De mi Diario: Semana 37 / 2013

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Klinik [=clínica] se escribe en alemán con dos kas, como Kafka. Tengo la demostración ad fuck más que ad hoc.

 

Weiß/Colonia, 8.9.

2:20 am, antes de irme a dormir : Me acoquina pensar que al mediodía recibiremos la visita de tres personas cuyas edades suman ± la de Diny y/o la mía por separado. Help!!!!!!!!!!!!!!!

 

Visita inolvidable la de Olivia, Alejandra y Marcelo. Tres personas jóvenes, de un tercio de mi edad cada uno de ellos, simpáticas, receptivas, hermosas. Llegaron a la 1:36 pm y por nuestro gusto todavía estarían aquí (son las 11:45 pm cuando escribo estas líneas, después de ver una policial sueca). A Olivia la conocemos desde que tenía, en 1991, la edad de nuestro Henri hoy.Y mañana vuela de regreso a mi Madrid del alma, donde ha sido admitida a un curso de arte dramático, quiere ser actriz, y estamos requeteconvencidos de que tiene uñas de sobra para esa guitarra. Pero sospecho que la volveremos a ver pronto, que pasará sus vacaciones en Colonia, la ciudad la ha fascinado y acá viven y trabajan Alex y Marcelo, y además está nuestro cuarto de huéspedes. Y la cocina de Diny, que hoy les preparó un arroz indonesio como mandan los más estrictos cánones del archipiélago. Larga, larga conversación, en la que me temo que tuve una partipación abrumadora, pero con lo que de verdad se divirtieron fue con los comentarios de Diny. Y también ellos contaron muchas cosas, qué carajo, no fui el único orador de la jornada. Los acompañé a la parada del bus y, qué gozada, ni al llevarlos allá ni al devolverme solo a la casa he sentido el más leve dolor en la espalda. La fuente de la juventud no tiene por qué ser, necesariamente, el manantial que buscaba Hernando de Soto. Puede ser también el contacto con tres jóvenes como los que iluminaron hoy nuestro día con su presencia.

 

Weiß/Colonia, 9.9.

Klinik [=clínica] se escribe en alemán con dos kas, como Kafka. Tengo la demostración ad fuck más que ad hoc. A Diny le han dado hora para la operación a las 12:00 del mediodía, pero la veo tan nerviosa, que en vez de salir de casa a las 11:00 am le propongo hacerlo a las 10:40, para que se tranquilice una vez llegados a la clínica. Donde llegamos a las 11:20, y como Diny acude inmediatamente a la recepción y se registra, ya la reclaman por los altavoces a las 11:40. En ese momento recuerdo que me dijo que la operación dura 20 minutos y que antes de salir de casa llamé a Carlitos preguntándole si podía pasar a buscarnos a las 12:30 por la clínica. A las 11:50, y en vista de que Diny no regresa (lo que indica que la reclamaron para la operación y no para alguna formalidad administrativa), intento llamar a Carlitos pero el celular de Diny se queda sin batería justo en ese momento. Menos mal que en la recepción me permiten hacer la llamada, siempre que sea a un teléfono de red fija, y menos mal que Carlitos aún está en casa. Le explico sucintamente la situación y me dice que se pone en marcha. Son las 11:55. Carlitos llega a las 12:25, pero Diny no ha aparecido todavía. A las 12:40 acudo a la recepción, pregunto por ella y me remiten a la Estación Donatus, en el tercer piso, planta nueva. (La clínica consta de dos plantas, la nueva y la vieja, entre las cuales circula el cordón umbilical de tres ascensores de doble salida, A y B). En la Estación Donatus me dicen que la señora Hansen de Bada está en la habitación 1303, pero cuando la enfermera abre la puerta ve que la habitación está vacía y me comunica la feliz nueva de que a la señora Hansen de Bada la llevaron a la sala de operaciones, y que ya me queda poco que esperar. Regreso pues, congruentemente, a la sala de espera, donde converso con Carlitos: de bueyes perdidos, como dicen los viejos gauchos. Y el reloj no para de avanzar hacia la 1:00 pm y la 1:10 y la 1:20, y le digo a Carlitos que parece que esto va para largo, que mejor se vaya y que pediré un taxi cuando finalmente aparezca Diny. Pero Carlitos decide esperar todavía hasta la 1:30, y luego alarga el plazo hasta la 1:40, son ya dos horas que desapareció Diny, y de nuevo acudo a la recepción en última instancia, de donde me remiten de nuevo a la Donatus. Allí, una enfermera veterana a quien le explico la situación y que nos habían dicho que todo iba a ser cosa de 20 minutos, se encoge de hombros y me contesta que eso es lo que siempre se dice, pero que menos de dos horas, nunca. (¡¡¡La recontrarremilputa que los recontrarremilparió!!!) Pero ¿dónde está mi esposa ahora?, le imploro a la veterana. «Seguro en la unidad de reanimación». Quiero saber dónde es y me dice que en la planta 1A. Voy allá en el ascensor, pero en la planta 1A no existe ninguna unidad de reanimación. Desesperado regreso a la recepción y hay otra secretaria, del nuevo turno, creo que camboyana, vietnamita, bangladesí. Le explicó la situación y telefonea hasta que finalmente cuelga y me dice que Diny se encuentra en la habitación 1303 de la Estación Donatus. Salgo un instante a la sala de espera para contarle a Carlitos y me dice que no me arme problemas, que suba de nuevo a la Donatus. Llego a ella y cuando me apersono a la puerta del cuarto de las enfermeras, y apenas me ve, una de ellas me dice con un tono en el que se trasluce cierto reproche: «Herr Hansen de Bada, su esposa lo está esperando en nuestra sala de espera desde hace un cuarto de hora». Y tan sólo porque Dios es grande en el Sinaí, pero tan sólo por eso, no me cago en su puta madre ni en todos sus muertos. Recupero a Diny, que no entiende la razón de mi ataque de adrenalinitis, y nos vamos en el auto de Carlitos, la dejamos a ella en casa descansando y nosotros seguimos viaje hasta el Biagini (los lunes a mediodía cierra La Modicana), para almorzar a la orilla del río padre. Recién esperando los espaguetis empiezo a calmarme y es entonces cuando reflexiono que Klinik, en alemán, se escribe con dos kas, como Kafka.

