De mi Diario: Semana 43 / 2012

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Weiß/Colonia, 21.10.

Vinieron Ulli & Carlitos a buscarnos para ir al Fischmarkt [=mercado del pescado], que tenemos acá de mayo a octubre, el penúltimo domingo de cada mes. Y al rato de estar allá, a Carlitos le da algo así como un ataque de agorafobia, porque este Fischmarkt ya no es más lo que nosotros conocemos de otros años, es una feria donde al pescado sólo se lo huele, y además hay tanta gente que ni siquiera puede uno ver lo que se ofrece en cada tenderete. Rajamos sin pérdida de tiempo y la promesa de no volver a perder el tiempo volviendo a esta feria de las vanidades.

 

Decidimos ser infieles a La Modicana y vamos a almorzar a Biagini, el otro italiano de Sürth, a la orilla del Rhin, con terraza sobre el río. Y donde tampoco se come mal, todo hay que decirlo. Y los saltimboca que Ulli & Diny se mandaron a bodega parece que eran de ****, lo que pasa es que La Modicana tiene algo medio mítico para nosotros. Siempre nos decimos que tendrían que llegar a un acuerdo, que La Modicana se trasladase adonde Biagini, y viceversa, y el mundo se habría acercado varios mm a la perfección absoluta, la que no existe. ¿Por qué tiene que ser que el mejor restaurante del lugar esté en una calle común y silvestre, y el otro teniendo a sus pies el panorama del Río Padre?

 

Del almuerzo llevamos a Diny a casa de Montse (¡Henri pasará la tarde con nosotros porque los papás se van con Paul y Oskar al cine!) y Ulli, Carlitos y yo vamos a la exposición de Jon Pryke en la Lederfabrik, donde Ulli compra uno de los cuadros y después nos quedamos largo tiempo platicando con Walter Asmuth (el dueño de la galería, que me regala un frasco con mermelada de membrillo) y Antonella, su joven esposa, embarazada, que organiza un proyecto basado en fotos, fotos de visitantes de la galería sentados en un sillón que recuerda mucho –en fieltro y en rojo– el del monumento a Lincoln en Washington. Al rato, por una pregunta casual de Antonella descubrimos que es amiga de Montse, lo que prolonga la charla y estrecha el contacto.

 

Henri estaba ya en casa, ¡y esperándome!, cuando finalmente llego. De manera que me preparo un café para despejarme (¡hoy no tuve siesta!) y me llevo al Caballero de la Diminuta Figura al campo de juegos infantiles, al lado del cementerio, donde me dio una paliza con su constante movilidad y el saltar de los delfines sobre resorte al tobogán y del tobogán a los columpios y de los columpios a la planchada para subir al barco pirata, en fin, que acabé en las cuerdas. Y luego de regresar a casa y despachar una seguidilla de emails que urgían respuesta, hice una pausa para tomar un tentempié, y al volver a la pantalla (dejé a Henri entretenidísimo con un DVD de sus preferidos, Pettersson & Findus) me encontré con el reto de que por qué no estaba jugando con Henri, ¡joder, cómo me controlan mis lectores! (¡y sobre todo tú, dita sea!)

 

A las 6:30 pm, cuando pasó Montse a buscarlo, mi pobrecito Henri estaba muerto de cansancio,  tanto que se durmió sobre el hombro de la madre cuando ella lo alzó para llevárselo, y apenas desaparecieron por el hueco de la escalera, Diny se fue también inmediatamente a dormir. A mí me quedan por delante un par de horas de leer y de ver pelis.

 

Weiß/Colonia, 22.10.

Cuando me levanto descubro un mensaje de Diny en la mesa del comedor: «He ido a llevarle el burrito a Henri». Cierto, anoche estaban tan cansados los dos, él y la abuela, que se olvidaron del Platerito, su mascota inseparable.

 

Encuentro en el centro de Colonia para comer sopa de pescado en el italiano, y se trenza una discusión entre Carlitos y Julio a partir de la columna de ayer de HAF en EE y mi pregunta de si está transcrito a partitura “The Köln Concert”, de Keith Jarrett. No dije ni pío durante ella, me encanta estar oyendo a dos expertos a quienes se les nota no sólo que saben de lo que están hablando, sino también que son apasionados por la materia y respetuosos con el interlocutor.

