De mi Diario: Semana 5 / 2013

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Weiß/Colonia, 27.1.

6:30 pm: Berta y Emmanuel se han ido alrededor de las 4, he dormido una larga siesta y ahora intentaré recapitular estos tres días con ellos. No será fácil pero confío en mi memoria.

 

El viernes Diny se fue muy temprano, antes de las 8:00 am, a lo de Montse, que anda aquejada de una fuerte migraña desde el martes, pero regresó a tiempo para recibir a nuestros huéspedes. Además, previsora como es, ya había dejado preparada la cena desde el día anterior, para que Berta no tuviera que ir a la tertulia con el estómago vacío.

 

Ella y Emmanuel llegaron casi una hora antes de lo que preveían, y estuvimos charlando hasta y durante la temprana cena (sopa de lentejas rojas, papas al horno con gambas y aguacate, y postre de yogur con mandarina). A las 7:10 pasaron Carlitos y Walter para buscar a Berta y llevarla a la tertulia, donde leyó de su último poemario, La ruta del espejo. [Meses atrás, su verso «camino descalza sobre tizones encendidos» me recordó dos endecasílabos de un viejo soneto mío, «la esperanza: un reguero de amapolas / en campo de carbones encendidos»].

 

Mientras Berta leía en la tertulia, nosotros tertuliamos con Emmanuel y descubrimos afinidades y desencuentros. El más importante y sorprendente ha sido en torno a Voltaire y el grupo de los enciclopedistas; a Emmanuel no le gustan, prefiere a Spinoza, a quien también amo –tengo que decirlo– a pesar de mi volterianismo convicto y confeso.

 

Berta regresó tarde, la tertulia fue un éxito y el coloquio interesante de tal forma que se olvidó del reloj. Eso es bueno, quizás lo mejor de todo, cuando nos olvidamos del reloj, pero no si es noche ya avanzada, porque querían pasear al día siguiente, es decir (dada la hora) más tarde, por Colonia. A pesar de lo cual le dedicamos un rato a los grabados que cuelgan de las paredes de esta sala (los dos Günter Grass, los dos Amighettis, el Equipo Crónica, los collages de Beuys y Eduardo Arroyo), y a algunos de los tesoros que guarda el triple armario verde encristalado, desde la edición príncipe de Cien años de soledad al autógrafo de Grass en su poema “Ehe”, dedicándoselo a Diny.

 

El sábado desayunamos copiosamente antes de salir para el centro. Fuimos en su auto hasta Sürth, en cuya parada del tranvía hay un espacio Park&Ride, y allí lo estacionamos, y en el 16, que llegó puntual, viajamos hasta la Estación Principal. Como siempre, al salir, impone la mole de la catedral. La visitamos y admiraron el vitral de Richter, cómo no, amén de pasar a ver el sarcófago donde dizque reposan Melchor, Gaspar y Baltasar, una de las muchas supercherías de la iglesia católica. Siguió una ojeada desde afuera, por la fachada de vidrio, al interior del Museo Romano Germánico, con el mausoleo de Polibio y el mosaico de Dionisos, que es la joya de la arqueología coloniense. Después el ayuntamiento, y las excavaciones de las termas judías en el terreno dizque destinado a edificar un Museo ad hoc. Luego les hice conocer la casa matriz donde en 1709 se destiló por primera vez un Eau de Cologne, que es la colonia Farina, no la 4711, como falsamente se cree. Y media cuadra más allá quise expresamente que vieran las estatuas de Käthe Kollwitz que muestran a unos padres dolientes en la ruina de la iglesia de San Albano, y explicarles que esa ruina se conserva así como recuerdo permanente de la guerra, si bien ahora se encuentra integrada a un conjunto arquitectónico que abarca toda la manzana, con el Gürzenich (la vieja sala de conciertos) y el espléndido Museo Wallraff-Richartz; les conté también que ambas estatuas son duplicados del original (aunque algo más grandes) que Diny y yo hemos visto un día recorriendo Bélgica, en un gran cementerio militar donde está enterrado el hijo de KK, caído en la primera guerra mundial: los padres dolientes del grupo escultórico son la propia KK y su marido.

