De mi Diario: Semana 33 / 2013

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Weiß/Colonia, 11.8.

Inesperada visita de Henri acompañando a su señor papá, que viene a recoger nuestras maletas, las que utilizan siempre cuando se van de vacaciones. Bajamos las tres maletas uno cada una y me divierto de lo lindo viendo a Henri arrastrar la suya jalando de la manija y haciéndola rodar como si se hubiese pasado toda la vida de aeropuerto en aeropuerto. Me lo comería a besos.

 

A propósito del artículo aparecido el viernes en El País acerca de Hannah Arendt, recibo un email de Cinna, desde México D. F., donde me pasa «un dato interesante que parece haber escapado a la atención de sus defensores y críticos. Resulta que ese concepto, el de “la banalidad del mal”, fue utilizado antes por otro famoso escritor, el alemán Ernst Jünger. Dice Jünger en su diario Strahlungen [Radiaciones], volumen 2, con fecha 23 de mayo de 1945, es decir, poco después del final de la guerra:


“La radio difunde que Himmler fue detenido yendo disfrazado. Quizás era la primera vez que iba sin disfraz; el Reichsführer de las SS como vagabundo, como mendigo tuerto. […] Lo que siempre me impresionó de un modo particular en este hombre fue su agudo aburguesamiento. Sería de pensar que un ser humano cuya tarea es organizar la muerte de muchos miles, tendría que distinguirse visiblemente de todos los demás. […] Aquí por otra parte puede verse claro cuán profundamente ha penetrado el mal en nuestras instituciones: el progreso de la abstracción. Detrás de la primera ventanilla puede aparecer nuestro verdugo. Hoy nos entrega una carta certificada y mañana la sentencia de muerte. Hoy nos pica el billete del tren y mañana nos pega un tiro en la nuca. Lleva a cabo ambas tareas con la misma pedantería, con el mismo sentido del deber. [] Las ideas ampulosas, la fealdad cotidiana de semejantes figuras apuntan a un rol subordinado en el reino del Mal. La idea de que millones deben abandonar el mundo porque un tal Herr Himmler jala de la palanca de la máquina de destrucción, debe clasificarse entre los espejismos. Si la nieve cae durante todo un invierno, basta la pata de una liebre y el alud se desploma hacia el valle”.

 

No pretendo –sigue diciéndome Cinna– que el término «banalidad del mal» haya sido utilizado antes por Jünger, pero sí la idea de que el mal pueda coexistir con la banalidad. Además, me permito sugerir que este pasaje de Jünger es superior al libro de la Arendt. La prosa es más poderosa y la idea es más profunda por basarse en una experiencia personal. Jünger identifica la «banalidad» (Arendt) con la pedantería y el sentimiento del deber como móvil de los crímenes del nazismo. Hannah Arendt fue amante de Heidegger y lo defendió, aun cuando Heidegger colaboró con los nazis en «limpiar» de judíos la Universidad de Friburgo. ¿Banalidad? Ciertamente Heidegger fue una de las personalidades intelectuales más prominentes de su época, no fue un personaje banal. No lo hizo por convicción sino por pedantería y sentido del deber. Además, renunció a tiempo».

 

Weiß/Colonia, 12.8.

El lunes es el día de zafarrancho de limpieza del apartamento, en su acepción marino–militar. Apenas me levanto de la cama y voy a la cocina a preparar mi desayuno, Diny saca la aspiradora y no descansa hasta haberse convencido de que eliminó la más microscópica partícula de polvo que mancillase todos y cada uno de los rincones ubicados entre las cuatro paredes que nos albergan. Comienza siempre por mi despacho, para que yo pueda venir a trabajar después de haber desayunado. Luego, al cabo de más de ¾ de hora, se extingue el sonido de la aspiradora, pero eso sólo significa que comenzaron las labores cosméticas. La que más acendrada tengo, la que más me seduce, es ver a Diny de rodillas, rastrillando paciente con un peine los flecos de las alfombras, para dejarlos –¿cómo decirlo?– en estado de gracia, con un flequillo como el de Audrey Hepburn en Funny Face. Me doy cuenta de que esta descripción puede parecer cínica, pero la escribo como un homenaje a una gran ama de casa, y con mucha, muchísima ternura.

 

Weiß/Colonia, 13.8.