 

Los fallos del Vicente Vega son clamorosos. Sigue siendo para mí el mejor libro publicado en nuestra lengua durante el siglo XX, pero cuando mete la pata, es hasta donde el vientre pierde su honesto nombre y pasa a llamarse huevos. Es de ver y no creer. En la explicación de una cita, presuntamente referida a Tristam Shandy [sic], don Vicente nos dice que su autor es «Daniel Sterne» [sic], y no sólo eso, sino que «sabido es que “Daniel Sterne” era el pseudónimo que distinguía a María de Flavigny, condesa de Agoult». No sé quién  lo sabría, yo desde luego no, y sólo con ayuda de Miss Hortensia Google vine a saber quién era Marie d’Agoult, que además no firmaba con el seudónimo Daniel Sterne, sino Stern. «Cosas veredes, myo Cid».

 

Impagable Rosalba, en un email desde Montevideo, me desasna en cuanto al exterminio de los charrúas, los indígenas de su país: «No hay país más indigenista que un país sin indios. Total, no cuesta nada, esa indianez sentimental. Hasta hay un grupo que se autodenomina descendientes de la nación charrúa y sostienen que los charrúas eran brillantes arquitectos, astrónomos, músicos y humanistas a carta cabal. Es muy gracioso, pero quien esto sostenía en un reciente programa de televisión, era rubio y de ojos celestes Parece que los guaraníes, que sí poblaron bastante el territorio y de paso nos dejaron la manía por el mate, muchos descendientes, una hermosa toponimia, y hasta el nombre del país, no interesan, por pacíficos y por integradores. Es que la tribu heroica masacrada por no aceptar ningún término ajeno a su cultura es algo mucho más atractivo, es épico, trágico, y total no hay que lidiar con ellos. Pobres charrúas, perdieron la guerra pero ganaron un imaginario, más bien choto pero imaginario al fin».

 

Weiß/Colonia, 23.10.

En La Modicana tenían hoy como menú del día sopa de pescado y, de postre, flan. 10 euros por barba. Y a pesar de que ayer almorzamos sopa de pescado, también la pedimos hoy, porque no creemos que haya dos sopas de pescado más distintas en el mundo que la sarda y la siciliana, se diría que son espejos de sus islas; la sarda es como el microcosmos de Grazia Deledda, sustanciosa a pesar de lo sobria; la siciliana deleitosa y picante como las novelas de Pirandello. Y ambas, vis-à-vis con la  bullabesa y el caldo de marisco. (La irlandesa tampoco es manca).

 

Gracias al espléndido trabajo de Fabiola Ramírez publicado por Nexos, a nadie puede caberle ya la más mínima duda acerca del currículo como plagiario de ABE. Pero el plagio parecería ser –casi– la herramienta preferida para trabajar los tuiteros. Ayer se me ocurrió que con motivo del 200 aniversario de la publicación de los cuentos de Grimm, en diciembre, podría dedicarles tal vez un # especial de The Twitter’s Digest. Y ni corto ni perezoso abrí la ventana de búsqueda de Twitter y programé la palabra Cenicienta. Y aparecieron cientos de tuits donde intervenía esa palabra. Uno de los primeros (es decir, uno de los últimos, porque los tuits se presentan en orden cronológico inverso) era este: «Nunca mires hacia atrás. Si Cenicienta se hubiese dado la vuelta para recoger su zapato, no se habría convertido en princesa». Fui retrocediendo en la lista, e iba anotando los que me parecían más notables, pero ese, y varios otros más, seguían apareciendo una y otra vez, señal inequívoca de que había habido una primera vez de la que plagiaban todos los demás. No logré llegar al final de la lista, porque Twitter se ralentiza enormemente a partir de una cierta cantidad de tuits en pantalla, y me quedé, pues, sin saber quién fue el primero que tuiteó esa frase. Ahora, 20:18, por curiosidad, abro de nuevo la ventana de búsqueda, programo Cenicienta y el primer tuit que aparece es ese, o sea, que el plagio continúa. Impunemente. Pero, gracias a los dioses, los tuiteros no cobran por lo que plagian ni les dan premios internacionales de literatura. Lo de ABE es otro calibre, claro está. Y el del jurado que otorgó el premio, igual.

 

Weiß/Colonia, 24.10.

3:05 am. Todo el maldito día esperando un email que no ha llegado. Pocas veces en mi vida me he ido a la cama tan triste como me voy esta noche.

