De mi Diario: Semana 45 / 2010

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Sürth/Colonia, 7.11. (1)

Hoy por la mañana estuvo Diny bañando a Henri, y cuando le llevé el albornoz para que lo sacase de la tina y lo tendiese sobre la cómoda de su ropita, para secarlo y vestirlo, le dijo al niño: «¿Ves, Henri?  Si fueras Paul, o si acaso Oskar, y hasta si fueras Vincent, tu abuelo estaría ahora al lado mío con la cámara sacándote una foto tras otra, pero a tí no te han tocado las vacas gordas». Y a decir verdad es que sentí muy avergonzado, porque es cierto. El número de fotos que se sacan a los hijos y a los nietos se encuentra en una proporción inversa a medida que crece el número de los mismos. Bestia estúpida el ser humano.

 

Weiß/Colonia, 7.11. (2)

Comienzo la lectura de Cartas a los Jonquières y enseguida me conquista la magia de la prosa doméstica del Gran Cronopio. Y me siento aún más cercano a él cuando descubro que en sus primeros tiempos parisinos fue un ciclista empedernido. También habla hoy del andar en bici mi SariTica querida, en su blog, y le dejo un comentario que luego aprovecha para hacer un encarte sonoro en ese mismo post. Lo que Julio hubiera disfrutado con internet, un homo ludens innato como él lo era, con qué rayuelas increíbles habría cronopizado el espacio virtual desde su posible blog, uno que quién sabe si no lo hubiese titulado SCARFACEBOOK, andate a saber, che.

 

Weiß/Colonia, 8.11.

Pasé antes de cenar por lo de Montse, para saludarla y saludar a los viajeros parisinos. Henri dormía en su cuna, arriba, ni siquiera lo vi. Tampoco a Paul, que no llegó de vuelta mientras estuve en la casa. Sí que pude darle un beso a Oskar, justo cuando su madre acababa de contarme y mostrarme el regalo que él había comprado para su hermanito Henri: un perro de peluche que le costó 29 euros en la tienda Disneyland de los Campos Elíseos. Y qué beso no le dí a esta criatura maravillosa que se gasta quién sabe cuánto de sus ahorros sólo para darle una alegría al peque de la familia. Oskar mío queridísimo, corazón de oroY pensar que unos científicos de Bonn dizque han descubierto que el altruismo se debe a un defecto genético

 

Weiß/Colonia, 9.11. (1)

David van Reybrouck ha ganado con su libro sobre el Congo belga, y la depredación a que fue sometido, el Premio AKO, uno de los más mijores (Cantinflas dixit!) de los Países Bajos. Es un premio que concede la Amsterdamsche Kiosk Onderneming, la organización bajo cuyo techo se encuentran los libreros neerlandeses, y la ceremonia de entrega se transmite por radio y TV. En la de este año David van Reybrouck estaba sentado a la mesa con Willy, que ha sido el editor (en sentido inglés) de su libro, y cuando subió al podio para recoger el premio y decir unas palabras de agradecimiento, se las dedicó –con un encendido elogio– a nuestro Willy, cuya contribución a la redacción final del libro ha sido decisiva. Hemos seguido la retransmisión en la página web de la editorial De Bezige Bij(=La Abeja Laboriosa) y sentimos un legítimo orgullo. Uno donde se desliza una gota amarga. Diny se irá mañana a Ámsterdam para acompañarlo desde el jueves en la primera tanda de las sesiones de quimioterapia a que tendrá que someterse.

 

Weiß/Colonia, 10.11., primera hora del día

Llego a la página 302, cruzo el ecuador de Cartas a los Jonquières, y pienso que Paco Porrúa, el descubridor de Rayuela y de Cien años de soledad, tuvo mucha razón al decirle a Carles, coeditor del libro con Aurora: «Es maravilloso. Se lee como una novela». Y mejor que muchas, si no todas, de las que llevo leídas este año, añadiría yo por mi cuenta.

 

Weiß/Colonia, 10.11. (1)

Son las 9.30 p.m. cuando doblo la pg. 400 del libro de Cortázar y me afano en cuadrar en la agenda, en pantalla, un cronigrama que me permita cumplir el siguiente programa entre la noche de hoy y la mañana del martes 16: a) leer las 147 páginas que me restan; b) terminar el texto de la conferencia en San Sebastián, unos 10.000 espacios; c) leer el libro último de Gabo, que me llegó ayer –pero es un peso liviano, 126 páginas con letra grande, como se hinchan ahora los perros para atarlos con longanizas–; d) escribir las reseñas de los dos libros, el de Julio y el de Gabo; e) pergeñar y enviar a Sara tres textos adelantados para mi columna en El Espectador; f) subir a la red tres postings que debo dejar adelantados en mi blog de El Espectador; g) ídem de ídem con Fronterad; h) preparar un grueso mamotreto de facturas médicas y farmacéuticas, para envíos certificados el lunes, al seguro y a la subvención estatal; i) preparar un paquete muy especial para el International Gift Day, y enviarlo así mismo el lunes; j) reclamar una vez más los 50 $USA que me deben en Etiqueta Negra; k) reclamar por enésima vez los 375 $USA que me adeudan desde el 21.11.2007 en La Nación, de San José de Costa Rica –no tienen vergüenza, o era verde y se la comió un burro, como decía mi abuela Remedios, que era una sabia–; y l de last but not least) despedirme de mis cuatro adorados tormentos. Todo ello contando además con que mañana debo pasar por la Western Union, en la estación central, para cobrar un giro que me han hecho de El País uruguayyyo, y de allí acudir a la Philarmonie, donde me encontraré con Cecilia, Julio, Manfred y Carlitos, escucharemos el concierto e iremos juntos a almorzar, y ello significa estar out of area entre 11 a.m. y 3 p.m. Repaso la agenda ya una vez  cronogramada, y como sé que gracias a los dioses puedo contar con mi disciplina, le doy el V°B°, hecho lo cual me serviré el primer whisky de la noche y regresaré a Cortázar. Cheers!

