De mi Diario / Semana 37 / 2016

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«Europa se suicida, y el demorado y cruel modo de este suicidio se deriva de que es un cadáver el que se suicida».

 

AVISO A QUIENES LES INTERESE LA LECTURA DE ESTE DIARIO :

Con motivo de un viaje a Berlín, desde el miércoles 14 al domingo 18,

la próxima entrega de estas páginas tendrá lugar el lunes 19. 

 

Weiß/Colonia, 4.9.

A principios de mayo 1867, Jenny Marx le escribe a su padre desde Londres y le habla de unos «calores desacostumbrados (26º a la sombra)» y que ello está teniendo como consecuencia que a varios señores se les caliente la sangre. Me recuerda una comedia de un autor británico, allá por los años 50, que se estrenó en Madrid y se titulaba algo así como Un día de abril, y todo lo que pasaba en el escenario se limitaba a marcar la diferencia de la vida cotidiana londinense sólo porque el termómetro, inopìnadamente, ¡en abril!, subía un par de grados: de repente era como si los habitantes de la metrópoli sufrieran una mutación benéfica, tanto puede el clima. Más adelante, en el epistolario de las hermanas Marx, el 3.4.1868, desde Dieppe, en viaje de luna de miel, Laura le escribe también a su padre, y al final de la carta hay una coletilla de su esposo cubano, Paul Lafargue, en francés, donde le pide a Jenny: «Grítele a Engels al oído que no perdimos el tren». Esta correspondencia se está evidenciando como una lectura de lo más entretenido y con muchas satisfacciones para voyeuristas como yo, ansiosos de asomarse a la vida íntima de las personas que le interesan. No sabía, por ejemplo, que Engels fuese sordo.

 

Veo en la tele el primer tiempo del partido Noruega vs. Alemania, en Oslo, con el arquero Manuel Neuer estrenando oficialmente su condición de nuevo capitán. Y estos 45’ me hacen recordar un tuit que leí hace, creo, dos años, durante el Mundial de Brasil: «Sus compañeros de equipo se extrañaron de ver a Neuer en el círculo central, recolectando setas».

 

Weiß/Colonia, 5.9.

Durante el desayuno, leyendo la información sobre la inauguración de uno más de los fastos literarios que tanto arraigo tienen en esta ciudad, de repente me levanto de la mesa, busco en mi despacho la lupa grande y miro con ella la foto que ilustra la información. Y el ojo no me engañó, ahí están Carlitos y el Fantasmita al final de la sala, sentados junto a una columna.

 

Arcebelle lee mi diario y me cuenta que con el Día Internacional de la Carta le hice recordar una anécdota de infancia, en su momento demasiado angustiosa, pero ahora divertida: «Mamá recibe una carta, en el sobre una letra que desconocía con un remitente desconocido, pero la abre pues venía a su nombre, María Enriqueta de Turrialba. Cuando mamá la lee la sorpresa fue mayúscula. ¡¡Era una carta de amor!! «Recuerda aquellas noches en la playa, los besos y todo lo demás» y otra cantidad de cosas. Al final le pedía perdón y le decía que volvieran. En eso entró papá y le quitó la carta a mamá, quien no dijo palabra. Papá era celosísimo, pero al extremo. Se puso como un miura, gritó, pateó y dijo que le iba a dar un tiro a ese hijo de puta y a mamá también. Y mamá decía: «Pero si yo no sé de dónde viene esa carta, si yo no conozco a ese tipo». Pero papá nada. Mi abuelita paterna estaba allí y le decía: «Usted no se acuerda, Queta, hable, diga algo». A mamá dentro de la tragedia le dio risa, le decía a mi abuela: «No puedo decir nada porque eso no existe». Papá no hablaba, mamá tampoco. Mamá se preguntaba qué habría pasado. Al fin le cayó la moneda. A la vuelta de nuestra casa había una peluquería y la dueña se llamaba María Enriqueta, pero mamá no sabía su apellido. Se fue corriendo para allá con la carta. Habló con la joven dueña y ella era también María Enriqueta de Turrialba y vivía en la dirección «Del Teatro Moderno 50 varas”. El asunto es que el remitente no añadió si al norte o al oeste, y nosotros vivíamos al norte y la famosa peluquera al oeste. Mamá le pidió disculpas a la tocaya por haber abierto la carta y la otra le dijo que era de su marido, que habían ido a Puntarenas y ella se había regresado a San José muy molesta con él. Papá fue a comprobar si eso era cierto, así de celoso era. Y esta es la historia famosa de una carta que aunque vino a su nombre no era para ella. Es mucha coincidencia tener el mismo nombre y apellido y vivir cerca del Teatro Moderno. Pero lo más terrible, dijo mamá, «Es tener en casa a un Otelo»».

