De mi diario : Semana 4 / 2017

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¡Qué más quisiera César Aira que toda su obra fuese una nota a pie de página de la de Borges! 

 

Weiß/Colonia, 22.1.

De un tiempo a esta parte me estoy levantando más temprano, alrededor de las 9 am, es posible que se deba al menor consumo de betabloqueante, pero en cualquier caso lo compenso con unas siestas más largas, de unas dos horas laaaaargas. Zzzzzzzzzzzzz

 

Resulta muy instructivo ver cómo en el diario, en la edición finisemanal, hay dos entrevistas a toda plana, una con un siquiatra vienés experto en el tema del narcisismo, y la otra con Natalie Portman, la Jacqueline Kennedy de la peli que se estrenará acá el jueves. Casi podría decirse que el diario se burla sutilmente del que te dije y de su esposa inmigrante. Si fuere así, hago mía la reflexión de una politóloga colombiana, quien afirma que no hay nada que revele más el machismo del que no son conscientes las mujeres, que emprenderla contra Melania como una forma de atacar al marido. Y por si ese fuera poco argumento, añadió otro al día siguiente:


 

[El primer tuit incluye una frase gramaticalmente ejemplar de un caso en el que se pueden emplear las dos formas, “sino” y “si no”, dependiendo de la intención de quien la escribe].


Para que Diny no tenga que cocinar hoy la invito a almorzar en La Modicana, donde se acerca a saludarnos Flavio, el hijo de la signora, recién egresado de su Escuela de Hostelería, en el profundo sur del país. Me admira que no se le haya pegado el insufrible acento bávaro, ese que cada vez que un político de por allá abajo abre la boca me hace reír y llorar al mismo tiempo y bajo el mismo respecto, por muy imposible que ello sea según las leyes de la filosofía. Dicho sea de paso, no pocas veces me he preguntado con qué acento hablaría Frida von Richthofen, lorenesa como Juana de Arco e inmortalizada como Lady Chatterley por el gran Lorenzo.


Weiß/Colonia, 23.1.

Visita preceptiva anual, como siempre en el mes de enero, a la doctora Sulimma. Mis ojos no sólo están en muy buen estado, hasta se permiten el lujo de leer y verme escribir en pantalla sin usar las gafas. Con todo, para ir sobre seguro, la asistente me propina unos colirios dizque dilatatorios de las pupilas, gracias (¡¿?!) a los cuales, y si uso las gafas, me parece estar viendo un mundo concebido por Dalí. La paciente Dra. Sulimma me explica que tengo las pupilas muy chiquitas y muy difíciles de dilatar, y es por eso que tuvieron que administrarme una dosis de caballo. Al oírlo siento unas ganas irreprimibles de relinchar. Pero me contengo.


Fabio me escribe desde Cámaralentolandia [=Costa Rica © by Bada] para contarme que han llegado a San José muchos libros de Stefan Zweig en las ediciones de Acantilado y quiere que le recomiende algunos de ellos. Le escribo: «Con Stefan Zweig pasa como con el cerdo, que no tiene presa mala. Unas cosas te podrán gustar más que otras, pero todas son buenas, es decir, suculentas. He visto el catálogo de Acantilado y por lo mismo te recomiendo el tomo Novelas, que reúne once de las suyas, entre ellas La impaciencia del corazón, una obra maestra de muchos quilates. Entre las biografías asimismo dos obras maestras, la de María Antonieta (insuperable, a mi juicio) y la de Fouché. También sus memorias, El mundo de ayer, y una obra «menor» pero maravillosa, Momentos estelares de la Humanidad. Yo a Zweig lo leo desde que tenía 12 ó 13 años, y luego lo he vuelto a leer en alemán, y lo sigo releyendo siempre. Lo único que no me gusta de él es su correspondencia, donde. paradójicamente, es menos íntimo que en sus ficciones y sus biografías. En estas lo vemos en pijama, pantuflas y bata de andar por casa; en sus cartas como vestido para una recepción diplomática. Nunca te decepcionará, lo mismo Somerset Maugham, otro grande a descubrir. Porque Zweig estuvo mucho tiempo olvidado, ya que no podía ser bueno lo que era tan popular. Imbéciles. Zweig, Maugham y el húngaro Lajos Zilahay (su Primavera mortal es una novela inolvidable) fueron tres grandes maestros de la narrativa de entreguerras. Pero como te digo, la crítica los olvidó pasada la II.ª guerra mundial, por lo muy populares que habían sido. Como si la calidad no se vendiera bien. O peor, como si sólo fuese bueno lo que se vende mal, o lo ilegible. Cretinos».


