De mi diario : Semana 36 / 2019

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Weiß/Colonia, 1.9.

Después de leer la entrada del día 27 en mi diario, Arcebelle me escribe: «Te cuento que he tomado el dicho de “las putas” para mi conversación, por supuesto sólo entre muy íntimos, por ejemplo mi hija, quien se ríe como loca cuando lo digo como propio». Pienso que esa debe ser la mayor gloria a la que se debe aspirar: que te citen sin mencionar tu nombre.

Almorzamos en Il Nido, enfrente de la iglesia de San José, a ½ camino hasta Rodenkirchen, y aunque los precios son “salados”, según se dice en alemán, la relación con la calidad es correcta. Por cierto que a mi izquierda, en un gran cesto de mimbre, estaban los licores y descubrí que al lado de un brandy español había una grappa y se llamaban respectivamente Abuelo y Nonino [=abuelito]. Dios los cría y ellos se juntan.

Como todas las semanas, después de la siesta del domingo repaso con cuidado meticuloso lo que subí a mi blog en Fronterad. No hay semana que no encuentre erratas, e incluso gazapos. Y eso que leo y releo los textos, los sábados a la noche, antes de acceder a Fronterad. Pero es que debe ser una de las leyes no escritas de la publicación: recién cuando se ha publicado un texto es cuando uno se da cuenta de las erratas. Esta vez han sido cuatro:  “gusró” en vez de “gustó”, “llamarsr” en vez de “llamarse”, “trasatlámtico” en vez de “trasatlántico” y “son” en vez de “nos”. Ya las corregí. Alabado sea el santísimo sacramento del altar.

La relectura de mi diario me ha hecho ver que olvidé consignar algo que me endulza el alma. En los últimos tiempos se ha producido un cambio en la relación de Henri conmigo. De los cuatro nietos ha sido siempre el más distante y el más reacio al contacto físico. Pero desde hace un par de meses (y vine a advertirlo hace poco) ya me saluda al llegar con un beso, y en la despedida otro. Y en la noche del viernes, por ejemplo, al irse a la cama, se paró delante de la puerta de este cuarto mío de trabajo y me dijo muy cariñosamente «Gute Nacht, Opa!» No lo dudé un instante, dejé lo que estaba escribiendo, me paré y lo abracé y lo besé con toda mi alma. No hay palabras para expresar lo que uno siente en momentos como este. Es decir, sí las hay, indirectamente, las de Goethe: «¡Detente, instante, eres tan bello!».

Weiß/Colonia, 2.9.

Gran parte del día dedicado a la contabilidad doméstica, ordenando todo el papelorio para que la subvención estatal me reintegre más dinero de las facturas médicas de Diny ahora que ya les puedo enviar la liquidación de Hacienda del 2017.

Bastante tarde, casi de noche, me pongo a enjaretar mi columna para El Espectador, que esta vez la he dedicado al comienzo de la 2.ª guerra mundial, del que se cumplieron ayer 80 años. Una guerra que comenzó con una mentira –como la segunda del Golfo– y que terminó con 60 millones de duras verdades.

Del crimen de Hiroshima siempre podremos acusar a los gringos, pero del de Nagasaki hay que culpar en primer término al emperador Hirohito, quien ni siquiera después de Hiroshima quiso capitular sin la garantía de que no iban a juzgarlo por crímenes de guerra. Sin comentarios. Cuando visitó Alemania en los años 70 e hizo un recorrido en crucero por el Rhin, que era una de sus grandes ilusiones, se tuvo que tragar doblado el sapo de que el presidente federal, Gustav Heinemann, el más íntegro de los políticos alemanes de su tiempo, y de muchos tiempos más, alegó estar enfermo para no tener que acompañar y agasajar a un criminal de guerra.

Weiß/Colonia, 3.9.

En mi blog de EE he insertado hoy un trino que normalmente debería levantar ampollas entre los lectores colombianos: «García Márquez sólo escribió dos textos perdurables; el Relato de un náufrago como periodista, y El coronel no tiene quien le escriba, como ficción. El resto es merchandising». Pero nadie me ha dejado un mensaje o comentario negativo. O bien no me lee nadie, o bien son muchos más quienes piensan como yo con respecto al sobrevalorado GGM.