 

Y entramos a la zona peatonal y los llevé al Trödelcafé, que es una tiendita cambalache, en la cual están a la venta absolutamente todos los objetos de segunda mano que se hallan expuestos, hasta las sillas o sillones en que uno se sienta, pero el espacio fue organizado como un café, y en él se puede incluso tomar algún refrigerio (recomendables la sopa de cebolla, la quiche lorenesa y la tarta de manzana caliente). El lugar les encantó, así como el Museo Käthe Kollwitz, donde Berta ha comprado un grueso volumen de la obra de esta artista impar, a la que no conocía y que le ha hecho una gran impresión. [Caigo ahora en la cuenta, al rebobinar mis memorias, de que también le hablé a Berta de Paula Modersohn-Becker y le prometí mostrarle reproducciones de sus cuadros, en casa, y luego lo he olvidado, hasta este momento en que el recuerdo me llega, natural, hasta las yemas de los dedos y pasa de ellas a las teclas].

 

Nos invitaron a almorzar y lo hicimos en el italiano de la planta subterránea de Karstadt. Yo mi cuenco de sopa de pescado sarda, como siempre; pero ellos y Diny hicieron le hicieron cumplido honor a la carta y a las especialidades del día. Después de lo cual regresamos a casa, bajo una ligera nevada, y descansamos un par de horas antes de volver a la ciudad para el concierto del sexteto de Tomatito en la Philarmonie.

 

Ocupamos casi una fila entera del sector Q, el de mejor visibilidad general; además de nosotros cuatro estaban Carlitos y Ulli; y Chico y Angie, con Vincent, a los que se unió Christopher, uno de los más viejos amigos de Chico, por quien sentimos mucho cariño, que él nos corresponde, y bien que lo notamos. La Philarmonie, a tope. Y el concierto una vivencia de las que se quedan grabadas en la memoria, en especial en el último tercio, cuando Paloma Fantova pone al público en pie con sus espectaculares desplantes bailando. Al salir, camino del parking subterráneo de la Philarmonie, todavía asombrada por el calor del público, Berta me dijo: «Ya tengo el título para comentarlo en mi blog: ”Tomatito, Colonia a tus pies»».

 

Larga charla hasta pasada la medianoche, cenando en el living a base de fiambres y vino tinto, un Señorío de los Llanos Gran Reserva. Seguido, por Emmanuel y por mí, de un whisky de los que tienen cuarenta conversaciones, como el aguardiente de Huelva. Cuarenta conversaciones y un par de poemas de Berta, que es de los pocos autores que sabe recitar su propia poesía, como la querida Annuchka, a quien –escuchando a Berta– recordé recitándonos años atrás acá en esta misma casa, desde el mismo lugar donde lo hizo Berta esta noche.

 

El desayuno del domingo lo iniciamos con huevos en copa, en los egg coddlers, que ellos no conocían, y anuncié que ni siquiera pensaba ducharme porque no quería perder ni un minuto del tiempo que aún les restaba en casa; Berta me besó. Y mientras Diny se aislaba en la cocina para cocinar un almuerzo que coronase dignamente este fin de semana, nosotros tres conversamos y oímos música en la sala: les descubrí las maravillas de las voces de Diana Damrau y de Jaume Aragall, de las castañuelas de Lucero Tena, de la puesta en escena de Carmen por Zeffirelli en Viena dirigiendo la orquesta Carlos Kleiber. Y amén de ello les descubrí la obra de Rolando Hinojosa, que ha vigilado su sueño en el cuarto de huéspedes, desde el almanaque gringo del 2007, “Leyendas Hispanas”, siempre abierto por la hoja del mes de julio, con la hermosa foto de nuestro amigo. ¡Y hasta de fútbol hemos hablado!  De cómo la mañana del 14.4.93, mientras desayunábamos, leí en las páginas deportivas del diario el resultado Argentina 0: Colombia 5, y le comenté a Diny que se habían vuelto locos los linotipistas, pero no, claro fue que no, y esta mañana de domingo, casi diez años después, saqué el DVD del legendario 5:0 a la albiceleste en el estadio de River Plate y vimos los cinco goles, «¡¡¡mi Colombia querida!!!», como no deja de repetir el reportero de la transmisión.

 

Abrimos una botella del champagne que nos trajeron como obsequio, un Dissaux–Brochot, brut, Grande Réserve, que no tiene nada que envidiar a los más encopetados, y el almuerzo fue un nasi goreng de lujo, al que seguía un postre de nata con bayas silvestres; Diny echó la casa por la ventana, y no era para menos.

