De mi Diario: Semana 44 / 2013

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Tuvieron la desgraciada idea de volar a Düsseldorf y nosotros las de ir a buscarlos en vez de pedirles que tomaran el tren que menos de ½ hora más tarde los hubiese dejado en Colonia, en la buena orilla del río, es decir, al amparo de la civilización occidental.

 

Weiß/Colonia, 27.10.

Anoche, antes de dormir, seguí pensando en Die andere Heimat y en que yo he sido asimismo emigrante dos veces en mi vida, en febrero 1963, cuando abandoné España, y en noviembre 1966, cuando recién casado con Diny decidimos abandonar Europa. En el primer caso no puedo decir que me llevé todas mis pertenencias, pero sí las principales, mi máquina de escribir y mis libros. En el segundo, Diny y yo cargamos con todo nuestro ajuar: tres baúles y tres maletas grandes contenían todo lo que podíamos llamar nuestro en esos momentos. Fuimos carromato, también, y también atravesamos el océano. Creo que es esa doble experiencia personal de una doble emigración, aunque fuera en muy distintas condiciones a las de aquellos campesinos del Hunsrück, como en la peli, la que hizo que el film me tuviese todo el tiempo pegado a la butaca, cuatro horas consecutivas. Eso, y el milagro de los pocos detalles de color que resaltaban cada vez con mayor apremio el blanco y negro del metraje: una herradura recién sacada del horno de la fragua y aplicada a la pata de un caballo; una delgada lámina translúcida de ónice; la bandera alemana en una balsa por el río; una moneda (un luis) de oro; un empapelado de pared, la cola del gran cometa de 1843¡Ay no, cuándo carajo pondrán a la venta el DVD, pa verlo con lupa!

 

No sé cuál ha sido la espoleta retardada que se me prendió hace unas dos horas, pero de pronto necesité volver a tener en mis manos el LP “TraduZirse”, de Raimundo Fagner, y oírlo cantar a dúo con Camarón de la Isla. Tuve que revolver Roma con Santiago (de Compostela, of course, aún hay clases), pero al final Diny se acordó de que los vinilos “incunables” latinoamericanos los aparcó en un cajón forrado con tela, en su room of one’s own, como decimos los virginianos.

 

Weiß/Colonia, 28.10.

Reunión anual canónica con mi asesor fiscal, para la declaración a Hacienda de mis ingresos y gastos en el 2012. Piensa, mirando los datos, que me tocará pagar algo más de lo que adelanté en los cuatro anticipos trimestrales. Ojalá se equivoque. O bien ojalá que no sea muy dolorosa la puñalada. Las del Fisco son las que más me duelen, porque no puedo tomarme la revancha.

 