Almorzamos en La Modicana, que hoy la tenemos gloriosamente sola para nosotros. Los dos encargamos espaguettis: Carlitos con gambas y zucchinis, yo con solamente gambas. Y ambos coronamos la hazaña de dejar los respectivos platos vacíos. Hubiese andado menos perezoso, yo, y habría agarrado un pedazo de pan “per fare la scarpetta”, sentí –harto– la tentación, pero me pudo la haraganería. Podría parafrasear el principio de La Vorágine y decir que «jugué mi tentación al azar y me la ganó la pereza».

Antes de colocar Hombres en guerra y Testamento del Paisa en las correspondientes baldas (guerra civil española y literatura colombiana) quiero transcribir aquí un par de frases que me gustaron o me impresionaron. De Hombres en guerra, sobre todo estas dos: «Todos traían la inevitable botella de colonia, sin la que el soldado español, aun en las trincheras del frente, se siente incapaz de enfrentarse al enemigo» y «Topsy […] me dio un fino saco de cuero y un saco de dormir impermeable (era de verdad impermeable: el agua podía entrar, pero no salir». Debo anotar asimismo  que lo único que me ha disgustado en este libro es el descuido en la edición dejando pasar ordinales desatinados (¡Quinceava, Treceava Brigada!), sobre todo porque a partir de la mitad del libro empiezan a usarse los correctos: Décimoquinta, Sexagésimo… Da la impresión de que hubiesen dado a traducir el libro a dos personas, cada una de ellas la mitad del libro, aunque en el © sólo figura un nombre.

Del Testamento del Paisa estas perlas: «Juegos de grandes: A que llueve. Cuando el cielo está encapotado, se apuesta en los pueblos a que llueve o que no llueve. La medida para saber si en realidad sí llovió, es que las tejas “goterén”» [sic] (Lo registro por la similitud de una costumbre arquetípica de Bremen llegado el día de los Reyes Magos, en que se apuesta a si el río Weser se helará o no). En el arrume de poesía infantil: «Había en China un mandarín / que llevaba en la cabeza un peluquín, / y en Pereira un tal Angulo / que tocaba el clarinete por el …». Entre los juegos de niños: «–Anoche me hice el dormido y vi cuando entró Ratompérez. –¿Sí? ¿Y cómo era? –Igualito a mi papá en calzoncillos». En el capítulo Exageraciones, acerca de una chica promiscua: «Está más tocada que el Himno Nacional” (en Huelva decíamos “Más tocá que El sitio de Zaragoza”, que era pieza fija del repertorio de la Banda Municipal, en los conciertos dominicales en la Plaza de las Monjas). Y last but not least la inesperadísima aparición de Alejandro de Humboldt en el romance titulado “El testamento del caballo”, en donde con una escritura evidentemente ecuestre se dice que «en mí vino el grande Júmbol / a hacer su viaje».

Weiß/Colonia, 4.9.

2:30 am : The Big Sick [La gran enfermedad del amor], una gran comedia romántica basada en hechos reales y actuada por el protagonista de los mismos, Kumail Nanjiani, estadounidense de origen paquistaní. Y a continuación el simpático e intrascendente road movie flamenco Hasta la vista, en el que tres discapacitados físicos deciden no morir vírgenes y organizan un viaje en minibús hasta Andalucía, donde Miss Hortensia Google (¡menuda Celestina!) les ha informado de que hay lenocinios, mancebías, prostíbulos, casas de putas o puticlubs en que se atiende de un modo profesional a individuos con las carencias motoras o mentales de estos tres amigos. Ya la había visto una vez pero no me importó volver a verla porque es de a deveras harto divertida…, digo, la peli, no los cuadros clínicos de los protagonistas.

Amodorrado todo el día porque me despertaron dos veces (la primera el dueño de la casa, la segunda el fontanero) para venir a controlar el desagüe de la cisterna en nuestro cuarto de baño: parece ser que en el piso de arriba se producen regurgitaciones en el inodoro cuando nuestros vecinos usan la ducha y ese problema de vasos comunicantes podría estar relacionado con el resto de la instalación en toda la casa. No es nuestro caso, pero el sueño sí me lo jodieron.