 

Weiß/Colonia, 10.9.

Hoy vamos a La Modicana las dos parejas, Ulli & Carlitos, Diny & yo. Hay un nueva camarera, no italiana, pero tampoco alemana, y no conseguimos sacarle la cédula. Y en la carta del día se anuncian unos espaguetis con pippioni, que son unas setas chiquitas que la signora ha recibido de Italia. Los encargamos Diny & yo, y creo que les ganamos la mano a Ulli & Carlitos, por muy ricos que hayan estado, respectivamente, sus farfalle con hongos y sus canelonis con ricotta.

 

Weiß/Colonia, 11.9

La columna de Andrés en El Espectador, de Bogotá, está dedicada hoy a “Obama o la desnudez del imperio”, y el segundo párrafo concluye así: «Un desliz de su canciller Kerry lo salvó de ejecutar un bombardeo mal concebido contra Siria para castigar a Al Asad por el macabro uso de armas químicas, pero si en esa encrucijada corrió con suerte, no por eso deja de ser un presidente descolorido». Me río imaginándome la decoloración de Obama, como si fuese un clon de Michael Jackson, y pensando en el cuento a que alude la segunda parte del título de la columna se me ocurre un tuit tan políticamente incorrecto como es posible: «About Obama: ¡El rey está desnudo! ¡¡Y es negro!! ¡¡¡Y se está descolorando!!!»  Luego, tratando de hacerlo algo más deglutible por si alguna de mis “cuentas nodrizas” se animase a subirlo a su TL, pergeño una versión descafeinada: «Variante USA y actual del final del cuento “El traje nuevo del emperador”, de Andersen:

–¡El emperador está descolorido!»

 

Henri en casa. En plan contreras. 100%. Al verlo llegar con Diny del Kindergarten, por la ventana de este cuarto, salgo al balcón como siempre, para saludarlo. Pero ni siquiera levanta la vista del suelo mientras baja la rampa de la calle a la casa. Y luego, ya en la escalera, se niega a entrar acá si yo no desaparezco de la puerta. Decido darle el gusto, tan a pesar mío, y siempre reflexionando que es un niño de tres años y ½. Que ya se le pasará. Aunque me duela mientras no se le pase. Luego, después que durmió la siesta con su abuela, a la hora de acudir al televisor para ver sus DVD de Pettersson & Findus, resulta que se encuentra con que yo estoy sentado en “su” sillón (que es el mío) y viendo la etapa de la Vuelta a España. Le pregunto si se da cuenta de cómo corren esos ciclistas, a la velocidad que van, y ahí se queda fascinado. Y como es una etapa sin chicha ni limoná, le pregunto entonces si quiere ver una de sus pelis, me contesta que sí, le pido que elija una y elige la misma de siempre, la del tigre que se escapa del circo. Se la programo y le doy un beso en la cabeza y lo dejo solo. Volvemos a ser amigos.

