De mi Diario: Semana 52 / 2013

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Siempre me sorprendo, al fin del año, contemplando el almanaque histórico–cultural como vaca a la espera de que la ordeñe.

 

Weiß/Colonia, 22.12.     

Tenemos un huésped vegetal en la casa. Uno que, al parecer, viene para quedarse. Diny decidió comprar un árbol de los llamados de Navidad, en principio porque pasado mañana la familia en pleno acampará en este vivac, pero fundamentalmente por Henri, que desde hace semanas ya no habla sino del árbol y de los regalos. Y como ni ella ni yo estamos físicamente en condiciones de cargar con un árbol hasta la casa, subirlo por la escalera e instalarlo en la sala, Diny le encargó a Chico que lo comprase y lo trajese, pero, eso sí, que fuese uno con raíces, para después de las fiestas instalar su maceta en el balcón. Me temo que mi próxima tarea sea la de guardabosque, y si pienso en el de Lady Chatterley’s Lover, me agarra, ay, muy viejo para semejantes aventuras.

 

11:30 pm : La nueva temporada de Wallander está sensacionalmente filmada desde el punto de vista camarográfico, es una golosina visual. Pero el equipo en torno a Wallander falla justo allí donde no debería fallar, en su hija Linda, a quien han resucitado para esta temporada, y a menos que la cosa se enmiende en los cuatro episodios que faltan (y no lo creo), tendremos una buena temporada Wallender, pero nada que haga olvidar la primera, que puso el listón tan, tan alto. Es como el salto largo de Bob Beamon en la Olimpiada de México 1968 o La guerra de Galio en lo que respecta a novelas que traten de la relación entre la Prensa y el poder. Lo dejaron imposible para un par de generaciones venideras. En el caso del salto de BB ya se rebasó la marca, al cabo de casi 23 años, pero en el caso de la novela de Héctor el desafío sigue en pie.

 

Weiß/Colonia, 23.12.

1:51 am : Es algo tan triste saber que no sería capaz de suicidarme. No sólo por cobardía, que sí que no sería, porque soy muy cobarde, sino más que nada por Diny, por mis hijos y, sobre todo, mis nietos. No lo entenderían nunca. Pero aunque lo entendiesen, ni siquiera así, porque yo no sería capaz de dejarles semejante herencia. Sólo, sólo si me diagnosticaran algo irreparable y doloroso, algo que ellos pudieran aceptar como respuesta a una sentencia de muerte inapelable. El listón en ese caso sería mucho más bajo que ahora, ahora cuando no se trata nada más que de mi deseo de no seguir viviendo. Así de simple. Pero ¿quién entiende eso?  ¿Quién entiende eso?

 

En la sala de espera del cardiólogo registro la existencia de libros, y no de revistas, sobre el par de mesitas bajas entre las sillas adosadas a las paredes. Luego descubro que las revistas sí están, pero casi invisibles, sobre el amplio alféizar del gran ventanal alto que da al sur: si sólo se mira al cielo, pasan completamente desapercibidas. En la pared frente al ventanal, una gran vitrina con 15 estantes donde se muestran 58 modelos de marcapasos, desde 1970 a nuestros días. Me hace sonreír el recuerdo del fandango que le dediqué en su día a Ángeles, e intento memorizarlo, y sí, lo memorizo: «Víctima de esta pasión / me estoy cayendo a pedazos / e imploro tu compasión: / arráncame el corazón / o implántame un marcapasos». Lo recuerdo con absoluta nitidez, se me ocurrió yendo en bici por el pueblo, entre la esquina de la calle principal con la que corre paralela al Rhin, y yo iba a la oficina postal, pero queriendo memorizar el fandango para llevarlo al papel apenas regresara a casa, pasé de largo ante la oficina postal, llegué hasta el parapeto del dique y tuve que devolverme. La otra epifanía pareja que recuerdo también tiene que ver con México, y fue en el jardín de la residencia del embajador nicaragüense en Budapest, que entonces era mi querido Lizandro, y estaba yo explicándoles a él y a Lillian la problemática de los fandangos cuando de repente, sin decir agua va, se me cristalizó in mente, impromptu, uno que perseguía desde meses atrás y que nunca me salía, el de Rulfo: «Yo, señor, soy de Comala / y mi nombre es Agapito. / Voy yendo más allasito, / para el rumbo de Tlaxcala. / ¿Me matiza un mescalito?» Los neurólogos jamás podrán explicar las epifanías, esas descargas de adrenalina de la felicidad, esos orgasmos simultáneos y unísonos de las nueve musas.