Se reportó Populius al teléfono, que quería venir a almorzar con nosotros, hoy, a La Modicana. Lo bauticé Populius porque llamar Volkher a un argentino, aunque sea de ascendencia alemana, me parece una atrocidá. Y vino Populius, pues, y se nos añadió Diny, que anda de vacaciones escolares (las de sus nietos, en España y Grecia). Y Flavio nos anunció que hoy teníamos unos spaghetti con calamares frescos a los que Carlitos y yo nos apuntamos ipso fuckto, mientras que Diny y Populius apostaban por los de la casa, alla Modicana. Realmente un banquetazo. Al final le dije a Flavio que los calamares estaban tan frescos que seguramente los habían pescado poco antes en el Rhin, que pasa a un tiro de piedra. «Ojalá», me contestó con su aire serio de siempre, «nos hubieran salido muchísimo más baratos». Salí de La Modicana pensando que el próximo martes, si les quedan calamares me apuntaré de nuevo al desembarco. D–Day en La Modicana.

 

Weiß/Colonia, 14.8.

0:15 am: Tightrope [En la cuerda floja] es la peli que más me llega de todas aquellas donde Clint Eastwood hace de detective. El trabajo de la cámara, manejada por Bruce Surtess, es de lo mejor que conozco en materia de cine negro, y lo digo literalmente, porque Surtess se mueve 2/3 de la peli en la oscuridad. Pero es una oscuridad viva, donde siempre sabemos lo que sucede, no esa oscuridad inerte que me llevó a preguntarme hace un par de meses, aquí mismo, por qué hay pelis que las filman en rembrandt, pelis donde hay que programar el parámetro Iluminación a tope para recién después poder seguir la filmación como si fuera con esas gafas especiales para ver en la oscuridad. No, la oscuridad de Surtess no es la de un nictálope, casi diría que más bien la de un visionario. Y además de otros méritos de la peli, como la partitura de Niehaus, no hay que perder de vista el debut de Alison Eastwood, la hija de CE, recién divorciado, en el papel de hija de West Block, el detective recién divorciado que vive con sus dos hijas; ni tampoco el buen desempeño de una de mis canadienses predilectas, Geneviève Bujold. Me encantó volver a ver esta peli, si la pasaran mañana no me importaría verla de nuevo.

 

Ayer, que además de martes era 13, el día transcurrió sin novedá, pero al abrir esta mañana mi comPUTAdora me encontré con un problema que en principio me obligaba a dejar de usarla hasta que pase a verla «Manitas” Arzola. Resulta que durante la noche, no fui yo sino mi monitor quien entregó su alma. Así es que me vi obligado a recurrir a la compu portátil de Diny, que sólo uso en casos de emergencia y con la que no me gusta trabajar: bien está que los viejos seamos como niños, pero no hasta el punto de volver a jugar con juguetes; «¡Por Dios!», diría Álvaro Mutis. Como no podía llamar tan temprano a Arzola, me puse en contacto con Carlitos y él me echó una mano con un monitor viejo que tiene y que me trajo al mediodía. Y que funciona, claro está, porque el defecto no reside en la compu sino en mi monitor, que lo compré en enero 2011 con una garantía de dos años porque ahora los deben construir para que duren dos años y ½. El de Carlitos debe ser del año de Maricastaña, cuando los aparatos se construían para durar in saecula saecurolum. Y por supuesto que funciona, pero pasar de 62 a 50 cm de diagonal de pantalla es como pasar de pintar en el estudio de Botero a hacerlo con Modigliani. Hablé al final de la tarde con Arzola, por fin, y me dijo que no tenía sentido reparar el monitor, que fuese a Saturn y comprase el más barato que hubiese, a condición de que tenga una garantía por dos años. Casi estoy por pensar que en lo que atañe al promedio de vida de los aparatos electrodomésticos nos hemos convertido todos en fatalistas. Hasta los más cristianos, e incluso –incluso– los del Opus. Sin que lo sepan, ellos están a un paso del Islam. Yo lo estuve siempre, «tengo el alma de tardo [sic] del árabe español».

 

Weiß/Colonia, 15.8.

0:10 am : Das Recht auf Liebe [El derecho al amor], un telefilm alemán sobre la vida de Beate Ushe, con Franca Potente en el papel de BU. Cuando vaya al mediodía a Saturn, a mercarme un monitor nuevo (el más barato, ¡pero garantizado durante dos años!), pasaré por el departamento de DVD para ver si tienen éste. Me gustaron el trabajo de los actores y la documentación de lo que fue la lucha por la emancipación sexual en este país, nada menos que bajo Adenauer. Algo así como manumitir a las mariposas de la esclavitud a la tortuga.