Sin duda debe de tener sus méritos esta peli que acabo de ver por primera vez, Jet Pilot [Amor a reacción], de 1957. A mí su guión me parece tan endeble, tan artificial, que cualesquiera que sean los méritos que se le atribuyen, no podría soportar verla una segunda vez. Si esta primera, y única, la he soportado íntegra es con la infundada esperanza de que 10’ antes del THE END apareciese el director en pantalla diciéndonos que todo lo anterior era una farsa increíble y que, por lo mismo, no teníamos que creérnosla para nada. Ay.


Weiß/Colonia, 24.1.

En La Modicana, hoy, mis espaguetis con nomás que mantequilla y parmesano y a los cuales he empezado a llamar “del pobre Juan” en recuerdo de una de las canciones que más me gustan de mi bienamada Edith Piaf, “La goualante du pauvre Jean”, un prodigio de letra e interpretación. En los meses desde mayo del 60 a abril del 61, cuando componía en Huelva la programación musical de la Cope 14, y me quedaba hasta las tantas de la noche en la discoteca, probando un disco tras otro, casi no hubo un día en que no la escuchase, ya casi como un rito. El pobre Juan era yo, claro está: «Profitez de vos vingt ans / On ne les a qu’une fois». ¿Aproveché realmente mis veinte años, esos que no se tienen nada más que una vez? Muchas veces tengo la impresión de que no, de que mi vida entera ha sido un fracaso en toda la línea. Me consuela pensar en los nietos, los hijos, Diny, en aquello que no me merezco, pero a pesar de todo me acompaña.

 

Ángeles me envía el vídeo del último Zondag Met Lubach [El domingo con (Arjen) Lubach] dedicado al innombrable. La primera vez que lo vi se reforzó mi opinión de que al innombrable le ha salido un enemigo invencible: es el humor que lo ponga en ridículo, y a fe mía que nos va a dar motivos suficientes como para que se arrrepienta de abrir la boca cada vez que lo haga.

 

Weiß/Colonia, 25.1.

Recibo un email de Arturo Iglesias Mendoza, director del Instituto de Geofísica de la UNAM, donde se desempeñó Cinna hasta el fin de sus días, y en ese email me invita a participar en el homenaje que el 17 de febrero van a rendirle al gran sabio, de cuya amistad me enorgullezco. Le contesto que «me siento honradísimo por la invitación, y se la agradezco no se imagina cuánto, pero lamentablemente no me encuentro en condiciones de salud como para aceptarla. Añada a eso mi rechazo total a los vuelos trasatlánticos, no por miedo a volar, que nunca he padecido, sino por mi fortísima claustrofobia, que con los años no ha hecho sino aumentar y acendrarse: más de cuatro horas encerrado a bordo de un avión ya no soy capaz de soportarlo bajo ningún pretexto. Y créame que me duele declinar su invitación, pues los lazos de amistad que me unieron a mi querido y recordado amigo Cinna fueron muy fuertes y entrañables. Sólo que como dice el tango, “mi cuerpo enfermo no resiste más”. Hélas! Por lo demás, si mi texto publicado en Nexos le sirve para cualquier publicación relacionada con el homenaje, desde ya cuenta con mi agradecida autorización. Con un saludo muy cordial, quedo a las órdenes en  Colonia, la ciudad donde nació Cinna».

 

Weiß/Colonia, 26.1.

Todo el día dedicado a lo que llamo “tareas de mantenimiento”, que no son otras sino aquellas que me invento para no mirar cara a cara la verdad: no se me ocurre ni una sola miserable idea para los artículos que debería estar escribiendo, sobre los 125 años del nacimiento de Lubitsch, los 90 del de Juliette Greco, los 150 del de Hedwig Courths–Mahler, los 375 desde que el buen Rembrandt concluyó su “Ronda nocturna“, los 175 del estreno de Nabucco en la Scala de Milán (¿de dónde si no?) Al menos he conseguido contactar con la responsable de la publicación de la obra de Courths–Mahler y me ha prometido el envío de bastante material. Doña Hedwig es una personalidad que me fascina. Se negó a escribir siguiendo los dictados de Goebbels y prefirió no publicar una sola línea mientras los nazis estuvieron en el poder. Y no es por casualidad que un avaro del elogio, como Brecht, dijese de ella que era «la gran realista. Así es exactamente como se comporta la gente, así es exactamente como sucede la vida».