Le mando a los amigos de mi lista CINE la magnífica reseña que Roberto Galván le ha dedicado en Nexos a Érase una vez en Hollywood. El primer destinatario en acusarme recibo es Vicente, desde mi Huelva «lejana y rosa», y me dice: «Estupendo el artículo, pero yo de Tarantino sólo me quedo con Reservoir Dogs». Le he contestado ipso fuckto y sin andarme por las ramas: «Yo, de Tarantino, con la que me quedo es con Érase una vez en América». Ecco!

Weiß/Colonia, 5.9.

1:00 am : Jeune er jolie [Joven y bonita] no es de lo mejorcito de François Ozon, y lo malo no es eso, sino que a un tema como el de esta peli le podía haber sacado mucho mejor partido. Se diría que la filmó en horas bajas. Pero al  menos descubrió a Marine Vacth, que a sus 22 años hizo creíbles los 17 recién cumplidos de la protagonista: mica male, como dicen los italianos.

A mis amigos abuelos (y algunas mamás) les mando por email el enlace con un video filmado por un padre gringo de una niñita y su asombro al ver llegar un tren, por primera vez en su vida. De inmediato reacciona José María, en su Arboletes caribe. José María es el dichoso abuelo de una nieta muy chiquita todavía (¡qué envidia tan grande que le tengo!) y me comenta el video: «Enamoradora la bebita y su actitud es apenas lógica; el asombro es grandioso. ¿Te imaginas si hubiese sido una de esas locomotoras de carbón y su trepidante chucuchucu? Me veo en la cara de esa niña cuando vi mi primera locomotora hace muchos años». A lo cual le he contestado: «Y yo también, aunque mi recuerdo está ligado a esas locomotoras en modo dinosaurio, con fauces de dragón. La casa de mis padres quedaba cerca de las cocheras (así se llamaban) de las locomotoras de una de las estaciones de Huelva, y desde el balcón de la casa de mis primas –Manoli, María, Pepita–, que estaba al otro lado de la avenida de Italia, limitada por una tapia que separaba la calle misma de las instalaciones ferroviarias, me podía pasar las horas muertas viendo llegar las locomotoras y cómo las guiaban hasta situarlas en la gigantesca plataforma giratoria que con una facilidad asombrosa desplazaba la pesada carga hasta hacerla enfilar una vía libre en las cocheras, donde la esperaban los técnicos encargados de revisarlas. Jamás olvidaré el espectáculo». Como tampoco que el día que murió mi tío Antonio yo tenía dos años y un par de meses y esa noche dormí donde mis primas, y al día siguiente Manoli y María me llevaron de la mano hasta los jardines de El Punto para ver pasar el entierro de mi tío.

Para la cena, merluza sudafricana frita con el delicado contrapunto de una guarnición de higos peruanos (¿o serían brevas?). Viva el lujo y quien lo trujo, como decía mi abuela Remedios.

Weiß/Colonia, 6.9.

En el suplemento Libros del Kölner Stadt Anzeiger, como de costumbre, La poesía del mes. Hoy es un poema del kurdo Sherko Bekas, que me encantó y lo aproximo al español a mi leal saber y entender. Se titula “Arder” y nos dice así: «En la escalera del miedo / la oscuridad descendió / como un ladrón a mi alma. / Cuando llegó al corazón, / quiso extender la mano para asirlo. / De repente / le prendí fuego a tu amor / y la oscuridad y el miedo / se quemaron en él». Podría haberlo escrito Bécquer en nuestro idioma. O el mismo Juan Ramón.

Empiezo la lectura de un libro del que espero mucho, la correspondencia entre Astrid Lindgren y Louise Hartung. A la divina criatura fraguada por Astrid Lindgren, a Pippi Calzaslargas, ya le dediqué en su día un artículo que me regocijó escribir. Y fue entonces cuando me enteré de la existencia de este epistolario tan prometedor. Doce años (1953­–1965) estuvieron remitiéndose cartas ambas mujeres, hasta un total de 600, lo que habla de una amistad y una camaradería ejemplares. Pero es que son además un documento histórico valiosísimo, ya que Louise le escribe a Astrid desde su puesto de trabajo en la Oficina para el Bienestar de la Juventud en Berlín, un Berlín que en agosto de 1961 se vio cortado, y no por gala, en dos. Qué gozada tener una lectura como esta para muchos, muchos días.

