De mi diario: Semana 45 / 2019

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Weiß/Colonia, 3.11.

1:00 am : La cauda de créditos al final de French Kiss es una de las que más me gustan por las tres canciones que la componen, además de que descubrí en ella que la peluquera fue una tal Lolita Avellanas, ¡qué nombre para García Márquez! Pero esas cancionesLa vie en rose” en la voz y la trompeta de Satchmo, “La mer” en francés en la voz de Kevin Kline (cuando Meg Ryan le pide que cante “Somewhere”, la canción de Bobby Darin, y él le replica que el original es de Charles Trenet), y al final “Someone Like You” por Van Morrison. Cuando la pantalla quedó en negro, de pronto me sentí transportado a aquella noche del invierno de 1990 que fuimos al cine con Monika y Jorge, a ver Mr. and Mrs. Bridge, con Joanne Woodward y Paul Newman, y cómo fue que Jorge, a la salida, nos habló de la costumbre cubana de irse del cine apenas aparece la palabra FIN y no quedarse a ver la cauda de los créditos, que lo de quedarse a verla como acabábamos de hacer era algo a lo que se tuvo que acostumbrar en Alemania. Tengo ese recuerdo muy vívido porque fue con toda seguridad la última vez que Monika vio una peli en un cine, poco después le llegaría el diagnóstico que la postró un par de meses de pesadilla hasta su muerte tan prematura. La veo montándose en su bici en Rudolfplatz después de despedirnos, y desaparecer en la noche. Y ahora, escribiendo en pantalla todo lo que me trae ese recuerdo, me echo a llorar sin remisión. Llorar y llorar y llorar, también por Jorge, que nos dejó también demasiado pronto. Ah Monika, Jorge, no creo en la otra vida, pero ojalá existiera para volver a encontrarnos con ustedes y ver todas nuestras pelis favoritas, hasta el mero mero final, Jorge, todos los créditos incluidos.

Repasando la semana de mi diario que subí a mi blog a medianoche, detecté tres gazapos que ya he corregido, y que el día 31 hice una sola anotación en él. Me he quebrado la cabeza pensando qué hice ese día, he repasado mis bandejas de entrada y salida en @gmail.com, el Kölner Stadt Anzeiger de ese día, la revista quincenal TVMovie con la programación de la tele, y nada, nada, nada en absoluto me da norte acerca de en qué invertí las horas de ese día. Por si las que ni labráis como abejas ni brilláis cual mariposas repaso mentalmente la lista de los 44 (y no 45) presidentes gringos, la de las 11 playas cariocas, las de los 12 dramas contemporáneos de Ibsen, y decido que todavía no tengo que pedirle consulta al Dr. Alzheimer. Oremus.

John Connolly dispone de un idioma muy rico en imágenes vigorosas, poderosas, que le permiten describir a sus personajes con sólo un par de trazos: «Yo era un buen mentiroso. Ese es uno de los dones que Dios concede a los alcohólicos. [] Martha Friedman frisaba en los sesenta años. Era gordinflona, se teñía el pelo de rojo y su rostro estaba tan embadurnado por el maquillaje que con cierta seguridad hasta el lecho del Amazonas recibirá más luz del sol. [] Franz se esforzaba en aparentar que luchaba con su conciencia, aun cuando no habría encontrado su conciencia sin una pala y un permiso de exhumación. [] Parecía tan decepcionado como un teólogo de renombre cuya profesión se hubiera desacreditado porque alguien demostró que Jesús había sido un extraterrestre. [] Tengo 32 años, pero dependiendo de la iluminación del lugar digo que 30. Tengo un gato y un apartamento en Upper West Side, pero nadie con quien actualmente lo comparta. Voy tres veces por semana a hacer aerobics, me gustan  la comida china, la música soul y el Cream Ale. Con mi última relación rompí hace seis meses y creo que me está creciendo un nuevo himen». Desde P.D. James y su Adam Dalgliesh, Connolly es, además, el primer narrador en lengua inglesa que presenta como cultos y leídos a sus inspectores, lo que tiene mayor mérito que en el caso de PDJ, porque sus inspectores son gringos. Uno hasta se da el lujo de citar nada menos que el Bhagavad–gītā. Alabado sea el sánscrito sacramento del altar. O sea: Om.

Weiß/Colonia, 4.11.