 

Se fueron poco antes de las 4 pm y nos llamaron recién pasadas las 7, ya desde Valenciennes, habían llegado sin novedades dignas de mención y por una autopista despejada.

 

9:00 pm: Releo las líneas anteriores y creo que no me dejé nada en el tintero. Sólo una cosa; que nuestro apartamento parece que se hubiera despoblado. Tan intensa ha sido la presencia de estos dos amigos, desde que llegaron hasta que se fueron, 48 horas en total.

 

Weiß/Colonia, 28.1.

2:15 am: No he debido trasnochar tanto después de los intensos tres días con Berta y con Emmanuel en casa: acaban de pasar la peli con Ethan Hawke, sobre ese pueblito de pescadores en una isla del estado de Washington, con una gran colonia de inmigrantes japoneses, en los días antes y después de la segunda guerra mundial, y la única cosa que saco en claro es que debo comprar el DVD para volverla a ver sin este plomo que me pesa en los párpados y este cansancio que me mata. [Busco la ficha de la peli, Snow Falling on Cedars se titula el original, Mientras nieva sobre los cedros en español, menos mal que conservaron ese bello título].

 

He dedicado la mayor parte del día a despachar la correspondencia acumulada durante el fin de semana y a redactar un post sobre Pride & Prejudice para subirlo mañana a mi blog en EE, y una columna sobre el mismo tema para el viernes, también en EE. Hoy hace 200 años que se publicó, una de mis tres novelas predilectas. Y a partir de esta noche, siempre con un buen whisky a la mano, volveré a ver por enésima vez, a lo largo de tres días, la serie de la BBC (la de 1995), que es algo así como estar viendo la novela en vez de leerla, tan requetebuena es la adaptación.

 

Montse sigue enferma y los médicos no atinan a diagnosticar qué es lo que tiene. Lleva así más de cinco días, creo que seis con hoy, y estoy que me llevan los demonios.

 

Weiß/Colonia, 29.1.

Llamo a Carlitos para chequear que pasará a buscarme a la 1:00, como cada martes, pero anda engripado, cero La Modicana por segunda semana consecutiva. Pues aunque me dice que tal vez mañana, a más tardar el jueves, podemos ir allá, parece como si a su memoria clínica le hubiese vencido hace tiempo la fecha de caducidad: gripe que dure menos de tres días no se conoce.

 

A Montse le han hecho toda suerte de chequeos y parece que mañana le harán una punción, y si bien se han descartado ya posibilidades tales como meningitis, encefalitis y homólogas, decirle a Frank como le han dicho, que tal vez sea una migraña mal curada, me parece lisa y llanamente  irresponsable. Está bien que la Medicina sea una ciencia inexacta, porque no es nada aritmético su contenido, pero tan, tan inexacta como la practican con Montse raya en la ciencia ficción, en el peor sentido que admite la combinación de esas dos palabras. La puta que los remilparió.

 

Weiß/Colonia, 30.1.

Al cabo de casi un año (corrijo, tras consultar el archivo: Al cabo de un año y veinte días) me escribe SariTica, y esa es la única alegría del día de hoy. Me he pasado todo el día reinando una y otra vez en qué le pasará a Montse.

 

11:15 pm, llama Frank, ha tenido que avisar a una ambulancia para llevar a Montse a la clínica universitaria. Despierto a Diny, telefoneo al 2882 y pido un taxi. Diny se va a casa de Montse y me llama media hora más tarde para contarme que llegó justo a tiempo de poderse despedir de ella antes de que partiese la ambulancia.

 

Weiß/Colonia, 31.1.

Todo el día trabajando sin levantar cabeza, sólo para no pensar en mi Montse, ni en mi pobre Henri, que todavía no ha advertido la ausencia de la madre porque adora a Diny y la tiene hoy en casa y a su disposición desde que se despertó bien tempranito, mientras que su abuela no ha pegado ojo en toda la noche. Y yo, poco menos. Estoy agotado, pero más por la inquietud que por la falta de sueño.