 

El veredicto es una de mis pelis preferidas entre las de Paul Newman. Y entre las de Lumet, a pesar de que en ciertos instantes la acción se congela y se acartonpiedra porque don Sidney le inyecta demasiado mensaje a la imagen, y es como mirar, abierto, el refrigerador.

 

Weiß/Colonia, 24.12.

Nochebuena. Amanece con ráfagas de viento huracanado, que continúan al mediodía, cuando escribo estas líneas después de haber empacado mis cuatro regalos y colocarlos bajo el árbol. Y sigue ululando, sí, mientras Rebeca y Diny se afanan poniendo la mesa para once personas que van a comer dos tipos distintos de fondue, nuestra comida tradicional en esta fecha. Amén de una tortilla española king size que hizo Diny para tapear mientras se van abriendo los regalos, y que si no andamos listos puede terminar íntegra en la panza de Vincent, tortillófago full time. A las cinco de la tarde –serán las cuatro en Canarias– comenzará a caer gente al baile, ¡ay mi Martín Fierro de mi alma! [«–Va cayendo gente al baile. –Más vaca será su madre»]. Hasta entonces, me voy a dormir la siesta.

 

Me levanto de la siesta y el viento aúlla. Se calma mientras me aseo y me visto y tomo un café fariseo. Fariseo porque le he puesto una copita de licor de yerbas que pasa desapercibida en el color de la mezcla. Lo llamo así por el brebaje preferido en la isla de Sylt, der Pharisäer: «café caliente y ron a partes iguales, con azúcar y una pizca de sal, en taza alta de porcelana de la que sobresale el penacho de una nata batida espesa, casi con la consistencia del merengue». Y sí, lo escribo entre paréntesis porque lo cito de mi cuento “La mujer de tierra adentro”, ya que si así lo describí entonces, ¿para qué quebrarme la cabeza tratando de describirlo ahora?

 

La marabunta familiar llegó a partir de las 5 pm y a mí me tocó distraer a Henri, sentándolo en mi regazo frente a la compu y pasándole un corto tras otro de los dibujos animados que más le gustan, mientras el resto organizaba los regalos en torno al árbol. Por fin nos llamaron y Angie ya había templado su guitarra y todos cantamos, o algo que se le parecía, “O Tannenbaum!”, la canción que Henri había deseado que inagurase la velada (claro, son las cosas que les enseñan en el Kindergarten y los adultos pagamos el pato). Casi una hora duró el desempaque de regalos, cuya parte del león se llevó Henri, pero tampoco los demás salieron mal parados. A mí me tocó en suerte un “amigo secreto” (no pude averiguar quién) que me obsequió con un whisky single malt de los que prefiero. Luego la cena, que esta vez fue fondue simple, sólo la de aceite. Y yo escribo estas líneas antes de ponerme a ver Love Actually [Realmente amor], cuando ya Diny y Rebeca se han ido rendidas a la cama. Mañana será otro día. Gracias sean dadas a los dioses.

 

Weiß/Colonia, 25.12.