1:45 am : You’ve Got Mail [Tienes un email] es una de la media docena larga de pelis de Meg Ryan donde dio el do de pecho para quedarse luego sin voz. Pero When Harry Met Sally, Sleepless in Seattle, I.Q., French Kiss, City of Engels (a pesar del pasmarote de Nicholas Cage), y Kate & Leopold, amén de You’ve Got Mail, bastan y sobran para consagrarla como una reina sin corona de las comedias románticas modernas. Delicioso estar volviendo a verlas.

En el camino a lo de mi asesor fiscal, y al regreso, por todas partes grandes carteles anunciando la exposición Inside Rembrandt en el Walraf–Richartz–Museum. Habrá que ir a verla algún día laborable, nunca en un sábado o domingo. Según el Kölner Stadt Anzeiger, en Colonia tenemos la mayor cantidad de Rembrandts que pueden verse juntos (unos 60, entre cuadros, grabados y dibujos), después naturalmente del Rijksmuseum de Ámsterdam.

Mi pobre asesor fiscal anda enfermo, pero como vive en el mismo piso que está su despacho, se levanta de la cama para atenderme. Padece de diverticulitis, una enfermedad a la que no le veo lo divertido por ningún lado, de la misma manera que me extraña harto padecer de sacralización, tan luego yo, agnóstico de pura cepa. Sea como fuere, después de ojear la documentación que le llevé me anticipó que esta año me va a tocar pagarle algo al Fisco, lo que no me cae de sorpresa porque gané más en el 2018 que en el 2017, y mis anticipos trimestrales al Fisco fueron de menor cuantía el año pasado. En fin, joderse y aguantarse, amigo Sancho. Hacienda, puta. Con coma enmedio.

Weiß/Colonia, 5.11.

En La Modicana con Diny, porque Montse tiene cumpleaños el jueves y necesita que ese día nos ocupemos de Henri. Tenemos toda La Modicana para nosotros, sólo nos acompaña, muy tenue, un hilo musical con Andrea Bocelli cantando “Nessun dorma”, “María” –de West Side Story–, algo de Paolo Conte, algo suyo Diny pide sopa de calabaza (que nunca hace en casa porque los Bada aborrecemos toda calabaza que no sea confitada) y una generosa ensalada. Carlitos pide el menú # 2 completo, o sea, jamón de Parma con melón y un gratinado de macarrones. Yo, cero hambre, encargo un carpaccio de carne de res con queso parmesano ¡¡y ni un solo vegetal!! Poca conversación hoy, andamos en horas bajas los tres. De todos modos le cuento a Carlitos que vi Loving Vincent, y se la explico, y luego, a cuenta de la foto de la tumba del príncipe Tommaso di Lampedusa que Joserre me ha mandado desde Sicilia por email, me puse a analizar por qué las adaptaciones de Luchino Visconti pueden medirse con las novelas que las inspiraron.

Carlitos me dijo en La Modicana que hay que ver todo lo que sé de cine, y me hizo recordar algo que ayer me escribió Manu en el foro de mi blog de Fronterad: «¡Pero cuánto te gusta el cine!» Le contesté: «Y sí, tanto me gusta el cine, pero la música todavía más, lo que pasa es que de las pelis puedo contar muchas cosas, pero de la música no sé contar nada. Lo que más se le acercaría serían descripciones de orgasmos. No puedo vivir sin música. Ni sin amigos. Y una cosa que me encanta es cuando me descubren algo que no conozco o le descubro a alguien algo que no conoce. Ayer mismo, sin ir más lejos, a una historiadora del Arte, colombiana que vive a caballo entre Los Ángeles y Medellín, le descubrí a Antonio, el bailarín, advirtiéndole que no le hablaba de Gades, porque un Antonio a secas no ha habido otro sino el inmortal que supo bailar un martinete, palo flamenco que se consideraba imbailable hasta que Antonio lo bailó».

Weiß/Colonia, 6.11.

2:30 am : Vuelvo a ver Clockwork Orange [La naranja mecánica] al cabo de muchos años. Es una obra maestra desde el vamos. Recuerdo que la vimos cuando la estrenaron acá en Colonia. Me parece recordar que nos acompañaban Karin y Dieter, o al menos Dieter. Y lo que no se me despinta es la honda impresión (negativa) que le produjo a Diny. No logró soportar la enorme dosis de violencia que nos aplica su metraje. De hecho, nunca ha querido volverla a ver.

