De mi diario : Semana 34 / 2019

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Weiß/Colonia, 18.8.

1:00 am : Una fabulosa puesta en escena de Orfeo en los infiernos, de Offenbach, en el sancta sanctórum de los festivales, el de Salzburgo. Experimento unas sensaciones muy semejantes a las de hace un par de semanas, con el Réquiem de Mozart en Aix–en–Provence. Cuando alguien monta algo que tiene verdaderamente pies y cabeza y está claramente al servicio de la obra y no de su ombligo y de su ego, el resultado suele ser apabullante. Este Orfeo en los infiernos toca a la vez tantas cuerdas de nuestra atención que nos sentimos arpas agradecidas, vibrantes todo el tiempo que dura el espectáculo. Y el can can del final es una orgía digna de parangonarse con la bacanal de Sansón y Dalila, de Saint–Saëns, pero en modo profano.

Vamos a la Haus Schwan para festejar nuestros 160 años, 80 de Diny cumplidos ayer, 80 míos el 10 de junio. Como en el 2016, cuando nuestras bodas de oro, sólo faltó Paul. Esta vez tenía también un compromiso adquirido antes, y fuera de Colonia. En fin, siempre existe una nota agridulce en estas fiestas familiares. A Diny le regalaron 80 tulipanes rojos y un celular nuevo, cosa que me pone en un aprieto porque también yo quería regalarle un celular nuevo, solo que elegido por ella, y ha ido retrasando tanto la compra que al final tiene el celular, sí, pero ahora me toca devanarme los sesos para ver qué le regalo yo. En cuanto a la comida, Pia, Montse y yo fuimos los únicos que hicimos honores al lugar encargando Reibekuchen con salmón ahumado, pero el resto estaba también contento con su respectivo condumio. Dato curioso es que al final, charlando con la camarera principal, descubrimos que es neerlandesa. Llevamos años de venir aquí y es recién hoy que lo descubrimos.

Acabo de ver Hysteria [En buenas manos se titula en alemán, Tocando el placer la titularon en Venezuela] con una Maggie Gyllenhaal comestible a besos. Me acordé mucho de UQ porque es la historia de la invención del sex toy, y UQ me contó que tiene uno en su mesita de noche. Voy a escribirle, por si no la conoce, para que la busque y se divierta viéndola, es harto chévere esta peli, la pienso volver a ver el miércoles, cuando repiten el pase.

Weiß/Colonia, 19.8.

1:55 am : El abuelo que saltó por la ventana y se largó me ha hecho recordar –incluso por el título –algunos de los mejores disparates de Jardiel Poncela y Eduardo Mendoza, y es divertido ver a tantos personajes históricos, como Truman y a Stalin, el gran Robert Oppenheimer, pero muy en especial a Franco bailando flamenco. Lo que resulta poco menos que imperdonable en el abuelo es que le salvase la vida al inferiocre. Aunque sólo haya sido en la ficción.

Descubro el legendario y tan literario tema del mandarín en Testamento del Paisa, si bien no ambientado en China sino en la India. Me encanta y lo transcribo: «En cierta ocasión el doctor Agustín Jaramillo, mi padre, le exponía a don Félix [Botero de Sonsón, famoso en su tierra y en Medellín por lo agudo de sus grandes exageraciones] el siguiente caso de conciencia: “Hombre Elías: suponé que en la India hay un viejito muy viejito, muy achacoso, padece terribles sufrimientos, es solo en el mundo y es dueño de una enorme fortuna que no tiene a quién dejar. El viejito está en gracia de Dios y si muere se va derechito pal cielo. Ahora: suponé que vos, apretando un botón desde aquí, podés matar al viejito y heredar toda su fortuna. Decime, hombre Elías, ¿vos apretabas el botoncito?” Y don Elías sin vacilar le respondió: “Vea, hermano, ¡le daba con una almadana!”»

[Almadana es la forma paisa de llamar a la almádena, que la Academia define como «Mazo de hierro con mango largo, para romper piedras». ¡Tremendo don Elías!]

El tema del mandarín inquietó a gente como Rousseau, Chateeaubriand, Dumas padre, Balzac, incluso a Alejandro Casona en La barca sin pescador, y hasta ha llegado al cine en la peli The Box [La caja], con Cameron Diaz. Pero creo que quien mejor lo trató fue José María Eça de Queiroz en su novela O Mandarim, otra de mis relecturas pendientes, como casi todo Eça, el más grande y recompensante de los autores portugueses pasados, presentes y creo que futuros. Inquietante la frase con la que termina O Mandarim: «E todavia, ao expirar, consola-me prodigiosamente esta idéa: que do Norte ao Sul e do Oeste a Léste, desde a Grande Muralha da Tartaria até ás ondas do Mar Amarello, em todo o vasto Imperio da China, nenhum Mandarim ficaria vivo, se tu, tão facilmente como eu, o pudesses supprimir e herdar-lhe os milhões, oh leitor, creatura improvisada por Deus, obra má de má argilla, meu semelhante e meu irmão!» Me encanta esa paráfrasis de Baudelaire: «¡Oh lector, criatura improvisada por Dios, obra mala de mala arcilla, mi semejante y mi hermano!»