 

Llamo a Chico bien entrada la tarde, a casa, para avisarle de que Montse está internada en la clínica universitaria. (A Rebeca no le decimos nada, anda en el sur, en un curso de maestría para su nuevo empleo, ya se lo diremos cuando regrese el sábado, y hasta el sábado espero que mi Montse esté de vuelta en su casa o haya un diagnóstico, mañana le harán una ecografía o como carajo se llame en castellano). Chico encaja bien el golpe, aunque sé que estas noticias no suelen afectar sino con espoleta retardada. Al rato me llama, pero es por otro asunto que me pensaba consultar de todos modos y se le olvidó cuando recibió mi llamada. Resulta que Vincent hará la secundaria en una de las llamadas Escuelas Europa, que generalmente llevan el nombre de una personalidad de algún país; en este caso se han decidido por Francia y la dirección le ha escrito a los padres de los alumnos para que hagan propuestas acerca de qué nombre debería darse a la escuela. Chico me dice que había pensado proponer François Mitterrand, pero quiere conocer mi opinión. Tras una pausa significativa (Chico me conoce muy bien), le contesto que difícilmente podrá gustarme el hecho de que mi nieto estudie en un lugar deshonrado con el nombre de un repugante hipócrita que además fue responsable del criminal atentado contra el barco insignia de Greenpeace en aguas de Nueva Zelandia, comportándose como un colonialista irredento. Pobre Chico, se cae de la higuera, claro está, porque no se esperaba semejante reacción, pero admite la argumentación sin rechistar, y me pregunta que a quién debería proponer, y le respondo que a Albert Camus, o bien, si quiere que a toda costa sea un François, en tal caso François Truffaut.  Y concuerda conmigo. Al colgar suelto un bufido: «¡Mitterrand! Merde alors!».

 

Weiß/Colonia, 1°.2.

¡Qué mecanismo estrafalario es la memoria! Estoy leyendo el Borges, de Bioy Casares, y una frase que no tiene nada que ver con ello me hace recordar cosas que olvidé contar de la visita de Berta y Emmanuel; por ejemplo que les recité un pasaje de La venganza de don Mendo, y que lo que más me impresionó de Berta es que cuando no conoce a la persona o el libro de que le están hablando, sin el menor rebozo te lo dice: «No lo conozco». Se me ocurre que por lo menos esta segunda parte sí puede explicarse a partir del libro de Bioy, donde a cada página pareciera como si hubiesen leído todos los libros de todos los tiempos e idiomas. Cada vez más, Borges, el libro, me parece una cantera; no en el sentido figurado, sino por lo pedregoso del contenido. También hay quijadas de asno entre esas piedras, y alguna que otra piedra preciosa, y son estas las que me llevan a seguir adelante la tarea (porque sí que es tarea) de leerlo.

 

Montse probablemente se quede hasta el lunes en la clínica, para poderse relajar. Le han hecho de todo (análisis de sangre, punción lumbar, electroencefalograma, ecografía) y no tiene nada, se conoce que se trató de que no quiso medicamentarse la migraña, porque odia la farmacopea, y esta vez le ha pasado factura. Todos estamos bastante aliviados, pero al mismo tiempo bastante agotados. Y yo un si es no es desconfiado. Los médicos me parecen tan charlatanes, siempre me lo han parecido, y uno estuvo a punto de matarme cuando yo tenía 13 años, así es que nunca me fío de lo que me dicen. Por eso les miento cuando soy su paciente, porque como sé que es inútil escapar al destino, quiero tener al menos la satisfacción de dejarlos con el culo al aire.

 

Hoy era el día de entrega de notas escolares. Oskar ha salido impecable, y Paul por los pelos. Pero es de rigor, una ley no escrita, que sean cuales fueren las notas los abuelos les entreguen un óbolo a los nietos como premio (o como consuelo). Y así lo hizo Diny, sólo que no contaba con Henri, que estaba presente, y al ver que la abuela le daba dinero a sus hermanos exigió su parte. «¿Cuánto?» le preguntó Diny muerta de risa por dentro. «No sé, pero que no sea en papel», le contestó el renacuajo, echándole mano al portamonedas de la abuela, de donde sacó un montón de calderilla. «¿Y qué vas a hacer con eso?» «Ir a Edeka a comprar». «¿Y qué vas a comprar?» «¡Chocolate!» Porque resulta que Henri, como Hernán Cortés, ha descubierto el chocolate y se ha vuelto chocolateadicto. Estaba luego Diny hablando por teléfono con Ute, la mejor amiga de Montse, que llamaba para saber cómo seguía la enferma, y de repente se dio cuenta de que Henri había desaparecido. Lo empezó a buscar y lo descubrió en la cocina, subido a una silla que había arrastrado hasta la heladera, y desde allí intentaba abrir el congelador, donde Diny, horas antes, había puesto unas chocolatinas fuera de su alcance. «Ah no, no, Henri, ahora no es hora de chocolatinas, bájate de ahí ya mismo». Y él, enfurecido: «¡Estas chocolatinas son mías, me las regaló Ute!», como diciendo “¿Quién carajo eres tú para quitarme lo que es mío?”