 

Me despierto con un sentimiento de abulia tan agudo que después del desayuno me vuelvo a la cama y decido dejar hasta el sábado la compra del nuevo monitor. Es el cumpleaños de Diny y la puedo invitar a comer en el centro, donde ella elija, y luego ir a Saturn a comprar no sólo el monitor sino algún DVD especial de regalo para ella. Habría querido que fuese el de una peli conmovedora que vimos cuando se estrenó en Alemania, Left Luggage [en España fue con el título Corazones enfrentados, en Argentina Por amor, y en México Nunca te vayas sin decir te quiero], de Jeroen Krabbé, con él mismo, Isabella Rossellini, Maximilian Schell y una fantástica Laura Fraser, que se prodiga más en la tele que en el cine. Pero cuando llamé en su día a Saturn, para encargarla, me dijeron que nunca ha existido en formato DVD, nada más en VHS. Mierda. Pasa lo mismo con Father Goose [Papá Ganso], de 1964, la robinsoniada con Cary Grant, cuyo guión ganó el Oscar de aquél año. Más mierda. ¿Con qué criterios se dejan de comercializar los derechos de unas pelis inolvidables que de esa manera se convierten además en inencontrables? Es algo de mear y no echar gota. La recontrarremilputa que los recontramilparió.

 

Me vengo a enterar hoy, por un email donde enlista los libros míos que posee, de que a mi buen Fabio, en Cámaralentolandia, no le llegó en su día un ejemplar de Don Enrique, con dedicatoria personal, que le envié por correo quelonio… Quisiera regalárselo, pero no me queda sino nada más que un ejemplar, el de Diny. Entonces intento comprárselo, si fuera posible, a través de www.iberlibro.com y programo “Ricardo Bada” en la ventanilla de búsqueda. Resultado: hay 49 entradas de las que descarto 7 que no sé qué carajo pintan ahí, porque no tuve arte ni parte en los libros que reseñan. El análisis de los 42 restantes es como un corte transversal a lo largo de mi “carrera” literaria. Más de la mitad, 24, están en alemán. Hay 9 ejemplares de la antología Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua], de literatura española contemporánea, que hice al alimón con Felipe Boso; 6 de Die Giraffe aus Barranquilla [La jirafa de Barranquilla] y dos de Der Beobachter aus Bogotá [El espectador de Bogotá], los dos primeros volúmenes de la antología de la prosa periodística de García Márquez, que hice al alimón con Pepe Moral; 3 de Ein Vagabund im Dienste Spaniens [Un vagabundo al servicio de España], la antología de los libros de viaje de Cela, que hice solo; y 3 de la antología bilingüe de la poesía de Antonio Cisneros, preparada por él, traducida por Carlitos y epilogada por mí. Luego 2 ejemplares de la antología de la poesía de Annuchka [La estación de fiebre, y otros amaneceres], que publiqué en Visor, y un ejemplar del libro editado por el ICI con las ponencias de la Semana de Autor de Álvaro Mutis, en Madrid 1993. Sorprendente es la presencia de dos ejemplares de la Revista de Occidente y uno cada uno de Camp de l’arpa, El Fantasma de la Glorieta y Cervantes, la revista bilingüe en español y griego que se editaba en Atenas, todos ellos con textos míos. Aún más sorprendente la de un ejemplar de un # de la revista Humboldt, a nada menos que 36,50 € (la revista era de distribución gratuita) en una librería de San Antonio de los Altos, Venezuela. Y ya metiéndonos en libros de mi autoría, y en español, 4 ejemplares de Me queda la palabra, otros 4 de Los mejores fandangos de la lengua castellana (uno de ellos, por cierto, atribuído a un tal Ricardo Bada Fernández, un apellido este que no figura entre los ocho míos que conozco: Bada Díaz Zapata Meredith Marín Díaz Caballero Verde), y un ejemplar, ¡oh milagro!, de La generación del 39. Last but not least, también puede adquirirse un ejemplar primoroso de un libro traducido por mí: Mit dem Zeppelin nach Pernambuco / Con el zepelín a Pernambuco. Poetische Luftbilder einer ungewöhnlichen Reis / Poéticas vistas aéreas de un viaje extraordinario. Un magnífico diario de viaje, inédito, de Heinrich Eduard Jacob, escritor prácticamente desconocido en castellano, que traduje por encargo de la Katzengraben-Presse, de Berlín:, fue una publicación para bibliófilos y a la que en 1992, al otorgarse el Premio Felice Feliciano di Verona, se eligió como uno de los 20 libros más bellos del mundo en aquel año. Lógicamente, tanta calidad tiene su precio: 108,09 € + gastos de envío. Pero ay de mí, de Don Enrique, ni rastro. Sorry, Fabio.

 

[Encuentro en Google la ficha de Don Enrique, en la página del CEBIAE, Centro Boliviano de Investigación y Acción Educativas. Contiene todos los datos menos el nombre del antólogo].

 

Weiß/Colonia, 16.8.