Weiß/Colonia, 20.8.

Por fin de nuevo en La Modicana, hoy con Ulli y Diny, a quien le han traido Ulli & Carlitos un regalo muy lindo por su cumpleaños. Es un libro editado por la malograda Marie Sophie Hingst y se titula Kunstgeschichte als Brotbelag [ca. Historia del Arte como alimento en la tostada]. Consiste en reproducir obras de arte con fiambre, legumbres, frutas, en fin: comestibles, sobre  una rebanada de pan: la odalisca de Ingres, los nenúfares de Monet, el autorretrato de la Kahlo, “El beso” de Klimt, el hombre vitruviano de Leonardo, la noche estrellada de Van Gogh, el gato blanco de Franz Marc, el Vermeer de la joven de la perla, los halcones nocturnos de Hopper, ¡la sirena de Waterhouse!unas cincuenta obras de arte que están diciendo comedme. Lo mismito que la pizza encargada por Carlitos, tamaño normal, no la de tamaño pequeño que encargué yo, con el resultado de que tuvo que hacerse empacar la mitad para terminarla de comer en casa, no aprende de una vez pa otra. En cuanto al libro, ah, ya me vinieron al caletre varias amistades a las que regalar ejemplares del mismo. Para que participen del banquete.

Repasando en casa con tranquilidad las páginas del libro [↑] he pensado más de una vez en las misteriosas relaciones del Arte con la Gastronomía, y me acabo de acordar de la visita que le hicimos una vez a Severo Sarduy en su casa de las afueras de París, en la casa de Avilly St. Leonard, a orillas de un arroyo que recorre los versos de Gérard de Nerval y muy cerca del parque donde paseó sus contratos sociales Jean Jacques Rousseau. La visita fue allá por 1988, y de la casa salimos a comer a un restaurante dentro del parque. Lo que más recuerdo es que pedí como plato fuerte salmón en salsa de brócoli, y que cuando me lo trajeron venía cubierto con una tapadera. Al destaparlo el maître fue como una cosa mágica: el plato hondo y oblongo de porcelana blanquísima, su fondo de un verde veneno y, triunfante, en el centro, el rojo tostado del salmón. Todo el mundo se lo quedó mirando como en éxtasis, y Severo, que estaba sentado a mi derecha, me agarró suavemente el codo y dijo: «Ricardo, una pintura no se come». Si lo recuerdo es porque Severo habría sido alguien a quien me hubiese alegrado regalarle el libro.

Pasaron la segunda parte de El abuelo que saltó por la ventana y se largó, y a decir verdad es mejor que la primera. Siempre y cuando, claro está, estemos dispuestos a aceptar el disparate por el disparate, el nonsense en estado puro. Conmigo pueden contar porque el nonsense es una de mis pasiones más acendradas y a la que he dedicado hartas horas de mi vida.

Weiß/Colonia, 21.8.

Hysteria, revisited, este mediodía, me ha gustado todavía más que la primera vez. Qué pena que Diny no quiso verla, estoy segurísimo de que le habría gustado. La próxima vez que la pasen no descansaré hasta convencerla de que la tiene que ver. Y qué divertido lo que reflexiona en voz alta el juez del proceso a Charlotte Dalrymple al oír el dictamen del Dr. Mortiner Granville: «Según eso, deberíamos encerrar a todas las mujeres en las que chocan el capricho y la lógica, lo que me sugiere que es la mayoría de las mujeres inglesas. Incluyendo a mi esposa».

Me jalé de tres sentadas el primer episodio de la saga de Yrsa Sigurdarðóttir protagonizada por la sicóloga Freyja y el comisario Huldar. Es de lo mejor que llevo leído en lo que va de año. Ya encargué el segundo episodio (sólo se han traducido al alemán dos de los cinco ya publicados en islandés). Pero hay algo que me estado extrañando durante toda la lectura de DNA, que así se titula el primer episodio, editado en el 2014. Y es lo siguiente: en todas las traducciones alemanas de las novelas de la saga de Erlendur, por Arnaldur Indriðason, al menos desde el 2004, figura en la página de guarda una información para el lector donde puede leerse: «Hoy en día en Islandia se tutea todo el mundo. Uno tan solo se dirige a otro usando su nombre de pila, uso que se ha conservado en la traducción». Pero en la novela de la saga de Freyja y Huldar se siguen usando el “tú” y el “usted”. ¿Será que la autora conserva los viejos usos? Me recuerda a mi suegro, que cuando nos fuimos a vivir a Buenos Aires le escribìa a Diny cartas manuscritas contándole las novedades de la familia, y en todas la trataba de usted, mientras que en el trato personal siempre la tuteaba. Misterios del idioma, como dijo el otro.