 

Weiß/Colonia, 2.2.

1:00 am: Vuelven a pasar a partir de esta noche la primera temporada de la saga de Wallander, con Johanna Sällström en el papel de Linda: 85’ de nostalgia pura sentado frente a la pantalla.

 

Desayunando he podido constatar mi grado de desapego respecto de esa cosa que llaman la actualidad, y en qué estado mental me encontraba ayer, y es porque leyendo el diario, al llegar a la sección de esquelas fúnebres, me di cuenta de que ese era el Kölner Stadt Anzeiger de ayer. Esto es, que de mi lectura de ayer, durante el desayuno, lo único que se me quedó grabado fue una esquela, aunque no es para menos, por lo sentida. Está ilustrada con una foto tomada a bordo de un barco, de una pareja todavía joven y feliz, y el texto dice así: «2 años sin mi Biggi. Echo de menos su sonrisa, sus refranes, su amor, sus desvelos, sus ideas, sus ganas de vivir… Echo de menos a mi Biggi todas las mañanas sin un beso de despedida, todas las tardes cuando regreso a una casa vacía, todos los días desde que no está más aquíMi Biggi seguirá siendo siempre una parte de mí y de mi vida, y me gustaría tanto podérselo decir… Lothar, con motivo del 1° febrero 2011 †». Y lo vuelvo a leer hoy y, como ayer, vuelvo a pensar que ojalá haya otra vida y que Brigitte (Biggi) haya podido leer en ella estas palabras de su Lothar. En cuanto al diario de hoy, lo dejaré para mañana, que no hay prensa. Me veo en el mismo caso que aquel personaje de Cena de Navidad, la obra de López Rubio, el que argumenta que leyó una noticia en el diario de ayer, y añade como explicación que por eso lo había visto hoy, porque lleva un día de atraso: cuando estuvo tan enfermo, hace un par de años, tuvo que dejar una mañana de leer el diario y desde entonces siempre lleva una fecha retrasada. Por lo demás, dentro de un rato llegará Diny con Henri, que se va a quedar a dormir en casa, y ya me las estoy prometiendo muy felices.

 

Poco antes de la medianoche: Desde aprox. las 7 pm estoy sin conexión a la red y sin estafeta. Los técnicos de Telecom me dicen que se trata de un defecto en el Splitter (no sé qué carajo será el Splitter, le preguntaré a Frank) y que me están enviando uno nuevo, es un servicio gratuito. Así pues, viviré en el vacío vitual hasta que llegue el nuevo Splitter y me lo instalen. Llamé a Montse alrededor de las 8:30 y estaba bien pero muy cansada a causa de los medicamentos. Y el bendito Henri no duerme, así es que Diny tampoco. Me iré al salón, con un buen whisky, a ver Pride and Prejudice en la versión BBC 1979, de la que tengo un buen recuerdo por el guión.

 

Weiß/Colonia, 3.2.

Llama Berta a las 9:30 am, alarmada por la falta de correos míos, Dios la bendiga. E imagino que mi estafeta ya se habrá llenado de emails reclamando mi diario. Pero estoy con las manos atadas, Frank pasó por acá una hora después, para recoger a Diny y llevarla a la clínica, y estuvo inspeccionando el famoso Splitter y lo encontró en orden, piensa que puede ser que un cable se haya estropeado en el interior del Router (ni para Splitter ni para Router conozco las palabras españolas, si es que las hay, tengo que preguntarle a Arzola). De manera que he vuelto a conectar con los técnicos de Telecom y me han enviado un email que deberé abrir en la compu de Oskar o Paul, salgo para allá, a fin de despachar desde allí mi diario y abrir este email de Telecom con los datos dizque redentores de mi desconexión de la red. Veremos, dijo el ciego.

 

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