El viudo de Helen, Dr. Rabe, me envió lo que posee de ella en relación con mi versión del poema de Christian Morgenstern, y llegó el sábado, pero no estábamos en casa y el envío era certificado, así es que recién hoy lo pudo retirar Diny de la oficina postal. Se trata de un fólder rotulado a mano por Helen («dibujos originales s/morgenstern, 1994”) que contiene 17 dibujos preparatorios de las propuestas definitivas que figurarían en el cuaderno de espiral perdido y cuyas copias láser poseo. De estos 17 dibujos en cartón y a carboncillo, algunos están coloreados así (cuando se encuentran tres o cuatro en la misma hoja) y/o rotulados. El fólder contiene además cinco dibujos en hojas arrancadas de un cuaderno de espiral, rotulada sólo una de ellas, al dorso. Por último, también hay en el fólder tres fotocopias láser de otros tantos dibujos de un cuaderno de espiral, pero ninguna de ellas rotulada. Con prescindencia de esas 25 hojas haya) una fotocopia del poema de Gonzalo Rojas dedicado a Rulfo, enviada por mí cuando Helen aceptó mi propuesta de usar ese texto en las alas de nuestra mariprosa; b) una hojita de un bloc pequeño de apuntes, con seis agujeros laterales y el dibujo a lápiz de un pingüino; c) diversos recortes de diarios y láminas con fotos de animales [entre ellos siete fotocopias de páginas de un libro de Zoología, enviadas con una tarjeta postal en inglés y firmada por Henry]; d) una hoja marrón, doblada, con diversas pruebas caligráficas de Helen acerca del título El analfabedo de bada, que fue uno de los que se le ocurrió para la colección de dibujos; y e) ¡oh sorpresa y alegría!, una postal mía con la imagen de un arenque envuelto en un sudeste y titulada “Arenque impermeable” (de la colección del Museo de Altona), que le envié después de habernos encontrado en Hamburgo a mediados de agosto de 1990, y en la cual le hablo de un par de animales nuevos que se me habían ocurrido: «el huaicamaius prematurus, vulgarmente conocido como guacamarzo; y un pájaro propio de países tristes, el gollorón», amén de que le recuerdo el gallinazorro y el cigüeñandú, que se los había mencionado durante ese encuentro hamburgués, cerrado con una gran cena en el restaurante portugés A Estrela dos Mares. Summa summarum, esto no es aquello que buscábamos, o sea, estos no son los dibujos originales del cuaderno de espiral de los que Helen me mandó las fotocopias láser. Tendremos que trabajar con ellas para la publicación en Nexos, y aprovecharé que Marta Romo está acá y regresa el jueves al DF para que las lleve y las entregue en mano, a Héctor, a Ángeles, y que ellos –después de escanearlas para la revista– se las pasen a los hijos de Helen, para integrarlas a su legado. Les devuelvo así una mínima parte de lo que su madre nos regaló en el oro puro de su amistad y su sabiduría.

 

Weiß/Colonia, 29.10.

En el diario de hoy, en Cartas de los Lectores, un amplio espacio dedicado al tema del espionaje  por la NSA de los móviles de Angela Merkel. Uno de los lectores nos sugiere, para que sepamos de una puta vez lo arrogantes e insensibles que son los gringos, que leamos el libro Stupid White Men, del Premio Nobel de Literatura Michael Moore. Toma del frasko, Karrasko, ese Nobel me resulta en verdad novedoso, habrá que leerlo, cómo se me habrá podido escapar hasta ahora Sólo cabe la explicación de que tiene que haber sido porque soy un estúpido hombre blanco. Por lo menos en la misma medida que el autor de la carta. Y mira si no seré yo antigringo Ay

 

Vamos a almorzar a La Modicana con Marta, y le pido un favor para cuando se encuentre con ellos en México y les entregue, a mi Arcángeles y a Héctor, el envío que les hago con ella como correo: le digo que le diga a Ángeles que yo le he dicho que le diga que se muera de la envidia porque ella (Marta) sí comió con nosotros en La Modicana, y qué lujo, legumbres a la plancha, cada una dellas aderezada con finas hierbas, albahaca, romero, tomillo, la rehostia. Soy malo, ¿no?

 

En un canal regional, a una hora tardía, un largo reportaje –espléndido– acerca de los rebeldes de Hollywood. Lo agarré empezado, cuando terminaba el espacio dedicado a Robert Mitchum, pero me tocó ver completos los de Marlon Brando, James Dean y Steve McQueen. Y en verdad en verdad os digo que los Johnny Depp y demás comparsas en boga no son sino pálidos reflejos de lo que fueron aquellas bestias indomables.

 

Weiß/Colonia, 30.10.

Primera sesión de fisioterapia, con Frau Schumacher, que fue quien me atendió hace un par de años, cuando padecí la hinchazón de las piernas y mi Dr. Ruppert me recetó masajes de drenaje linfático. Por eso, hace unos días, al recetarme el ortopeda fisioterapia para la rodilla izquierda, y pasarme dos tarjetas de dos especialistas cercanos a mi casa, yo ya sabía que no iba a hacer uso de ellas, sino que volvería a las benéficas manos de Frau Schumacher.

 

Vacaciones escolares significan visitas de nietos. Hoy es Vincent quien llega poco antes de la cena, cena con nosotros y se quedará a dormir aquí. Es el crío más dócil de los cuatro, los tres de la Montse son todos angry young men, hasta el cabrón de Henri con sólo dos años y ¾.