 

Leer el email de Arcebelle me ha hecho recordar mis días de Costa Rica y Nicaragua, donde en las guías telefónicas se podían leer, por ejemplo en la de Managua, direcciones como esta«Cuadra y ½ hacia el Lago y tres cuadras al oeste desde donde estuvo la Pepsi». El Lago, en la nomenclatura managua, es el norte, y el “donde estuvo” alude a que el terrorífico terremoto  de 1972 destruyó prácticamente la capital. Claro que si uno nunca supo donde estuvo la Pepsi, pues la dirección no te decía nada, pero el directorio no estaba hecho para ti. En cuanto a Costa Rica, la dirección, entrañable, que nunca olvidaré, es la de don Paco Amighetti: «50 varas al Norte de La Mejoral», que me hace evocar las buenas horas pasadas platicando allí.

 

Le septième juré [Voto decisivo, se tituló en español], de 1962, es al decir de Milan Paulovič, mi crítico preferido, “Una joya que rara vez se muestra”. Y tanto que lo es. Parece una novela de Simenon puesta en imágenes, mejor elogio no puedo hacerle.

 

Weiß/Colonia, 6.9.

Lasaña en La Modicana con Diny y Rebeca, que se van luego de compras o no sé qué. Carlitos me trae de vuelta a casa y en el camino le comento que de lo único que tengo ganas es de estar en la cama sin nada que hacer. Me sugiere que lea, o que ponga uno de los aparatos de radio al lado de la cama. Cuando me lo dice, siento una luz interior en el modo bombilla de las viñetas de los comics, y sin meditarlo (estaba meditado sin yo saberlo) le digo que desde niño fui un fan completo de la radio, pero que desde que empecé a trabajar en ella no la he vuelto a oír en directo nunca más. Digo “en directo” porque está claro que oía mis propios programas antes de darles el VºBº para la emisión. Y hasta ahí llegaba. Luego, hace un par de años, pasó Laetitia por casa, un par de días, y antes de regresar a México quiso oír alguno de mis informativos, por motivos que tenían que ver con su trabajo de entonces. Escuchamos uno y hasta le regalé una casete con otro. Y desde entonces. Trabajar como radiofonista me vacunó contra la radio, nunca lo había sospechado y Carlitos puso hoy la mecha en el detonante. Por cierto que me quedó otra vez claro que “oír” es algo más que “escuchar”. Es cierto que también decimos que escuchamos la radio, pero a quienes queremos que lo hagan, desiderativamente los nombramos “oyentes”.

 

Pasan en el canal Arte una serie de cinco reportajes sobre los techos de las grandes ciudades. Ayer fue París, hoy Nueva York, de mañana al viernes serán Barcelona, Tokio, Buenos Aires. Si persiste la tónica de los dos primeros, es una de las mejores series de documentales desde hace muchos años. Especialmente la óptica de la filmación es una revelación para el ojo. Creo que compraré la serie en DVD supuesto que la editen en ese soporte.

 

Weiß/Colonia, 7.9.

0:30 am : Liebe [Amor], de Michael Haneke. Un trío de ases, el director y sus dos actores. Si existiera en cine el mismo concepto que en música (“de cámara”), este sería uno de sus mejores ejemplos. Un trío para piano mudo, violonchelo acompañante y el bajo continuo casi invisible e inaudible del mundo exterior. Es una peli que te deja agarrotado, aferrándote a los brazos del sillón para sentir que estás vivo, que no te mueres con los protagonistas. Todavía no.

 

Me pregunta Guglielmo, desde Colombia, que cómo se llama en neerlandés el Canal de la Mancha y le contesto que se llama sencillamente «het Kanaal» [=el Canal], aunque a veces se lo nombra también «de Engelse Kanaal» [=el Canal Inglés]. Pero añado que «lo más divertido del mapamundi es el archipiélago de Cargados Carajos, descubierto por mí en el Índico, al NO de Mauricio. Me compré un mapa del lugar, en una tienda especializada en cartografía que tenemos acá en Colonia. Adoro ese mapa. Porque es que además echa a volar mi fantasía. Me imagino un galeón español de vuelta de las Filipinas, que se pierde durante una tormenta en el Índico, y tras indecibles penurias descubren tierra, pero resulta que son unos islotes desiertos, deshabitados, ¡¡y  cubiertos de guano!! ¿Cómo no bautizarlos con un exabrupto?»