Alberto Chimal es un escritor mexicano de muchos quilates y mantiene una cuenta Twitter que visito con regularidad. Hoy acabo de descubrir un tuit en el que propone jugar un juego literario fraguado por el cartoonista @tomgauld: «imaginar precuelas de novelas famosas, modificando sus títulos. Van varias:El nacimiento de Artemio Cruz  •La primavera del patriarca  •El joven de los anillos  •El sargento no tiene quien le escriba», a los que se fueron añadiendo los que le enviaban sus lectores, y de los que destaco1984 a. C. •Mademoiselle Bovary •Lomas de suaves brisas (Emily Brontë) •Mientras gozo de salud (Faulkner) •Presunción y recelo (Austen), •Un armario propio (Woolf)Por mi parte le regalo una media docena: El mamporrero de Lady Chatterley (D.H. Lawrence) Las nieves del Chimborazo (Ernest Hemingway) Pedro Vergel (Juan Rulfo) Gabriela, clavo y candela (Jorge Amado) El nombre de la cosa (Umberto Eco), Arráncame la brida (Ángeles Mastretta) y después de enviárselos se me ocurrieron dos más: •Odiseo (Joyce) y •Celsius 232 (Bradbury). A la que no le encuentro la vuelta es a Rayuela. ¿Tachuela? Hhhm.

Weiß/Colonia, 22.8.

Viene Rebeca a casa para programarle a Diny el celular que le regalaron por su cumpleaños, y su mamá, agradecida, la invita a almorzar en el Orchidée, el chino de Rodenkirchen. Eso me ha vuelto a recordar una observación que vengo haciendo desde mucho tiempo atrás pero siempre se me olvida anotarla aquí. Hoy no porque apenas me enteré de que se iban al chino volví a acordarme de la observación y me puse a escribir estas líneas. La observación tiene que ver con el hecho de que siempre que los protagonistas de las pelis occidentales van a comer a un chino, siempre (no recuerdo ninguna excepción) se les ve con palillos y no con los cubiertos a que nos hemos acostumbrado desde niños. ¿Será posible que la costumbre china haya permeabilizado de manera tan general y tan visible los hábitos gastronómicos occidentales, o se trata tan sólo de un pincelada de color? Creo que lo segundo, pues aunque es cierto que los actores empuñan los palillos, son raras las veces que se les ve comer con ellos. Honni soit qui mal y pense!

Traduzco del alemán un tuit genial de @peterbreuer: «Al remitente anunciándome una herencia cuantiosa en Kenia le pedí que la transfiera directamente al que quiere chantajearme diciendo que me filmó desde la compu mientras miraba pornos. Así mato dos pájaros de un tiro».

Estuve consultando las páginas de la gran edición de Pombo que hizo Andrés Trapiello allá por 1986 en la benemérita Biblioteca de Autores Españoles del sello Trieste. Dos tomos de los que AT sostiene que son la Summa Theologica de las vanguardias española y europea, la Comedia Humana de la literatura de aquellos años de la ciudad alegre y confiada. La edición fue de sólo 750 ejemplares numerados a mano, y yo poseo el 291 del primer tomo y el 650 del segundo. Fue un regalo que me hicieron en la editorial Kiepenheuer & Witsch cuando empecé a colaborar con ellos, y al parecer eran remanentes de la biblioteca del despacho de Alexandra von Miquel, Lektorin de K&W hasta 1982. No sabían que me regalaban un tesoro.

En la balda donde están los dos tomos de Pombo me reencontré con Greguerías, una antología así titulada en alemán y publicada por la ya desaparecida editorial Limes, con un epílogo de Albrecht Fabri, a quien conocí en su modesto apartamento de jubilado, con vistas al Parque de la Paz, allá por 1980. Hojeo y ojeo este tomito singular, y me da un ataque de lo que podemos llamar traduccionitis, retraduzco a mi español (que no sé si coincide con el original de Ramón) una media docena de estas greguerías: «Eva fue la mujer de Adán, además de su cuñada y su suegra. [] La idiosincrasia es una enfermedad sin especialista. [] Cuando oímos la sirena creemos que el barco se está sonando la nariz. [] Las latas de sardinas son las huchas de los mares. [] La letra i es el meñique del alfabeto. [] El arpa se ha echado a dormir en el piano».

