De mi Diario: Semana 50 / 2012

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Weiß/Colonia, 9.12.

Vino Chico a buscarme con el coche para que fuésemos a la clínica en Neuss. Salimos de aquí a las 11:06 am, llegamos a las 12:05, hay demasiada nieve todavía, y el peligro del hielo. Pero no equivocamos el camino sino al salir de la autopista, y por mi culpa, menos mal que me di cuenta a tiempo y volvimos sobre nuestras rodadas y, en total, no perdimos más allá de cinco minutos. En la clínica, esta visita a Antonio es algo agobiante para nosotros, está en una habitación con tres camas, todas ocupadas, y la televisión prendida. No existe intimidad en el encuentro, si bien notamos de inmediato cómo él se alegra de vernos, en especial a Chico, su ahijado y su sobrino predilecto, con quien pasa charlando la mayor parte del tiempo, y en alemán, aun cuando es algo ininteligible lo que murmura más que habla (tiene fuertes dificultades respiratorias). Es visible su esfuerzo por comportarse como si todo esto fuera un episodio que terminará el martes, cuando, según él, le den el alta. Me retuerzo mentalmente todo el tiempo, mientras converso con Ingrid (en paralelo a la charla de él con Chico), para no decirle que deje de engañarse, pero de manera simultánea me pregunto si no es que todos nos engañamos siempre y en cualquier circunstancia. Cuando nos despedimos, con abrazo y doble beso en las mejillas, no sé si es la última vez que lo hacemos, pero si fuese lo que tememos, ojalá que sí haya sido la última vez, y que todo termine lo más pronto posible, para evitarnos todos sufrimientos, sobre todo él.

 

Hoy se han citado las mujeres del clan Bada–Hansen en casa de Rebeca, para arreglar el mundo, así es que al regreso de Neuss pasamos a buscar a Angie para llevarla allá, y luego Chico y yo, con Vincent, vamos a almorzar en el chino de Rodenkirchen, donde los he invitado. A Vincent le encanta el lugar y yo le traduzco del chino al colonés los ideogramas que aparecen en algunas figuras aquí y allá. «¿Y tú cómo sabes tanto chino?», me pregunta el pobre inocente. Tengo que aclararle que es una broma, que todo eso me lo inventé mientras le iba “traduciendo”. Le sugiero que la próxima vez que vaya a un chino, con sus padres, embrome a su mamá con el mismo truco y me mira sonriendo con unos ojos que imaginan ya la escena: sé que lo hará. Pobre Angie.

 

Por la noche llamada de Reme desde Huelva. Quisieran venir Laure y ella, pero antes quieren saber lo que pienso yo al respecto. Les digo que mejor no. Primero porque sería como decirle a Antonio indirectamente que lo suyo es algo irremediable. Segundo –y principal– porque prefiero que conserven en la memoria la imagen que tienen de él, de sus últimos viajes allá.

 

Weiß/Colonia, 10.12.

Comienza en Arte a las 7:30 pm, en el espacio reportajes, una serie de cinco, de hoy al viernes, dedicado a las islas italianas. Y ya la primera entrega (Elba, Montecristo, Pianosa, Gorgona, que es la única isla prisión que sigue habiendo en Italiaademás de Sicilia, rehén de la Mafia), ah, esta primera entrega es una maravilla. Se trata de una serie que han cortado a la medida de mi gusto. Y a la medida de mi gusto, también, el programa de hoy, porque a la serie sigue Bringing Up Baby, una de las obras maestras de Howard Hawks, y con toda seguridad la mejor screwball comedy de todos los tiempos.

 

He estado todo el día esperando la llamada de Ingrid contándome el resultado de la ecografía que iban a hacerle a Antonio en un pulmón. Quien me llama, pasadas las 10 de la noche, es Eva, mi sobrina, mi ahijada, para contarme que su padre ha muerto a últimas horas de la tarde y que se acaba de enterar por Ingrid, quien se ha tomado ya un somnífero para dormir porque llevaba días sin pegar un ojo. Miro en mi agenda virtual, en la pantalla, esta línea:

Tlf. 02131.888-8287 : Antonio (Lukas Krankenhaus) Estación M 4 Habitación 6.

Ayer estuvimos Chico y yo en esa habitación, y Antonio se alegró al vernos. Yo mantuve esa línea en la agenda para llamarlo a diario mientras siguiese internado. Pero estaba escrito que no volvería a llamarlo más, aunque ayer, al despedirme de él con un doble beso, creo haber intuido que era la última vez que lo vería vivo. Con lo que no podía contar es con esta urgencia de la muerte para llevárselo. Ahora bien: lo pienso con agradecimiento. Ha hecho bien su tarea. Le ha evitado quién sabe cuánto sufrimiento, a él y a los suyos, pero sobre todo a él. Llamo a la Nena, en Huelva, y es eso lo que le digo. Qué otra cosa podría decirle.