 

Henri en casa desde por la mañana temprano. Al mediodía constatamos que está incubando algo nada agradable. Después, cuando me levanto de la siesta, él y Diny han desaparecido y me pregunto si es que lo habrá llevado al médico. Pero no, ha sido al río, a ver barcos y caballos, mejor no esperar a que yo despertara, porque ya está haciendo frío, aprovecharon la última hora donde todavía se podía pasear sin riesgo de acelerar la incubación de lo que puede ser una gripe, un catarrro, andá a saber, con los críos en esta edad siempre es un albur.

 

Que llegó el otoño lo demostró Henri el lunes trayéndole a Diny una hoja preciosa de un arce, grande, color rojo de buen vino tinto. Diny adora los adornos con hojas del otoño, hoy ha vuelto del paseo con tres que ha dispuesto como un abanico, en un florero, sobre la mesa del comedor. Y me acuerdo del verso de Eladio Cabañero: «Siempre al atardecer parece otoño».

 

Weiß/Colonia, 25.10.

1:25 am. Acaban de pasar Das Lied in mir [inexplicablemente titulada en castellano El día que no nací]. Y otra vez he vuelto a llorar viéndola. Y menos mal que entiendo la existencia de las dictaduras de la derecha, es su hábitat natural. La de hijueputas como Fidel Castro, esas no las entenderé jamás. No por casualidad soy un hombre de izquierda. Pero decente. Es lo que creo.

 

He buscado en mi diario por la mañana, después del desayuno, la primera vez que acuné a Henri en mis brazos, el 6.1.2010, y mi corazonada acertó: «Después de almorzar en La Modicana, Carlitos me dejó a la puerta de la clínica donde antier dio a luz Montse. Y he pasado allí una hora con el niño y los padres. Mi regalo de Reyes: tener a Henri Jonas por primera vez en mis brazos, y acunarlo suavemente, cantándole pianísimo el “arroró mi niño, / arroró mi sol, / arroró pedazo / de mi corazón”». Esa es la canción que María, la protagonista de Das Lied in mir oye en el aeropuerto de Buenos Aires y le devuelve la infancia perdida. Recién ayer, la segunda vez que veía la peli, me empezó a zumbar en el coco el moscardón del recuerdo.

 

Nahir me escribió ayer desde Seix&Barral: «Ricardo, te estoy enviando un libro que creo que te va a gustar (espero que hasta el arrebato)». Le contesté confirmando mi dirección y me despedí con «un beso, y quedo expectante hasta el arrebato». Menos de 24 horas más tarde, el repartidor de DHL deja en mis manos el paquete con Democracia, la novela de un joven de Huelva, Pablo Gutiérrez, nacido en 1978. Y abro y leo la primera página y encuentro allí el Fénix de la cúpula de lo que era el Banco Español de Crédito, en la Placeta, que se construyó por los años 40, y al que por la posición de la mano de Ganímedes lo llamábamos “Hasta–aquí–llega–el–hambre”. De manera que decido hincarle el diente hoy mismo, que ando de toses y moqueos y un catarro de la remilputa que lo recontramilparió. Parece que el maldito Henri lo incubaba para mí.

 

Weiß/Colonia, 26.10.

Todo el día de ayer no hice más que toser y toser, al final me quedé sin voz, y estuve tomando medicamentación casera y homeopática, porque odio a los médicos y la farmopea, ya bastante tengo con mis pastillas por el problema de la coronaria y el de la gota. Ya está bien con ellas, ni una sola más. Por la noche intenté amansar la tos con jugo de cebada escocesa añejada en barricas de roble; otra medicamentación casera, aunque no la ingerí de modo homeopático.

 

Hoy me desperté a las 8 pero no me levanté hasta las 10. Tenía, tengo, el cuerpo molido. Ya la tos no es más cavernosa ni seguida, sólo se presenta de vez en cuando, pero cuando se presenta, y toso, o bien cuando estornudo, intempestivamente, me duelen hasta los dedos de los pies. Sea como fuere, lo positivo es que el tratamiento que le di al tema (medicamentación casera y homeopática + whisky no homeopático) parece que estuviera dando resultados y no tendré que acudir al matasanos. Alabado sea el santísimo sacramento del altar.