 

Weiß/Colonia, 12.9.

0:30 am : La Boum. No tengo ni la más remota idea de cómo se estrenó esta peli en España y/o Latinoamérica, ni me voy a poner a buscarlo. Para mí es culto, como Dirty Dancing, que van a pasarla mañana [es decir, hoy, ya] a la misma hora que hoy [es decir, ayer, ya]. ¡La Boum! A mis hijos siempre les divirtió mucho que yo fuera un fan de ambas pelis, pero es que por lo visto no entendían –al menos entonces– que había sido alguna vez tan joven como ellos, eso es una cosa que los hijos entienden tan poco, tan poquísimo, como el hecho de que fueron engendrados de la misma manera que engendran ellos. Los padres, de algún modo, siempre son espíritus puros y angelicales, uno –como hijo– nunca logra imaginarlos gozando un 69.

 

En este país es obligatoria la clase de natación en las escuelas, con el consiguiente problema para las alumnas musulmanas. Hasta la creación del burkini, el invento genial de una libanesa, Aheda Zanetti, que vive en Australia. Pero una niña marroquí residente en Alemania se niega a usarlo y el asunto llega a los tribunales. La sentencia es de cajón, y a favor del sistema de enseñanza y no de presuntos preceptos religiosos. Pero la niña se obstina en que no y que no. Y la pregunta que me hago es la siguiente: ¿por qué no alega que le tiene miedo, o padece alergia, al agua, por qué enturbiar una vez más la vida pública, la coexistencia social, con esa normativa indumentaria que reduce una religión a la categoría del Carreño, de un manual de buenos modales?

 

Leyendo los textos autobiográficos de Ricarda Huch encuentro una cita de Goethe que me interesa mucho, busco con la ayuda de Miss Hortensia Google el poema a que pertenece, y descubro que mi tocaya citó mal, como solemos hacerlo todos cuando nos confiamos a esa notaria con alzhéimer que es la memoria. Pero no citó tan desviadamente mal que no pueda yo identificar dónde se encuentran esos dos versos inconfundibles. En un poema a Charlotte von Stein: «Ach, du warst in abgelebten Zeiten / Meine Schwester oder meine Frau» [=Ay, tú fuiste en tiempos idos / mi hermana o mi mujer]. Lo que me rasca la piel del alma es ese “abgelebten”, porque “ableben” es literal e inequívocamente “dejar de vivir” (el diccionario, brutal, define: “fallecer, morir”). ¿Pero tanto había muerto el tiempo, la memoria, el recuerdo de aquellos días en que amó a Charlotte, señor consejero áulico?  Al traducir los versos al español, le quito fierro al original. Traductor=traidor, una vez más. Sólo que esta vez a conciencia del fraude, si lo es.

 

 

Weiß/Colonia, 13.9.

De los 10 Premios Nobel alternativos que concede anualmente la Universidad de Harvarda investigaciones que lindan con el surrealismo por el Norte y la risa por el Sur, el que más me gusta de este año es el otorgado a unos investigadores ingleses, neerlandeses y canadienses, quienes, según leo en El País, «reciben el Premio de la Probabilidad por dos descubrimientos relacionados entre sí: primero, que cuanto más tiempo lleve una vaca tumbada más probable es que se levante pronto; y segundo, que una vez que la vaca está levantada, no es fácil predecir cuándo se tumbará otra vez».