 

Weiß/Colonia, 11.12.

2:50 am  Acaban de pasar en Arte Los archipiélagos de nitrato (Notas para una Cinemateca), título que alude al nitrato de plata, uno de los elementos que se emplean en la elaboración de película fotosensible y asimismo en la composición de líquidos para revelar (así lo leo en un enlace de wikipedia, soy nulo en materia de conocimientos químicos, y de toda índole). Pero el título alude también a la Cinemateca Nacional Belga y es un homenaje a ella, con un montaje de escenas ya legendarias en la historia del cine, desde los hermanos Lumière al Blue de Derek Jarman, pasando por Murnau, Chaplin, Eisenstein, Rossellini, Truffaut, Fassbinder, y mucho material del cine mudo, una orgía para los ojos de un cinéfilo.

 

Por la mañana, desde su coche, Eva me llama para contarme que está yendo a poner la esquela en el diario, que si puede incluirnos a los hermanos y los sobrinos, le digo que claro que sí, pero que no se olvide de los primos, y entonces me pregunta qué me parece como epitafio «Algún día nos volveremos a ver». Como me quedo callado un buen rato, me pregunta «¿Tío, estás ahí?», y le contesto «Sí, Eva, y en fin, si tú crees en eso, ponlo». Ahora es ella quien se calla, y le digo: «Pienso que sería mejor citar un fandango de Huelva, hay uno buenísimo para eso». «Pásamelo por email». «Te lo puedo dictar si quieres». «No, que voy conduciendo, mándame un email y lo veo cuando llegue a la oficina». Le envío pues un email: «Eva querida, el fandango de que te hablo dice:Aunque me voy no me voy, / aunque me voy no me ausento, / aunque me voy de palabra / pero no de pensamiento”. Los dos últimos versos no valen en este caso, pero los dos primeros como epitafio para alguien de Huelva son preciosos. Vale, un beso, tu tío Ricardo».

 

Le he regalado un tuit [«A quien no cree en los sentimientos de otro, ¿debe acreditársele una fe infalible para tener por ciertos los suyos propios?»] a León Gil, ex poeta, según él, y titular de una de las más exquisitas cuentas T en español. Y él, antes de subirlo a su cuenta, me pregunta si el interrogante de ese tuit no debería abrirse desde el comienzo; pues, estrictamente hablando, León piensa que la pregunta debería ser: «¿A quien no cree en los sentimientos de otro, debe acreditársele una fe infalible para tener por ciertos los suyos propios?» Le contesto: «Es de lo más interesante su consulta porque plantea el problema de la transcripción escrita de la versión oral, incluso cuando esa versión oral sólo acontece en el interior de la persona, es decir, no la  expresa en voz alta. Creo que en mi caso tiene que ver con 45 años de presencia ante el micrófono y de cómo acentúa uno, de cómo distribuye uno los pesos en la balanza de la frase. En este caso, para mí, la primera parte del tuit enuncia el presupuesto (que acá será el sujeto invisible en la segunda), y la segunda formula su inquietud en forma de pregunta. Piense en lo que cambia si transcribimos la frase entera en forma directa, sin preguntar, así : «A quien no cree en los sentimientos de otro, debe acreditársele una fe infalible para tener por ciertos los suyos propios». ¿Se da cuenta de cómo cambia todo, empezando por la entonación?  O sea, esta frase puede formularse de tres maneras: como yo lo hice la primera vez, como usted sugiere, y como lo acabo de hacer. Le agradezco que quiera subir este tuit a su cuenta y le doy completa libertad de hacerlo de cualquiera de las tres formas, la que más le pete o menos le empezca». Y después de enviarle este email me digo si no tendríamos que proclamar el Día del Castellano en Desuso.

 

Recibo un email cuyo Asunto reza: «Presentación del libro La primavera saharaui en Zaragoza», formulación que me remite inconscientemente a El manuscrito encontrado en Zaragoza. En la radio, un redactor consciente de la posibilidad de malinterpretar la noticia, la hubiese formulado diciendo «Presentación en Zaragoza del libro La primavera saharaui». Saber redactar, qué cosa tan necesaria, y al parecer tan sencilla, y hoy tan olvidada. Como tanto castellano, en desuso.

 

Weiß/Colonia, 12.12.