Me anticipé en mi agradecimiento a los dioses. No he podido tener peor despertar. Ni siquiera desayunar quise, sólo dos tazas de té y de nuevo a la cama, pero tampoco en la cama pude parar, sentía una especie de mezcla de vacío mental y repleción corporal que se traducía en angustia y en una aparente insuficiencia respiratoria. Hasta tuve la tentación de marcar el 112 y pedir que me enviasen una ambulancia. Finalmente conseguí controlarlas con el inhalador que me recetó la neumóloga para casos de emergencia y tendiéndome en el sofá del living, con la espalda pegada al respaldo y envuelto en una manta. Pude dormir también gracias a que se me hizo evidente la causa de mi estado, tan ridícula como inequívoca: aprovechando el bullente aceite de la fondue me harté de pan frito, manjar que adoro pero que me mata. Y siempre se me olvida, de un año para el otro. A eso de las 2 pm me trajo Diny un consomé con huevo y seguí tendido en el sofá, durmiendo hasta pasadas las 4. A partir de ahí, aunque desganado, abúlico y sin ganas de hacer absolutamente nada, ni siquiera ver pelis en la tele, ni siquiera leer cualquiera de los veintypico libros que aguardan turno sobre mi mesa de trabajo, he regresado al mundo de los vivos.

 

Esta mañana, entre las dos tazas de té, llamada a Huelva para felicitarle las fiestas a la Nena, pero enseguida le pasé el teléfono a Rebeca, y luego Rebeca a Diny, que mantuvieron una larga plática con ella. Siempre me hace gracia oírlas hablar con Huelva, sobre todo a mis hijos, por el acento choquero que le ponen al español y que yo he perdido por completo. [Me da por abrir el Diccionario y ver si ya registró “choquero”, el gentilicio popular de los de Huelva, pero quiá, la Academia se toma su tiempito para todo. Y aunque“choquero” es un gentilicio y un adjetivo más antiguo que Matusalén, la Academia prefiere dárselas de muy moderna y acepta “tuitear, chatear”, etc., pero “choquero”, no. La progenitora que los dio a luz, a esos petimetres]

 

Buenísimo el concierto de Navidad en Viena, en especial a partir del Gloria de la “Misa criolla” de Ariel Ramírez, con un joven tenor español, Joel Prieto, que nos convenció por completo. Así como en el viejo romance/villancico del “Riu riu chiu”, que lo cantó a cappella con un barítono venezolano, Luca Pisaroni, también buenísimo. Y todo, qué carajo, un concierto para el corazón.

 

Weiß/Colonia, 26.12.

1:50 am : The Holiday [Vacaciones], una peli que no conocía. Y altamente predecible, lo que quiere decir que me prometí un buen rato, y no me defraudó. Para nada, ya que me encantan las comedias predecibles por la sencilla razón de que su encanto (o su desencanto) estriba en el desarrollo de esa predicibilidad. Nadie en su sano juicio, que lea Pride & Prejudice por primera vez, dejará de saber [=desear, pues en este caso es sinónimo] que Lizzy y Mr. Darcy terminarán siendo pareja, pero eso, como ya se da por sabido, es lo que menos importa. Ese es también el caso de The Holiday: guión, dirección y actores logran una simbiosis perfecta. Nota bene: Creo que puede haber gente a quienes Cameron Diaz y su perfecta implementación del repertorio gestual de la histeria gringa (que ella practica con un virtuosismo rayano en el manierismo) quizás les resulte un pelín excesivo –entre ellos me cuento yo, al ver que se saca de la manga más gestos que una verdulera del mercado de Nápoles–, pero lo compensa con creces en el resto de su actuación: es algo que siempre trato de no perder de vista en la pantalla de mi radar interno cuando pasan una peli suya.

 

Todo el día en casa, descansando. Pero me tomé el tiempo necesario para organizar la lista de efemérides que pueden resultarme rentables a lo largo del 2014. (Siempre me sorprendo, al fin del año, contemplando el almanaque histórico–cultural como vaca a la espera de que la ordeñe).

 

Weiß/Colonia, 27.12.