Pasan por el canal Arte Le homme à la hauteur [Un hombre a la altura], la vemos y la gozamos juntos Diny y yo. Luego, y gracias a los buenos servicios de Miss Hortensia Google, descubro que el guión original es de un cordobés (de la Córdoba argentina), Marcos Carnevale. Y dicho sea de paso, no es la primera vez que la bella Virginie Efira se enamora, en el cine, de alguien que escapa a los cánones “normales”; En Le goût des merveilles [título estúpidamente traducido como Pastel de pera con lavanda] también lo hizo.

Weiß/Colonia, 23.8.

Día sin oficio ni beneficio, a no ser los dólares por la publicación de mi columna en EE, que no puedo leer si no soy suscriptor. Pero ya he podido ver que llegaron seis comentarios al foro, lo jodido del caso es que no puedo responder a esos foristas, como es mi costumbre.

Ana Regina me manda desde Madrid, por email, una colección de fotos de cómo festejaron el cumpleaños de Nicolás, recorriendo algunos de los lugares que les recomendé. A la vista de las fotos –el estanque del Retiro, Casa Alberto, los jardines de Sabatini, Tomates Verdes Fritos, las Vistillas, Casa Manolo– me sube desde el fondo del alma un ramalazo tan fuerte de nostalgia que me deja desarbolado. Lo combato con más de lo mismo, yéndome al cuarto de invitados y sentándome en la mecedora para leer unas páginas de Pombo. Abrí el libro al azar y me salió una foto vieja del interior de la tienda de Lhardy –uno de mis sitios predilectos en los madriles– y empecé a leer allí hasta llegar a las páginas que le dedica al cante flamenco y me embebí en ellas, pero cuando habló de los caracoles, que es uno de los palos flamencos que más me gustan, y citó el comienzo de uno de ellos («Primero que yo te olvide, Manuela Reyes, / se secará la fuente de la Cibeles»), no pude seguir leyendo. Me acordé del abrazo que me dio mi padre en la estación al tomar el tren que me llevaría a Madrid, a hacer la mili, y cómo me dijo «Recuerdos a la Cibeles», según se decía entonces; me acordé de todos sus abrazos y me eché a llorar.

Weiß/Colonia, 24.8.

Rastreando en el calendario de efemérides veo que se están cumpliendo en estos días 200 años de la primera edición del Diván de Occidente y Oriente, tal vez la obra lírica más granada de Goethe. Afirma Goethe ahí que Oriente y Occidente ya no pueden separarse, optimismo que no compartíó casi un siglo después Rudyard Kipling, antes al contrario, sostuvo que nunca se llegarán a encontrary Kipling sí conocía el Oriente, nació allì, trabajó allí como periodista, lo que Goethe no. Sea como fuere, el descubrimiento de esta efeméride me hace volver al poema que más amo de ese libro, y de Goethe, y lo transcribo acá en mi aproximación: «De este árbol del Oriente, / a mi jardín venido, / un secreto sentido / su hoja guarda latente. // ¿De un ser vivo se trata, / partido en dos mitades? / ¿O son dos unidades / juntas de forma grata? // Pienso que es lo más noble / aunar dos universos: / ¿no sientes en mis versos / que soy sencillo y doble?» Me sigue gustando mi arrimón, buena señal.

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Ricardo Bada
Ricardo Bada (Huelva/España, 1939), escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, Nueva York 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva 1994), Amos y perros (cuento, Huelva 1997), Me queda la palabra (ensayos, Huelva 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid 2000), Límeri de Bueno Saire (poemas nonsense, Río de Janeiro 2011), La bufanda de Cambridge (cuentos, Bogotá 2018) y El Canto XXV(novela breve, Copenhague). Editor en Alemania junto con Felipe Boso de una antología de literatura española contemporánea, Ein Schiff aus Wasser (Un barco de agua); junto con José A. Moral de la obra periodística de Gabriel García Márquez, y en solitario de los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll (Don Enrique, La Paz, 1995). Ha sido, y en media docena de los casos sigue siéndolo, colaborador regular en Revista de Libros, Revista de Occidente, ABC, Cuadernos Hispanoamericanos y Vasos Comunicantes (España), El Espectador y El Malpensante (Colombia), Nexos, La Tempestad y La Jornada (México), La Nación (Costa Rica), Brecha y El País (Uruguay), Aurora Boreal (Dinamarca), Amsterdam Sur (Países Bajos) y La Opinión (Los Ángeles/California), además de la revista Etiqueta Negra (Perú) y las cuatro ediciones de SoHo (Colombia, Costa Rica, México y Ecuador).
Republicano y agnóstico a carta cabal, convicto y confeso, paradójicamente fue nombrado caballero de la Orden de Isabel la Católica, y padece –no menos paradójicamente– una curiosa dolencia llamada sacralización. Tan luego él...

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