Henri en casa, me despierta a las 9:13 am. Inmediatamente quiere ver el nuevo DVD que le ha dicho Diny que le compré, uno de Pettersson & Findus. Y allí se arrellana en el sillón, frente al televisor, y yo me siento en el sofá, enfrente, y lo miro, lo miro, no me canso de mirarlo. Y él, tan concentrado en los dibujos animados de la peli, de repente vuelve su cara hacia mí y me sonríe con esa sonrisa que es la inocencia en estado puro. Estos son los momentos mágicos que le dan sentido a mi vida, mejor dicho, que son su sentido, porque sin ellos no tendría ninguno.

 

Weiß/Colonia, 13.12.

Cita con el cardiólogo, la rutinaria unas dos o tres veces al año. Hoy aún más rutinaria que de costumbre, al parecer todo está bajo control, y sin motivo de preocupaciones. Tengo la absoluta seguridad, y lo asumo, de que –a fin de cuentas– cualquier cosa que me suceda podrá tener que ver con lo mucho que le miento a mis médicos.

 

Mientras regreso a casa en el bus pienso en algo que me ha dicho el cardiólogo cuando le hablé de los dolores que a veces siento en las articulaciones de los dedos, si no será algo que tenga que ver con la circulación, o bien reúma, artitritis, gota. Se quedó un instante mirándome las manos y me dijo: «Usted tiene unas manos jóvenes, no es nada de lo que piensa. Sencillamente cansancio porque las usa mucho». Unas manos jóvenes, quién lo diría.

 

@juanalajirafa ha reabierto su cuenta en Twitter. Casi estoy por regalarle un precioso tuit de bienvenida: «Cuando una mujer pide ensalada de fruta para dos, perfecciona el pecado original. (Ramón Gómez de la Serna)». Pero será mejor darle tiempo a que dé la vuelta al ruedo con devolución de prendas, como se dice en el lenguaje de las corridas de toros; seguro que todo el mundo la va a andar saludando y felicitándose de que regresó por estos pagos, y ella ocupada en contestarles. Hay más días que ollas, como dice el viejo refrán castellano.

 

Weiß/Colonia, 14.12.

Me despierto a las 6:30, voy al baño, orino, regreso a la cama y tengo un sueño bien raro en la duermevela, aunque, como siempre, vinculado a la sensación de una espera impaciente porque el tiempo pasa y no sucede lo que tenía que suceder; por ejemplo, no llega el taxi que me tendría que llevar a la estación y voy a perder el tren. Pero esta vez se trataba de la asistencia a un teatro donde ponían en escena El dúo de “La Africana”, y era un lugar que tenía que ser Madrid, y la persona que me tenía que entregar la entrada no llegaba, y no llegaba, y cuando llegó las puertas de la sala estaban cerradas porque la función había comenzado. Y lo más curioso del sueño es que Diny sí había entrado ya al patio de butacas porque ella sí poseía una entrada. Ay padrecito Freud, a ver, active sus células grises e interpréteme este disparate.

 

Una gozada la serie sobre las islas italianas; el lunes las del archipiélago toscano (Montecristo, Elba); el martes las Eólicas, con la del Strómboli y la Casa Bergman, que alojó los amores de Ingrid y Roberto Rossellini, el mayor escándalo de la época; el miércoles las poncianas, todavía no descubiertas por el turismo; ayer las famosas del golfo de Nápoles (Capri, Procida, Ischia), y hoy las de la laguna de Venecia, que son algo imborrable en mi recuerdo, las he recorrido con Diny; desde San Michele, cementerio sin par, hasta Torcello y su basílica con el iconostasio del siglo XV, pasando por Murano y los hornos de sus vidrieros, y al fin Burano, la más profana y profanada de las cuatro. En mi próxima reencarnación quiero visitarlas todas, empezando por la de Montecristo y terminando en San Michele, delante de la tumba de la baronesa Everdina  Huberta Douwes Dekker, «esposa fiel, madre heroica y noble, abnegada mujer» a quien está dedicada la primera novela anticolonialista publicada en Europa: la prodigiosa Max Havelaar, de mi amado Multatuli.