0:30 am : Acaban de pasar un Sherlock Holmes alemán de los años 60, con Christopher Lee en el papel protagonista. No hay producción, por mala que sea, que lo degrade. Ni tampoco, por buena que sea, que lo mejore. Sherlock está por encima de quienes lo incorporan; milita en el escuadrón de los elegidos por los dioses, con Ulises, Edipo, don Quijote, Hamlet, madame Bovary, ¿quién más? ¿Tal vez Fausto? Pero no, por Dios, qué tipo tan infumable.

 

Eneco Tour en la tele, la vuelta ciclista a Bélgica y los Países Bajos, hoy la etapa contra reloj en Sittard, en la frontera neerlandesa con Alemania. Esta es una prueba chiquita, no como el Giro, el Tour, la Vuelta, sólo dura nueve o diez días, pero a mí me encanta porque con ella me siento en casa visualmente, por medio del paisaje, cosa que no me sucede ni siquiera con la Vuelta, excepto cuando pasa por Andalucía.

 

Ayer repartí urbi et interneti un reportaje sobre Cagancho, el caballo genial del rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, diciéndole a todos los destinatarios que a quienes no les gusten las corridas de toros, ni siquiera el rejoneo, con no abrir el enlace, aquí paz y después gloria. La respuesta ha sido mucho más positiva de lo que yo esperaba. Al menos no ha habido protestas ni sermones. Y mi buen José María, desde Arboletes, me ha escrito lo siguiente: «Todo sea dicho; la música que ambienta la llamada “fiesta brava”, me encanta. El pasodoble es de todo mi aprecio como género músical». Le contesto: «Este pasodoble del que te mando el enlace es la música que arrulló mi infancia, cada vez que lo vuelvo a oír se me pone la carne de gallina. Fíjate además cómo comienza, casi como un réquiem, es un pasodoble no triste pero si melancólico, serio, como lo fue Manolete; su pasodoble es como la «Epístola moral a Fabio» de la música taurina. Mi padre viajó expresamente a Córdoba para acudir al entierro de Manolete, yo (a mis nueve años, dentro de diez días hará 65) lloré al enterarme de su muerte. Y verlo torear, en todos los documentales que he conseguido de él, es algo que me estremece. La peli, en cambio, con Adrien Brody, no es buena. La que sí es muy buena, y en ella se lo ve torear varias veces, es Torero, de Carlos Velo, pero no se consigue en DVD». Al rato me llega un comentario de Lillián, a quien le mandé una copia de los enlaces. Y Lillián, que maneja un registro del castellano de los más dúctiles y ricos que yo conozco, me comenta de vuelta que «ese pasodoble deveras le pone a uno el cuero chinito». “El cuero chinito”… ¡Qué envidia de quienes practican tales bellezas de lenguaje, así, como quien lava!

 

Weiß/Colonia, 17.8.

Como el Colonia juega hoy en casa, a las 13:00, decidimos no almorzar en el centro porque, además, hemos invitado a Rebeca a hacerlo con nosotros mañana en un restaurante chic, para festejar el cumpleaños de Diny. Y decidimos también no perder el tiempo buscando DVD en Saturn, sino sencillamente comprar el monitor y regresar a casa antes de que las hordas salgan del estadio y conviertan los tranvías en sucursales de algún círculo del infierno. Voy pues con Diny a Saturn, y siguiendo el consejo de mi “manitas” me decido por el monitor más barato, 127 €, y le pregunté al vendedor –un joven turco muy amable y bastante profesional en sus consejos– si los accesos eléctrico y del sistema eran universales, y me aseguró que sí. Pero al llegar a casa y desconectar el monitor tipo Modigliani que me prestó Carlitos, para implementar el Botero que acabo de mercarme, resulta que no, que sólo uno de los enchufes es compatible. Así es que me toca esperar hasta el lunes para ganar cierta tranquilidad visual escribiendo en este cacharro. Merde alors!

 

En el tranvía del regreso a casa, sentado en diagonal frente a mí, al otro lado del pasillo del tranvía, el obrero R. Opitz, según reza la etiqueta de tela cosida al peto de su mono de trabajo. Uno verde, manchado de polvo, como sus gruesos zapatones. Debe ser albañil o currar en obras públicas. Lleva una cartera de la que saca primero una botella de agua mineral, de la que bebe un largo sorbo. Luego saca una bolsa de plástico de cuyo contenido, después de examinarlo, elige en primer lugar un tomate que muerde con delectación sin que le chorree el jugo. A continuación saca un pepino y prosigue su comida, sumido en sus pensamientos y mirando de vez en cuando distraido para el lado del Rhin (el mío). Finalmente, de otra bolsa de plástico, saca una manzana y ese debe de ser el postre. No me perdí uno solo de sus movimientos, ni Diny tampoco, y luego de verlo bajar en la parada de Rodenkirchen, me dice: «Así tendrías que comer durante un mes. Después no te quejarías más de sobrepeso». Ay

 

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