 

El que te dije no sólo es un elefante en una cacharrería sino que, además, vino acompañado por todo su rebaño. Pero al menos en la elección de su consejera Kellyanne Conway le ha hecho un favor a la buena literatura. Desde que la señora Conway aseguró que las mentiras del portavoz del macho alfa del rebaño eran “hechos alternativos”, se han disparado las ventas del libro de Orwell Mil novecientos ochenta y cuatro (la gente suele escribir, y yo también, si me despisto, 1984, pero Orwell lo tituló Nineteen Eighty–Four, y quién soy yo para enmendarle la plana) Pues todo lo que estamos viendo desde la elección –y sobre todo la asunción– del que te dije, es algo que recuerda, pero en grotesco, como visto en un espejo cóncavo o convexo, el Estado que Orwell preveía y temía para el 1984. Muy en especial en materia de lenguaje. El metalenguaje de Orwell se hace realidad en la lengua que está usando el Washington oficial. Nada de extraño tiene que los profesionales del State Department hayan dimitido en bloque.

 

Weiß/Colonia, 27.1.

Leo en el diario, mientras desayuno, cómo su corresponsal en México, Klaus Ehringfeld, cita de la columna de Héctor, «No al Muro», este párrafo: «El cambio radical del paradigma de trato de Trump hacia México, su rechazo altanero al vecino más débil, la amenaza de persecución de mexicanos por el hecho de serlo; la discriminación, la xenofobia, la arrogancia, el abuso de poder, incluido en todo esto». Sólo que Ehringfeld lo hace jibarizándolo, traduzco del alemán lo que citó: «Siguiendo el modelo según el cuál el fuerte abusa del débil, una relación basada en la amenaza y la persecución». Moraleja: Resumiendo, que es gerundio.

 

César Aira publicó en The New Yorker un texto donde dice: «I am thinking now that maybe all my work is a footnote to Borges», y Andrés lo recoge en su cuenta Twitter y comenta:


 

Me gusta este tuit sobre todo porque pone el dedo en la llaga de la falsa humildad del tal Aira. ¡Qué más quisiera él que toda su obra fuese una nota a pie de página de la de Borges! ¡Los hay pretenciosos, carajo! Quieren subir al Parnaso agarrados al faldón de la levita de un semidiós. Uf.

 

El cartero me trae un abultado sobre con el material que me prometió ayer la Sra. Ute Müller, la responsable de la publicación de la obra de Courths–Mahler. La eficiencia alemana es algo a lo que casi no he acabado de acostumbrarme todavía, al cabo de más de 50 años. Y la eficiente Sra. Müller ha tenido además el detalle de adjuntar al envío un ejemplar de la novela de C–M Ich glaube an Dich [Creo en ti]: cuando hablamos ayer le conté que siendo muy jovencito la leí en español, la encontré entre los libros que mi padre compraba en las librerías de las estaciones donde hacía parada como viajante de su propia fábrica, Manufactura de Calzados Bada :



 

 

Henri en casa, desde las 5:30 pm. A esta entrada no necesito colgarle comentario alguno. A no ser citar al viejo Tolstoi: «No hay que escribir sino en el momento en que cada vez que mojas la pluma en la tinta, un jirón de tu carne queda en el tintero». Lo que no es el caso. Al contrario.

 

Weiß/Colonia, 28.1.

1:10 am : Volví a ver Ser o no ser, ha sido mi homenaje al 125 aniversario del nacimiento de Lubitsch, que se cumple hoy. No he logrado escribir una sola línea al respecto. Ya llevo tiempo entendiendo mejor la causa primera y última del suicidio de Hemingway. En cualquier caso, al volver a ver por enésima vez esta joya que es To be or not to be, he vuelto a reflexionar que el único ojo del que disponían los nazis era el del culo: basta con mirar, ni siquiera atentamente, las fotos de Hitler, Goebbels, Goering, Himmler, Eichmann & Co. para preguntarse en serio si los nazis habían renunciado al sentido de la vista cuando creyeron que “esos” eran especímenes de la raza aria pura. Si acaso, y todo lo más, de un saldo por defectos de fabricación.

 

Al repasar los apuntes de la semana para subirlos guapos y aseados a mi blog de Fronterad, me doy cuenta de que le estoy concediendo demasiado espacio a la bestia rubia de Washington. Es un mal síntoma. Para la bestia rubia. Porque como picador, mis puyas son barrenas. Y para mí, porque me hace perder un tiempo precioso en mi recta final.

 

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