 

Weiß/Colonia, 10.11. (2)

Miss Dew me escribe desde Bogotá que le ha gustado mucho el poema que me dedica Héctor Abad Faciolince en el último # de El Malpensante. A lo mejor tengo suerte y me encuentro en Madrid con Mario y me ha traído un ejemplar. Deo volente. Porque si espero al que me llegue por correo, y que suelen remesar a Europa con el submarino rengo que tienen en Cartagena

 

Weiß/Colonia, 11.11. (1), Kölle Alaaf!

Hacía milyún años, incontables, que no acudía a Colonia el día 11 del mes 11, el día en que a las 11.11. se inagura la quinta estación del año, el Carnaval, esta vez uno de los más laaaargos, ay, hasta el 9 de marzo, Miércoles de Ceniza. Qué horror esta vulgaridad desatada y tonitronante. Si Madrid fue el lugar donde se inventó el ruido, Colonia en Carnaval la deja atrás por varios cuerpos. Menos mal que los alrededores de la Philarmonie no atraen a los carnavaleros. Pero de todos modos, del grupo que nos íbamos a encontrar –y al que Carlitos anunció que se añadiría Francisco Díaz, el traductor cubano– al final tan sólo apareció Cecilia, y eso fue muy lindo, porque no se puede escuchar música en mejor compañía que una Cecilia, y porque así tuvimos por primera vez la ocasión de conversar a solas, mientras almorzábamos una sopa de pescado tras el concierto. El cual, por cierto, consistió en el ensayo de una escena de Penélope, la ópera de Monteverdi arreglada por Henze, con la Sinfónica de la WDR. Y una vez más compruebo que hay gente que no ama la música sino el ruido producido por la orquesta. Como el ensayo se hizo a fondo, el público empezó a abandonar la sala. Ellos lo que quieren es el concierto, esto es: el producto ya masticado. ¡Con lo que se aprende acerca de la música durante un ensayo, Dios! Lo comenté con Cecilia, mientras caminábamos a nuestra zuppa di pesce, ella con su guatita de ocho meses (espera para el 13.12. su criatura, el cumpleaños de nuestro Oskar), yo con mis patas de romano envueltas en las tensas medias compresoras. Y también le comenté, en el momento que atravesábamos una masa carnavalera, arremolinada en torno a la fuente de la mujer del sastre y los Heinzelmännchen, que el año próximo será la debacle del siglo, cuando llegue el día 11 del mes 11 del año 11. Ojalá me encuentre fuera de Colonia por esas fechas. Si vivo, claro.

 

Weiß/Colonia, 11.11. (2)

Terminé la lectura del libro de Julio y comienzo la del volumen de Gabo. Tras el Inferno del Paradiso de Lezama, el Purgatorio de las memorias de la hija de José Donoso, y el Paradiso de Cartas a los Jonquières, algo que no alcanzó a pergeñar Dante en su Comedia: el Limbo.

 

Weiß/Colonia, 11.11. (3)

Abro mi estafeta a las 11 p.m. y me encuentro un mail de José Antonio anunciándome la muerte de Carlos Edmundo. Los queríamos, a él y a su Laura. Hace unos 25 años nos visitaron, estaba todavía reciente la muerte de Felipe. Lo que más recuerdo de Carlos, de esa visita de un par de  días entre nosotros, es su absoluta falta de conexión con la generación de mis hijos, pese a que él intentó varias veces el contacto: siempre tropezó con otro lenguaje y otra manera de entender la vida, y me pareció curioso, porque él había sido la viva imagen de mis hijos en sus años mozos de inventor del postismo y de pasarse por la costura del pantalón la poesía y el canon oficiales. Luego, unos diez años más tarde, Carlitos y yo viajamos a París, y al regreso pasamos por Thezy Glimont, una pedanía de Moreuil, un pueblo cercano a Amiens, adonde él y Laura se retiraron a vivir cuando él se jubiló. Recuerdo el glorioso almuerzo que nos preparó esa cocinera insigne, recuerdo el orgullo –un poco infantil, o no infantil: cronopial– con que Carlos nos mostró su archivo, prodigio de orden y tesoro incalculable de recuerdos de su vida. En aquel despacho suyo colgaba, cuando estuvimos allí esa última vez, un grabado viejo de Cádiz que Diny y yo le regalamos en Colonia y que nos agradeció jubiloso porque en él se veía, cosa que ignorábamos, la casa donde nació. Le escribo ahora unas líneas a Laura para decirle cuánto los queremos y que por lo mismo tanto nos duele la muerte de él y la soledad en que la deja. Si no tuviera encima tal fardo de trabajo pendiente, y el vuelo a España el martes, me iría no sé cómo a Thezy (tal vez convencería a Carlitos y fuésemos en su auto), para velarlo y estar con él a la hora de su entierro.

