De mi Diario / Semana 9 / 2015

2
287

Cuando se nos muere un príncipe de las letras ¿qué nos toca a los plebeyos? Un silencio respetuoso, y punto.

 

Weiß/Colonia, 22.2.

Ayer, aprovechando que estaba en la ciudad y tenía que pasar por la Ehrenstrasse, entré donde la panadería Zimmermann y compré para Diny un paquete de ½ k de su pan negro, un pan que abre uno el paquete y es una fragancia como la de una buena lasca de jamón pata negra. Este pan es famoso en el mundo entero; de esa panadería, donde lo siguen haciendo a mano como desde hace 140 años, salen diariamente paquetes con destino a Ultramar y el resto de Europa, para clientes de Colonia en la emigración pero también para extranjeros que lo probaron una vez y sucumbieron a una Delikatesse como esta, de padre y muy señor mío. Lo que me parece muy bien pero si vives en Colonia tienes que joderte e ir allá a comprarlo. En cualquier caso, me alegró ver a Diny desayunando hoy la primera loncha, bien untada de mantequilla irlandesa.

 

No sé si para agradecerme implícitamente el ½ k de pan negro de Zimmermann, Diny ha pasado un par de horas, a primera hora de la tarde, atareadísima con la máquina de coser, y hace un rato me entregó un protector de tela para el teclado. Un protector individualizado, textil, a la medida ¡y de diseño!  Waw!, como sabiamente dijo Julia Roberts en Pretty Woman.

 

La tos perruna que me agarré el viernes llegó ayer a cotas de virulencia que yo pensaba dignas del Guinness Book of Records porque no tenía ni la más mínima idea de lo que es el afán de superación de los bacilos o bacterias o lo que fuere, que me tienen los bonquios convertidos en una caja de resonancia. La recontrarremilputa que los recontrarremilparió.

 

Weiß/Colonia, 23.2.       

La trilogía del Baztán se muestra remisa en llegar: el viernes me trajo el cartero dos episodios, el 1 y el 3, y en vista de que no aparece el 2 me decido a leer el primero de la saga del comisario John Benthein; el segundo, que leí hace una semana, me dejó buen sabor de boca, Nina Ohlandt sabe manejar una trama compleja y al mismo tiempo perfilar los caracteres que intervienen en la acción. Creo que es algo que la moderna novela policial le debe a Maj Sjöwall y Per Wahlöö, si bien es cierto que autores como P.D. James y Ruth Rendall, en Gran Bretaña, también le daban vida propia a todos y cada uno de sus personajes, lo que me recuerda que debo releer los catorce tomos de la saga de Adam Dalgliesh, ahora que ya, por desgracia, no continuará.

 

El resfriado no es tal, me temo que sea bronquitis, menos mal que tengo la mejor enfermera que se pueda desear. La expectoración me raspa la garganta como si fuese papel de lija, y no es eso lo malo sino que, cuando se junta con las toses irreprimibles, a veces se forman bolos de flema que obstruyen el paso del aire y me hacen temer morir asfixiado como le pasó a Georg Grosz y William Holden, que murieron ahogados por sus propios vómitos. Es una sensación angustiosa, estar boqueando hasta conseguir que la flema ceda el paso al aire o bien salga como una bala mucosa contra el pañuelo que siempre tengo a la mano. El deseo de morir y terminar de una vez con las sevicias de la ancianidad es muy fuerte, muy fuerte. Paradójicamente, todas y cada una de las veces que logro expulsar flema, pienso con nostalgia en aquellas escupideras de porcelana en las casas andaluzas de mi infancia.

 

Weiß/Colonia, 24.2.