 

Henri, criatura de mi alma, el amor más puro que haya sentido nunca. Voy al Kindergarten a buscarlo aunque la espalda me martiriza y me obliga (que yo recuerde) a cuatro altos el camino, que no son ni 500 metros. Como Diny está en lo del médico, debo traerlo a casa, hacer que se lave las manos, cambiarle el pañal (si fuere necesario), darle de comer un “aperitivo” hasta que llegue la abuela pero todavía le estoy sacando las botas cuando ya llegó la abuela, que tuvo suerte en la consulta. Me emboba verlos juntos. Y a ella, tal vez, también, verlo un rato después sentado en mi regazo y mirando lo que le muestro en el monitor de mi compu, fotos familiares con todos sus amores, desde los padres y los hermanos a los tíos y al primo Vincent. Esta es una hora especial, muy especial, de nuestra relación. Igual que luego, después de mi siesta, y tras una leve oposición (puesto que estaba advertido), desactivamos el DVD que estaba viendo, para que yo pueda seguir el final de la etapa de hoy de la Vuelta, la escalada del Naranco, y él se sienta a mi lado y hace comentarios disparatados sobre los ciclistas y una bici que no tiene todavía pero quiere tener ya. Henri de mi alma. Cuando llega Frank para llevárselo a casa, estoy por pedirle que nos lo deje aquí hasta mañana, o hasta pasado, o hasta cuando sea, pero sé de sobra que los padres también quieren tenerlo con ellos. Y quien manda manda, y cartuchos al cañón.

 

“El sofá azul” es uno de los pocos programas que veo de talk show [que en España creo que los llaman tertulias, pero todos los que alcancé a ver eran, o una versión homínida de riñas de gallos (y/o gallinas), o los soporíferos semimonólogos de El Loco de la Colina]. Hoy, además, “El sofá azul” estaba programado antes de un episodio del DI Lynley y la DS Havers, de manera que me jalé la segunda mitad, y en ella un excelente diálogo del moderador con Paul Auster. De lo que retuve, este botón de muestra: el moderador le recuerda a PA que alguna vez contó cómo es que su padre murió en la cama haciendo el amor, y le pregunta si esa sería una muerte que también él desearía. Y Auster le responde: «Eso es algo que he oído varias veces, de hombres que aseguran que sería la mejor muerte que desearían para ellos, pero es algo que nunca se lo he oído decir a una mujer. No, definitivamente creo que no me gustaría dejarle semejante hipoteca a ninguna».

 

Weiß/Colonia, 14.9.

Mientras desayuno, y después de leer el diario, estudio atentamente el prospecto con la oferta de los distintos abonos sencillos y/o combinados en materia de teatro, ópera, ballet, conciertos y me detengo en uno que incluye una puesta en escena de The Importance of Being Earnest [título irremisiblemente tra(i)ducido al español como La importancia de llamarse Ernesto]; el de la versión alemana no es ninguno de los que se venían usando: Ernst sein ist alles [Ser serio lo es todo, donde Ernst, además de adjetivo es un nombre propio alemán, Ernesto en castellano], o bien Bunbury oder die Bedeutung, Ernst zu sein [Bunbury, o la importancia de ser serio, con la misma ambigüedad del otro título]. No, esta vez se titula Bunbury oder das Leben ist ernst, Ernst [donde la ambigüedad sigue pero se desdobla en adjetivo y nombre propio, por lo que traducido correctamente al español vendría a ser algo así como Bunbury, o la vida es algo severo, Severo]. Con el título de esta comedia de don Oscar hay tela cortada para rato. Sea como fuere, siempre tengo presente aquello que escribió Augusto Monterroso en La palabra mágica: «No recuerdo quién lo tradujo así, pero quienquiera que haya sido merece un premio a la traición. Traducir The Importance of Being Earnest por La importancia de ser honrado hubiera sido realmente honesto; pero, por la misma razón, un tanto insípido, cosa que no va con la idea que uno tiene de Oscar Wilde. Claro que todo está implícito, pero se necesitaba cierto talento y cierta malicia para cambiar being (ser) y earnest (honrado) por “llamarse Ernesto”. Es posible que la popularidad de Wilde en español comenzara por la extravagancia de ese título».

 

***********FIN***********

1 COMENTARIO

  1. Pensando en tus visitantes
    Pensando en tus visitantes jóvenes llego a la conclusión de que, justo ese contacto permanente con jóvenes( no me siento bien entre viejitos camanduleros) es lo que que me mantiene vivo.
    Ese ataque de adrenalinitis, aquí, se te hubiera convertido en infarto fulminante o por lo menos en una gastritis erosiva y crónica sin remedio.

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