 

Weiß/Colonia, 15.12

Bien dijo quien dijo que el hombre propone y el Destino dispone (los deístas, arrimando el ascua a su sardina, lo expresan de otro modo). Estaba todo planeado, almorzar con Ulli & Carlitos en el chino, y de allí marchar a Bonn para ver Shoetick, la exposición sobre la historia del zapato, que nos interesa a los cuatro, pero a mí muy especialmente. Y después de desayunar y despachar algún correo, me afeité, me duché y me puse a cortarme las uñas de los dedos de los pies, como siempre, con el pinrel encima del borde de la bañera, y al llegar al dedo gordo del pie derecho, de repente, resbalo un poco en la alfombrita del baño, pierdo el equilibrio con la pierna en el aire, y durante un único segundo a mi parecer interminable me caigo de espaldas y choco de cabeza con la esquina de la pared, detrás de la puerta. Sangre de inmediato, casi antes del grito que doy y al que Diny acude corriendo desde la cocina. Tengo una brecha en la ceja izquierda, un rasguño enmedio de la frente, otro en la articulación del pulgar derecho. Diny restaña como puede la herida que sangra (la brecha de la ceja) y me ordena tenderme en la cama, sobre una toalla y tapado con una manta. Llama a Carlitos para anunciarles el percance, y ellos se ponen en camino, ofreciéndose a llevarme a Urgencias en la clínica San Antonio, la más cercana. Cancela Diny además la reserva de la mesa en el chino. Entretanto, tendido, descubro un dolor intenso en la muñeca izquierda, Diny me coloca una faja elástica compresora que tenemos en la botica casera, y el dolor se alivia hasta casi desaparecer. Me visto ayudado por ella y llegan Carlitos y Ulli, salimos camino de la clínica. Llegamos a la 1:20 pm. Hay que esperar, y les decimos a ellos que se vayan, que pediremos un taxi para volver a casa. La herida sigue sangrando. Por fin me llega el turno. La enfermera, Antje, no tiene labio leporino pero habla como si lo tuviese. Antes que nada desinfecta la herida y me pregunta si padezco alguna alergia. Le contesto que sí, que soy alérgico a la tontería humana. Se ríe, buen síntoma. El médico, joven y sin  afeitar (típico en quienes hacen guardia en Urgencias), diagnostica que habrá que dar algunos puntos de sutura, me aplica anestesia local. Al rato, cose los cinco puntos sin que note yo nada más que unos pinchacitos, y todos, menos yo, claro, admiran su obra de arte, no se ven las costuras. Antje me aplica ahora la vacuna antitetánica, por precaución, la última vez que me la pusieron fue aquí mismo allá por 1997, cuando un perro se me abalanzó yendo yo en la bici por el bosque y me mordió en una pantorrilla, su amita estaba asombrada y aterrorizada. Y llega lo que me estaba temiendo: las radiografías de la muñeca. El médico me dice que no está seguro de si hay o no hay una fisura, él cree que es tan sólo una contusión, pero, en la duda, hay que entablillar el antebrazo hasta mañana, y mañana radiografiar otra vez, y si no hay duda, desentablillar. Pero para entablillar ahora tendría que sacarme la alianza, de lo contrario corro el riesgo de que se produzca una septicemia (eso es lo que entiendo). Digo que bueno pero que mi alianza no va a dejarse sacar de donde está desde hace 46 años, 5 meses y 13 días. Antje confía en que sí, con sus dedos mágicos y mucho jabón. Pero ¡ca! Le digo que ya durante mi último adulterio me fue imposible quitármela, se vuelve a reír. Un médico veterano que pasa se interesa por el problema e intenta él también sacarme la dichosa alianza (en todas las acepciones posibles del vocablo). Finalmente, y sin darme cuenta, soy yo mismo quien logra sacarla. «Ahora ya sabe usted cómo, en su próximo adulterio», me dice Antje, risueña. El médico veterano quiere regañarla pero ella le para el carro: «Él mismo es quien lo anda diciendo». Y me recuerda que tengo que volver mañana a las 12:30, para radiografiar de nuevo. Me despido de los tres muy cordialmente, me han tratado de lo más humano y profesional, y eso es muy de agradecer. Cuando salimos de la clínica, en taxi, son las 4:15 pm, casi tres horas desde que nos trajo Carlitos. Y ahora son las 5:55 y termino de escribir estas líneas cuando todos los recuerdos están frescos, y dejaré reposar el antebrazo, que es lo que me ha ordenado el médico, aplicándole además compresas heladas. No escribo más, por lo menos en seis horas. Me duele el maldito brazo, y no es del golpe, sino del esfuerzo de escribir estas líneas. Me está bien empleado, por idiota.

 

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2 COMENTARIOS

  1. Dura la semana; ¿Eh? Así y
    Dura la semana; ¿Eh? Así y todo te quedan arrestos para seguir adelante. Gracias por ello.

  2. Cuídate mucho, querido amigo,

    Cuídate mucho, querido amigo, que hay que llegar en buenas condiciones al 21. ¡Feliz, y rápido, Fin del Mundo!

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