del pasado diciembre. Me conmueve esta noticia. Paco fue uno de los componentes de la “república” que fundamos en el 10 de la Bellermannstrasse de Berlín, cerca del muro por el norte, allá por Gesundbrunnen. Fue también, ya de regreso en Huelva, el primer fotógrafo de nuestro primer hijo, de Rebeca, en la casa donde nació, en la esquina NW de la calle Rábida, frente al Agmanir, que fue desde aquél año 1967 “nuestro” bar. En esa foto, en la azotea de la casa, tambíen están mi padre y mi hermano,  ya también muertos los dos. Y recuerdo algunos de los bellos momentos de aquel legendario 1965 en Berlín, en especial nuestras excursiones al oriental, por la Friedrichstrasse  y el control de los vopos. Al otro lado del muro nos dedicábamos a la compra de libros cubanos (baratísimos en la librería internacional de Alexanderplatz), a recorrer museos (Paco quedó extasiado cuando lo llevé a conocer, con Isabel y Pablo, el altar de Pérgamo, y le hizo docenas de fotos, con o sin nosotros), y también aprovechábamos para comer de lo mejor y pagarlo por un tercio de los que nos hubiese costado en Berlín occidental. Haciendo memoria, la última vez que vi a Paco fue en mayo de 1978, que yo estaba en Huelva y fui al viejo Estadio Colombino, en la Isla Chica, a ver un partido del Recre con mi padre, y Paco estaba en la puerta repartiendo octavillas de su sindicato. Si echamos cuentas, hace más de cuarenta años que  no le veía, y a su mujer, Antoñita, un par de años más. ¡Qué de recuerdos! Como le digo a su hijo, a pesar de no vernos durante tantos años, para nosotros seguían siendo como de la familia. Descanse en paz el querido Paco, el más concientizado política y socialmente de todos nosotros.

Weiß/Colonia, 18.1.

2:45 am : Los vecinos se habrán preguntado a quien le grité «¡Hijo de puta!» mientras veía la serie Fortunata y Jacinta, y fue primero que a naides al cura hermano de Max Rubín, pero después, y con mayor fuerza, al requetecontrarremilhideputa de Juanito Santa Cruz (¡me quito el sombrero ante su sabiduría onomástica, don Benito!)

En el cuaderno de esquelas fúnebres de la edición del fin de semana, el Kölner Stadt Anzeiger trae hoy en la primera plana un artículo dedicado a una nueva forma de inhumar cadáveres, que ya se practica con los animales y consiste sencillamente en convertirlos en mantillo, es decir, en descomponer la materia orgánica que somos y volvernos feraces, tierra de cultivo. Se trata de un experimento llevado a cabo por una empresa de Seattle y que a partir de diciembre formará parte, en el Estado de Washington, del catálogo de posibilidades para despedirse del difunto, no simplemente enterrándolo ni entregándolo al fuego del horno crematorio, sino transformado en 1 m³ de tierra fértil. Inevitable es que recuerde aquí el comienzo de la “Elegía a Ramón Sijé:  «Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano». Miguel era campesino y sabía el verbo adecuado en este caso.

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