En lo de la pedicura, y esta vez me toca una nueva cara. Se llama Dörthe y me dice sin ambages que odia ese nombre. Le digo que no es para tanto, pero que si tanto lo odia, la llamaré Dorotea. Eso parece que le gusta. Lógicamente, como siempre sucede en estos casos, intercambiamos los necesarios datos biográficos para conocernos mejor. Cuando le digo, en respuesta a su pregunta de por qué emigré acá, que la censura franquista me había puesto en bozal, pero que de eso ella no puede saber nada porque es demasiado joven (pese a que tiene una hija de 15 años) y vive en una democracia, me interrumpe y me dice que sí sabe lo que es una dictadura, porque nació en la RDA y toda su infancia transcurrió allá. En cualquier caso, Dorotea es la mejor de las cinco pedicuras que me han atendido a lo largo de los años, cuando marcamos una nueva cita la quiero en uno de los días que ella trabaja acá. Será el 11 de diciembre. Estoy seguro de que tenemos muchas cosas que contarnos.

Weiß/Colonia, 7.11.

Todo el día prácticamente dedicado a leer el segundo episodio de la saga de Charlie Parker, alias Bird. Esta vez lo he leído en la traducción española, y me reafirma en mi opinión de que John Connolly es un autor de la Champion League. Le envidio en especial esa facilidad que tiene para retratar a sus personajes de cuerpo entero con sólo dos o tres pinceladas como estas: «Billy Purdue no necesitaba buscar pelea. La pelea lo buscaba a él. Habría provocado una pelea en un cónclave cardenalicio con sólo echar un vistazo al interior de la sala. [] Esbozó una sonrisa de superioridad, la clase de sonrisa que te dirige un tonto de remate cuando cree saber algo que tú ignoras. [] Roger era un trabajador excelente, pero la cantidad de aire que malgastaba en charla innecesaria no habría salvado la vida de un mosquito. [] A Ellis se le escapaban pocas cosas. Era la clase de hombre capaz de comer sopa con tenedor sin derramar una gota. [] Lester Biggs era esbelto y ofrecía un aspecto más o menos elegante, si por elegancia se entiende la de un pinchadiscos en la boda de su cuñada. [] Tony Celli parecía la clase de hombre que uno llevaría a casa para presentarlo a su madre si no sospechara que posiblemente la torturaría, se la tiraría, y luego echaría los restos al puerto de Boston. [] ¿Lo acompaña otro tipo, uno que tiene la cabeza como si le hubiese caído encima una caja fuertte y la caja hubiera salido perdiendo? [] Louis tenía la expresión de arraigado sentimiento de un santo que acaba de enterarse que el potro de tortura ha de tensarse un poco más. [] Walter era un buen hombre y, como muchos buenos hombres, su defecto consistía en que se creía mejor de lo que era». Y estas dos joyas: «Matar un alce no es difícil. De hecho, si hay un blanco más fácil que un alce es un alce muerto. [] No me entusiasman las coincidencias. Son la manera que tiene Dios de decirnos que no estamos viendo las cosas con la debida perspectiva».

Weiß/Colonia, 8.11.

1:30 am : Guess Who’s Coming to Dinner [Adivina quién viene esta noche, título incompleto en español, mejor hubiera sido Adivina quién cena hoy con nosotros]. Una de las mejores pelis que recuerdo, junto con Doce hombres sin piedad, entre aquellas que se ajustan a las tres unidades preconizadas por el neoclasicismo: acción, tiempo y lugar. E inolvidable el parlamento final de Spencer Tracy cuando dice mirando a Katherine Hepburn que si su hija y su novio se quieren al menos la mitad de lo que él y su esposa, eso ya es todo: «And if it’s half of what we felt – that’s everything». KH tiene los ojos arrasados en lágrimas, pero es porque sabe que esa frase está dicha refiriéndose a ellos dos en la vida real, y que a ST le queda muy poco tiempo de vida. De hecho la peli se terminó de rodar el 29.5.1967, y él moriría doce días después, era el día de mi 28.º cumpleaños y leí la noticia en La Nación, cuando vivíamos en Buenos Aires.