Weiß/Colonia, 7.9.

2:00 am : Como no había ninguna peli que me interesara en la programación de hoy, después del 4:2 que la nueva naranja mecánica le ha infligido a Alemania en Hamburgo me dedico a ver en el canal ZDF Info una serie de documentales acerca de primeras damas de todo el mundo, pero unas muy especiales, aquellas cuyos maridos fueron déspotas: desde Idi Amin a Noriega, desde Sukarno a Mugabe. Para todas ellas, menos para la de Chávez, sus esposos fueron unos ángeles sin pizca de maldad alguna. Casi pareciendo un comentario irónico a esta serie de documentales breves, pasan luego uno largo sobre Papa Doc en Haití. Da miedo pensar en la potencialidad criminal de que dispone el ser humano. Y menos mal que Papa Doc era médico, aterra pensar en lo que hubiera llegado a destruir si hubiese sido carnicero.

Pues señor, nuestro gozo en un pozo, como solía decir mi abuela Remedios. Estábamos de lo más contentos esperando que hoy nos visitaran Ana Regina y Nicolás, una pareja joven a la que queremos mucho: a Nico lo conocemos casi desde que nació, y su madre, nuestra entrañable Beatrice, muerta tan joven, fue una de nuestras mejores amigas. Pero Ana Regina regresó ayer de Macedonia y vuela mañana a Madrid, y el cambio brusco del clima la agarró por completo desprevenida (hasta en sandalias) y le deparó una gripe digna de la gran flauta. Nos quedamos mustios [chuchurríos, diría la abuela Remedios] porque esta visita nos hacía muchísima ilusión. Pero, como le he escrito a Ana Regina, parafraseando el tango, «contra la gripe nadie la talla». Joderse y aguantarse es lo que toca. Y esperar que Ana se cure y regrese pronto a Bonn.

Buscando con ayuda de Miss Hortensia Google un enlace para un hipervínculo en mi entrada de ayer donde hablo del poeta kurdo Sherko Bekas he descubierto otro poema suyo que aproximo también a nuestro idioma, se titula “En el tesoro de este mundo” y dice así: «De los pantalones del Rey ornamentados con perlas / hasta las prendas tejidas de oro del sultán / o los zapatos de corte de las reinas, adornados con esmeraldas, / ninguno de ellos se convirtió en el símbolo del amor / ni entró en el museo del corazón de la gente, / como la boina del Che Guevara / y las simples prendas de Mandela / y los zapatos de Gandhi». Es increíble la ceguera de la izquierda: no se detiene ni ante el sacrilegio de parangonar al deleznable pigmeo Che con unos gigantes como Mandela y Gandhi. Porco dio!

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Ricardo Bada
Ricardo Bada (Huelva/España, 1939), escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, Nueva York 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva 1994), Amos y perros (cuento, Huelva 1997), Me queda la palabra (ensayos, Huelva 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid 2000), Límeri de Bueno Saire (poemas nonsense, Río de Janeiro 2011), La bufanda de Cambridge (cuentos, Bogotá 2018) y El Canto XXV(novela breve, Copenhague). Editor en Alemania junto con Felipe Boso de una antología de literatura española contemporánea, Ein Schiff aus Wasser (Un barco de agua); junto con José A. Moral de la obra periodística de Gabriel García Márquez, y en solitario de los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll (Don Enrique, La Paz, 1995). Ha sido, y en media docena de los casos sigue siéndolo, colaborador regular en Revista de Libros, Revista de Occidente, ABC, Cuadernos Hispanoamericanos y Vasos Comunicantes (España), El Espectador y El Malpensante (Colombia), Nexos, La Tempestad y La Jornada (México), La Nación (Costa Rica), Brecha y El País (Uruguay), Aurora Boreal (Dinamarca), Amsterdam Sur (Países Bajos) y La Opinión (Los Ángeles/California), además de la revista Etiqueta Negra (Perú) y las cuatro ediciones de SoHo (Colombia, Costa Rica, México y Ecuador).
Republicano y agnóstico a carta cabal, convicto y confeso, paradójicamente fue nombrado caballero de la Orden de Isabel la Católica, y padece –no menos paradójicamente– una curiosa dolencia llamada sacralización. Tan luego él...

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