 

Weiß/Colonia, 31.10.

Llega Chico, muy temprano, a buscar a Vincent, y lo primero que hace es preguntar si podemos darle algo de comer porque todavía no ha desayunado. Le oigo, y mientras Diny le prepara un sandwich me pregunto a qué edad se deja de ser padre. Nosotros, creo que difícilmente.

 

Prácticamente todo el día dedicado a pulir el texto de la conferencia sobre Cernuda, que al final lo he dejado en 37.209 espacios, unos 42’, pero Helena me asegura que no debo preocuparme por el tiempo. Después he adelantado la columna que tengo que enviar el lunes a El Espectador, porque es bastante seguro de que a partir de mañana a las 10:30 am, cuando vaya con Chico a buscar a Trini & Javier en el aeropuerto, hasta el lunes a las 6:00 pm, cuando los lleve Carlitos al mismo aeropuerto (conmigo de copiloto), no podré dedicar más allá de algunos minutos diarios a la bandeja de entrada y a los compromisos ineludibles. Y yo sé que Palamedes me lo agradece desde ya. Por cierto que creo que todavía no he consignado acá que a mi compu lo he bautizado Palamedes, uno de los personajes más fascinantes y menos conocidos de la mitología helénica. Curiosa la asociación mental ahora, porque con Javier, en nuestros años universitarios en Sevilla, nos desvirgamos teatralmente como espectadores asistiendo al estreno por el TEU de un drama titulado así, Palamedes, de Pablo Romero van Loon, un drama que ni siquiera era malo, pero nuestra maldad juvenil lo usó como santo y seña para escarnio y ludibrio del amateurismo en la farándula. Y eso que nosotros mismos éramos también amateurs, pero la prepotencia de la edad no nos permitía ver en el propio espejo otra cara que la de Narciso.

 

Recapacito: Javier y yo nos conocimos allá por diciembre de 1954, enero de 1955, es decir, ya casi sesenta años de amistad. Pero eso no es lo decisivo en nuestro caso, sino el hecho de que, al menos desde mi costado, es la única amistad que he mantenido sin baches ni cesuras desde esos años juveniles, en la radio en Huelva, en la Universidad en Sevilla, y cuando yo emigré, jamás se interrumpió la relación, siempre hubo cartas que iban y venían. Y cada vez que viajábamos a los madriles, nos encontrábamos con ellos, Javier y Trini. Y ahora, por fin, vienen a Colonia, son los primeros que se han dado cuenta de que es en serio que no voy a viajar más. Así que si Mahoma no sube a la montaña, la ocupamos nosotros, dicen los israelíes. Este es el género de comentarios políticamente incorrectos que siempre ha caracterizado nuestros diálogos. Desde ya me alegro de  mantenerlos esta vez bajo mi techo, por primera vez en una relación de casi sesenta años.

 

[Según Javier, que lo tiene que saber mejor que yo, puesto que se trata de su propia biografía y, hasta donde yo puedo enjuiciarlo, todavía se encuentra en pleno uso de sus facultades mentales (u lo que sean), que no son pocas, nosotros no podemos habernos conocido antes de 1957. Lo que sucede es que, con toda seguridad, yo asocio nuestra amistad a aquella que ya me unía con Marina, su hermana mayor, desde un par de años antes]

 

La programación de la tele, esta noche, es una bacanal para los amantes de la vampirología. Ay

 

Weiß/Colonia, 1.11.

Voy con Chico a buscar a Trini & Javier en el aeropuerto, en Siberia, es decir, atravesando el Rhin, en un lugar horrendo llamado Düsseldorf. Por equivocarme yo en una indicación, estando ya en territorio hostil (=la orilla derecha del río padre), en vez de seguir rumbo al aeropuerto por la autopista, nos perdimos en ese loco horribilis, habitáculo innato del homo neandertalensís, y perdimos casi ½ en encontrar la primera señal de tráfico que indicase el camino del aeropuerto. Para colmo de males, el vuelo de Ibería llegó ¼ de hora adelantado, de manera que cuando por fin encontramos a Trini & Javier llevaban ya ½  hora esperándonos. Todas estas desventuras suceden porque ellos tuvieron la desgraciada idea de volar a Düsseldorf y nosotros las de ir a buscarlos en vez de pedirles que tomaran el tren que menos de ½ hora más tarde los hubiese dejado en la estación principal de Colonia, en la buena orilla del río, es decir, al amparo de la civilización occidental.