El domingo viví una ordalía de toses, y ayer lunes, después de 48 horas de toser casi sin parar, sentía mi cuerpo como si le hubieran pasado por encima los cuatro jinetes del Apocalipsis, Alí Babá y los cuarenta ladrones, un batallón de la Policía Montada del Canadá y el 7º de caballería de los viejos western, y hasta pudiera ser que Rocinante y Platero, si es que andaban por aquí cerca. Hoy ha sido el primer día que me levanté sin dolores (toquemos madera) y sin el deseo de volverme a acostar apenas desayunado, pero si miro esta mesa me recuerda mucho la vitrina del mostrador de la farmacia de Perelló, en Huelva. Sea como fuere, cuando ya estaba por irme a la ducha, afeitarme y vestirme comilfó, para acudir al entierro de Manfred, justo comenzó a llover y Diny torció el gesto. Se puso a pensar en voz alta: el cementerio, tal vez la lluvia todavía, el largo camino hasta la tumba en medio de un frío desapacible, y decidió que era mejor que me quedase en casa. Ya es bastante que llevemos varias noches de dormir separados, para que no la tenga despierta toda la noche con mis toses; una recaída sería insoportable, y en eso sí estamos de acuerdo: no lo estamos en que yo no acuda al entierro, pero el peso de la razón se inclina a favor de Diny. Sólo me permite que vaya a La Modicana y regrese a casa, en un servicio como de puerta a puerta, bien protegido en el auto de Carlitos.

 

En La Modicana, sopa de pescado. Cuando la camarera persa de nombre tan imposible como Mehrnoosh [pron.: Meernúsch] me pregunta al final que si estaba buena la sopa, le pido como respuesta el libro de reclamaciones: «Lo que usted nos trajo no es una sopa de pescado sino una sopa de marisco con dos tropezones de pescado». Tres mesas más allá hay una pareja, y la mujer se sonríe al oírme, seguramente entiende español y nos ha oído hablar todo el tiempo a Carlitos y a mí, porque siempre que miré en su dirección siempre estaba ella mirándonos y sonriendo. Y así es, cuando vamos saliendo, nos vuelve a sonreir y nos dice adiós en nuestro idioma. Carlitos pega la hebra con ella, que es alemana, pero de madre madrileña, y es, como el propio Carlitos, perfectamente bilingüe.

 

Diny regresó a las cuatro de la tarde. El resumen del día es que quedó muy desilusionada con la ceremonia por el fallo absoluto de los micrófonos, lo que me hizo agradecer a posteriori la sabia decisión de no acudir al entierro; un fallo acústico de esa naturaleza, en las exequias de alguien como Manfred, cuyo buen oído era legendario, es algo que de haberlo vivido en carne propia me hubiese amargado el día todavía más, el pobre Manfred debe haberse revuelto enojado dentro de su ataúd ante semejante desacato. Entiendo bien a Diny cuando me pide que si muere antes que yo, me cuide en persona de que el sector acústico de la ceremonia está en orden. Después del entierro, la familia y los amigos más cercanos fueron a comer a Tavernaki, el restaurante griego del barrio Sur, que conocemos bien de cuando Montse & Co. vivían como quien dice a la vuelta de la esquina. Petra le dio a Diny para mí dos CDs con los temas musicales preferidos de Manfred. Y Chico, que se reunió por primera vez al cabo de los años con sus tres baby sitters, le preguntó a Diny si yo tenía el libro de Manfred, porque le gustaría leerlo.

 

Weiß/Colonia, 25.2.

Mi enfermera de guardia me comunica que murió otra Diny Hansen, una prima suya de la rama judía de la familia. Siempre nos hemos preguntado cómo fue que el tío Maarten logró sobrevivir a la ocupación nazi. Pronto no quedará más nadie a quien preguntárselo. También me informa Diny de que Willy se irá de vacaciones en abril, por tres semanas, y podemos tener para nosotros su apartamento en Ámsterdam, pero le digo que mejor se busque la compañía de Rebeca, o bien de Riet, o de las dos, primero la hija, luego la hermana. ¿Qué sentido tendría hacer ese viaje para luego pasarme el día entero en el apartamento de Willy?  Para eso mejor me quedo en casa.