 

Hross í oss [=De caballos y hombres, aunque hubiera sido mejor De caballos y personas] es la tercera buena peli de una semana que me está siendo pródiga en ellas. Son como seis relatos independientes, seis tableaux vivants de escenas de la vida rural en un valle aislado de Islandia, donde todos quienes viven allá tienen caballos pero al mismo tiempo prismáticos para fisgar en la vida de los vecinos. La vida como reality show sin publicidad. Con algunas imágenes deslumbrantes, como la cabalgada de la chica con el hombre que recibió una coz en la cara + los cuatro caballos en fuga, a los que logra manear y llevar de vuelta al redil: ver aparecer ese ciclorama galopante es una de las sensaciones fílmicas más fuertes que he tenido en los últimos tiempos, sobre todo teniendo en cuenta que se nota que no hay artificio, teatro ni efectos especiales detrás, que es así como se vive en ese valle. Una nota curiosa que anoté es en la historia del campesino que se mete en el mar con su caballo hasta llegar a un pesquero ruso que está faenando a la vista de la costa; al campesino lo izan a bordo con caballo y todo, quiere comprarle vodka a los marineros pagándolo en dólares, y los rusos le venden alcohol etílico de más de 90º recomendándole que no se lo beba, eso sí. Pero el dato curioso es que el pesquero se llama “Kropotkin”, el nombre del legendario príncipe anarquista. Me recordó cuando Julia, en Danzón, viaja a Veracruz y busca en el puerto a su pareja de baile, y la cámara muestra uno de los puestos callejeros de venta de helados, que se llama nada menos que Anagnórisis. Son esos guiños que los directores a veces se permiten y suelen ser la gota de Angostura en el cóctel.

 

La relectura de las cartas de Joseph Roth a veces me deja anonadado por lo mucho mío que veo en él, y me refiero sólo a la salud, al físico, a las sevicias que la vida le impuso; casi no hay una sola carta escrita por él desde algo que se parezca a un hogar, casi todas fueron pergeñadas en los mil y un hoteles de su vida peregrina (en ese sentido yo salí mejor parado de la pelea con el lado feo de la vida). ¡Me siento a veces tan retratado! Por ejemplo cuando le escribe a su amigo y traductor francés Pierre Bertaux, a propósito de un redactor responsable en uno de los diarios principales de Alemania: «Es uno de los tres o cuatro seres a quienes podría asesinar con la misma indiferencia con que se apaga un cigarrillo. No sé si usted conoce ese sentimiento que extirpa la sedicente “humanidad” y vuelve ridícula la idea de que matar a un ser humano sea algo especial. A veces soy tan apto para asesino como para escritor y no podría comprender a un tribunal que me acusara». Y estas escalofriantes líneas de 1930, en una carta a Stefan Zweig que podría haber sido escrita ayer, hoy: «¿A quién no le repugna la política? Tiene usted razón, Europa se suicida, y el demorado y cruel modo de este suicidio se deriva del hecho de que es un cadáver el que se suicida».

 

Weiß/Colonia, 8.9.

2:45 am : Inauguración de los Paralímpicos en Río. Jamaica sólo envía tres atletas. Me gustaría saber que no son unas víctimas del dopaje que impera secretamente en su país. Ojalá.

 

Día de calor sofocante, inhumano. He tenido que ir a Rodenkirchen, para hacer en el Banco la transferencia del adelanto trimestral a Hacienda, y pensaba seguir luego hasta el centro, donde buscar un libro de Hundertwasser que quiero regalarle a Mónica y que se lo llevaría Rebeca cuando viaje a Huelva a principios de octubre, para la boda de José Luis. Pero el calor me ganó la mano, regresé a casa con el rabo entre las piernas.