 

Almuerzo largo y copioso, suelta conversación con Javier mientras las dos mujeres duermen sus respectivas siestas, buena cena a base de fiambres, los viajeros se van a dormir temprano, y yo me pongo a escribir estas líneas a tiempo de sentarme a ver en la tele un episodio de Wallander.

 

Weiß/Colonia, 3.11.

Ayer no logré acceder en ningún momento a esta pantalla para relatar los sucesos del día, y al irme a hundir entre los brazos de Morguapa (sólo los desahuciados lo hacen en los de Morfea), instantes antes, alcancé a anotar lo que debía recordar por escrito cuando Trini & Javier fueran a la Art Fair de Colonia, con Carlitos, que vino a buscarlos a las 10:47 am. Y lo que debo recordar es el viaje con el bus 131 a Sürth y el tranvía 16 a la estación principal, viendo sólo verde que te quiero verde, amén del Rhin. Visita de la catedral, que les hizo una impresión king size, aunque Trini (punto a su favor) parece que no se dejó impresionar por la obscena superchería del dizque relicario de los dizque reyes magos (a pesar de que, según Ratzinger, sean de Huelva, como lo es Javier, y quién quita si no descendiente de alguno de ellos). A partir de ahí, ay carajo, un sirimiri  inmisericorde con nosotros, pero al mismo tiempo olímpicamente despreciado por nosotros tres (Trini, Javier y yo) mientras que el olímpico desprecio de Diny se guarecía bajo un paraguas. Les propiné el mismo itinenario que a todos los amigos que nos visitan: el museo romano–germánico; la fuente de los Heinzelmännchen; el busto del cardenal Frings y el origen del verbo coloniense “fringsen”; el ayuntamiento (donde asistimos a la salida de los novios de una boda gitana); las termas judías; la casa Farina, donde se creó en 1709 el primer agua de Colonia; la réplica de la escultura de los padres dolientes, de Käthe Kollwitz, en las ruinas conservadas como tales (para perenne recuerdo de la destrucción de la guerra) de la iglesia de san Albano, y luego recorremos la zona peatonal camino del restaurante sardo en el sótano de Karstadt.

 

La segunda parte es la visita del Museo Käthe Kollwitz, que aguardaba con expectación porque Trini es la primera artista a quien llevo allá. Pero mucho más que la exposición, excelente, eso sí, de los impresionistas alemanes, lo que la impresionó fue la permanente de KK, remota colega a la que no conocía. Se tomó todo el tiempo del mundo en recorrer, según mi cómputo, tres veces, esa exposición permanente que yo entretanto, de tanta visita, me sé de memoria. Hasta se tomó el trabajo de anotar la palabra alemana para autorretrato, Selbstbildnis, tres vocales contra diez consonantes, una lucha tan desigual.

 

Regresamos a casa bajo la lluvia y por la noche hizo Diny para la cena un revuelto de setas con pan turco al horno. Después larga conversación sobre literatura, Rulfo, Monterroso (les leí su fábula del zorro, que no es otro que Rulfo), Jardiel, Keith Jarrett, el cine español. Las mujeres se fueron a dormir al filo de la medianoche, Javier alrededor de la 1:30 am. Yo estuve viendo un rato el correo que había llegado a lo largo del día, pero no me sentía con ganas ni con contestar un solo email ni de dejar por escrito el recuerdo de la jornada, sólo anotar los datos principales. Lo hago ahora, y por primera vez en muchos meses subiré mi post a Fronterad a mediodía del domingo en vez de hacerlo, como es mi costumbre, en la medianoche del sábado.

 

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