Definitivamente la abulia se instaló en mi disco duro. Me levanto, desayuno obligándome a leer el diario, abro la estafeta, veo lo que hay, y me vuelvo a meter en la cama sin ganas de hacer nada, resueltamente nada. A mediodía llamo a Carlos y convenimos ir a La Modicana. Se añade Diny, que ya regresó de su temprana salida de compras con Oskar, esto es, Oskar le pidió que le acompañara a hacer las suyas. Y tenemos suerte en La  Modicana. Hay para todos los gustos: espaguetis de la casa para Diny, lasaña de salmón para Carlitos, sopa de pescado para mí. Luego le pido a la camarera persa el libro de reclamaciones; había más pescado que caldo en esa sopa. Menos mal que la abulia no me llegó al estómago. Ni al sentido del humor. El macabro.

 

Me cuenta Diny que le contó Oskar que la noche del 24, cuando llegaron a casa después de la cena, Henri se negó a ir a la cama y estuvo berreando que no lo haría hasta que no le hubiesen armado el juego del funicular que le trajo Santa Claus. Consecuencia: el papá y los hermanos se lo tuvieron que armar. No me parece que tanta condescendencia sea buena.

 

Leer a Faulkner es uno de los placeres mayores que haya gozado nunca. Eso a sabiendas de que la traducción, por muy buena que sea, debe estar a años–luz del original. Pero no sé, es como si, mientras lo leo, un sexto sentido me fuese transcribiendo en paralelo, en un idioma inefable cual música, lo que con toda seguridad hay de mágico en esa prosa irrepetible. Como ahora, en una de sus arrasadoras epifanías que tienen como núcleo la oscuridad, un bloque de una oscuridad real, tangible, palpable, de la que él saca la imagen como el escultor saca la figura del bloque de mármol. Es un joven, él mismo, Faulkner, cautivado por el golfo de México, donde se vuelve delta su río bienamado, el Misisipi, y él hace la experiencia de enrolarse en un pesquero de arrastre, y regresa la temporada siguiente atraido por el imán de ese agua, y escribe: «[el agua] previa al amanecer, rota enseguida por el violento y subtropical día amarillo y carmesí casi como una explosión audible, pero todavía oscura durante un breve lapso, el oscuro barco deslizándose en los cardúmenes de camarones en un remolino insonoro de fósforo de proa a popa como una ahogada voltereta de luciérnagas, la cara del joven tendida en el borde con la mirada fija en el agua oscura observando al camarón agitado reventar disparado hacia afuera en difuminados y ardientes abanicos como estelas de cohetes diminutos».   ¡Qué lo parió, Mendieta, qué prosa!

 

Weiß/Colonia, 28.12.  

Me fuí a dormir casi a las 3 am por culpa de un episodio de la policial sueca con Maria Wern, que nunca me pierdo, y a renglón seguido pasaron Fort Apache, que hacía años que no había vuelto a ver. Hoy ya he visto que aparece programada The Quiet Man, pero en un canal de los comerciales, así que no. De todos modos, dos pelis seguidas en John Ford en días consecutivos es un buen síntoma. Y en el nuevo año se cumplirán 75 de la publicación de Las uvas de la ira, ojalá los programadores de los canales de derecho público se hagan eco de la efeméride y nos regalen la versión cinematográfica del viejo maestro. Esa hace no ya años, sino siglos que no la veo. Stalin la prohibió en la Unión Soviética por una razón aplastantemente lógica: porque esa peli mostraba que hasta la familia más pobre poesía un auto en los Estados Unidos. Y por cierto que Fort Apache estuve a punto de perdérmela porque el título alemán, Hasta el último hombre, no me decía nada; menos mal que consulté a mi amiga del alma, Miss Hortensia Google.