 

Después de la siesta oigo pasar sobre nuestra casa un avión presumiblemente bimotor. Como el aeropuerto lo tenemos al otro lado del río, cuando los aviones pequeños decolan suelen hacerlo en esta dirección (generalmente se trata de vuelos turísticos, para mostrar la ciudad desde el aire). Y yo, cada vez que oigo ese ruido todavía humano de la aviación, me acuerdo siempre del cuento de Hans Bender que traduje en Buenos Aires, en el verano austral de 1967, por encargo de la Editorial Sudamericana, que preparaba una antología del cuento alemán de la que nunca supe si llegó a publicarse. Y traduciendo ese cuento, en la cuadra del 2600 de la calle Córdoba, en Olivos, ese cuento que transcurría en un día domingo en las praderas ribereñas del Rhin, por cuyos aires cruzaba un avión de hélice que partía del aeropuerto de Colonia, sentí una nostalgia tan fuerte de estos lugares, que entonces ya supe que mi Heimat, mi hogar, estaba (está) aquí.

 

Weiß/Colonia, 9.9.

Todo el día en casa echando balones fuera, para poderme ir tranquilo a Berlín el miércoles de la semana que viene. No voy a llevarme la compu portátil de Diny, descansaré durante cuatro días del mundo virtual. Alabado sea el santísimo sacramento del altar.

 

A partir de ayer, poco después de la siesta, la conexión a Internet se volvió intermitente de una manera por completo anárquica e impredecible, en algún caso interrumpiendo incluso llamadas telefónicas. Y así ha sido durante todo el día de hoypero en este momento que escribo, 11:45 pm, y desde hace cuatro horas, la cosa parece haberse normalizado. Tangimus ferrum!

 

Weiß/Colonia, 10.9.

2:00 am : Un documental sobre la vida privada de Hitler. ¿Cómo es que en ninguna parte se ha relevado el hecho de que el cabo de la Wehrmacht, en su vida privada, y no tratándose de actos solemnes (las funciones del festival de Bayreuth, por ejemplo), siempre fue retratado o filmado yendo con sombrero? ¡Incluso a veces bajo techado! Recuerdo aquí una frase de la propaganda fascista de la posguerra española («Los rojos no usaban sombrero») y no puedo sino lamentar que no hubiera habido libertad de expresión como para replicar que Hitler sí que lo usaba.

 

Carlitos y Ulli estaban muy preocupados porque no reaccionábamos a la invitación que nos habían hecho, como regalo por las bodas de oro nupciales. Fue en Beek, el 2 de julio, y nos la entregaron junto con una botella de champaña envuelta como regalo. Lo que pasa es que esa botella así como prácticamente el resto de los regalos se quedaron en el maletero del auto de Willy, quien nos los iba a traer en cuanto llegase su regalo del famoso amonites que tan sólo conocíamos por una foto. Y lo cierto es que la historia del amonites se enredó y Willy todavía no ha venido a Colonia. Pero esa es otra historia, diría mi colega Kipling. Menos mal que, por fin, Carlitos y Ulli decidieron preguntarnos y fue bueno que lo hicieran porque la invitación era para que visitásemos juntos la exposición Parkomanie [= ca. Jardinomanía], dedicada de modo monográfico a la obra jardinera del príncipe Pückler, y almorzar después en el restaurante del propio museo, en Bonn, y la exposición se cierra el domingo próximo y nosotros nos vamos a Berlín el miércoles y regresamos recién ese domigo. Así es que acordamos ir hoy, y escribo estas líneas apenas de regreso en casa. Muy hermosa, muy completa y muy bien presentada la muestra, que recorrí en la invisible compañía de mi querido Maderuelo, maestro en la materia. A riesgo de parecer diletante irredimible confesaré que lo que más me llamó la atención fueron los menús que componía el príncipe para agasajar a sus invitados, de la más alta alcurnia, en su palacio de Muskau, con el espléndido jardín que creó a su alrededor. Entre los vinos que el príncipe escanciaba para su grey, muchos jereces y un Muskat de Setúbal, pero los riojas, los albariños y los riberas del Duero brillaban por su ausencia. El príncipe murió en 1871, acaso no los llegó a conocer. No supo lo que se perdió. Y terminamos la visita en la azotea del Museo, donde se han reproducido de manera fidedigna algunos de los rincones de su jardín de Muskau, ¡qué gozada! No puedo pensar mejor cierre para la semana en la que he disfrutado, de lunes a viernes, de la serie que el canal Arte dedicó a los tejados de París, Nueva York, Barcelona, Tokio y Buenos Aires. Uno de los de Bonn, por el que nos hemos oreado a primera hora de esta tarde sabatina soleada como pocas, no hubiera hecho mal papel en esa serie. 

 

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