 

Terminé de leer la primera entrega de la saga de John Benthein de la que ya leí hace un par de semanas la segunda entrega, y me prometo ser fiel lector suyo, desde ya me apunto a las que sigan con este comisario de Flensburgo y su equipo, tan bien caracterizados e individualizados cada uno de sus miembros. En esta entrega primera subrayé un sentencioso dicho de la sabiduría popular en el archipiélago frisio: «Arbeit is keen Has, de löppt uns niet weg» [El trabajo no es una liebre que se escapará al vernos]. Y sí, el trabajo es así, pacientérrimo, nos espera siempre.

[Buscando en los dominios de Miss Hortensia Google un enlace para un hipervínculo acerca de Nina Ohlandt, la autora, descubro que ya existe un tercer volumen de la saga de John Benthien. Me aplico de inmediato a la tarea de conseguirlo].

 

Weiß/Colonia, 26.2.

Día desapacible y sin nada especial que comentar ni qué decir ni que reseñar. Lo único, si acaso, que reanudé la lectura paralela de las memorias de Sybille Belford y de Grisélidis Real. Y que Diny cocinó un pescado excelente y yo me lo comí hasta con apetito, teniendo como guarnición la mitad de la tortilla francesa con queso que Diny me hizo ayer y que la falta de apetito no me la dejó terminar de comer entera. Repaso el día entero en la pantalla de mi memoria y nada más aparecen constelaciones surrealistas como salidas de un caleidoscopio. Debe de ser que en algún momento las conexiones neuronales se reprograman en Windows7 a la opción JUEGOS, y uno deja de almacenar fotos fijas en el disco duro, sino nada más que instantáneas, que él combina luego aleatoriamente tal y como le sale de sus mismísimos cojones virtuales. Ay.

 

Weiß/Colonia, 27.2.

En primera plana, en el diario de hoy, la noticia de la muerte de Fritz J. Raddatz. Luego, en el texto de la ½ plana que le dedican en la sección cultural, nos enteramos de que fue un suicidio. No lo creo; más bien, puesto que fue en Suiza, pienso que se trató de una muerte asistida, lo que es posible entre los helvéticos, pero no acá. Raddatz debía de tenerle terror al sufrimiento y no estaba dispuesto a darle cuartel. Pero yendo a lo esencial: cuando se nos muere un príncipe de las letras ¿qué nos toca a los plebeyos? Un silencio respetuoso, y punto.

 

Los días pasados, a partir del domingo, los veo como una nebulosa en la que si no fuera por los apuntes que fui tomando en este diario, al momento de producirse un hecho o poco después, no sabría distinguir un día del otro. Hoy he dedicado toda la jornada a poner al día mi correo y a despachar asuntos pendientes. Y ahora, 11:00 pm, antes de plantificarme ante el televisor y relajarme con una policial danesa, recurro a la revista quincenal con la programación de TV para tratar de reconstruir la semana con datos que no figuran en las entradas anteriores; y eso, mejor que nada, puedo hacerlo a partir de las pelis que tenía marcadas para ver. Así puedo datar ahora en el lunes la noche que me fui a dormir al sofá para no mantener despierta a Diny con mis toses de perro acatarrado. El martes y el miércoles Diny decidió que yo debía apoliyyyar (si pudiese) en el dormitorio grande, y ella se fue a dormir al cuarto de huéspedes. Ayer jueves volvimos a estar juntos en la misma cama. Eso sí ya lo tengo claro ahora. Pero de las pelis que señalé para ver sólo recuerdo la de anoche, danesa también aunque no policial, Efter brylluppet [Después de la boda], quizá porque es la primera vez que la veía y porque es tan buena. De todas las demás, excepto Buenas noches y buena suerte, recuerdo sí que las empecé a ver, todas ellas episodios de alguna serie, pero no recuerdo ni de qué episodios se trató ni de si llegué a verlos hasta el final. Lo que más recuerdo, por lo inusual, es que el domingo, súper agotado, por primera vez en muchísimos meses me fui a dormir antes de la medianoche, nada menos que a las 10:45 pm, con el resultado de que a las 3:05 am ya estaba despierto y sin poder volver a conciliar el sueño. Me preocupan un poco, sólo un poco, estas lagunas en mi memoria, sobre todo las que se refieren a las pelis, que siempre he visto hasta el final y sabiendo recordarlas en cada caso al día siguiente. Ancianidad, ancianidad, tenés nombre de vieja hijueputa.