 

José María contestó a mi envío del Poema del Sábado, en este caso el de T.S. Eliot dedicado al cultivo del árbol de Navidad, mandándome la foto de uno de ellos, de construcción manual, con materiales de aluvión: una base troncocónica envuelta en una bolsa de plástico, de la que parten elevándose en todas las direcciones unas varas envueltas en algodón de las que cuelgan piñas plásticas de distintos colores, coronando el conjunto un Santa Claus convencional y con los brazos abiertos. Me preguntaba José María si me imaginaba un texto para ese arbolito de Navidad y yo a mi vez le pregunté si se trataba de una inocentada. Su respuesta, negativa, fue un mazazo: «Leyendo el poema de Eliot, recordé esa foto que tomé hace unas semanas en un lugar al lado de la carretera que lleva de Medellín al municipio de Dabeiba, en la zona del Urabá antioqueño. La extrema pobreza, dueña y señora del lugar, no les impidió a una joven mujer y a sus dos hijas construirse su arbolito de navidad. Leo el primer verso del poema y evoco la foto: «Existen diversas actitudes en relación con la Navidad». Sigo leyendo y se me ocurre hacerte la propuesta y claro, me dije que te extrañarías y me quedé esperando tu respuesta. Y vi esas niñas («El niño se maravilla ante el árbol de Navidad») y a su joven madre, de la que más adelante me enteré que se prostituye para poder sostenerse y sostener a sus niñas, e imagino con terror que, de pronto, a esas pequeñas les tocará hacer lo mismo y quedo mentalmente paralizado No, mi amigo; no era para gastarte una inocentada. Es la puta vida la que a diario nos las gasta». Le he pedido permiso a José María para insertar esta historia aquí, en mi diario, y me contesta: «Como ejercicio de exorcismo contra el infierno de ese destino te autorizo a publicarlo. Por lo menos esa joven mujer ya no será una anónima cifra más en el prontuario de la infamia».

 

Los tuiteros alemanes tienen un nivel de calidad muy por encima de lo que conozco en Twitter en español. Repaso varias cuentas y encuentro por ejemplo este tuit navideño de @_Mrs_Heart: «Ya he desempaquetado todos los regalos, sólo me falta saber en casa de quién estoy». O este diálogo de @07elfe: «–La táctica del avestruz no es una solución. –¡No la empleo! –Te está saliendo arena de la oreja derecha. –¡Maldición!»   O esta joya registrada por @Ausleserin: «Si al final del camino te encuentras una bifurcación, síguela».

 

***********FIN***********

¡ Y el deseo de que tengan un feliz y próspero 2014 !

4 COMENTARIOS

  1. Feliz 2014. Dr.J
    ¿Sabe qué ha

    Feliz 2014. Dr.J
    ¿Sabe qué ha sido de D. Félix Pérez?

    • Feliz 2014 también para

      Feliz 2014 también para usted, y en cuanto a Félix Pérez de Valbuena, también yo lo echo de menos en su blog, pero no en mi estafeta, puesto que seguimos en contacto vía email. Vale.

  2. Por aquí también tomamos de
    Por aquí también tomamos de vez en cuando el café con ron y combinado con helado; aunque yo lo prefiero nada más con el ron y lo llamamos «carajillo»
    «…que hasta la familia más pobre poesía un auto en los Estados Unidos» Imagino lo que debe ser el permanecer durante 3 o 4 horas, metido dentro de un auto en una de sus autopistas y me niego a poseer uno, por más poético que te parezca.(si, ya sé que fue un lapsus digital, pero no me podía quedar con las ganas de hacerle un mal chiste a los gringos.)
    Estamos de acuerdo; no se puede decir si a todo lo que quiera un niño. Por más nieto que sea.
    Que tu 2014 esté lleno de buena salud y mucho güisky con yelito

    • El carajillo, mi querido José

      El carajillo, mi querido José María, es una de las mejores herencias que les dejó España, donde es una tradición que se sigue manteniendo, bien que el carajillo español se suele hacer con coñac, brandy, aguardiente seco (cazalla), etc.

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