 

Weiß/Colonia, 12.11. (2)

Anoche olvidé anotar que cené –tostadas con fiambre + 1 yogur de Müsli– gozando en el canal NDR 3 de un espléndido reportaje titulado “Su Majestad el Támesis”. No creo que haya un río en el mundo con tanta historia como este Támesis cuyo nombre es el polo opuesto de cualquier Némesis. El juego de palabras se me ocurrió viendo las lanchas de los controladores regios del número de cisnes en el río: los cisnes del Támesis, cosa que no sabía, son propiedad de la reina. God swan the Queen!  (¡Ay no, la fábula de Zeus y Leda no me parece muy Buckingham like!)

 

Weiß/Colonia, 12.11. (3)

Terminé el borrador de mi conferencia en San Sebastián y lo acabo de cronometrar, leyendo despacito y con güena letra: 43 minutos. Tengo el temor de que la deformación profesional me hará leerlo y releerlo mañana y pasado, antes de enviarlo a Donosti, cuando en realidad, y sobre todo después de esta lectura en voz alta, tendría que decir «¡No le toques ya más, / que así es la rosa!» como recomendaba sabiamente Juan Ramón. Y por cierto que se suele citar mal porque todo el mundo cree que habla de la rosa, y en realidad habla del poema; el título de esta poesía, quizás la más breve del idioma, es “El poema”. Pero no, erre que erre, se lo suele citar como «¡No la toques ya más, / que así es la rosa!» De manera inevitable me represento mentalmente a la Rosa, la más guapa y la más estrecha del pueblo, y al donjuán del lugar queriendo meterle mano, y a la Rosa rechazándolo a hostia limpia, y a la comadre del fulano diciéndole que no la toque más, leñe, que así es la Rosa.

 

Weiß/Colonia, 13.11., primera hora de la noche

La disciplina es la disciplina. Recién terminé de leer el libro de Gabo. Me premiaré con un buen whisky de la reserva para ocasiones especiales, y a continuación con el DVD de Como era gostoso o meu francês, esa joya casi desconocida del cine brasileño, del cine de cualquier lugar y cualquier tiempo.

 

Weiß/Colonia, 13.11. (1)

Mi gozo en un pozo. Aunque no. Anoche, después de escribir la entrada anterior, y antes de cerrar la compu, de repente se me ocurrió “la” idea que redondeaba el texto de mi conferencia, con el resultado de que estuve trabajando duro y parejo hasta las 2.30 a.m. y me fui derecho a los brazos de Morfea. Veré esta noche Como era gostoso o meu francês y mañana por la tarde, en la tele, Kleinohrhasen, la comedia alemana que me perdí en el cine por sobrecarga de trabajo. Ahora, 10 a.m., recién levantado, para distraerme, doy en la ventolera de seleccionar una de las mejores squadras azzurras posibles a partir de esa cantera inagotable que es la literatura latinoamericana: bajo el arco, Sábato; en la zaga, contundentes, Onetti, Benedetti, Galeano; como centrocampistas Giardinelli, di Benedetto; y en la delantera Monterroso, Usigli, Novo, Gerbasi, Casaccia y Conti. Y como director técnico, il nero Fontanarrosa.

 

Weiß/Colonia, 13.11. (2)

Pensaba ir al centro para repetir la sopa de pescado, pero la lectura del diario me disuade: hoy tiene lugar acá uno de los dos derbys cainitas del fútbol renano, Colonia vs. Mönchengladbach (el otro es Colonia vs. Leverkusen), y eso significa que la ciudad estará tomada por las hordas de hinchas, que se odian cordialmente y libran auténticas batallas campales. Mejor me abstengo. Además está lloviendo sin parar desde las 9 a.m. y no parece que vaya a escampar en todo el día. Me cocinaré pues una docena de langostinos al horno, con tomate y yyyerbas de Provenza.Mica male, diría Barral, que fue quien me enseñó esa expresión italiana. Aunque teniendo en cuenta que hoy es el 160° aniversario del nacimiento de R. L. Stevenson, y que hasta Miss Google lo honra con una cartela alusiva a La isla del tesoro, lo más indicado sería una buena sopa de tortuga borracha de ron. Lo malo es que ron sí tengo, y del bueno, del nicaragüense, Flor de Caña Gold de 4 años, pero tortuga no. Así es que joderse y aguantarse, Mr. Stevenson.

 

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