 

Coloqué bien, en tres de mis “cuentas nodrizas”, mi trilogía de tuits en contra de los puristas :

Parecen divertidos pero, a decir verdad, parafraseando a Cabrera Infante, son tres tristes trinos.

 

Weiß/Colonia, 28.2.

Desde que comencé con mi columna, el 23.5.2008, esta es la primera vez que no ha merecido ni un solo comentario. Me resulta rarísismo abrir el foro y verlo vacío. ¿Qué habrá pasado, será que se cansaron de platicar conmigo mis sospechosos habituales?  OK, puedo aceptarlo, aunque me duela, que me vuelvan la espalda, pero ¿todos al unísono? Menos mal que soy de los que no cree en la teoría de la conspiración.

 

Fui con el bus a Rodenkirchen, a hacer unas fotocopias y a buscar en la pescadería de ReWe las truchas arcoiris ya fileteadas que encargó Diny para la cena de esta noche. Es un día soleado pero fresquito, gracias a un viento sin mucha convicción. Pero es el sol justamente lo que vuelve más triste el panorama al otro lado del Pflasterhofweg, el de los números pares: la última parcela no edificada de toda la calle está en vías de desaparición, ya han empezado a roturarla. Era un rincón precioso, algo así como un claro en la selva urbana, resguardado del resto del mundo por unos setos altos de narcisos de la más bella floración, y dentro –el claro en sí– era una orgía de colores, la Naturaleza campaba ahí por sus respetos, derramaba a manos llenas en él su cuerno de la abundancia. Sólo un par de huecos en el seto permitían la mirada al interior, a esa epifanía que ya ha sido machacada y aplastada por los bulldozers de la ¡¿constructora?! de turno. Hijueputas.

 

Esperando la visita de Katya y su amigo. Katya es la hija de nuestros primeros vecinos del piso de arriba, los Nelson. Vecinos nuestros desde que estrenamos este piso en diciembre 1975, hasta que murió Sigrid en enero 1999. Diny acompañó a Sigrid hasta la muerte, tal como antes lo hizo con Gerd, el marido de su mejor amiga, y con Monika, nuestra querida, inolvidable Monika. Las hijas de los Nelson, Babette y Katya, la quieren a Diny como si fuera una segunda madre, y para los hijos de Babette, que viven en Suiza, Diny y yo somos algo así como sus abuelos maternos. De lo que siempre se lamentan ambas, Babette y Katya, es de no saber español, porque a las dos les gustaría leer el cuento donde están presentes como personajes, ese cuento donde narré en paralelo el suicidio de su padre y la definitiva ausencia del mío, ese cuento escrito en 1994 para seguir el consejo de Günter Grass, y del que Álvaro Mutis, el primer lector de todos mis escritos de aquellos tiempos, me dijo algo tan, pero tan exagerado, que jamás le agradecí por eso mismo«Has hecho algo que no es tan fácil, Baden Powell, has escrito un clásico». Aun suponiendo que fuese cierto lo que me dijo Álvaro: a ese precio, preferiría no haberlo escrito.

 

***********FIN***********

 

2 COMENTARIOS

  1. No hay que darle cuartelillo
    No hay que darle cuartelillo a los bronquios, que en cuanto nos descuidamos, no nos dejan dormir. Lo sé bien, porque son mi talón de Aquiles.

  2. Lo primero, y lo sabes, es

    Lo primero, y lo sabes, es que la tal captcha es una mierda innecesaria y no entiendo para qué putas los dueños de la revista la mantienen. Y lo segundo, es que «ando volando bajo» y a veces leer se me convierte en un somnífero. He ahí la falla.

Comments are closed.