 

Paso el día despachando correspondencia y corrigiendo el cuaderno de bitácora que llevé durante nuestro viaje en un barco de contenedores, el MSC Venezuela, de Bremerhaven a Buenos Aires, del 1° al 22 de diciembre de 2001: se lo tengo prometido a Fronterad y me lo está reclamando Alfonso, quieren sacarlo en noviembre. Y corregir ese texto de casi 23.000 palabras no es nada fácil. En fin, nada es fácil para un vejestorio como yo, hecho un saco de miserias corporales y sin ganas de vivir.

 

Weiß/Colonia, 27.10.

Diny no logra explicarse el caso Bryce. No sabe qué execrar más, si a Bryce por aceptar ese premio, a pesar de las pruebas concluyentes en su contra, o a los que fueron a entregárselo en su propia mano, en Lima. Yo construyo un tuit y me pongo a pensar a quien se lo afrijolo: «El crimen no paga. El plagio, sí. Y Bryce, además, lo cobra. ¡Y hasta le entregan a domicilio su remuneración!» 

 

No sé por qué ando posponiendo el envío de un email. Me está pasando un poco lo del chiste con el suicida asomado al pretil de un puente del Sena, en París, y murmurando: «Cuanto más me demore, más fría estará el agua».

 

Humor involuntario en el Vicente Vega. Cita don Vicente en el capítulo Londres unos versos de Eliot («Unreal City, under the brown fog of a winter down») y en la explicación al pie nos dice que «El autor es norteamericano, pero está consagrado como uno de los más importantes valores literarios de la lengua inglesa». Ese “pero” es impagable, don Vicente. Me hace recordar lo que dice el profesor Higgins en My Fair Lady: «Incluso hay ciudades en donde el inglés no se habla. ¡En Estados Unidos llevan aaaaaños sin usarlo!»

 

***********FIN***********

6 COMENTARIOS

  1. También, Rosario, era zona de
    También, Rosario, era zona de charrúas. Y lo pintoresco es que se le apodá así al Club de fútbol Central Córdoba, pero no es por los charrúas -como muchos pensábamos- sino que nace de una falta de ortografía, cuando el periodista Alejandro Berrutti escribió un artículo en «La Nota» (un periódico satírico impreso en Rosario), donde mal llamado «Arturo Charrúa» a Arturo Charra, el gerente, quien representó Central Córdoba en la Liga de Fútbol de Rosario. Este error se ha mantenido como el apodo más popular para Central Cordoba desde entonces, como el club y los jugadores como sus seguidores también.

    El apodo de Central es canaya (canalla)… y seguro lo sabés por el Negro Fontanarrosa.
    Buen domingo,
    r

    • Mirá vos, yyyo pensaba que
      Mirá vos, yyyo pensaba que era canayyya, pero por lo que veo andan ustedes ahorrando dondequiera que pueden. Qué macana, che.

      • O canayón…
        Léi el estupendo

        O canayón…
        Léi el estupendo envío del blog del Espectador, sobre el teatro, y de nuevo, intenté registrarme y alpiste. No soy un genio de la informática pero tampoco me sabía tan torpe.

        • No es torpeza tuyyya, Rita,
          No es torpeza tuyyya, Rita, es que parece que el sistema de acceso sólo es apto para colombianos. Aunque alguna vez ha aparecido por ayyyá una cordobesa, tenés que preguntarle, es Terín Coyyyado, buscá su blog, http://terincollado.blogspot.de, te vas a divertir de lo lindo con eyyya. Vale, y feliz domingo.

  2. Me escribe un buen amigo
    Me escribe un buen amigo mexicano, Luis Miguel Aguilar, uno de los mejores poetas de nuestra lengua, y me comenta, a propósito de la última entrada de mi diario, que hay «más humorismo involuntario del Vicente Vega: dice winter down y no winter dawn». Y lo miro y lo veo y no lo creo, efectivamente, lo transcribí mal, y mi única justificación es que ayer fue un día negro para mí, en el que estaba completamente «down». Don Vicente está libre de ese cargo, él transcribió correctamente «Unreal City, under the brown fog of a winter dawn»). Que quede constancia de que quien metió la pata fui yo. Vale, y feliz domingo.

  3. «Lo que no cure el
    «Lo que no cure el aguardiente(en tu caso Wisky) es cáncer, o por lo menos y definitivamente, mortal.» Dice la sabiduría popular.
    Sigue ejerciendo tu abuelazgo sin remordimiento, que mi envidia te exorcizará…

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