Ayer, leyendo el segundo episodio de la saga de Charlie “Bird” Parker recuperé una palabra olvidada, “taracea”, y eso me hizo recordar la mesa escritorio de mi padre con su taracea de cuero negro almohadillado que amortiguaba el ruido y el furor de mi tecleo en la Underwood con un solo dedo de la mano derecha: aprendí a teclear con ambas manos recién cuando compré mi primera máquina de escribir eléctrica, años después, muchos, viviendo ya en Alemania. Y otra cosa que descubrí en esa lectura es un gazapo de órdago a la grande: «La escopeta rugió y el cañón se estremeció entre sus manos. Caleb Kyle se arqueó y retrocedió a tropezones como si acabase de recibir un golpe brutal en la boca del estómago, sólo que ahora había allí una mancha oscura, cada vez más extensa, en la que las vísceras brillaban y los intestinos asomaban como cabezas de hiedra». Apostaría mi única camisa de Armani a que este simpático gazapo no se debe al traductor sino al corrector de la editorial, que sin saber ni papa de la mitología griega se pasó de listo y le enmendó la plana al traductor. Hidra que te quiero hidra.

Mi querido Diego publicó una columna sobre libros raros y preciosos, le escribí para felicitarle por ella y me contestó pidiéndome que le contase cuál es el libro más raro y querido que poseo en mi biblioteca. Le contesto: «Mi libro más raro y querido podría ser uno de estos dosa) el volumen Los cuentos de mi abuelo el coronel, de García Márquez, en la edición artesanal hecha por Smurfit Cartón de Colombia, en 1988, con motivo de sus 40 años de producir papeles y cartones. Es un libro de páginas de cartón con muchos encartes y desplegables, y en Colombia casi no se conoce porque no fue una edición venal. En iberlibro.com se encuentran a la venta sólo dos ejemplares del mismo, uno en Aurora/Illinois al precio de 143,51 €, y el otro en Miami, a 209,68 €. b) la primera edición del relato del viaje en el hidroavión Plus Ultra desde la ría de Huelva hasta el puerto de Buenos Aires, en 1922. Fue el primer vuelo entre España y América Latina, y el relato es fascinante, pero es que, además, contiene las primeras fotografías aéreas de mi ciudad natal. Curiosamente, este libro también está relacionado con tu país, porque lo descubrí en el mercado de pulgas de Usaquén, en 1998, durante el primero de mis dos viajes a Colombia. Poseo asimismo la primera edición de Cien años de soledad, con la carabela en la portada, y un ejemplar del relato del primer vuelo de un zepelín desde Alemania al Brasil, traducido por mí y publicado en una edición hecha íntegramente a mano e impresa en un papel tan especial que cuando tienes el libro sostenido en el aire con una mano casi no pesa, es un libro–zepelín. Ahora bien, el libro que más amo es una edición vulgar de bolsillo, de Pedro Párama, con esta dedicatoria autógrafa: “Para Ricardo Bada, con todo el afecto y la sincera simpatía de su amigo J. Rulfo. Berlín W – 6 – 6 – 1982”».

Weiß/Colonia, 9.11.

1:45 am : Vi de nuevo La ajedrecista, con Sandrine Bonnaire en estado de gracia y con Kevin Kline. Y me ha vuelto a encantar por lo sencilla y lo bien interpretada. Por cierto que dice la reseña de la revista quincenal TVMovie que es la primera vez que KK interpreta un papel en francés, pero se olvidaron de French Kiss, donde incluso canta “La mer”, de Charles Trenet.

Mientras leo el periódico desayunando se posa una urraca en el pinoabeto delante de nuestra casa. Me sonrío, pero es recordando lo que dijo la hermana del rey Bermudo II de Galicia, doña Urraca (creo que se llamaba así), al ir a Córdoba para incorporarse al harén de Almanzor en calidad de esclava, en plena Reconquista: «Los pueblos deben poner su confianza en las lanzas de sus soldados más que en el coño de sus mujeres».

A mi deuda estherna le hizo mucha gracia el verbo “empercochar”, cuando cité a mi abuela Remedios la semana pasada en este diario. Era un verbo que usaba mucho, por más que no figure en el Diccionario, así como también otro que sí encontró posada en el mamotreto: “escarrancharse”. Pero volviendo al episodio que conté de tomar el caldo llevándome el plato a los labios, mi abuela lo habría comentado diciendo «¡Otro Pinchaúvas!», porque en su pueblo, Fregenal de la Sierra, había un hombre apodado así, que comía la sopa de ese modo. Lo curioso es que el Diccionario sí conoce esa palabra, pero no para llamar a quienes beben el caldo así, sino a los muchachos pillastres que en los mercados robaban la fruta suelta pinchándola con un palillo, un alfiler, etcMisterios del idioma, que dijo el otro.

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